El marido equivocado 24
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Media hora más tarde, tras una copa de whisky que compartieron en silencio sentados en la cama, se acostaron en silencio. Eran incapaces de entablar conversación, pues el dolor era demasiado insoportable. Cada uno tenía sus propios fantasmas, su propio duelo que gestionar.

Edeen no podía dormir. No dejaba de dar vueltas en la cama, hasta el punto de que sus piernas se enredaban con los bajos de la camisola. Los pensamientos se le amontonaban contra los párpados cerrados y las mantas no caldeaban su cuerpo.

Quería noticias del páramo, pero no quería que fuera Creyton quien partiera para conseguirlas.

Era contradictorio, pues una parte de su alma necesitaba saber que su hermano estaba bien, mientras que la otra parte temía por la vida de su marido.

Se preguntó cuánto se habrían ensañado los enemigos de los jacobitas en el campo de batalla. Se preguntó cuán superiores eran en número y recursos, y si habían hecho del encuentro un infierno.

¿Esa rabia, ese odio, ese rencor iban a continuar pujando ahora que todo había terminado? ¿Qué harían con la ira de ver a sus dragones muertos? ¿Lo pagarían con aquellos escoceses que captasen por el camino? ¿Qué harían con los que estaban en prisión?

Se decía a sí misma que la vida de Creyton no debería correr peligro.

Con los papeles que Gillies había mandado redactar y firmar, nadie podría tacharlos de traidores, de jacobitas, pero había oído decir que los casacas no se caracterizaban por ser racionales.

A veces daba la sensación de que solo aceptaban en el cuerpo a dementes o psicópatas.

Davies era la prueba de ello. Quería culpables a toda costa y la inocencia de su familia le molestaba sobremanera.

Su familia.

Llevaba tanto tiempo en aquella cabaña que era como si su única familia fueran Creyton, Laren y Sarge. Sin embargo, en Culloden había parte también de sus orígenes, de su sangre.

Como su hermano.

Edeen apretó los labios para no echarse a llorar.

No podía evitar pensar en Stewart. Era curioso, porque no lo imaginaba apilado en una montaña de cadáveres ni contra una pared para ser ejecutado.

Rememoraba una y otra vez su infancia, la juventud que había vivido a su lado.

Podía sentir su mano sostener la suya, e incluso su nariz olía las flores que le trajo el día de su boda.

Era insostenible. Apretó fuerte los ojos hasta que un zumbido se instaló en la frente y cubrió las risas compartidas, que dolorosamente resonaban en sus sienes.

El brazo de Creyton salió de la nada y la rodeó para pegarla a su cuerpo.

La espalda de Edeen chocó contra su pecho y esta soltó un leve suspiro entre dientes por la sorpresa.

La tibieza masculina pronto se dilató en sus huesos, logrando más que la ropa de cama o que el licor.

Sin embargo, no era posible relajarse. No podía poner la mente en blanco sin más.

Llevaba muchos meses soportando dudas y miedos.

Durante ese tiempo, había conseguido acallar esas emociones para no derrumbarse, pero ya no podía seguir sorteándolas.

La estaban consumiendo a un ritmo vertiginoso.

—Necesitas dormir —susurró en voz muy baja su esposo.

Ojalá pudiera.

—No es tan sencillo.

Él refunfuñó algo por lo bajo. La apretó más fuerte, como si esperase que su cercanía la deshiciera y vaciase todo pensamiento de sus sienes. Cuanto más fuerte era el abrazo, más consciente era Edeen del peligro que suponía abandonar la cabaña.

La mano de Creyton se posó sobre su rodilla y empezó a subir por el muslo, si bien se detuvo a la altura de la ingle.

Edeen contuvo el aliento unos segundos mientras sus músculos se deshacían bajo la ropa.

Cerró los ojos y se echó más hacia atrás, como si quisiera que su cuerpo se fundiera con el de Creyton.

Abrió un poco las piernas. Señal que él entendió a la perfección, pues estaba dándole acceso al punto que deseaba acariciar.

Durante unos segundos quiso detenerlo, pues no parecía capaz de permitir que las sensaciones se impusieran a sus preocupaciones, pero los dedos de Creyton eran habilidosos y sabían bien cómo darle placer.

Pronto, todo aquello que le impedía dormir empezó a diluirse.

Su mente se centró en un solo lugar de su cuerpo y era el nudo de nervios que Creyton estaba presionando con maestría.

Él se alzó sobre el codo y le dio un beso en el cuello y tras la oreja. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo. Zozobró entre las mantas, arqueándose contra él. Ahogó un gemido, clavándose los dientes en los labios.

Cuando Creyton introdujo un dedo en su interior, supo que era cuestión de segundos que llegase al orgasmo.

Se notaba tan sensible, tan al límite. Necesitaba desahogarse, soltar aquel dolor que contenía muerte y miedo a partes iguales.

Mordió la almohada mientras aquel hormigueo se intensificaba y la hacía flotar lejos de aquel mundo podrido, donde la nieve era roja y el aire olía a pólvora.

Su interior se contrajo en espasmos y su esqueleto vibró de pies a cabeza, provocando que convulsionase y se retorciera contra las sábanas.

Con el cojín entre los dientes aún, Edeen gritó.

