El marido equivocado 19 #2
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—Sí, sé que los Estuardo nos gobernaron y que en algún momento perdieron la corona, pero por Dios que no conozco nada más. Ni siquiera por qué ya no están en el trono. Precisamente porque los entresijos, como tú les llamas, nunca se me aclararon.

Su marido se apoyó en los fogones apagados con los brazos cruzados. Parecía consternado.

—¿Y por qué no me lo habías dicho?

—¡No es sencillo admitir que me siento boba!

—Edeen se frotó las mejillas y miró de reojo a Laren.

La chiquilla no parecía enterarse de lo que estaba ocurriendo entre los adultos.

Suspiró—. Mi hermano era quien sabía todo sobre la monarquía, la religión, los alzamientos; sobre por qué hay escoceses de un bando y de otro.

A menudo, compartía esa información conmigo, pero no siempre.

Incluso él, con lo progresista que parece, piensa que las mujeres tenemos un lugar en el mundo y no es aprendiendo sobre nuestro pasado, presente y posible futuro.

—Lo cual era frustrante—. Yo era la cuidadora de mis hermanas.

Yo ayudaba a mi madre con la casa. Cosía.

Limpiaba. Cocinaba. Todo cuanto debía saber era de puntadas, recetas, trucos para sacar una mancha de cera, sangre o aceite.

Creyton parecía boquiabierto y tardó unos segundos en recomponerse.

—Está bien, está bien. Yo no comparto ese pensamiento, lo sabes.

—Por eso mismo, júrame que ahora le escondes el conocimiento para proteger su inocencia, mas no será así cuando tenga edad para ser juiciosa.

—Le enseñaremos todo lo necesario, te lo garantizo. —Tomó sus manos para darle su palabra. Ella asintió y se desinfló al punto.

—Gracias.

Terminaron de decorar la casa mano a mano mientras Laren les lanzaba miradas furtivas. Solo se acercó a ellos después de que Creyton se encaramase a una escalera y pusiera un poco de muérdago en el techo, junto a la puerta. La niña sugirió que debían besarse debajo del muérdago.

—¿Y eso por qué? —Creyton frunció el ceño.

—Morgana me explicó en Samhain que el muérdago era una planta sagrada para nuestros antepasados, los druidas.

—Se trabó un poco con la última palabra, pero eso no la detuvo—: Y que los ingleses aseguran que, si te paras bajo un muérdago con tu pareja, debes besarla.

Porque, si no, la mala suerte te acechará.

Aquella extraña tradición era una mezcla de varias festividades paganas que el cristianismo había ido modificando.

Morgana estaba en lo cierto al decir que para los druidas celtas el muérdago era una planta especial, pues se asociaba a la felicidad y a la fertilidad.

Los británicos parecían querer encontrar excusas para besar a sus esposas en público sin que nadie los señalase por ello.

—Edeen es tu pareja, ¿no, papá? —siguió diciendo Laren.

—Sí que lo es.

—¡Entonces bésala! —casi gritó con los puños cerrados. Estaba canalizando la ira de antes en ese preciso momento.

—Creyton… —musitó Edeen—. Firmemos la paz —siseó en voz muy baja para que Laren no la oyera.

Él suspiró y le tendió la mano para arrastrarla bajo el muérdago.

Le dio un tierno beso en los labios, que no pudo prender los instintos de Edeen porque estaban bajo la atenta mirada de su hija.

Que los ojos de una niña de cuatro años los estuvieran observando para ver si cumplían con lo peticionado mataba el deseo con facilidad.

—¿Satisfecha? —la pinchó Creyton. Laren asintió a la par que Edeen le pellizcaba el brazo con disimulo, pues se suponía que debía contentarla para que no estuviera irritada en un día como aquel—. ¡Eh!

Aunque pareciera que besarse bajo el muérdago había servido para aplacar el malhumor de Laren, no fue así.

Quiso cenar sola frente al fuego, dejándolos relegados a la mesa como si fueran unos apestados.

