19
La Navidad era algo que en Escocia no se celebraba.
Habían oído hablar de ella, pues había sido una tradición sumamente arraigada en las tierras a causa de la Iglesia, pero hacía siglos que se había prohibido.
Así que el veinticuatro o veinticinco de diciembre en la cabaña no había nada que celebrar.
Aquellos días de diversión y comidas abundantes y exquisitas habían terminado, porque la Iglesia presbiteriana no aceptaba aquel tipo de festividad.
Todo lo que tuviera que ver con el catolicismo bien podría producirle urticaria a mucha gente de las Highlands.
Se decidieron a preparar el fin de año, una fiesta muy querida y celebrada. Se conocía como Hogmanay.
Mientras decoraban con telas rojas y verdes las paredes y ponían ramas secas sobre la chimenea, con velas gruesas que no se encenderían hasta la última noche del año, Creyton se dedicó a explicarle a Laren la historia de tal prohibición.
—No lo entiendo, papá. ¿Por qué no puede celebrarse?
—Porque en las Escrituras Sagradas no se habla de la Navidad y se decidió que no era correcto.
—¿Y si decidiéramos hacer una fiesta como Samhain? ¿En el castillo?
—Si nos pillasen, podríamos ir a juicio. La ley es clara, hija, y debemos acatarla si no deseamos ser castigados —respondió con paciencia mientras la levantaba por las axilas.
Laren había cogido pañuelos blancos de lino, los había rellenado con paja aplastada y atado con cintas en un punto central, haciendo una pequeña bola como cabeza y el resto de la tela cayendo como un vestido.
La niña colocó aquellos muñecos, que parecían fantasmas más que ángeles, sobre las estanterías más altas.
—Por supuesto… —prosiguió él—, hay gente que sigue festejando. Lo hace en secreto, esperando que la Iglesia no lo averigüe.
Oh, sí. Su abuela Molly siempre decía que su padre, el bisabuelo de Edeen, celebraba sus doce días de fiestas navideñas, donde la comida rebosaba los platos.
Y, por no hacer mucho ruido, cantaban en vez de tocar gaitas o tambores.
De los asistentes a las fiestas, nadie lo delató; jamás nadie se enteró, y por eso nunca tuvo problemas con la ley.
Aparentemente, su comportamiento era intachable.
Cuando finalizaba diciembre, la cosa cambiaba.
—Mmmmm. —Laren meneó la cabeza—. ¿Es por eso por lo que estamos organizando Hogmanay?
—Eso es.
Sin embargo, aquel año era distinto. Edeen no estaría con su familia en la casa, vestidos con sus mejores galas y haciéndose regalos hechos a mano. Creyton tampoco iría al castillo y bailaría hasta que los pies le dolieran.
Con la guerra y la incertidumbre de no recibir cartas —si bien les constaba que el laird seguía bien vivo, peleando como un jabalí cuando era necesario—, no tenían ánimo de rodearse de gente y hacer una gran fiesta.
Tampoco deseaban que el capitán Davies se pasase por allí y los increpase por estar celebrando un nuevo año, cuando la patria estaba en peligro.
Pareciera que la alegría se estaba volviendo todo un lujo.
Así pues, lo harían ellos tres. Algo íntimo, pequeño y discreto. Poner guirnaldas aquí y allá, muñecos y muérdago.
Un remanso de cultura y normalidad en medio de un país que peleaba por recuperar parte de su identidad, dejando caos y sangre a su paso.
No, realmente Edeen no tenía ganas de recibir un nuevo año.
El que estaba dejando atrás había estado cargado de sorpresas y de dolor, pues había perdido a su casi prometido y a su hermano en cierto modo.
También su familia, su identidad, su soltería; si bien había aprendido a sobrellevarlo bastante bien gracias a que Creyton y Laren eran un encanto.
¿Qué depararían los meses venideros? ¿Habría una victoria por parte de los Estuardo?
A veces, Edeen se encontraba fantaseando que así fuera.
No por Laochailan, sino por su hermano. No sabía nada: ¿estaba vivo?
, ¿muerto?, ¿desaparecido en combate?, ¿herido y convaleciente en algún lugar?
Parecía que los jacobitas lo tenían todo a favor.
Llegaban rumores de que se estaban replegando hacia Escocia en una retirada discreta para discutir estrategias futuras, pero no era posible saberlo con exactitud.
Apenas llegaban misivas; hacía días que Edeen no tenía noticias de sus padres.
El frío y las nevadas estaban llegando al país y dificultaban los viajes, pues sellaban los caminos.
La nieve inclusive estaba aislando a los esparcidos vecinos con los que contaban cerca de la cabaña, por no hablar de que era irrazonable ir al castillo si no era con previsión de permanecer en él varios días.
El silencio resultaba ensordecedor.
No podía evitar ponerse en lo peor. Dejarse llevar por el pesimismo y colocar la mente en el peor escenario posible.
Que se perdiera la corona importaba más bien poco, pero las vidas humanas eran irremplazables.
Edeen conocía a mujeres que quedarían viudas, huérfanas, o que perderían a un hijo o un nieto.
Edeen corría el riesgo de dar a Stewart por muerto, si es que no lo estaba ya.
Una cosa era imaginarlo, suponerlo, y otra muy distinta confirmarlo.