Pudo sentir cómo el alma abandonaba el corazón, separándose de su ser unos segundos, mientras la noche se invertía, haciendo que las estrellas revoloteasen por el suelo de su dormitorio en vez de en el cielo.

Alzó el rostro para que Creyton la besase en los labios. Él obedeció sin dudarlo ni un solo segundo. Maldición. No podía vivir sin ese contacto tan suave y húmedo. Abrió más las piernas y echó el brazo hacia atrás, buscando la cintura, las caderas y el trasero del hombre.

—No deberíamos…

—Por favor. —Edeen casi suplicó—. ¿Y si es nuestra última noche?

Él respiró entre dientes, mostrando que aquel pensamiento tampoco le parecía agradable. Aquella pregunta escocía demasiado.

Sintió cómo la penetraba y tuvo que apretar fuerte los labios para no jadear.

La llenaba por completo. Se aferró a la curva de su trasero y se movió contra él, a la par que las caderas de Creyton la embestían una y otra vez; el sonido de sus cuerpos al chocar llenando el espacio. Esa vez no hubo delicadeza alguna.

El movimiento cada vez fue más rápido, más desesperado.

Si bien sus mentes estaban desconectadas de la realidad, porque el sexo estaba insensibilizando el sentido común, una minúscula porción de raciocinio parpadeaba en el fondo de sus frentes.

Eran conscientes de que el tiempo corría en su contra, así que estaban desesperados por encontrarse en el horizonte y llegar juntos al punto de no retorno.

Creyton gimió contra su mejilla y le mordió el pómulo. Susurró algo que Edeen no pudo comprender, pues estaba tan borracha de placer…

Se corrió sin esperárselo. Sin preaviso, el orgasmo la traspasó como un disparo abriría un boquete en su pecho y otro en la espalda. Hincó las uñas en la piel de Creyton mientras el universo se contraía a su alrededor y amenazaba con hacerse pequeño y romperse hasta no ser más que meras cenizas.

Pudo apreciar cómo la erección de Creyton palpitaba en su interior.

En cuestión de segundos, los gemidos susurrados de su esposo se volvieron prolongados y roncos, y sus brazos la envolvieron con más fuerza, intentando alargar su propio momento de éxtasis.

Ella se enterró en su espalda y disfrutó del silencio, sin abrir la puerta a los demonios que esperaban para volver a atacar.

Quería alargar aquellos instantes de calma.

Se sentía liviana, como si fuera una pluma.

Se quedaron flácidos sobre la cama a medida que los restos del orgasmo se iban disipando.

Ella se giró en cuanto Creyton se apartó.

Se abrazaron con las ropas sudadas y las respiraciones entrecortadas.

Había caricias, besos y orgasmos que eran más esclarecedores que las palabras.

A veces, no era necesaria una conversación, sino un encuentro como aquel.

Las almas habían hablado entre ellas en un momento de intimidad inmenso.

Sus mentes se pusieron en marcha con rapidez, recordándoles por qué en esa ocasión el sexo no iba de entregar y recibir placer, sino de olvidar lo que ocurría allá fuera y desprenderse de aquello que atormentaba.

Las treguas eran eso: minutos u horas donde uno podía respirar antes de meterse bajo el agua por largo rato.

Resultaba desesperante.

Edeen gruñó para sus adentros y se sentó en el lecho. Se quitó la camisola y la tiró al suelo.

—¿Buscas provocarme? —Se rio Creyton. Su carcajada no era real, sonaba amarga. Incluso sus ojos parecían estar apenados.

—Más quisieras. Voy a prepararte una infusión para que puedas descansar —susurró ella, antes de salir de la cama y coger un paño. Se lo pasó por el cuerpo y por entre las piernas—. Necesitas dormir para afrontar el día de hoy.

—He de estar fresco…

—Tómate media taza, entonces —pidió Edeen con un mohín, antes de abrir el armario y coger otra camisola.

Él suspiró y se mesó el pelo mientras se incorporaba. Vaciló por varios segundos.

—La beberé, pero… —Alzó un dedo en su dirección y con una sonrisa esbozada con ternura—. Con una condición.

Edeen enarcó una ceja.

—¿Cuál?

—Que te tomes tú lo que quede en la taza. Te veo cansada.

—Hmmmm. ¿Vas a despertarme cuando te marches?

Creyton gruñó y miró al techo unos segundos. Se le veía tan contrariado que Edeen sintió que le estaba pidiendo un imposible. Por supuesto, sabía el porqué.

—Detesto las despedidas.

Era consciente de ello. Cuando se fue a por Sarge, por poco tampoco le avisó de que se marchaba.

Pronto aprendió que no solía decir palabra cuando marchaba a trabajar, así que comprendió que odiaba el vacío que dejaba o que otro podía dejar si moría en su ausencia.

Eran viejas heridas de sus pérdidas familiares, que no se habían curado y habían curtido su carácter de un modo peculiar.

Edeen podía convivir con ello, mas no esa mañana.

No si iba a hablar con el enemigo, que no tendría reparos en desvivirlo en cuestión de segundos solo por el mero hecho de ser escocés.

—Si no vas a permitir que te diga adiós, prefiero no tomármela. —El sueño era reparador, tan profundo que temía perderse el amanecer y que Creyton se fuera sin más. No lo soportaría.

—No puedo resistirme a esos ojitos tuyos —musitó Creyton—. Haré lo que desees, esposa mía.