22
Laren salió de la habitación seguida de su fiel amigo de cuatro patas.
Se frotaba los ojos porque todavía hubiera dormido más, pues se estaba levantando más temprano de lo habitual.
Edeen imaginó que se despertó porque la casa olía a bizcocho recién horneado.
Incluso parecía que hacía más calor a causa de la tibieza que el horno desprendía.
Creyton y ella habían madrugado para preparar un pastel para celebrar el quinto cumpleaños de su hija.
Habían preparado una tarta ligera, rellena de pasas y piel de naranja, que Edeen había confitado especialmente para la ocasión.
Para cuando la pequeña estuvo en medio del salón, Creyton ya había decorado el pastel con almendras enteras.
Los ojos bicolores se abrieron de par en par al ver la tarta en el centro de la mesa y su sonrisa empezó a ensancharse. Se le había caído su primer diente de leche unos días atrás, así que se veía un hueco en la encía superior. Era la viva imagen de la infancia.
—¿Es para mí? —preguntó con un hilo de voz. Cada día se notaba que era más mayor, porque su voz ganaba seguridad y pronunciaba mucho mejor.
—Sí, cariño. —Creyton caminó hasta ella tras limpiarse las manos en un paño. La abrazó—. Feliz cumpleaños, mi niña mayor.
Edeen dejó a un lado la tetera con el corazón encogido.
Podía apreciarse la emoción en la voz de su marido.
No había tierra ni lucha que valiera más que el vínculo que los unía.
Podía comprender por qué había renunciado a sus ideales y se había quedado allí, peleando por su familia en vez de por una corona.
También se aproximó a Laren con una sonrisa.
—Felicidades, princesa. —La abrazó también y le besó la coronilla.
—¿Por qué no desayunamos un poco de tarta?
—sugirió Creyton, señalando la mesa con una mano.
Habían puesto el mantel que habían usado para las fiestas navideñas, estaban usando la mejor vajilla que poseían y habían preparado té para acompañar la tarta.
Hacía frío y la bebida caliente les asentaría la masa de bizcocho en el estómago—.
Está caliente y estará más sabrosa y esponjosa.
Laren se sentó en su silla, contemplando la mesa preparada con absoluta fascinación.
Creyton le había contado que había preparado pasteles en años anteriores, pero que la pequeña se olvidaba de un día a otro.
Siempre tenía algo más interesante que aprender, algo más divertido que hacer o algo más absurdo que pensar.
Sin embargo, empezaba a tener una edad donde se daba cuenta de las cosas; los recuerdos comenzaban a trenzarse dentro de la mente y se almacenaban para ser rememorados más adelante.
Ante la atenta mirada de Sarge, que se había aposentado sobre sus cuartos traseros junto a Laren, Creyton cortó el pastel y puso una porción en cada plato. Le entregó un pedacito muy diminuto al perro, quien ladró de satisfacción y se quedó con la lengua fuera, esperando que le dieran un poco más.
—Está muy rica, gracias —dijo Laren tras darle dos bocados a la tarta. Estaba tan graciosa con las comisuras llenas de migajas.
—Había pensado que hoy podríamos ir a dar una vuelta por el bosque y pasear.
No es que hiciera buen tiempo, pues las nubes eran grises y teñían el cielo por completo. Por lo menos, la niebla empezaba a disiparse y parecía que no fuera a llover o nevar.
—Pero tienes que trabajar, papá.
—El trabajo puede esperar. —Él se encogió de hombros—. ¿Qué me dices, Edeen? ¿Te unes a nosotros?
—Por supuesto —aceptó de inmediato, sonriente. Le revolvió el pelo a Laren—. No me perdería por nada del mundo un día como este. Mientras podamos, celebrémoslo.
Las obligaciones de la vida adulta poco a poco se irían imponiendo en sus vidas, mientras que ese día bien podían esquivarlas.
Terminaron lo que tenían en los platos, guardaron el bizcocho para después y se bebieron el té, agradeciendo la tibieza que bañó sus cuerpos.
Se limpiaron las manos y salieron a dar de comer a los animales antes de entrar en la casa, riéndose porque tenían las manos rojas y casi agarrotadas porque la brisa helada los había abrazado nada más poner un pie en el porche.
La crudeza del invierno parecía no terminar, pero la alegría de Laren en el día de su cumpleaños era tan contagiosa que una hasta podía olvidarse de que la humedad y el frío se metían en los huesos.
—Ah, tengo algo para ti —informó Edeen.
Vio que Laren enarcaba las cejas y miraba a su padre en busca de una pista, pero Creyton encogió los hombros antes de desviar los ojos hacia ella. Él también tenía curiosidad; esta resplandecía en sus pupilas.
Sacó del arcón de su dormitorio un paquete envuelto en lino, cuidadosamente envuelto y atado con una cinta de color verde manzana. Respiró hondo. Lo había hecho con todo su cariño e ilusión, y esperaba que Laren pudiera advertirlo nada más verlo.
Laren casi chilló y empezó a dar saltos cuando la vio aparecer con el regalo.
—¿Qué es? ¿Qué es?
Laren abrió con delicadeza el paquete, lo cual era sorprendente, pues respiraba con urgencia y parecía que no cabía en su propia piel de la excitación.
