20 #2
Ella había presenciado un parto hacía poco, si bien no podía ubicar a la pareja, ni al niño, ni a la persona que lo había traído al mundo—.
¿Cariño? ¿Cómo te encuentras? —Algo se posó sobre su frente.
Una mano. Una caricia suave bajó hasta el cuello—. Mierda. Todavía tienes fiebre.
—Tengo frío —farfulló, aunque no sabía si lo había dicho en alta voz.
Estaba desnuda. En algún momento le habían quitado la camisa y le habían cubierto los senos, las caderas y los tobillos con toallas mojadas. Se removió y todo lo que la cubría cayó al suelo.
Un cuerpo masculino la abrazó y ella se revolvió, incómoda. Cerró los ojos e intentó mover a la persona que se había tendido a su lado, pero no tenía apenas fuerza.
—Demasiada ropa. Me molesta —tartamudeó.
El hombre se apartó y, varios susurros después, volvió a abrazarla. La frialdad de una piel sana la hizo suspirar de alivio y se acurrucó junto a quien fuera que estuviera custodiándola. Así mejor, sin duda.
Volvió a quedarse dormida a los pocos segundos, y la voz que antes la avisaba de que iba a estar lúcida por un tiempo…
ahora le prometía un letargo apacible, hasta que estuviera preparada para volar.
¿Volar? No tenía alas. ¿Dónde iba a ir? Decidió dejarse llevar, fluir.
Se dejó acunar por la neblina de la calentura y entró en un estado de inconsciencia plena, mucho más sosegada y apetecible que aquellos constantes espasmos que había sentido al despertar en aquel lecho.
La bruma que la inmovilizaba se desvaneció con la misma rapidez con la que llegó, y su cuerpo volvió a ser pesado hasta el punto de ir al fondo de aquel lago tupido y mudo.
Se despertó de golpe al tocar suelo; una nube de polvo se elevó y cada partícula se posó sobre su piel desnuda.
Un picor horrendo se expandió en su interior y la hizo removerse, intentando aliviar el escozor.
Quería desprenderse del sufrimiento, quería que todo volviera a la normalidad.
Sabía que estaba encharcándose los pulmones de aquella agua tan densa, pero anhelaba poder estar sentada en la orilla del lago Ness y respirar aire que oliera a hierba mojada.
Aquel era su hogar: la cabaña frente al bello lago, donde estaban Laren y Creyton esperándola.
No podía irse y dejarles. Ya habían perdido a Laria hacía cuatro años, así que ¿cómo podía morir sin más?, ¿sin siquiera despedirse de ellos?
—No —consiguió murmurar—. No, no, no.
Ahora lo recordaba. A Laren pidiéndole a su padre que la cargase para entrar en la casa y que su matrimonio estuviera bendecido, o preguntándole si podía trenzarle el pelo para Samhain.
Ahora recordaba el momento en que Creyton le preguntó si era la novia de la boda celebrada con premura en un granero lleno de flores; cómo se había cortado la mano para que la gente creyera que habían hecho el amor la primera noche,
y así darle tiempo y espacio para que pudiera elegir cuándo sería su primera vez juntos.
Le vinieron a la cabeza esas caricias de una noche mágica, besos prohibidos en zonas demasiado vulnerables y sensibles.
Vislumbró la espada brillante en el cuello de un médico que había osado poner la mano en su escote.
—Vuelve a mí, Edeen. —Ahora sí. Ahora pudo conectar todos los cabos sueltos.
Era Creyton quien le pedía que resistiera y no cayera en brazos de la Parca. Era él quien se había quitado la ropa cuando ella se lo había pedido y la había abrazado para refrescarla cuando estuvo en el pico de la fiebre.
Ese era su destino, el lugar al que pertenecía. No podía echar raíces en otro sitio, no podía marchitarse allí para florecer en otro lugar tan oscuro y silencioso.
Con un chillido, pudo regresar a su interior y se incorporó como si le hubieran dado un latigazo en la base de la espalda. Por lo menos, no había cientos de abejas picoteándola y el picor de su piel se había interrumpido.
Edeen meneó la cabeza mientras un dolor ciego le golpeaba las sienes unos segundos y sus ojos se acostumbraban a la luz del sol, que la cegaba incluso a través de los párpados cerrados.
Consiguió levantar una mano y tocarse la frente. No encontró calor ni transpiración. Respiró hondo y comprendió que había logrado salir airosa…, o que todo había sido un sueño terrible muy realista. Como notaba que llevaba un camisón, posiblemente fuera eso último.
—¿Edeen?
Consiguió abrir los ojos y enfocar la visión en la mano derecha, y vio que había otra justo encima. Levantó la cabeza y vio, rodeado de una jovial luz diurna, a un pálido Creyton.
