El marido equivocado 25 #2
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25 #2

Sin dar crédito, se asomó por la ventana y, gracias a la luz del interior que se escapaba por entre el cristal, pudo ver a Stewart apoyado en la puerta.

Con el corazón en la garganta, bloqueó la pistola y la guardó en el delantal.

Su hermano estaba vivo. Su hermano estaba allí, porque sabía dónde vivía Edeen, y estaba buscando ayuda.

No podía negarle refugio, aunque eso le trajera problemas.

Movió la llave con premura, casi frenética, y abrió de un tirón, que por poco le dislocó el codo.

Stewart se vio iluminado por completo. Edeen contuvo un sollozo al verlo: estaba tan delgado y demacrado que su rostro parecía una calavera; su piel grisácea contrastaba con la sangre seca que le cubría la ropa, la mejilla, el pelo… Que estaba más largo, sucio y adherido al cuello y a la frente.

Él intentó sonreírle. Los ojos estaban húmedos, pero se veían apagados por el horror que había visto, por los actos viles que había cometido en nombre de Escocia o bien para salvar la vida. No era el mismo Stewart que conocía, si bien lo reconocía como tal.

Con la mirada empañada también, Edeen lo abrazó.

Lo rodeó con los brazos, y lo retuvo con tanta fuerza que temió romperse una costilla por el dolor que surcó su pecho.

No sabía a quién quería reconfortar de los dos.

Tampoco si estaba intentando hacerle ver que estaba a salvo o convencerse a sí misma de que no era un espectro que viniera a despedirse.

Lo estaba tocando. Su calor la envolvía. El hedor a muerte le inundaba las fosas nasales.

Era real.

—Dios, pensé que te habíamos perdido —farfulló Edeen. Se apartó para tocarle la cara y por poco se echó a reír de pura felicidad—. Pero estás aquí.

—No sabíamos dónde acudir.

Edeen frunció el ceño y dio un paso atrás.

—¿«Sabíamos»?

Miró hacia la puerta y vio a dos hombres parados bajo el umbral.

Uno más rezagado que otro, pero el que estaba más cerca de Stewart fue el que llamó su atención.

El hombre mantenía la cabeza gacha. La bilis le trepó por la garganta.

Lo primero en lo que pensó Edeen fue que hacía bien en no sostenerle la mirada.

Debería estar de rodillas, suplicando clemencia para poder pisar siquiera el suelo de su hogar.

—Tú —siseó, notando cómo los recuerdos amontonaban más lágrimas en sus ojos—. ¿Cómo osas…?

Sarge empezó a ladrar y se acercó a ellos, mostrándoles los dientes a los dos hombres inmóviles.

Ella le acarició la cabeza y pudo silenciar sus aullidos, aunque podía percibir cómo la piel del animal temblaba bajo el pelaje.

Alerta, dispuesto a atacar en cualquier momento.

Stewart le daba confianza, bien porque su aura era caritativa o porque los había visto abrazarse, pero los desconocidos que había en el porche eran harina de otro costal.

Hacía más de seis meses que había pasado por el altar, pero todavía eran muy vívidos los momentos en los que se había sentido perdida, sola, abandonada, ultrajada.

Podía rememorar a la perfección esa sensación de vacío mientras se quitaba el precioso vestido que se había confeccionado para la pedida de mano; las lágrimas de dolor de su hermano; la mirada de compasión de su madre; y las aletas de la nariz dilatadas por la rabia de su padre.

Como si los tuviera delante. Como si todos aquellos sentimientos hubieran estallado en sus narices el día anterior y no medio año atrás.

—Edeen… —El hombre se quitó la boina y la retorció entre las manos. Estaba cubierto de polvo y sangre, igual que Stewart. En sus ojos se veía el terror…, así como el arrepentimiento.

Durante días, puede que hasta semanas, Edeen había esperado ver esa mirada vulnerable, escuchar una disculpa.

Su corazón roto bien lo valía. Sin embargo, ahora estaba casada, tenía una hija y adoraba a su familia.

Amaba a su esposo, amaba a Laren. Fuera lo que fuera lo que quisiera decirle Laochailan, llegaba tarde.

Ni siquiera podía sentir pena por su aspecto.

Entre ellos, todo estaba roto. Él lo había hecho pedazos anteponiendo el país al amor, y Edeen no podía perdonárselo.

Pensaba que solo había indiferencia en su alma, que el tiempo lo había puesto todo en su lugar, pero ahora veía que el enfado continuaba allí.

Tal vez esa sensación de rechazo jamás se fuera del todo.

Dios, qué afortunada era de tener a su lado a Creyton, quien le demostraba a diario que ella era lo más importante.

Una voz le dijo que, de haberse casado con él, ahora no estaría en aquel lugar, con un esposo tan amable, bondadoso y amoroso, ni tendría a Laren ni un perrazo protector.

Acalló aquel pensamiento, pues no era capaz de enfrentarse a aquel hombre de otra manera.

Si él la hubiera dejado plantada cara a cara, podría ser distinto, pero solo había mandado una nota de despedida. ¡Ella merecía más!

—Da gracias de que mi marido no está en casa, porque si no… —gruñó. Creyton, como mucho, lo echaría a patadas por haberle hecho daño, pero no emplearía ningún tipo de violencia hacia su persona. Estaba por encima de eso.

—¿Estás sola? ¿Tu esposo no está en casa? —Su hermano frunció el ceño.

—No.

—Supongo que estás al tanto de lo que nos ha ocurrido. No ha sido buena idea dejarte a tu suerte.

