El marido equivocado 18
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Aquella noche, en cuanto Laren se quedó dormida, Creyton se retiró también al dormitorio.

Apenas había probado bocado y parecía estar revuelto.

Edeen sabía que era su mente, que divagaba por caminos arenosos que amenazaban con volverse terroríficos y mortales.

Esperaba que no se dejase guiar hacia las trampas del subconsciente y no cayera en esos pensamientos espesos y sombríos que le harían creer que era un traidor, que no solo renunciaba al clan, sino a todos los que habían sido familia y amigos.

Decir que no debía pleitesía no significaba que fuera un paria.

Ella había vivido alejada del estilo de vida que iba atado al jefe del clan y sus más allegados. Sí, su vida había sido muy distinta a la de Creyton.

Para ella el clan no era más que una formalidad, ya que nunca había formado parte activa de él.

Nunca había asistido a las fiestas y apenas había visto a aquellos que eran amigos de su padre, pues había permanecido siempre en la aldea, con sus hermanas.

Así que renegar del laird era tan sencillo como recogerse el pelo en un moño.

No era igual para Creyton. Para su marido, el laird y los habitantes del castillo y de los alrededores eran su familia.

Había crecido a su lado, ido a todas las celebraciones, y aquella tierra era su hogar, su parque de juegos desde niño.

Ahora estaba diciendo que no pertenecía junto a aquellos que habían estado a su lado cuando su hermana murió y se quedó solo con un bebé al que cuidar.

Fregó los cacharros, salió a la letrina para vaciar la vejiga —bien acompañada por Sarge— y se aseguró de que los animales estuvieran a buen resguardo.

Entró en la cabaña, cerró contraventanas y echó el cerrojo mientras el perro se sentaba en una butaca.

No le diría que saltase al suelo. La piedra debía estar tan helada como el cuerpo de Edeen.

El frío del exterior se le había metido en los huesos, así que se apresuró a reavivar la chimenea y poner el panel de hierro forjado que impediría saltar las chispas y quemar las butacas.

—Buenas noches, bonito. —Le rascó las orejas a Sarge, que pareció sonreírle antes de enterrar la cabeza entre las patas y suspirar de sueño.

Tiritando, Edeen prácticamente corrió hacia la habitación. Había un par de velas encendidas para que pudiera ver. Creyton estaba tumbado de lado, dándole la espalda a ella y a la puerta. Comprendió que no deseaba que le dijera nada. Suspiró para sus adentros.

No podía ponerse en su lugar. Había intentado ponerse en sus zapatos toda la tarde y había fracasado.

El clan para ella no era importante. Su familia, tanto la que la había criado como la que allí vivía: eso era lo único que movía a Edeen.

Daría su vida por ellos, por todos ellos, pero no por la gente del castillo.

Mucho menos después de saber que Laren temía a la mayoría.

Se deshizo de la capa. Luego de la ropa.

Los dientes le castañeteaban. No solía dormir con los manguitos de lana, pero esa noche se veía incapaz.

Igual que las medias. El invierno acechaba y empezaba a ser dificultoso entrar en calor antes de que el peso de las mantas caldease la piel por encima de la camisola.

Metió las manos en el moño y se quitó las cintas y las dos horquillas, para darse un cepillado rápido en la melena y acostarse sin ningún enredo.

Sopló una vela y acercó otra a su mesita de noche.

Se coló en el lecho respirando entre dientes y se hizo una bola, dándole la espalda también a Creyton. Miró la llama bailar mientras el susurro de las mantas rompía el silencio de la noche.

Cuando llegó, en pleno setiembre, en las noches más calmadas, podía escucharse el rumor del lago.

Podían oírse grillos, animalejos llenar de vida las madrugadas.

Cuando los días se acortaban, la negrura todo lo llenaba y la temperatura descendía hasta helar la superficie del lago Ness.