—Lo siento, creo que me he dormido —farfulló Edeen. Con la otra mano le acarició la mejilla, cubierta de una barba de varios días. Creyton siempre se afeitaba—. ¿Estás bien?
—Eso debería preguntártelo yo a ti, cariño.
—Era la primera vez que usaba un mote afectuoso para con ella y Edeen sintió cómo el corazón se le subía a la garganta—.
Llevas siete días durmiendo, cinco de ellos con fiebres tan altas que a veces no conseguía bajarte la temperatura ni siquiera estando desnuda y cubierta por toallas empapadas.
Aunque no era consciente de que aquello fuera real, a Edeen no la sorprendió ni lo más mínimo lo que Creyton acababa de decir. Recordaba el agua aplastándole el pecho, la niebla inmovilizándola, la muerte acechándola y volviéndose su sombra.
—¿Cómo he podido sobrevivir? —La pregunta iba, más bien, dirigida a su persona.
Creyton le apartó el pelo de la cara.
—El médico no sabía qué hacer por ti. Me recomendó rezar y pedir tu extremaunción, pero… me negaba a creer que fueras a morir, así que hice traer una sanadora de Inverness.
Algo así no debería haber resultado barato.
Muchas sanadoras lo hacían gratuitamente; buscaban servir a los demás y entregarles su cariño, su poder, su medicina natural de manera altruista.
Sin embargo, aquellas que sabían su valía y no tenían problema alguno en presumir de sus conocimientos, bien cobraban la voluntad.
Y esta tenía un precio demasiado engrosado para alguien como Creyton.
Se sintió culpable al instante. No había escogido enfermar. No le había pedido que avisase a una curandera. Mas sentía que era responsabilidad suya que Creyton llevase sobre los hombres semejante gasto, semejante responsabilidad.
—Para la fiebre, me hizo mojar los paños en un líquido medicinal que olía a rayos.
—Ahora entiendo que apeste —intentó bromear ella, ante lo cual Creyton le sonrió con ternura.
—También me dio una pócima para que la mezclase con agua. Te obligaba a beber cada hora, noche y día. En menos de veinticuatro horas, dejaste de tener fiebre. —Así que había funcionado.
Los médicos odiaban a las brujas blancas, ya que creían que eran igual de malvadas que las que usaban la magia negra.
Sin embargo, los druidas siempre habían sido amantes de la naturaleza, hombres sabios que confiaban en la tierra, en las raíces; y ellas reproducían aquello que habían aprendido de generaciones anteriores.
Era curioso que una curandera de Inverness hubiera conseguido más que Armand, el médico del laird. Suerte que el jefe no estaba en el castillo, pues la fama de su galeno le hubiera salpicado y posiblemente hubiera perdido la confianza en él ante una insinuación de su ahijado.
Las manos de Creyton se posaron sobre su cara, como si quisieran comprobar que, efectivamente, ya no había fiebre. Su sonrisa se hizo algo más honesta y ancha.
—Parece que lo peor ya ha pasado —musitó. Edeen se preguntó si hablaba con ella o consigo mismo.
—¿Tú te encuentras bien? —Fuera lo que fuera lo que la hubiera dejado tan cerca del precipicio, él podría haberse contagiado. Edeen sintió el terror clavarle las uñas en la garganta al pensar en Laren—. ¿Y la niña?
¿Dónde estaba? Barrió la habitación con la mirada, pero solo estaban ellos dos.
La cría no se separaría de su lado tan fácilmente, Edeen estaba segura de ello.
Y, de estar sana, estaría dando saltos sobre la cama, feliz porque Edeen se hubiera despertado al fin y las hadas no se hubieran llevado a su segunda madre con la primera.
Se tensó de pies a cabeza al imaginarla en su camita, convulsionando por la fiebre, con varias gotas de sudor llevándose el color sano y jovial de sus preciosos mofletes.
—¿Creyton? —Su voz se elevó un par de octavas—. ¿Y Laren?
Creyton la sostuvo por los hombros cuando intentó bajar del lecho y la retuvo en el sitio.
—Tranquila. Nuestra hija está bien. Está a salvo —la aplacó—. Cuando Armand me dijo que no sabía qué tenías y que Laren y yo estábamos en peligro, hice que se la llevasen de aquí.
Sin duda, era mejor imaginarla lejos de la enfermedad que muerta, pero su corazón se contrajo. La lejanía pesó sobre él como una piedra de grandes dimensiones y sintió que la respiración se le entrecortaba.
—En el castillo no. Dime que no permanece en el castillo. Allí le tienen miedo, Creyton.
Edeen cogió sus manos y le dio un gran apretón.
Laren tampoco estaba segura en el hogar del laird.