El marido equivocado 18 #2
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18 #2

Creyton levantó casi todo el cuerpo para que pudiera sacársela por la cabeza.

En cuanto tuvo su cuerpo desnudo bajo el suyo, volvió a besarlo.

Acarició el vello de su pecho, jugó con sus tetillas y le recorrió los marcados abdominales con reverencia.

En respuesta, él gruñó y le besó la mejilla, la barbilla y el cuello con lentitud.

Sus manos peinaron su pelo, rascando el cuero cabelludo, o bien estaban sobre su cintura.

¿Cómo podía alguien tener un aspecto tan rudo y duro, y a la vez ser tan considerado?

Edeen fue descendiendo. Besaba y mordía la piel que antes sus dedos habían tocado.

Esperaba que supiera ver que no solo lo encontraba atractivo y que deseaba hacerle el amor porque se sentía tan bien estar con él.

Quería adueñarse de su sufrimiento, hacerlo suyo; Edeen podía tolerarlo porque veía la situación desde la distancia.

Buscaba protegerlo de sus propios fantasmas, para que esa noche pudiera descansar.

Creyton había estado solo durante muchos años en aquella cabaña, mas ahora estaba ella allí para aligerarle la carga.

Rodeó su erección con los dedos y él respiró entre dientes.

—No, Edeen…

—Déjame —le pidió, besándole las costillas—. Quiero darte placer.

Lo recorrió desde la base a la punta con cuidado, pero ejerciendo presión y con movimientos de muñeca circulares.

Creyton le había mostrado cómo se hacía, cómo le gustaba, y ella había aprendido con rapidez.

Le gustaba que su siempre impertérrito marido perdiera los estribos; cuando jadeaba, cuando se agarraba a las mantas, se sentía la mujer más poderosa de las Highlands.

Creyton echó la cabeza hacia atrás y maldijo por lo bajo mientras las venas se marcaban en sus brazos y en sus manos.

Ahora estas estaban en su cuello, con las uñas clavadas en la tierna piel de la yugular.

Lo observó por entre las pestañas. Era hermoso, mucho más cuando se dejaba llevar.

Saber que estaba logrando que sus tortuosos pensamientos se ahogasen en un mar de fuego solo avivó la presión que Edeen sentía bajo el ombligo.

Le mordisqueó la piel de la cadera, tan esponjosa en comparación con la dureza, el músculo y el hueso duro, que rozó con los dientes.

Los manguitos de los brazos le sobraron. Estaba abrasándose por el calor, que ahora empañaba los cristales de la ventana. Se los quitó con la ayuda virulenta de Creyton, quien guio su mano de nuevo hacia el miembro en cuanto la hubo liberado de la lana.

Empezó a ver puntitos rojos a su alrededor y la habitación rodó alrededor de su cabeza.

Ebria por los jadeos y gruñidos guturales de Creyton, bajó la cabeza y acompañó su mano con los labios.

Él dio un bote y arañó las sábanas. La satisfacción se fundió en las entrañas de Edeen, quien succionó con más intensidad.

—Joder —masculló Creyton, con la voz tan rota y grave que parecía provenir de otro mundo. Empezó a mover las caderas contra ella, desesperado, ávido de más—. Cariño, vas a matarme.

Si era de placer y no de preocupaciones, estaba dispuesta a correr el riesgo.

Mas verle tan consumido por la lujuria solo había hecho prender su propia mecha.

Ella también quería poner la mente en blanco, dejar atrás la guerra.

Estar en brazos de su esposo lo hacía siempre muy fácil.

Colapsaba sus sentidos, ocupando cada recoveco, y la ayudaba a mantenerse cuerda, en el aquí y el ahora.

Cuando sintió que estaba a punto de explotar, lo soltó. Creyton se quejó y dejó caer la cabeza sobre la almohada con un golpe seco. Estaba temblando y una pátina de sudor le bañaba el cuerpo.

