El marido equivocado 21
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¿Era posible que estuviera…? ¿Enamorada?

Una parte de Edeen se sintió aliviada. Todo lo que Laochailan había dejado atrás al alistarse ya no podía herirla.

Si tocaba esos recuerdos, ni siquiera le quemaban el pecho ni le embotaban los sentidos.

No había nada. Un vacío de pura indiferencia que le hacía darse cuenta de que el pasado era eso.

Pasado. Los momentos compartidos con Laochailan ya no eran inalcanzables, pues era ella la que se había alejado de ellos.

Lo que comenzó siendo un acto de supervivencia se había vuelto una realidad tranquilizadora.

Sin embargo, sentía el aguijón de la culpa clavarse hondo. Se suponía que Laochailan era el hombre de su vida. Había estado más que dispuesta a comprometerse con él. La decepción y las roturas de su corazón al darse cuenta de que no sería así fueron reales.

¿Cómo podía haberle olvidado con tanta facilidad? ¿Cómo unos pocos meses le habían cambiado los sentimientos así? ¿Acaso había estado enamorada de verdad? ¿O tal vez todo había sido una pantomima que su alma había inventado, porque estar con el mejor amigo de Stewart se sentía bien, correcto?

—Si no dejas de mirarme, vas a hacer que me sonroje —bromeó él justo entonces, sin apartar la mirada de su cabellera.

—Perdón —musitó, y bajó los ojos hacia el agua con espuma que la envolvía. Un tenue rubor se dibujó en su rostro.

¿Y si fuera a la inversa? ¿Y si lo que se sintiera bien fuera amar a quien tenía al lado? Sin importar nombres ni apariencias. ¿Y si se había enamorado porque necesitaba sobrevivir y sobrellevar un matrimonio de conveniencia?

Notó los brazos de Creyton entrar en el agua, abrazar su cuerpo desnudo, mientras su mentón se posaba sobre su cuero cabelludo.

Aquel gesto le aceleró las pulsaciones, le entrecortó la respiración, y la fiebre —que se había desvanecido— se arremolinó de nuevo en su ombligo.

Su cuerpo jamás reaccionó así ante nadie que no fuera Creyton.

No. No se estaba enamorando de su esposo porque eso facilitase las cosas.

Ella no tenía poder sobre los sentimientos, ella no había tomado semejante decisión.

Edeen no podía evitar sentir lo que estaba inundando sus costillas, pues era irrefrenable, irracional.

No podía detener aquella emoción por más que lo desease.

Por eso llevaba tiempo queriendo ser la persona a la que Creyton acudiera cuando las cosas se pusieran feas y se sintiera mal consigo mismo.

Por eso quería que la tocase, que le hiciera el amor y que durmiera abrazado a ella.

Anhelaba ser importante para él, porque se había vuelto trascendental para Edeen.

Lo había hecho poco a poco y, posiblemente, sin pretenderlo. Su personalidad, fuerte a la par que tierna, había encontrado sus grietas y se había ido colando a través de ellas hasta destruir los muros que Laochailan había creado, primero amándola y luego abandonándola.

El amor no pedía permiso jamás. Entraba en un corazón, arrasaba con todo, se ponía cómodo y se quedaba.

Cuando la respiración suave y tibia de Creyton le rozó la coronilla, las costuras de Edeen se rompieron del todo.

No había vuelta atrás. Sus emociones eran incuestionables. Estaban en su interior y no había modo de negarlo ni de arrancarlas. Podían juzgarla por ello, incluso la propia Edeen podía reñirse por haber caído tan pronto y deprisa por Creyton, pero eso no cambiaba nada.

Miró de nuevo el reflejo de Creyton. No iba a apartar la mirada esa vez, por más que él bromase al respecto.

Era hermoso, atractivo. Su rostro era dulce y rudo al mismo tiempo, por no hablar de que su cuerpo estaba curtido por el trabajo duro. Le gustaba verlo reír, mostrarse autoritario y perder esa máscara de control cuando estaban en la cama.

—¿Por qué no te lavo el pelo y te echas a dormir un rato? —sugirió.

—¿Por qué no te bañas conmigo? —propuso en cambio Edeen—. No me malinterpretes. Solo… un baño.

Él se rio por lo bajo. No se negó ni puso ninguna pega.

Se desnudó con tanta prisa que, por un momento, Edeen llegó a pensar que llevaba rato esperando aquella petición.

Se echó hacia delante para que Creyton pudiera sentarse a su espalda.

Sus piernas se extendieron junto a las suyas.

El agua por poco se desbordó por el borde de la tina y él se volvió a reír.

—Pareces feliz —susurró ella mientras los brazos de Creyton volvían a envolverla y la atraían contra su pecho.

—Estás viva y te veo buen color. Por supuesto que estoy feliz, cariño —expuso él, besándole el hombro—. Ahora, echa la cabeza hacia atrás.

La apoyó sobre su hombro. Él le besó la mejilla antes de echarle pequeños cazos de agua sobre la melena para que el ungüento se deslizase por el cabello y este quedase limpio de producto. Se relajó contra Creyton, disfrutando de su contacto. Cerró los ojos.

Ahora que sabía que lo amaba, se sentía muy bien. Poner nombre a lo que le pasaba por el pecho cada vez que la acariciaba, la besaba, le sonreía o le decía palabras de afecto, había resultado ser liberador.

No tenía miedo alguno. Cuando empezó a juntar las piezas del rompecabezas de sus sentimientos, minutos atrás, sí pudo advertir al terror mirándola por encima del hombro.

