El marido equivocado 23
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Edeen se despertó, perezosa, y vio por la ventana que estaba lloviendo a cántaros, como si las nubes contuvieran un mar y tuvieran que soltarlo sobre sus cabezas, así que era complicado saber qué hora era.

Tan solo podía apreciar que era de noche, por lo que debía ser entre las once y las cuatro y media de la mañana.

Por lo menos, no nevaba. De hecho, posiblemente al día siguiente ya no quedase manto blanco sobre la hierba.

El otro lado de la cama estaba vacío y helado. Decidió ir a por su esposo; si no podía dormir por los truenos o el golpetear de la tormenta en la piedra, quizá pudiera destensarlo lo suficiente como para que volviera a estar soñoliento. Se puso la bata, mas no se molestó en abrocharla.

Lo encontró frente al fuego, tal como había pensado. Su sonrisa pícara murió al darse cuenta de que Creyton tenía una expresión fúnebre, incluso cuando parecía rehuir su mirada adrede.

Su madre decía que el instinto reconoce el peligro y la desilusión antes que el corazón o el propio sentido común.

Quizá eso fue lo que ocurrió al percibir la tristeza que emanaba del cuerpo de Creyton.

Percibió las malas noticias que contenía la misiva que había en el brazo de la butaca, mucho antes de que él abriera la boca para dirigirse a ella.

Se detuvo como si hubiera una pared invisible que le impidiera avanzar más, y observó el salón como si nunca lo hubiera visto antes.

No parecía la misma cabaña que horas antes, cuando cenaban entre risas porque el muñeco de nieve de Creyton tenía un aspecto horroroso.

Se respiraba un dolor desgarrador; tanto que su alma empezó a resquebrajarse y su estómago tiritó, amenazando con devolver la manzana que había tomado de postre.

El ambiente era gris, frío, imposible de caldear con la chimenea prendida y los candelabros; como si se estuviera velando un cuerpo demasiado joven y querido entre aquellas paredes.

Y tal vez así era.

Cientos de pensamientos cruzaron por su mente y ninguno era alentador.

Pensó en la guerra, en su hermano. Pensó en sus padres, quienes podían haber enfermado, haber sufrido alguna caída aparatosa.

Y también en sus hermanas, tan dulces y adorables, tan pequeñas e inocentes. ¿Habrían sufrido algún percance?

Esos pensamientos fueron como la fiebre que en noviembre la hicieron desfallecer.

Se acercó más a su esposo y vio que la mano de Creyton temblaba al sostener una estampa del patrón de Escocia. Entonces lo comprendió. No era ni su padre, ni su madre ni sus hermanas. Tampoco Laren. Se trataba del alzamiento; allí donde estaban el jefe del clan, su hermano Stewart y Laochailan.

Edeen tuvo miedo de preguntar. Finalmente encontró la voz:

—¿Qué hora es?

No era capaz de preguntar otra cosa, pues sabía que la contestación de Creyton no le iba a gustar.

Este comprobó su reloj de bolsillo, regalo de Gillies, pues solo los hombres más adinerados de Escocia podían permitirse uno. Le costaba leer las agujas. Saltaba a la vista que concentrarse le era complicado, señal de que tenía la mente en otro lado.

—Las doce y cuarto de la noche.

Edeen se pasó la lengua por los labios para tratar de humedecerlos y quitarse el sabor amargo de la boca.

—¿Qué ha ocurrido?

Silencio. Silencio pesado y eterno, que la hizo envejecer cien años en solo cien segundos de tortura. Sus ojos se emborronaron por las lágrimas, que parecían saber que lo que dijese su esposo iba a perseguirla de por vida.

—Davies nos ha visitado al rato de acostarte tú.

—¿El capitán? —No entendía. ¿Qué deseaba tan tarde? Su visita, sin duda, no podía traer nada bueno.

—Me ha traído una carta… certificando la muerte de Gillies.

—Oh, no, Creyton.

No conocía en demasía a su padrino. Lo había visto en escasas ocasiones, aunque en todas ellas había sido un caballero con ella.

Edeen no podía decir que fuera un hombre transparente, pues no había sido honesto del todo con su matrimonio, mas sabía que sus motivaciones nacían del amor, de la bondad.

Creyton era así de benévolo, amoroso y respetuoso por su influencia directa en su crianza.

Si su marido era hombre de honor, era gracias a Gillies.

Sintió su pérdida y pudo apreciar el duelo emanando del cuerpo de su esposo.

—Ha habido una batalla en el páramo de Culloden —musitó Creyton tras humedecerse los labios y doblar la estampita para guardarla de nuevo dentro de su morral, que descansaba en el suelo de cualquier manera—. Se acabó, Edeen.

El suelo tembló bajo sus pies.

Aquello iba más allá del laird.

—¿Qué…? ¿Cómo…?

Él no respondió. Tiró la carta al fuego y ambos miraron cómo se convertía en una gran llama, que se redujo a cenizas con la misma rapidez que había prendido.

Sin mediar palabra, dejándola a solas con sus demonios, Creyton sirvió dos copas de whisky. Regresó a su lado, se la tendió y ella la aceptó. No le gustaba beber, pero, si iba a recibir un mazazo, quería tener algo a lo que agarrarse para sentir que aún pertenecía a este mundo.

