El marido equivocado 20
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Poco después de entrar en el nuevo año, Edeen enfermó. Se acostó por la noche con una inofensiva tos, y de madrugada ya sintió que la fiebre la consumía, devorándole los huesos e impidiendo que pudiera moverse de la cama.

Por fortuna, Creyton pareció notar su malestar, porque se despertó poco tiempo después y pronto se dio cuenta de que algo no iba bien. La cuidó por un par de horas. Le puso varios paños mojados en la frente y en el cuello, pero nada bajaba la fiebre.

—Voy a buscar al médico. —Le ayudó a levantar la cabeza y la obligó a beber agua—.

No se te ocurra dormirte, ¿de acuerdo? —Fue a por Sarge.

Lo hizo subirse a la cama—. Vigílala. No dejes que se levante.

—Y el perro se enroscó sobre sus piernas, comprendiendo la orden.

Creyton lo recompensó con una caricia antes de arrodillarse frente a ella—.

Recuerda: ojos bien abiertos. Aguanta. —Le besó la frente sudorosa, que ardía, y se marchó.

No era muy halagüeño que le pidiera que aguantase despierta…

y viva. Quizá las cosas eran más complejas de lo que parecía, aunque el no poder moverse y sentir que el cuerpo se congelaba bajo la piel febril la hacían ser consciente de que era la primera vez que se encontraba tan a merced de una enfermedad y de la misma muerte.

Siempre le había dado miedo pensar en la muerte, hacerse a la idea de que sus seres queridos tarde o temprano se irían y ella también emprendería semejante camino tarde o temprano. No saber qué había más allá era una incógnita que le provocaba mucha congoja, por lo que no solía darle muchas vueltas.

Esa noche, en ese momento, mientras observaba las sombras de las velas crear formas inconexas en las piedras, no hubo temor. Solo una calma absoluta y certera de que un ciclo se cerraba inevitablemente.

A pesar de no perder los nervios, las horas que estuvo postrada en la cama se hicieron eternas. Solo podía mirar hacia arriba, pues le dolía incluso girar la cara hacia la ventana en busca de la luna. Incluso mover los dedos para acariciarle el lomo a Sarge se le antojaba doloroso.

Deliraba. En su cabeza habitaban varias voces: Stewart y Laochailan le pedían socorro mientras se ahogaban en su propia sangre; sus padres se reían y le recordaban que tenía un futuro prometedor,

aunque las voces de sus hermanas se superponían y le parecía escuchar cómo decían que estaban mejor sin ella, ya que tenían más espacio en la habitación; Laren llamaba a su mamá y suplicaba que las hadas no se la llevasen;

Creyton le echaba en cara que no le hubiera contado que en su dedo quería el anillo de otro hombre; y el laird no dejaba de repetir que se sentía profundamente decepcionado con ella.

Cerró los ojos mientras se quedaba rígida bajo aquella capa de odio que su mente estaba orquestando para arrastrarla hasta las profundidades de la locura. Los paños mojados que Creyton había dejado sobre su frente, su cuello y muñecas estaban secos y calientes cuando él regresó.

Iba acompañado de un hombre de cincuenta años, de pelo canoso y ojos profundos del color de las castañas.

Se puso un paño en la boca y le hizo ponerse otro a su esposo mientras abría la ventana y el aire helado de la albada le recorría el cuerpo.

Las bajas temperaturas solían ser un incordio, pero en ese momento casi se echó a llorar de puro gusto.

Su esposo no abandonó la habitación ni un solo segundo mientras el doctor, que se presentó como Armand, la examinaba; se quedó apoyado en la puerta, con los ojos fijos en ella y los brazos cruzados.

La observaba en silencio y ella le devolvía la mirada, sin saber bien qué podía encontrar Creyton en sus pupilas a esas alturas de la fiebre.

Lo veía a través de una niebla espesa, de un feo color amarillo.

En algún momento, vio cómo esos hilos dorados se enrollaban en el cuerpo de su marido y lo estrechaban hasta estrangularlo.

Gimió e intentó incorporarse para caminar hacia él, ya que necesitaba cerciorarse de que efectivamente aquel escenario era cosa de su delirio y no tenía nada que ver con magia, ni hadas que quisieran llevárselo a sus bosques escondidos.

—No se mueva, señorita —le pidió el médico, poniéndole una mano entre los pechos y empujándola hacia el colchón.

Edeen regresó a la realidad cuando Creyton desenvainó la espada y la punta se posó en la garganta de Armand. Sarge, que se había quedado tumbado en el lado de la cama de su marido, se alzó sobre sus cuatro patas y gruñó largamente, mostrando la dentadura.

—No vuelva a tocarla de ese modo. Jamás —decretó Creyton, con los ojos llenos de lo que parecía ira.

El médico se sonrojó y alzó las manos en son de paz, aunque la mirada de Creyton seguía siendo de pocos amigos.

—Está vestida… Yo…

—Respétela si no quiere terminar hecho pedacitos, alimentando a los peces del lago —lo amenazó Creyton.

Edeen no pudo siquiera sentir vergüenza por sus modales.

Estaba tan feliz de ver que su muerte había sido una mala pasada de la enfermedad que se desplomó, encantada, en la cama—. Las manos donde pueda verlas, Armand.