Creyton quiso obligarla a cenar con ellos, pero Edeen sugirió dejarla a su aire un poco.

Debía aprender a lidiar con su propio carácter y regularse para desenfadarse.

Aprender a respetar los límites de los adultos formaba parte del crecimiento.

—¿Edeen?

La voz de Creyton era baja, como si solo estuviera destinada a ella.

—¿Mmmm? —Terminó de masticar el pan.

—El siglo pasado, los Estuardo, que eran católicos, empezaron a gobernar en Escocia e Inglaterra.

Pero hubo destituciones, porque la religión protestante ganó tanto poder y peso que el catolicismo se quedó atrás.

Hace menos de cien años, el rey Jacobo II fue destituido, exiliado, enviado a Francia.

—Lanzó una mirada rápida a Laren y vio que continuaba absorta parloteando con Sarge—.

Todo un escándalo que trajo prohibiciones y que muchos pensamientos se hicieran clandestinos para evitar condenas injustas.

—¿De verdad vamos a…? ¿Ahora?

Creyton hizo caso omiso a sus preguntas y continuó:

—La que fue la reina Ana de Gran Bretaña era protestante… y no lograba tener descendencia. Un hijo tuvo, pero murió muy pequeño. Y no creas que durante su reinado no hubo crisis políticas, porque las hubo, y los escoceses estuvimos fuertemente relacionados con ellas.

—No te he dicho cómo me sentía para que…

—Imagina lo que eso significó —la interrumpió, de nuevo ignorándola—.

Una reina falleciendo sin ningún heredero.

Fue la dinastía Hannover, protestante, por supuesto quien tomó las riendas de la Corona.

—Bien, si iba a darle la lección, mejor que prestase atención para entenderlo todo—.

Así se dictaminó que no había opción a más reyes católicos ocupando semejante puesto.

No fue agradable que gente con sangre germana, que ni siquiera hablaba inglés y mucho menos gaélico…

—añadió—, tuviera el control del país. Bastante dolía la fusión con los británicos, como para aceptar que nuestros reyes fueran ninguneados.

¿Y todo eso había ocurrido en menos de un siglo? Casi se mareó.

—Pero Carlos Estuardo…, como descendiente del rey Jacobo II, reclama el trono como suyo porque él debía haber heredado la corona. —A Edeen le fue fácil llegar a esa conclusión. Casi se sintió eufórica cuando Creyton asintió.

—Él considera que la línea dinástica a la que pertenece es la original, la verdadera, la que debe ocupar el trono. Los protestantes son forasteros y usurpadores.

—Y los jacobitas que le siguen opinan igual.

—Eso es.

No es que ella comprendiera muy bien por qué hombres civiles o jefes de clanes tuvieran que pelear en nombre de un joven príncipe que se autodenominaba heredero al trono.

Supuso que ahí entraba la influencia de los ideales, de sus propias creencias.

Si personas con cierta religión se negaban a convertirse a otra y fallecían por ello, era lógico que otras muchas también estuvieran dispuestas a entregar su vida por una corona…

Que ellos ni olerían, porque eran pobres y no corría sangre real por sus venas.

Sin embargo, poder entender el contexto de la revolución que se estaba produciendo en Escocia le hacía sentirse más integrada en la realidad del momento. Ahora podía imaginar qué pasaba por la mente de Stewart o en la de Laochailan.

¿De qué bando estaría ella si alguien le preguntase? No sabría decir.

—¡Laren! —La reprimenda de Creyton la sacó de sus pensamientos. Levantó la cabeza—. ¡No le des más comida al perro! ¡Va a empacharse!

—Sí, papá. —Laren le lanzó una mirada resignada antes de apartar el tenedor de la boca de Sarge.

—¿Creyton?

Él bufó sin dejar de mirar a Laren y luego posó los ojos en ella, relajando su expresión.

—¿Sí?

—Gracias.

La había hecho partícipe de la historia. Y, si Stewart moría en batalla, por lo menos sabría por qué había luchado hasta el fin de sus días.