Sin embargo, ya no era así. Asumir que los sentimientos no aceptaban directrices y que eran irremediablemente incontrolables hacía que todo fuera mucho más sencillo de asimilar.

«Estás viva y te veo buen color. Por supuesto que estoy feliz, cariño».

Podía ser que él también la amase. Que en aquellos meses juntos se hubiera enamorado de Edeen.

Decidió que no iba a preguntárselo. No quería presionarlo en caso de que todavía no hubiera mirado hacia dentro para averiguar qué despertaba Edeen en su corazón. Por eso mismo también era mejor no admitir lo que sentía.

No pudo evitar analizar cómo le echaba agua por el pelo, con cuidado de no mojarle los ojos y de no causarle ningún enredo en los mechones. Por la manera en que la trataba y cómo le hablaba, casi juraría que sus sentimientos eran correspondidos.

Se dijo a sí misma que era una arrogante.

No podía tener esa convicción solo porque estuviera siendo cuidadoso y amable, porque siempre había sido así.

Incluso en su noche de bodas…, cuando hacía horas que se conocían.

Y, por el encuentro en la parte trasera del granero, no había sido amor a primera vista.

Así que no podía dar por hecho que Creyton también estuviera enamorado.

—Terminé —musitó él, satisfecho. Dejó el cazo flotando en el agua y la abrazó. Sus manos se entrelazaron en su vientre y la estrecharon más fuertemente contra su pecho—. Hueles bien.

—¿Creyton?

—Dime, Edeen.

—Tócame —pidió.

Pensó que había cometido un error. Le había dicho que se metiera con ella en la bañera sin intención alguna de terminar en la cama.

Pero llevaba un rato notando su erección pujando contra la base de su espalda, causada por la cercanía y no porque la situación diera pie a ello.

Su clítoris palpitaba con dolor en consecuencia.

Había una urgencia casi física que la empujaba a anclarse en él, a perderse en sus manos, en su lengua, en su pene.

—¿Estás segura?

—Por favor. —No abrió los ojos.

Él le mordió la oreja y Edeen tembló entre sus brazos.

La mano derecha de Creyton descendió hasta sus piernas, que se abrieron ligeramente para él, mientras la izquierda subió hasta su cuello.

La sujetó bien para que no se moviera mientras empezaba a acariciar en círculos el punto más sensible.

Este se hinchó casi al instante mientras oleadas de placer empezaban a recorrerle las venas.

Su sangre se volvió todavía más líquida.

Jadeó y se retorció todo cuanto la mano que la sostenía por el cuello le permitió. Podía sentir el cosquilleo caliente del orgasmo hacerse más intenso, mucho más candente. Se expandió por cada centímetro de su piel hasta que temió quedarse sin aire y sin voz.

El agua que la rodeaba se volvió fría, pues su temperatura corporal subió considerablemente.

—Creyton —susurró su nombre mientras las piernas se le tensaban, los dedos de los pies se le encogían y la respiración se le aceleraba.

En cuanto dos dedos se hundieron en su interior sin previo aviso, se arqueó y se corrió con fuerza.

La enfermedad que la había socavado escapó en el grito que soltó, y todo lo que podría haberla matado se desvaneció.

Se desplomó, laxa, y volvió a dejar caer la cabeza contra su hombro. Un chasquido de entrechocar pieles y huesos resonó en el dormitorio.

—¿Estás bien? —Estaba genuinamente intranquilo.

—Sí.

—¿Te he hecho daño?

—¿Parece que me hayas hecho daño? —Meneó la cabeza antes de levantarse, algo mareada.

Él la sostuvo, tomándola del brazo. Se giró para mostrarse, desnuda y totalmente mojada, ante Creyton.

Sus pupilas se dilataron y su rostro alarmado empezó a volverse demoníaco.

Se podía leer el deseo en cada pulgada de su expresión.

Se sentó lentamente sobre él. Su miembro erecto entró en ella con cuidado.

A pesar de todo, Creyton era consciente de que estaba convaleciente.

Todo un detalle, porque Edeen estaba desesperada.

Quería saber cómo era correrse alrededor del hombre al que amaba.

El sexo con amor debía ser distinto. Tendría que sentirse diferente.

Ella se movió lo justo y respiró entre dientes. Cerró los ojos con fuerza. No sabía si era la veracidad de sus emociones o que llevaba tiempo sin estar con Creyton, pero sí se sentía mucho más agudo.

—¿Ahora te hago daño?

—No soy de cristal. Estoy bien. —Le acarició las mejillas. Le sonrió mientras se movía de arriba abajo—. Me gusta tu barba. —La sensación de ese pelo que raspaba los dedos le pareció muy sensual. Un pensamiento que inflamó su clítoris todavía más.

—No me afeitaré en una buena temporada —concedió él, echando la cabeza hacia atrás. Sus manos la sujetaron por las caderas—. Pensé que nunca más volveríamos a estar así. Joder. Me encantas.

Ella jadeó, azuzada por sus palabras. Comprendió que aquello ya no era mera atracción, sino la profunda necesidad de convertirse en parte de Creyton y que él también permaneciera dentro de Edeen.

Casi le dijo que lo amaba cuando encontró el placer y lo miró a los ojos para adueñarse de él y hacerlo volar por los aires.

Se recordó que no era el momento ni el lugar, que todo se andaría.

Lo importante era que estaba viva y que no tenía intención alguna de huir de lo que Creyton despertaba en ella.

MARZO (1746)