—Solo hago mi trabajo. Estoy protegiendo a…

—Creyton —logró articular ella, con mucho esfuerzo. Su voz estaba apagada y desgajada, a causa de la garganta seca—. No. Por… —Una tos larga y fea que le raspó la garganta—. Por favor.

Esperaba poder convencerlo de aquella manera, pues no estaba en condiciones de hacer mucho más para impedir que le cortase el cuello ahí y ahora al galeno.

Por suerte, incluso enferma, tenía cierta influencia sobre su marido.

Guardó la espada y se sentó en su lado de la cama para cogerle la mano.

Se la apretó y, provocando al médico, se quitó la tela de la boca para posar los labios sobre sus nudillos.

Edeen apenas logró sonreír, agradecida por tener al lado a alguien conocido.

Sarge volvió a tumbarse en la cama y a apoyar el hocico entre las patas delanteras, aunque pareciera no perder de vista los movimientos del médico.

Estaba bien acompañada. Un marido amoroso y un perro protector. Si aquel era su final, si una fiebre se la iba a llevar, por lo menos no partiría sola.

—Te pondrás bien, ¿de acuerdo? —¿Creyton hablaba con ella o consigo mismo?

—Tengo frío —musitó.

Creyton la cubrió con la manta mientras el médico rechistaba que estaba intentando llegar a un diagnóstico y su comportamiento no era de ayuda.

—No encuentro nada que pueda ser la causa de esta enfermedad.

Tiene fiebre, pero no se aprecia garganta irritada, sus pulmones suenan bien y no parece que haya mucosidad en las orejas o en los lagrimales…

—El médico meneó la cabeza; a pesar de la fiebre, Edeen podía percibir su frustración—. No tiene sarpullidos a la vista.

—¿Qué puede ser entonces? —quiso saber Creyton, aunque más que preguntar parecía que estuviera exigiendo una explicación.

Su marido grandullón y protector, pensó Edeen mientras sentía que esa niebla amarilla de antes empezaba a rodearla a ella. Tosió de nuevo y pudo sentir cómo las fuerzas se le escapaban por la boca.

—No lo sé —confesó Armand. Resultó desalentador, aunque su cabeza empezaba a no prestar atención a lo que pasaba a su alrededor—. ¿Señorita? —Pero ella ya no pudo responder, tan solo gemir mientras cerraba los ojos.

Los párpados le pesaban tanto que no podía mantenerse despierta.

No obstante, su cuerpo era tan liviano… Parecía que no pesaba nada, pues pronto dejó de sentir la superficie de la cama contra su espalda.

Era como si flotase. La niebla estaba envolviéndola como una tela de araña, separándola de su propio cuerpo y elevándola hacia un lugar donde no había estado jamás.

Lugares siniestros, fríos, solitarios, donde las voces de sus seres queridos se mezclaban entre sí, gritando cosas que no lograba descifrar a causa de tanto ruido.

Veía sangre, espesa y caliente, correr hacia ella.

Hasta que se volvía agua y la embestía con fuerza y la arrastraba al fondo del lago, donde un monstruo legendario chillaba ante su intrusión.

¡Como si Edeen pudiera ir a cualquier otro sitio!

Quería despertar, pues sabía que no debería estar allí, mas no era capaz de salir de aquellos mundos tan lóbregos. Deseaba volver a su vida, pero había perdido el control sobre su persona. Era el delirio el que la hacía cabalgar entre el silencio y las pesadillas.

En algún momento, consiguió volver a su cama de matrimonio.

Podía notar el camisón y las sábanas pegarse a su piel sudorosa, que emitía un calor infernal a causa de la fiebre.

Seguía sin poder abrir los ojos, prisionera de la enfermedad, que estaba haciendo explotar sus huesos centímetro a centímetro.

Edeen podía advertir cómo se resquebrajaban todos y cada uno de ellos, mas no era capaz de gritar de dolor.

Volvió a sumergirse en la niebla, que volvió a reclamarla con un frío abrazo.

Oyó gaitas a lo lejos mientras el agua le cubría la nariz y la boca y la ahogaba.

Era el fin. Escocia la había visto nacer, crecer, y ahora moriría acunada por su tierra querida, aunque jamás sabría qué destino le deparaba.

Pronto, ese extraño y patriótico pensamiento se drenó en la nada y la dejó hueca, abandonada a su suerte.

Sintió un tirón en la mano, y las telas de araña que la suspendían en medio de aquel maremoto se rasgaron en aquel punto. Que se volvió caliente, tanto que era como meter la mano en el fuego.

—No te mueras. —La voz masculina sonaba tan lejana que no pudo identificar a quién pertenecía—. No me dejes ahora, cariño.

Ya no recordaba a quién dejaba atrás si se dejaba atrapar por la música de las gaitas. Ya no podía rememorar con quién vivía, a quién le debía lealtad. Era como no tener pasado, presente ni futuro.

Una voz le aseguró que iba a tener unos segundos de lucidez y, antes de poder preguntarle a esa voz a qué se refería, el sentido común le acarició la frente.

Edeen se despertó en una gran cama de matrimonio, temblando, con los dientes castañeando con tanta fuerza que las muelas sonaban al chocar entre ellas.

—Frío… —susurró.

—¿Edeen? —No lograba averiguar de dónde provenía la voz.

Todo cuanto ella podía mirar era el techo, de un color negro y azulado precioso, que recordaba a un manto con el que se envolvería a un bebé recién nacido.