El marido equivocado 20 #3
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Sin ninguno de ellos cerca, Gillies podría haberla cuidado; pero, con el jefe en la guerra, aquel lugar era hostil y desagradable.

Debían protegerla. ¿Por qué demonios no le dijo a Creyton lo que había hablado con ella el día de Samhain?

—Y ella escucha los insultos velados, los cuchicheos.

Le duele. Les teme. No puedes dejar que pase allí otra noche.

—La visión se le nubló a causa de las lágrimas—.

¿Cuánto tardarán en acusarla de ser hija del diablo por poseer esa mirada tan dispar y bella?

¿Y si la queman sin un tribunal justo, sin que estemos allí?

Creyton se llevó las manos de su esposa a la cara y la obligó a extender los dedos por sus mejillas, para que notase la calidez de su piel.

—Shhhh. Cálmate, ¿de acuerdo? Laren no está en el castillo —habló con suma lentitud, como si quisiera que cada palabra penetrase en su mente. Lo logró. Edeen arrugó las cejas, sin comprender—. Avisé a Meghan. ¿La recuerdas? ¿La mejor amiga de Laria?

—La primera dueña de Sarge.

A todo esto, ¿dónde estaba el perro?

—Vive a las orillas del lago Mhor, a apenas una hora a caballo de aquí. Sé que, de estar viva mi hermana, ella sería su madrina, así que le confié su vida por si yo también caía enfermo y no sobrevivíamos ninguno de los dos.

Sus pulsaciones se aletargaron ante la paz abrumadora y ensordecedora que la abrazó.

Laren no estaba asustada y sola, sino rodeada de niños que jugarían con ella y le harían olvidar lo que ocurría en casa.

Niños que no la tratarían como si fuera un ser extraño, de otro mundo; que la querrían por ser la hija de la mejor amiga de su madre.

No se dio cuenta de que estaba llorando hasta que Creyton le secó una lágrima.

—¿Seguro que está bien? —De repente, se sentía agotada.

—Prometo que Laren se marchó a tiempo —susurró él, peinándole el pelo, enredado a causa de tanto paño mojado y el sudor—. Te prepararé un baño de agua tibia para que puedas quitarte los restos de la fiebre. Lavaré las sábanas y te prepararé algo para desayunar.

Ahora que estaba más relajada porque Laren no corría riesgo de contagiarse, la idea de un baño templado frente a la ventana resultaba de lo más atractiva. Asintió.

—Pasa, muchacho. —Creyton dio la orden hacia la puerta entreabierta, y Sarge no tardó ni diez segundos en aparecer por el hueco y saltar a la cama. Le dio un lametón en la cara—. Ha llorado cada noche desde que has tenido fiebre. Te quiere.

—Es un perrazo muy bonito —sonrió Edeen.

Se quedó abrazada a Sarge mientras observaba cómo Creyton traía una tina y la llenaba cubo a cubo de agua humeante. El vapor olía a jabón y por poco se durmió, tan embriagada como estaba a causa del buen olor.

Creyton la ayudó a salir de la cama, desvestirse y entrar en la tina, no sin antes hacer que el perro se quedase en el salón, custodiando la puerta de entrada.

El sol se estaba cubriendo por enormes nubes negras, amenazando con descargar una gran tormenta sobre sus cabezas.

El agua cálida hizo que sus músculos perdieran rigidez y su cabeza volviera a ordenar los pensamientos, alejando así aquellas sensaciones tan lúgubres que le erizaban la piel y le hacían pensar que la muerte la espiaba tras despertar de un largo sueño.

Su marido le echó un ungüento en la cabellera y se tomó su tiempo para peinársela, mechón a mechón, y asegurarse de que no quedaba ni un solo nudo.

Edeen cerró los ojos, dejando que cada pasada de cepillo fuera una especie de caricia sobre el corazón, como un bálsamo sanador sobre una herida abierta.

En aquel momento, en aquella habitación donde ya no quedaba rastro de la muerte ni la fiebre, no existía el mal, la guerra, la incertidumbre.

Volvió a sentir que no había responsabilidades sobre sus hombros; no recordaba cuándo fue la última vez que se sintió tan libre, tan despreocupada.

Y se percató de que no desearía estar en ningún otro lugar.

Abrió los ojos y acomodó mejor la nuca en la toalla que había en el borde de la tina.

Miró el reflejo de Creyton en el cristal.

Ahora que las nubes y la luz del sol cubierta por ellas ocupaban toda la ventana, podía ver un lado de su cara.

La frente enmarcada por un mechón corto y rebelde, la ceja relajada sobre un ojo brillante, el pómulo resaltado por la barba incipiente y una leve curvatura en la comisura de su boca.

No pudo evitar compararlo con Laochailan. Siempre le había parecido más guapo, más alto y fuerte. En ese instante, lo veía mucho más atractivo, masculino, arrollador e intimidante, lo cual la hacía sentirse poderosa. Ese hombre era…

Suyo.

Era su esposo. Se acarició el anillo de boda por debajo del agua para recordarlo.

Era todo lo que estaba bien en el mundo: su bondad, su respeto, su sentido del humor y del honor, su sensualidad, su sonrisa, su lado paternal. Era obstinado y demasiado responsable, pero Edeen no veía aquellas cualidades como defectos ahora mismo. Cuando llevasen veinte años casados, tal vez…

El corazón se le congeló en el pecho cuando un pensamiento esclarecedor unió todas aquellas reflexiones, revelándole una sola palabra que podría explicar la paz, la pasión y la adoración a partes iguales que Creyton despertaba en ella