Lanzó un pequeño grito cuando sacó del paquete un vestido de lana, en un tono crema cálido muy adecuado para la primavera, donde se apreciaban hojas bordadas del mismo color de la cinta verde en las mangas, cuello y bajos de la falda.
—¿Lo has hecho tú? —preguntó Laren, comprendiendo que aquello era algo más que un simple regalo.
Edeen asintió. Se había pasado muchas noches confeccionándolo sin que Creyton se enterase de que no estaba en la cama durmiendo con él—.
Muchas gracias. —Le entregó con reverencia el vestido a Creyton antes de girarse hacia Edeen y lanzarse a sus brazos.
Por poco la derribó—. Gracias, gracias, gracias.
Ella la estrechó con los brazos y olió la inocencia que impregnaba el pelo de Laren.
Levantó los ojos hacia Creyton y vio que observaba el vestido con una sonrisa ladeada que desprendía ternura. Cuando sus miradas se encontraron, él dijo que era muy bonito moviendo solo los labios. Edeen asintió casi de manera imperceptible, aceptando el halago.
—Me encanta. —Estaba hasta ruborizada por la emoción—. ¿Puedo ponérmelo hoy? ¿Puedo? ¿Puedo?
—Creo que deberás esperar un poco. Está pensado para la primavera.
Era difícil decirle que no a esa carita suplicante, pero lo último que quería Edeen era que Laren se resfriase y pasase unos días postrada en cama con fiebres.
—El tiempo todavía no acompaña, hija —secundó Creyton, doblando el vestido con ceremonia para volverlo a envolver en lino.
—¿Podré usarlo en Beltane? —planteó Laren, que parecía necesitar una fecha para saber cuándo podría usar su nuevo vestido.
Era conmovedor que estuviera tan feliz. Sobre todo porque era algo que Edeen había hecho con sus propias manos y que había preparado especialmente para ella, con Laren en su mente con cada puntada que había dado.
—Gran idea —sonrió Creyton.
—Es un buen día para estrenar este vestido, sí —concedió Edeen, peinándole el pelo y escondiéndoselo tras la oreja—. Ahora, ¿por qué no vas a vestirte? Te peinaré con una trenza, como a ti te gusta, y nos iremos a caminar con papá.
—¡Sí! —El alarido de Laren resonó entre las paredes.
Corrió hacia su dormitorio, pero frenó en el umbral. Sarge, que la seguía, por poco la embistió porque el gesto lo tomó por sorpresa. Regresó hasta Edeen, que se agazapó para quedar a su altura.
—¿Puedo…? —Se balanceó sobre sus pequeños pies, con los dedos moviéndose sobre las piedras—. ¿Puedo llamarte mamá?
El aire que envolvía a Edeen se quedó suspendido y no quiso entrar en sus pulmones por más que quisiera respirar con normalidad. No se esperaba esa petición.
Por supuesto, que la llamase de ese modo y no por su nombre de pila sería todo un honor.
Miró a Creyton, esperando que este se opusiera o la animase a aceptar.
Lo vio apoyado en el borde de la mesa, con los brazos cruzados, los ojos sospechosamente brillantes y vidriosos, y con una sonrisa tierna en la boca.
Parecía encantado con la estampa que estaba presenciando, así que Edeen supuso que no estaba en desacuerdo con lo que Laren acababa de preguntar.
—Claro que puedes, cariño.
La sonrisa de Laren fue la más extensa que había esbozado esa mañana.
Volvió a abrazarla y, esa vez, los hilos que envolvieron las dos figuras femeninas eran mucho más fuertes.
Edeen siempre había sabido bien cuál era su lugar.
Aunque ella amaba a Laren y la trataba como si fuera su verdadera hija, no había pretendido jamás sustituir a Laria.
No obstante, se había ganado el amor de Laren, que la apreciaba por encima de la sangre y las apariencias.
—Gracias por el vestido —volvió a decir la chiquilla, antes de ir hacia su dormitorio con Sarge pisándole los talones.
Los dedos cálidos de Creyton se posaron bajo su brazo. La ayudó a levantarse, como si comprendiera que se había quedado petrificada por la situación que acababa de vivir y que no había esperado que se produjera, y mucho menos en el cumpleaños de Laren.
—¿Estás bien, Edeen?
—Sí, sí. —Apenas era consciente de estar contestando, ya que no podía apartar los ojos de la puerta entreabierta por la que había desaparecido la niña. Era como si su corazón hubiera encontrado un lugar al que pertenecer por fin—. Es solo… ¿Ha pasado lo que creo que ha pasado?
La sonrisa de su marido era una mezcla de emoción, diversión y complicidad.
—Es real. —Y, para demostrárselo, Creyton le pellizcó la mejilla. Edeen dio un bote y se fregó el pómulo, que empezaba a enrojecerse—. Disfruta del momento, que te lo has ganado.
—No… Yo no… —Se mordió el labio inferior—. No sabía cuánto necesita que esto ocurriera hasta ahora.
Los brazos de Creyton la rodearon unos momentos para reconfortarla.
—Ahora lo sabes.
—Sí.
—Laren te ha elegido.
Cuatro palabras que escondían una magnitud arrolladora y que todavía la dejaron más estupefacta por el significado que guardaban.
AbrIL (1746)