Creyton todavía la evitaba. No quería mirarla. No obstante, Edeen ya se había percatado de sus ojos rojos, inyectados en sangre. Estaba conteniendo las lágrimas como podía.

—¿Mi hermano…? —logró articular.

El corazón le latía con ferocidad, a un ritmo frenético que golpeaba sus costillas, provocando grandes cardenales más allá de la piel. Deseaba saber la respuesta, a la par que no quería escucharla.

—No lo sé —susurró Creyton, bebiendo un trago largo y sirviéndose después más licor.

Ahí estaba de nuevo: la duda. Esa indecisión tan dolorosa que se clavaba en el corazón y no desaparecía.

—¿Entonces? —Apenas podía poner una sílaba delante de la otra—. ¿Qué ha pasado en Culloden?

—La guerra ha acabado, Edeen.

Sus ojos dijeron mucho más que aquellas palabras. La realidad se impuso a trompicones, de un modo ágil y tan brutal que la hizo respirar entre dientes.

El frío que se respiraba se coló en su garganta y Edeen se dejó caer en el sillón, notando que las rodillas no iban a sostenerla. El fuego que había a escasos palmos de su cuerpo no le dio ningún tipo de calidez ni consuelo.

—Hemos perdido —musitó, notando que cada letra que formaba aquella oración, tan simple pero tan compleja al mismo tiempo, se clavaba en su cuerpo como cientos de agujas—. ¿Es eso lo que quieres decirme?

Ojalá fuera una mentira. Una treta de los ingleses para minarles la moral y hacerlos diminutos en medio de su dolor, aprovechándose de la ventaja que les daría hundirlos.

Pero sabía bien que no era posible. Los británicos no se jactarían de una victoria tan aplastante si no hubiera sucedido.

Y, de haber salido ellos vencedores, los escoceses ya estarían haciendo sonar las gaitas en todos los recodos del país, para que su música resonase como mosquetes con su eco a través de las montañas.

Aunque él no lo dijo en voz alta y ella no estaba mirándolo, no hizo falta. Pudo notar cómo Creyton asentía con la cabeza con mucha lentitud, tratando de digerir las noticias que acababan de llegarle.

Nunca había estado en Culloden, a pesar de que la distancia entre el pueblo o aquella misma cabaña y el páramo era escasa.

Estaban a pocas horas a caballo. En menos de una mañana, se plantarían allí si se lo planteasen.

Edeen podía imaginar un hermoso claro, tan grande como el mismo cielo; de hierba tupida, rodeado de bellísimos árboles, poblados de unas hojas verdes espesas y todavía tímidas, pues la primavera acababa de arrancar.

Sin embargo, ese paisaje tan bonito ya no era verde.

El prado había tomado un color escarlata aterrador.

Ahora estaba repleto de cuerpos fríos, malheridos, inertes, mientras que sus almas caminaban junto a las de aquellos ingleses que también yacían en aquella tierra.

Resultaba grotesco imaginarlo, pues ni siquiera la nieve que había caído los días anteriores podría cubrir tanta muerte, tanto dolor.

Su corazón gritó, resonando aquel aullido en sus costillas.

No quería visualizar el cuerpo de su hermano, con las ropas rajadas y la piel magullada, estirado sobre una montaña de cadáveres donde los colores de las casacas y los tartanes se entremezclaban.

Pero la imaginación era un arma poderosa, que a veces podía causar placer…

como otras podía causar una auténtica catástrofe.

Tan solo esperaba que hubiera estado acompañado, si no había podido escapar de las armas y de la furia de los ingleses. Quizá hubiera partido junto a Laochailan: habían crecido juntos y así habían encontrado su final.

Edeen se obligó a parpadear repetidas veces para alejar las lágrimas del rostro.

Intentó no pensar en un paisaje gris y rojizo, lleno de polvo, nieve y sangre en exceso.

Aparcó un momento sus propios sentimientos y todos esos pensamientos que la atosigaban.

Dejó a un lado los miedos, el dolor, la incertidumbre, y apartó a Stewart de su mente.

No podía hacerle frente a tal realidad en esos instantes.

Levantó el rostro para observar a Creyton.

Tenía el rostro contraído, los ojos entelados.

Su expresión era funeraria. Él tampoco estaba gestionando bien las noticias que llegaban del frente, no solo porque los jacobitas habían perdido la guerra de un modo fulminante.

Sino porque los que había en aquel páramo, no muy lejos, eran amigos, familia.

Su padrino, sus familiares, que habían insistido para que se uniera a ellos. Amigos, sirvientes, que lo habían visto crecer y que le habían ayudado en la crianza de Laren.

El sufrimiento que ella estaba cargando en el alma era compartido por su marido.

Solo quedaban ellos en pie. En medio de aquella soledad, de todo el dolor, se tenían el uno al otro. Era de agradecer, pero también descorazonador.

Como si se sintiera observado, Creyton se alejó, dejando la copa sobre la mesa auxiliar.

—Creyton.

Su voz lo paralizó en medio del salón, impidiéndole la retirada silenciosa que estaba llevando a cabo. Ella se levantó con lentitud de la butaca y se terminó el whisky, notando el calor del licor en las entrañas. Punzando. Ardiendo. Quemando todo a su paso.

Él se giró para mirarla y Edeen esbozó una sonrisa débil.

—Sé que preferirías haber muerto en esa batalla… en vez de estar aquí.