25
El día era gélido. Hacía tanto frío y la niebla era tan densa que ni siquiera Sarge quería abandonar su lugar junto al fuego.
Solo apetecía permanecer dormitando entre las mantas.
La meteorología parecía acompañar los ánimos o los hechos que estuvieran desarrollándose a raíz de la derrota de los jacobitas.
Creyton se había marchado en cuanto el cielo dejó de ser añil para ser de un luminoso color gris, y las había dejado solas.
Edeen tenía la pistola dentro del bolsillo del delantal y Sarge atacaría a cualquier extraño que resultase peligroso, lo cual debería sosegarla, pero su corazón latía apresurado desde que Creyton cruzó la puerta y las dejó atrás.
No podía respirar tranquila sabiendo que él estaba en peligro.
Había prometido regresar, pero aquel juramento estaba hueco.
Edeen no tenía garantía alguna de volver a ver a su esposo, y él ni siquiera le había permitido decirle lo que sentía.
Lo había intuido, por supuesto. No era un hombre bobo. Sin embargo, no le había dejado hablar.
Maldito fuera por no dejarla expresarse, y maldita fuera ella misma por hacerle caso.
La cabaña parecía más grande y vacía de lo normal. La esencia masculina de cuero y sudor que rondaba por el aire se desvanecía, y el olor a pan recién horneado y a pollo asado llenaba el ambiente. La ausencia de Creyton se notaba demasiado. Incluso el perro estaba triste.
Solo de pensar que podían matarlo, el corazón se le hacía añicos.
Si hubiera ido a combatir y hubiera hallado a la Parca de frente, su partida no sería tan cruel como perderlo en un lugar hostil, ya sin batalla, solo por el hecho de querer saber más de familiares y amigos.
Y aquel pensamiento no la abandonaba. La perseguía, nublándole la vista, mareándola.
Había quemado la comida solo por estar mirando la pared, preguntándose si Creyton ya estaría en el páramo.
O, mejor dicho, en qué estado.
Bien podía imaginar al capitán Davies allí, dispuesto a acabar con su vida por el simple hecho de poderlo hacer sin represalias.
Le era sencillo imaginar su sonrisa satisfecha y triunfal, retorcida y siniestra, mientras lo ponía frente a una hilera de soldados y les pedía cargar las armas.
Intentó desterrar esa imagen de su mente.
Se repetía a sí misma que Creyton no era un traidor. Podría haberlo sido, pero su matrimonio y su hija lo mantuvieron lejos de sus ideales. No merecía ser ejecutado por un error o por el simple ego de los británicos.
Su imaginación macabra viajaba así también hacia Stewart.
Podía imaginar a su hermano aplastado por una montaña de cadáveres tiesos, pálidos y cubiertos de sangre seca.
¿Cómo iba a existir un mundo donde la calidez de Stewart no anidara en cada rincón?
¿Cómo iba a vivir sabiendo que él no estaría ahí para recoger sus pedazos?
Todavía recordaba el día de su boda. Él lloró por Edeen.
Sintió su vergüenza como propia, su malestar como si pinchase en su propio corazón.
Y, a pesar de ello, le entregó unas flores y unas palabras bonitas para que se sintiera mejor.
¿Sabrían sus padres que la guerra había acabado, muriendo en un largo campo lleno de nieve?
¿Sabrían algo de su único hijo varón? Si su corazón se había detenido, ¿lo habría notado su madre?
, ¿el instante en que una parte de su alma se marchitó y solo quedó con vida aquellos recovecos guardados para sus hijas?
Esa cuestión le provocaba una horrible opresión en el pecho.
Se preguntaba si ella sentiría la muerte de Creyton a pesar de la distancia.
Había intentado decirle lo que sentía, confesar sus sentimientos, si bien él lo había declinado.
Quizá no la amaba del mismo modo y quería retrasar el mal trago de rechazarla.
Poco importaba. En esos momentos, le era indiferente si su amor era correspondido o no.
Solo quería que su marido regresase sano y salvo.
A media tarde se dejó caer en la butaca y miró el fuego mientras Laren jugaba con Sarge no muy lejos de sus pies.
La niña sabía que su padre había salido y que el viaje sería breve.
No debería pasar ni dos días fuera de casa.
Así pues, vivía ajena al sufrimiento, a las dudas.
Su única misión era entretenerse con el perro y aprender el significado del verbo «esperar».
Edeen se sentía orgullosa de pensar que estaba evitando que sintiera el nerviosismo.
Cerró los ojos unos segundos e intentó relajar el cuerpo.
Podía sentir las cervicales punzando, amenazando con derrocarla.
Estaba en tensión. Necesitaba que Creyton llegase sano y salvo, portando buenas noticias a poder ser, si bien debía prepararse para lo peor.
Los ingleses eran brutales. Rencorosos y agresivos, no perdonarían un ultraje así.
Y mucho menos si en Culloden también habían muerto amigos, compañeros, familiares…
Iban a vengar cada muerte, cada tullido.
—No te duermas –susurró una voz femenina que no había escuchado nunca—. La tormenta viene para acá. —El murmullo se volvió urgente, desesperado—. Debes mantenerte despierta y proteger a nuestra hija. ¡Edeen!