Así que recibir el año 1746 no le hacía especial ilusión.
Le daba pánico. Algo le decía que iba a ser terriblemente gris.
No podía explicar de dónde provenía ese presentimiento, esa espantosa sensación; era como si la energía de las leyendas que giraban alrededor del lago Ness viajase hacia ella para prepararla para lo que iba a venir.
—Cuéntame más sobre Hogmanay, papá.
La voz de Laren la hizo regresar al presente.
Edeen se percató de que había estado observando el fuego por largo rato, sin hacer nada, y Creyton se había dado cuenta, pues la contemplaba con intensidad.
No iba a poder leerle los pensamientos o el alma esa vez.
Apartó rápidamente los ojos, escondiéndolos de él.
—Pues… no sé qué contarte. ¿Su origen, tal vez?
—Creyton habló como si nada y Edeen lo agradeció.
No quería palabras alentadoras en ese instante.
Tan solo necesitaba unos minutos para regodearse en su compasión antes de reponerse.
Que hablase él con Laren, excluyéndola al completo, le iba perfecto para poder destruirse y recomponerse por sí sola en un momento así.
»Es una festividad que proviene de nuestros antepasados, que provenían del norte del continente, y que celebraban el solsticio de invierno por estas fechas. Lo cierto es que se parece mucho a nuestra fiesta: hay comida, bebida y baile para despedir el año.
»Hay ciudades que encienden hogueras, que prenden antorchas y pasean por sus calles. El fuego purifica. El fuego quema lo que dejamos atrás y recibimos lo que va a venir.
La pequeña miró a su padre y a su madre con el ceño fruncido. Edeen podía ver que algo en su cabeza no encajaba, aunque Creyton lo había explicado bastante llanamente para no hacérselo complejo.
—Se parece mucho a la Navidad…, ¿no?
A poco tiempo de cumplir cinco años, Laren era tan inteligente, se expresaba tan bien y poseía tanta curiosidad… que Edeen no pudo evitar sentirse orgullosa por ello.
—Pues sí, estás en lo cierto —convino su padre—. Pero la Navidad celebra otras cosas, y no todo el mundo de Escocia o Inglaterra está de acuerdo con ello. La política y la religión son primas hermanas que se dan la mano, y no tienes edad para conocer todos sus entresijos.
Ningún profesor, institutriz o padre explicaría a una niña nada sobre esos asuntos.
Lo poco que Edeen conocía de las dinastías que habían gobernado a los escoceses, a los ingleses, o el papel que ejercía la religión en cada momento de la historia, era porque su hermano se lo había contado.
Como estaba haciendo ahora su marido con Laren.
Se creía que esos temas eran solo para varones, así que quizá su hija jamás tuviera todos los componentes del rompecabezas para poder tener su propia opinión.
Ella misma sentía que le faltaban piezas para comprender la guerra que se estaba produciendo; era la vergüenza lo que le impedía hablar con Creyton abiertamente de las lagunas que encontraba en su cabeza.
Ojalá, en un futuro no muy lejano, los niños y niñas pudieran tener acceso a la misma educación, al mismo conocimiento, y no condenasen a unas a vivir a la sombra de los otros solo porque les faltara información.
Edeen se frotó el pecho para intentar contrarrestar esa sensación de indefensión y vulnerabilidad que le generaba a menudo pensar en lo poco que sabía del mundo.
—¡Papá, cuéntame más!
—No sé qué más explicarte. Cielo, ya te he dicho todo cuanto sé.
Creyton despeinó a Laren para acompañar sus palabras, y esta se quejó. Edeen se tragó una sonrisa.
—Tú mismo acabas de decir que…
—En unos años, ¿de acuerdo? —la cortó sonriente él, sin darle importancia a la insistencia de la pequeña, que daba saltos sobre la punta de sus pies a causa de la impotencia que sentía.
—¡Soy mayor!
—No quieras crecer tan deprisa, hija.
Laren mostró abiertamente su enfado y se fue a un rincón a jugar con muñecas, fielmente seguida por Sarge, quien se sentó a su lado con las orejas bajas. El animal podía advertir su malestar y lo hacía suyo.
—Se le pasará —comentó Creyton en voz baja, como si pudiera apreciar que Edeen también notaba la inquietud corroerle el esqueleto.
—Entiendo su frustración. Yo… —Edeen se ruborizó. Podía notar cómo le ardía el rostro—. A veces no comprendo nuestro mundo. No tenemos vuestras oportunidades. Nos tomáis por tontas, Creyton. Prométeme que, cuando Laren tenga edad suficiente, le darás clase.
Él no escondió su sorpresa ante la petición.
—¿Sobre la historia de Escocia?
—Sobre todo.
Creyton frunció el ceño, la tomó de la mano y la alejó hacia los fogones, para tener distancia con Laren y que no pudiera escuchar ni siquiera sus susurros furtivos.
—¿Acaso crees que…?
—¿Que soy idiota? No. ¿Pero me lo siento a veces? Sí, por supuesto. —Lanzó un profundo suspiro y se apretó el puente de la nariz con los dedos—. No entiendo todavía por qué los Estuardo creen que tienen derecho al trono y están montando esta guerra.
Por fin lo había admitido en voz alta y sentía que el peso sobre sus hombros era más liviano.