El marido equivocado 24 #2
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24 #2

Se puso la camisa y se alisó una arruga invisible antes de salir del dormitorio.

Tomó un pequeño caldero de hierro y lo puso en el hogar, el cual avivó en cuestión de segundos.

La cabaña estaba caldeada a pesar de que el exterior o su corazón estaban helados.

Mientras, tomó varios botes de sus estantes: necesitaba la raíz de valeriana seca que Morgana le había entregado en Samhain, flores de manzanilla del jardín de la cabaña, flores de lavanda seca que su madre le dio cuando se vieron por última vez y miel, cuyo tarro estaba más vacío que lleno.

Machacó la raíz de valeriana en un mortero y lo echó a una pequeña jarra, donde ya había lanzado unas pocas flores de manzanilla.

El agua ya estaba hirviendo, así que calculó a ojo qué era necesario para una taza y la vertió en la jarrita.

Tapó la vasija con un paño limpio y la dejó sobre la repisa de la chimenea.

El calor de la piedra terminaría de caldear la jarra.

Se sentó en el suelo y dejó que el aroma, que empezaba a colarse a través del paño, le hiciera cosquillas en la nariz. La paz que buscaba no llegaba. La tranquilidad que anhelaba no se instalaba en su pecho.

Su marido salió del dormitorio y fue quien terminó de preparar la infusión, añadiendo en la jarra las flores de lavanda seca y colándola al poco con una tela de lino para que ni las raíces ni las flores cayeran con el agua.

Ella había aprendido la receta de su madre, que a su vez la aprendió de una curandera en su primer embarazo. Se la había mostrado a Creyton en varias ocasiones, pues Edeen le preparaba el brebaje a Laren para ayudarla a dormir a pierna suelta tras una pesadilla.

Toda la casa olía a la infusión, pero esa vez no lograba relajar a ninguno de los que estaban en el salón en ese instante.

Edeen lo dulcificó con miel y le dio un buen trago. Suerte del endulzante. La valeriana poseía un sabor tan fuerte que a veces era como comer tierra. Le entregó la taza a Creyton. Su esposo también se la tomó de un trago y dejó la taza vacía junto a la jarra, en la mesa grande.

Se miraron a los ojos. Parecía que las hierbas no fueran a hacer efecto, pues sus miradas estaban más despiertas que nunca.

Había dolor, había incertidumbre. Era horrible toparse cara a cara con aquello que llevaban meses esquivando.

Sin embargo, la guerra los había alcanzado de una manera cruel y no había modo de escapar de sus garras.

—Vamos a la cama —susurró él, ofreciéndole la mano.

Ella aceptó el gesto y se dejó guiar hasta el lecho. Se tumbaron juntos, acurrucándose bajo las mantas. Se mantuvieron en silencio, dejando que la noche cayera sobre ambos como un yunque. Dolía respirar, dolía parpadear.

Pronto, la respiración de Creyton se acompasó. Edeen se levantó sobre un hombro y contempló su rostro laxo a la luz, cada vez más escasa, de las velas que se iban consumiendo.

Esperaba poder dormir muchas noches más a su lado.

No podía concebir dormir sin el calor de su cuerpo junto al suyo, sin sus leves ronquidos cuando estaba a punto de despertarse.

Realmente, no lo necesitaba. Podía vivir sin él, dormir sola y regularse con su propia respiración, porque antes de casarse lo había hecho.

No obstante, no quería. No eran sus deseos.

Cuando por fin se durmió, no tuvo sueño alguno, y es que pronto una mano se posó sobre su hombro. Edeen se levantó como impulsada por un resorte. No tenía la sensación de haber dormido demasiado. Un vistazo a la lumbre y supo que había pegado una cabezada de media hora, no mucho más.

—Voy a vestirme para partir —informó Creyton con rostro sombrío, aunque las bolsas bajo sus ojos ya no eran tan violáceas. La infusión le había ayudado, al parecer.

Ambos se prepararon para el nuevo día, que comenzaba antes de la salida del sol y que auguraba ser largo y tedioso para ambos. Cuando estuvieron vestidos, se miraron. La cama estaba interponiéndose entre ellos y la distancia parecía un maldito abismo imposible de salvar.

Edeen respiró hondo y rodeó el lecho para ponerle la mano en el pecho, en los hombros, en el cuello. Subió hasta las mejillas.

—Debes regresar vivo, ¿me oyes? No puedes dejarme sola. —La voz se le rompió y los ojos se le llenaron de lágrimas. Lo vio borroso—. Promételo.

—No puedo hacer tal cosa —musitó él.

«No puedes prometer algo así, cariño. Hay cosas que uno no puede saber y no puede prever».