Se subió sobre sus caderas y guio la erección hacia su entrada.

Se enterró en él con un movimiento brusco que los hizo jadear a ambos.

Se mantuvo erguida, con las manos ancladas en las costillas del hombre.

Edeen se contoneó primero con suavidad, haciendo círculos para tentarlo.

Le gustaba ver cómo sus ojos se ensombrecían cada vez más y más.

Cuando vio que las pupilas ocupaban todo el espacio de color azul, se quitó el camisón y permitió que sus manos saqueasen los pezones y la curvatura de sus senos.

—Eres preciosa, Edeen.

El halago, sumado a aquellas caricias febriles, fue directo a su entrepierna, obligándola a incrementar el ritmo con el que subía y descendía sobre el miembro de Creyton.

Se suponía que aquel momento era para su marido, para que pudiera vaciar la mente. Pero, cuando lo sentía tan adentro y sus manos la avasallaban con tanta pasión, era el raciocinio de Edeen el que abandonaba el lugar.

Lo arañó cuando una sacudida la hizo temblar de pies a cabeza. Aquellas sensaciones eran cada vez más intensas y la aproximaban más a los acantilados del orgasmo.

Se mordió los labios para acallar los gemidos que querían escapar de su garganta. En un intento de contener su éxtasis, se centró en la expresión de deleite de Creyton, que pronto puso las manos en su trasero para hacer que lo montase con más fiereza.

De repente, la habitación parecía un horno y las medias le sobraron, pero no iba a detenerse para quitárselas.

—Vas a matarme —informó él, alzando las caderas con desesperación. Buscaba también perderse en su humedad y lanzarse al vacío.

—No es… —Respiró entre dientes y echó la cabeza hacia atrás; las puntas de su melena haciéndole cosquillas en la base de la espalda—. Lo que pretendo.

Él se rio, aunque la carcajada murió a los pocos segundos por un jadeo entrecortado. Le clavó las uñas en el trasero y la leve punzada de dolor hizo que Edeen notase un cosquilleo abrasador debajo del ombligo.

—No puedo contenerme más —musitó—. Creyton…

Pero su marido no la escuchaba. Estaba empezando a salirse de su cuerpo para acercarse al paraíso, porque puso los ojos en blanco, se mordió los labios y ahogó un jadeo muy largo y grave.

Edeen lo sintió palpitar en su interior, y sus propias convulsiones lo envolvieron de manera que pudo seguirlo en aquel viaje místico hacia otro mundo. Se dejó caer sobre él y le mordió el hombro para gritar contra su piel y que nadie los oyera.

Podía notar cómo su cuerpo palpitaba y su corazón se desbocaba. Se preguntó si iba a morir en los próximos segundos. Lo curioso fue que no le importaría en absoluto si eso sucediera, pues se sentía tan relajada y en paz…

No obstante, el fin no llegó. Sus pulsaciones se ralentizaron, su respiración se reguló y su deseo dejó de contraerse alrededor del miembro de Creyton, quien a su vez también estaba regresando al mundo de los vivos.

La abrazó y le dio un beso en la sien. No salió de su interior en ningún momento, ni siquiera cuando extendió el brazo para coger las mantas y taparlos.

—¿Pretendes pasarte así toda la noche? —susurró, soñolienta.

Casi estuvo tentada de preguntarle si iba a follarla por la mañana, antes de que el gallo cantase y Laren se levantase, pero eso era una cosa que la Edeen del futuro ya se encontraría. Ahora mismo estaba agotada y muy sosegada como para pensar en otra sesión de sexo.

—¿Te importa?

—En absoluto.

—Entonces… sí.

Le gustaba que permaneciera dentro de ella, como si fuera su puerto seguro. Quería ser refugio para Creyton. Tampoco era el momento de pensar en por qué tenía semejante anhelo anclado en el corazón.

DICIEMbrE (1745)