Abrió los ojos como si aquella exclamación hubiera sido un zarandeo. Con las pulsaciones disparadas, miró a Laren y a Sarge, y los encontró en el mismo lugar que los había dejado: sin dejar sus juegos, ajenos a lo que Edeen estaba viviendo.
¿Qué demonios había sido eso? Aquella voz se había sentido tan real que casi podía haber notado el aliento de la mujer en su oreja.
¿Acaso su mente estaba tan trastocada que ya le provocaba alucinaciones?
¿Los fantasmas de Culloden estaban acosándola?
¿O eran las criaturas del lago, que buscaban su tormento?
Se levantó y fue hacia la ventana. El silencio pesaba sobre el campo, como si incluso los pájaros estuvieran de luto.
El cielo seguía encapotado, pero las nubes no eran de las que venían llenas de agua y tampoco se veía ningún rayo zigzaguear en el horizonte.
¿Cómo podía decir que la tormenta se avecinaba?
Era imposible que un fenómeno tan virulento se crease con excesiva rapidez.
Incluso en verano, las tempestades que duraban diez minutos tenían un preaviso en el horizonte.
Edeen se pellizcó el puente de la nariz.
—¿Estás bien, mamá?
Las palabras de aquella alucinación empezaron a ponerle la piel de gallina. Se había referido a Laren en plural, como si ambas fueran sus madres, como si ambas fueran sus guardianas en cierto modo.
—Sí, cariño —le respondió, tratando de sonreír—. Solo necesito unos instantes para mí.
Para respirar hondo y quitarse de encima aquella sensación tan extraña y pegajosa.
—Estás blanca. —La niña se tocó las mejillas para hacerle comprender que estaba pálida.
—Es que tengo frío. —Se acercó al fuego y se agachó. Laren la abrazó al instante, como si quisiera hacerle sentir su calidez. La acunó contra su pecho mientras se preguntaba qué demonios acababa de pasar.
—¿Crees que papá nos traerá algún regalo de su viaje?
—No creo que haya presentes allí donde ha ido tu padre, cielo. —Le peinó un mechón rebelde, echándoselo hacia atrás—. Pero ¿por qué no le hacemos un bizcocho para cuando regrese?
Los enormes ojos bicolores de Laren se abrieron con excitación.
—¿Y que se lo coma calentito?
Se la veía tan emocionada. Bendita inocencia, bendita ignorancia.
—Claro.
—¡Genial!
Laren regresó al lado de Sarge, quien olisqueaba la muñeca de trapo que la pequeña había dejado en el suelo. Sin notar el frío del suelo, la pequeña se sentó de nuevo y empezó a jugar tanto con el perro como con la muñequilla. Edeen la contempló unos segundos.
Si se quedaban solas, estaban vendidas, abandonadas, pues no pertenecían al clan. Estarían por su propia cuenta, sin nadie que diera la cara en su nombre. Sin protección. Sin una red de apoyo, pues sus padres no podrían asumir la responsabilidad de ocuparse de ellas.
Edeen debería contemplar la opción de casarse con otro hombre, que podría ser tan distinto a Creyton.
Podría ser un borracho, un bruto, o alguien sin sangre, sin ambiciones.
Los dos extremos eran espeluznantes. Tragó saliva y contuvo las lágrimas ante la sola idea de quedar viuda y tener que casarse por pura obligación.
El miedo a perder al hombre al que amaba, sumado al terror a quedar a merced de una sociedad que pisoteaba a mujeres y niñas, se clavaba en sus costillas como garras. Nunca había visto un lobo, pero le parecía estar rodeada de una manada.
Intentando mantenerse ocupada, cogió de su cesto de costura un vestido de verano que Meghan le había dado a Laren.
Iba a arreglarle las mangas y la falda, porque le venía justo y todavía faltaba un poco para que la brisa fuera más suave y el sol calentase la piel.
Si quería aprovecharlo, tenía que ser algo más largo.
Se sentó y trató de centrarse en lo que estaba haciendo, pero ni siquiera coser conseguía desatascarle la mente; sus sentidos le decían que la puerta se abriría de un momento a otro y Creyton entraría con una sonrisa ladeada.
A media tarde, cuando el sol ya se había escondido y la noche había caído, cerrada y obscura, sobre el lago y la cabaña, Sarge se alzó sobre sus patas.
La semilla de la esperanza podría haber florecido de no ser porque el perro se encaró a la puerta, con las orejas hacia atrás y los dientes bien visibles.
Un gruñido largo y estridente la puso en alerta.
Edeen buscó la pistola y la cargó con manos temblorosas.
Estaba harta de tener que cogerla, de sostenerla y sentir su peso contra la palma de la mano.
El ladrido de Sarge escapó de su hocico a la vez que alguien llamaba a la puerta con fuerza y urgencia. No era la señal de Creyton. Había un desconocido en el exterior; de ahí la inquietud del perro.
—¿Mamá?
—Ponte detrás de mí —le exigió, forzándose a ser valiente, a mostrarse fuerte y dura.
Otra vez, esos golpes.
Sarge volvió a ladrar y bajó el cuerpo, como si estuviera preparándose para atacar de un salto.
—¿Hermana? —La voz llegó amortiguada desde el porche.
Fue como si alguien la abofetease y el mundo girase a su alrededor.
No tardó ni un segundo en reponerse. Ordenó al perro retirarse y caminó hacia la entrada como si fuera sonámbula y el suelo fuera inestable.