—Creyton…

—Nada quisiera más que asegurarte que todo va a estar bien, pero los ingleses son seres impredecibles. No me pidas que te haga juramentos que no sé si puedo cumplir, porque, si soy encarcelado o muero, me perseguirá para siempre. —Puso las manos sobre las de ella y la obligó a soltarlo.

—Me niego a perderte. Yo te…

Era el momento de decírselo, de confesárselo. Si se marchaba sin saber lo que sentía por él, Edeen no se lo perdonaría jamás, porque hacía meses que había aceptado los sentimientos que Creyton despertaba en ella.

Para su sorpresa, una mano se posó sobre su boca. Creyton la acalló con las cejas curvadas sobre los ojos, que estaban volviéndose sombríos. Edeen vio sufrimiento real en su cara.

—No lo digas —pidió él, también con la voz algo resquebrajada—. No lo hagas. —La soltó y dio dos pasos atrás, como si Edeen fuera una banshee que lloraba para anunciar la muerte cercana de un ser querido. Ella era la causante del dolor que se leía en su mirada. ¿Por qué? No era su intención.

—Pero…

—Sé lo que quieres decir —susurró él. Edeen tragó saliva.

¿Tan obvio era? Había creído que lo disimulaba bastante bien—.

Y no quiero que lo pronuncies ahora. No hoy, que me marcho.

No hoy, que no sé qué encontraré en el páramo o de camino hacia allá.

No deseo que me digas que me quieres justo en este momento, porque, si muero, no sabré si lo has dicho porque quieres que me vaya del mundo sintiéndome amado o porque realmente te has enamorado de mí.

Jamás lo engañaría de ese modo, nunca se le pasaría por la cabeza decirle que lo amaba solo para que la muerte no fuera tan amarga.

No era tan cruel. Y, aun así, no podía detestarlo por tener esa imagen de ella, pues podía comprenderlo.

Una parte de ella lo hacía. Un pedazo de su corazón le hablaba y le aseguraba que Edeen se haría las mismas preguntas de ser él y encontrarse cara a cara con la Parca.

—Creyton, por favor…

Él le sonrió con aflicción antes de besarla en la mejilla y salir del dormitorio.

Su ausencia, de repente, se sintió física.

Lo siguió aguantando las lágrimas, sacando fuerzas de donde fuera, y se apoyó en una de las butacas, observando desde lejos cómo entraba en el dormitorio de su hija y le daba un beso en la frente.

Cuando la imagen le resultó demasiado para su frágil estado de ánimo, fue hasta la zona de cocina.

Le preparó un petate con un poco de agua, vino, pan y queso. Contuvo el temblor que le sacudía las manos cuando se lo tendió.

—No creo que tarde más de dos días en regresar. —No hizo falta añadir que el páramo no estaba tan lejos. Eran unas pocas horas a caballo—. Salid lo justo y necesario, Edeen. No sabemos cuán peligroso es ahora estar fuera. Y, si debes usar la pistola, hazlo.

La sola idea de tener que disparar le revolvía el estómago, pero no iba a separarse del arma.

—Descuida. —Gracias al cielo la voz se mantuvo en un tono estable, sin temblores—. Estaremos bien.

Le sonrió para sosegarlo. Creyton no podía partir nervioso y preocupado porque Edeen se quedara desconsolada en casa.

Creyton asintió y ella no supo qué decir.

A su esposo no le gustaban las despedidas, así que decirle adiós desde la puerta le parecía frívolo.

Se quedó junto a los fogones, inmóvil, usando una máscara de desgana, esperando a quedarse sola para derrumbarse.

Él parecía saberlo, porque le acarició la mejilla y la barbilla.

Le dio un largo y suave beso en los labios, que dejó a Edeen con mal sabor de boca.

Luego, no apartó los ojos de su fuerte espalda y lo contempló irse.

Cada paso que Creyton daba hacia el exterior era como una cuchillada que amenazaba con doblarla sobre sí misma. En algún punto, tuvo que sujetarse a la mesa. Temía caer de rodillas y no poder levantarse.

Posiblemente había perdido a su hermano y también a su primer amor. Esperaba no tener que despedirse también de su marido.

La mirada que Creyton le dirigió antes de cerrar la puerta tras él la rompió en mil pedazos.

Por poco su compostura se fisuró ahí mismo.

La soledad y el silencio la abrazaron con una frialdad apabullante, que abrió el dique de lágrimas.

Sin dejar de llorar, caminó a paso lento hasta la pesada hoja de madera y echó la llave y el cerrojo.

El sonido de cada engranaje al encajar en su ranura era como un martillazo en el corazón.

Dejarlo marchar sin poner pegas era un acto de amor en sí mismo y confiaba en que Creyton pudiera comprenderlo; que se diera cuenta de que lo que había querido confesarle no era una mentira piadosa.