A Edeen no le gustó que Stewart insinuase que su esposo no se preocupaba por ella.

—Creyton tenía… recados que hacer. No sé si regresará esta noche o mañana por la mañana, pero volverá pronto.

¿Y si no regresaba jamás? ¿Y si se pasaba días y semanas esperándolo y no aparecía nunca en el umbral de la puerta?

Laochailan carraspeó, como si hablar del matrimonio de Edeen delante de él le doliera demasiado.

—Maldito seas, Stewart. No puedo creer que lo hayas traído hasta aquí.

Una bofetada hubiera dolido menos, maldito fuera. No sabía a quién empujar: si a Stewart por traidor, o a Laochailan por haberle hecho añicos las esperanzas.

—Cuando la muerte te persigue… —empezó Stewart.

Edeen había olvidado que tenerlos allí ponía en riesgo sus vidas y también la de Creyton, si es que no lo habían capturado en el páramo.

Sin embargo, no podía negarle ayuda a su hermano. A los otros dos, tal vez.

Como si acabase de leerle el pensamiento, Laochailan habló de nuevo:

—Mañana por la mañana partiremos. Incluso podemos dormir en el granero y, si nos capturan, diremos que no sabías que estábamos ahí.

Stewart asintió con cara de desolación, lo cual rebajó la tensión que agarrotaba su cuerpo.

—¿Solo esta noche? —quiso saber ella. Su hermano asintió con la cabeza. Aquel gesto le ablandó el corazón casi de inmediato—. ¿Vais a huir? —volvió a afirmar.

Mierda. Eso significaba que no volvería a verlo nunca más. Estaba segura de que, si los británicos lo capturaban en el escape, lo matarían de inmediato. Por otro lado, de lograr salir del país, las probabilidades de que Stewart pudiera regresar se reducían a tan pocas…

¿Y si no volvía a verlo? ¿Y si aquella era la última noche que podía pasar en su compañía?

¿Y si jamás volvía a vislumbrar su rostro, oír su voz ni su risa, ni sentir un abrazo suyo?

Saberlo muerto detendría la esperanza. Saberlo lejos de casa, sin posibilidad de retorno, lo convertía en una tortura.

No podía echarlos sin más. Si Laochailan se hubiera plantado en la cabaña, sí podría haberle cerrado la puerta. No obstante, se trataba de Stewart.

—Si vienen los ingleses, salís por la ventana y os fundís con la noche, ¿de acuerdo? Mañana al amanecer no quiero que estéis ya por aquí.

Como madre, debía anteponer a Laren. Mucho estaba arriesgando por ejercer de hermana.

—Nos comportaremos, señora —aseguró el desconocido, con voz ronca y suave, casi agradable—. Devolveremos su hospitalidad con nuestro honor.

—Entrad, antes de que os vea alguien.

Cerró la puerta tras de sí. Al girarse, vio cómo Stewart se agachaba junto a Laren, quien lo saludaba con timidez. Se conocían del día de la boda y ella parecía sonreírle más por educación. Edeen dudaba que lo recordase.

—Es tu hija, ¿verdad? —preguntó Laochailan.

Por supuesto, al casarse con un padre soltero, la niña automáticamente se había convertido en su hija. No solo en los papeles y ante los ojos de Dios, sino también en su corazón.

Edeen se puso rígida y asintió. Como si notase su malestar, Sarge echó las orejas hacia atrás y Laochailan reculó, dándose cuenta de que era una amenaza para el perro de grandes y afilados dientes.

—Solo quería decir que tienes un gran corazón por casarte con un hombre que ya tenía una hija de otra mujer.

Si tan solo él supiera…; ahora fue el turno de Edeen de gruñir.

—Tiene usted una hija muy bonita, señora —le dijo el otro hombre—. Disculpe, no me he presentado. Me llamo Cobbie. Le daría la mano, pero…

La tenía manchada de sangre y tierra; ella agradeció que fuera lo suficientemente caballeroso como para entender que no resultaba apetecible estrechar la mano de alguien que acababa de estar en el campo de batalla.

—Edeen.

—¿Así que usted es la esposa de Creyton? —Parecía inseguro—. Yo le conozco. Somos amigos.

—¿Ah, sí? —Edeen frunció el ceño. Nunca había oído hablar de ningún Cobbie. Tampoco es que fuera algo muy extraño. En medio de una guerra, su marido apenas había visto a nadie fuera de la gente del castillo. Meghan era la excepción.

—Sí. Me enteré de que Laria falleció hace unos años. Lo siento mucho. ¿Sabe de qué… pereció?

¿Por qué un amigo de Creyton no sabría algo así? ¿Por qué el laird y padrino de Creyton no se lo habría contado? De seguro se habían visto en el campo de batalla. Llevaban meses peleando por la corona, debían haberse visto, y ese tema de conversación podría haberse producido.

Decidió alzar barreras, fiarse de su instinto y del silencio de Gillies.

—Enfermó y una complicación se la llevó. —¿Una hemorragia por dar a luz podría considerarse como tal? Edeen se aclaró la garganta—. ¿Tenéis hambre? Me pondré a hacer algo para cenar.

Les dio unas palanganas para que pudieran asearse, aunque fuera las manos y los rostros.

Sentirse limpios les ayudaría a aterrizar de nuevo en la tierra y deshacerse del malestar que había causado la batalla en Culloden; por no hablar de que Laren dejaría de mirarles como si fuera un cervatillo frente a un cazador.