23 #2
Y, si hubiera sobrevivido y logrado escapar, ¿qué destino le esperaría?
No podría permanecer en el territorio. Los castigos serían brutales.
No podría comunicarse con su familia para no poner en riesgo la vida de sus seres queridos ni la propia, lo cual implicaba desaparecer de la vida de su querida hija.
Los que lograsen escabullirse del campo de batalla deberían esconderse en otros países, lejos de la venganza y el rencor.
—Edeen…, eso no es cierto.
—Sé que crees en los Estuardo, aunque finjas que no es así. Yo no creo en coronas, pero tú eres distinto. Te hubiera gustado pelear por una Escocia diferente.
—Yo…
—No lo niegues, por favor —demandó—. Los días que mi familia vino al castillo a visitarnos y nos peleamos por Laochailan, fui a por ti una noche y escuché cómo te pedían que te alistases —admitió, notando que la habitación daba vueltas.
Por más que quisiera obviar el dolor, estaba ahí, golpeando las paredes de la celda donde lo había encerrado por unos minutos para acompañar a su marido—.
Querían que peleases por la causa, mas no lo hiciste por nuestra pequeña familia.
Lo vio tragar saliva y remover los labios como si no supiera qué decir.
—Nunca me lo dijiste.
—¿Acaso era necesario? —Le acarició la mejilla y luego dejó caer la mano, notando que el brazo apenas tenía fuerzas.
Estaba exhausta. Sus elucubraciones sobre el páramo de Culloden la habían agotado hasta el punto de robarle la energía—.
Siento mucho que tengas que vivirlo desde este lado por mí y por Laren.
No podía soportar la idea de que él también podría haber estado ahí, pensándose invencible, para terminar pereciendo junto a aquellos que tanto había apreciado.
Creyton era realmente todo cuanto le quedaba; todo cuanto le recordaba a su anterior vida, todo cuanto podía sostener entre sus dedos en esos momentos y todo cuanto podría disfrutar en el futuro si los británicos comprendían que eran aliados y no traidores.
Sin embargo, suponía que Creyton tenía otra opinión distinta.
Funcionaba más con el corazón y las vísceras que con la cabeza.
Poseía la madurez de un adulto, pero su alma a menudo tomaba las riendas y le hacía creer en el honor.
Desearía haber encontrado el fin en plena batalla, sabiéndose rodeado de amigos leales, de confianza, que consideraba familia, en vez de en una cama, de anciano, rodeado de sábanas sucias por la orina imposible de contener. Edeen podía leerlo en sus ojos.
La cabeza de Creyton asintió, mas de su boca no salió ni una sola palabra. No hizo falta más. Edeen notó un precipicio entre ellos, mucho más grande que cuando se casaron sin quererlo y sin quererse. Imaginaba que aquel duro golpe volvía a colocarlos en posiciones incómodas y dolorosas.
Confiaba en que pudieran consolarse mutuamente. No era necesario hacer el duelo a escondidas cuando habían amado y perdido a personas queridas. Más allá de la política, en Culloden estaba su gente. Personas con las que habían convivido, reído, compartido comidas, cenas y hasta prendas de ropa.
Pasó por su lado tras dejar su propio vaso en la misma mesa auxiliar.
Los ojos escocían, la garganta estaba seca, los latidos de su corazón no tenían un compás uniforme.
Edeen se sentía rechazada, sola, abandonada, dolida en lo más hondo.
De un modo u otro, con muerte, prisión o exilio, los británicos le habían arrebatado a Stewart, uno de los hombres de su vida.
Y los recuerdos se amontonaban tras su mirada.
—Edeen.
Ahora era Creyton quien la llamaba y la hizo detenerse junto a la puerta de su dormitorio. Se apoyó en la manecilla para agarrarse a algo real, palpable, y dejar de tener la sensación de que flotaba. Lo miró por encima del hombro con párpados caídos, cansados.
El hombre que tenía ante sí estaba igual de agotado, pálido y trémulo que ella.
No eran más que dos seres humanos, destrozados, hechos migajas, que no entendían por qué había ganado el bando que no debía.
—¿Cómo sabes que Laochailan no te abandonó antes de la boda precisamente por el mismo motivo? ¿Para no dejarte viuda?
La pregunta de Creyton la tomó tan de sorpresa que le faltó el aire durante unos instantes, y Edeen temió desvanecerse. Se volteó del todo y se apoyó en la puerta.
—Uno de los motivos por los que me quedé fue…
porque imaginaba cómo iba a terminar todo esto.
Lo que ha sucedido en Culloden… No sé cómo, pero lo vi venir.
Todo parecía tan bien dispuesto para los escoceses, ¿no te parece?
Los jacobitas lo tenían todo a favor. Era demasiado bonito para ser cierto —reflexionó—.
¿Sabes lo que creo? —Con los ojos todavía vidriosos, Creyton se mesó el pelo—.
Que, cuando todo funciona como un reloj, hemos de desconfiar.
Y Laochailan debió pensar lo mismo, y por eso se fue sin siquiera pedirte que te casases con él.
Porque yo podría haberte dejado viuda y a cargo de una huérfana de haber hecho caso a mis primos.
Igual que él, de haberte desposado y embarazado antes de unirse a la causa.
Por supuesto, ella ya había pensado en algo así y había sido una especie de consuelo en contadas ocasiones, pero Edeen habría querido tener una pizca de poder de decisión.
—Quiero ir a ver si me entero de quién ha muerto —anunció Creyton entonces—.
Tengo primos en el páramo, amigos, y también tu hermano.
Me gustaría partir por la mañana. A estas alturas, y viendo lo que ha traído Davies, de seguro que tienen un listado de fallecidos y prisioneros que se someterán a algún enjuiciamiento.
—¿Crees que de verdad van a ir a la cárcel?
Porque Edeen imaginaba que los supervivientes de Culloden estarían de rodillas ante los británicos, quienes dispararían desde atrás, incrustándoles una bala en la nuca, sin molestarse en llevarlos ante un juez.
Un escalofrío le lamió la espalda, y las ganas de llorar regresaron con tanta fuerza que las rodillas por poco flaquearon.
—No lo sé. Quisiera comprobarlo. ¿Podrás quedarte sola? —preguntó él, frotándose la nuca—. Procuraría regresar como tarde al día siguiente.
—¿Es seguro para ti?
—No he peleado. No le debo pleitesía al clan. No deberían… hacerme nada.
—¿Pero es una posibilidad? —El labio inferior le tembló.
Él apartó la mirada y Edeen comprendió que, tal vez, no regresaría con vida.
Los ingleses podrían considerarlo un traidor por aproximarse a preguntar por sus seres queridos, quienes sí habían traicionado a Inglaterra y su monarca.
Dispararían antes y se cuestionarían después si Creyton era realmente culpable.
Sin embargo, Edeen no podía retenerlo a su lado.
Sin saberlo, sin pretenderlo, ella y Laren lo habían hecho permanecer a resguardo de la guerra.
Durante meses, Creyton había traicionado sus ideales para darles un techo, una vida segura, un futuro sin acusaciones falsas, pues no había nada que hiciera pensar que habían apoyado a los jacobitas.
Ahora, necesitaba comprobar con sus propios ojos cómo estaba el páramo donde su gente lo había perdido todo.
Su alma necesitaba presenciarlo, empaparse de la sangre y ser conocedor en ese mismo lugar de quién había fallecido.