Daba algo de desconfianza, a sabiendas de lo que había allá fuera: ingleses furiosos, jacobitas yendo a destino, hombres malintencionados…

Desde que Sarge estaba en la casa, podía silenciar sus pensamientos, sus miedos, y dormir más profundo.

Y, sin embargo, aquella vez era complicado acallar la mente.

Que un regular se presentase en su puerta había sido terrorífico. Nunca se había encontrado cara a cara con uno. Debía admitir que el uniforme, las armas y los rostros inundados de desprecio imponían. Podría haberse orinado encima de haber estado sola.

El laird había creído que apartarlos de su lado iba a entregarles un salvoconducto si las cosas se ponían feas.

Ahora, Edeen no tenía tan claro que eso fuera así.

Quizá los británicos los tuvieran como objetivo o enemigos de todos modos, solo por ser escoceses. No podía evitar temer no estar a salvo.

Sintió el cuerpo de Creyton acercarse al suyo antes de escuchar cómo la ropa de cama siseaba ante el movimiento. El calor corporal de su marido la envolvió y fue más fácil relajarse.

Cuando la mano de Creyton se posó con suavidad sobre su cintura, Edeen se dio la vuelta con suma lentitud para no despertarlo.

Observó su rostro. La escasa luz que había en el dormitorio danzaba con destellos dorados sobre su piel curtida.

Sus facciones estaban relajadas, en paz, pero sus labios estaban apretados en una línea muy fina.

Parecía no tener boca. Así pues, no estaba dormido. Solo fingía estarlo.

Era comprensible que tuviera problemas para conciliar el sueño esa noche.

Lo que había ocurrido con Davies había crispado el ambiente.

Había recordado que estaba en guerra y que ellos vivían en tierra de nadie.

Algunas familias estaban a su servicio, pero no se regían por la lealtad que ocupaba un clan; eran socios y compañeros en un momento de incertidumbre.

Tiernamente, le recorrió aquel trazo con el índice hasta que aparecieron sus labios de nuevo.

Creyton abrió un ojo, resopló y, sin previo aviso, sus manos la rodearon por completo y la atrajeron hasta él.

Edeen se encontró con la nariz en su clavícula y la barbilla de su esposo posada sobre lo alto de su cabeza.

Olía a cuero, a especias y a una fragancia masculina que se desprendía de cada poro de su piel.

Era una mezcla embriagadora. No era objetiva y lo sabía.

Incluso cuando lo veía sudado por haber estado trabajando en el campo, a pesar de las bajas temperaturas, o cubierto de aquella fina capa de humedad resbaladiza tras hacer el amor, Edeen lo encontraba atractivo e irresistible.

Se relajó contra su calidez. Ese hombre parecía tener una chimenea dentro del pecho, pues irradiaba tanto calor que temió deshacerse. Edeen acomodó su respiración a la de Creyton y sus párpados empezaron a escocerle por el cansancio.

Tener a los británicos en casa y lidiar con el dolor que habían dejado tras su marcha había sido agotador.

Creyton tenía unos espectros con los que convivir, sirenas que lo llevarían al fondo del lago si se rindiera a sus pensamientos, pero ella era la encargada de mantenerle a flote para que no naufragase.

—Todo estará bien —musitó.

No se había atrevido a hablar hasta entonces para no romper el momento de tranquilidad.

Tal como sospechaba, esas tres palabras, tan simples, hicieron que el cuerpo que había bajo el suyo se tensase.

Creyton no tardó ni diez segundos en volver a quedar flácido.

Posiblemente estaba obligándose a sosegarse.

—No puedes prometer algo así, cariño. Hay cosas que uno no puede saber y no puede prever.

Detestaba ver que donde antes había luz… ahora hubiera penumbra, y donde brillaba la esperanza… ahora solo tuviera cabida el padecimiento.

—No es una promesa, bobo. —Se removió hasta que pudo apoyar un brazo sobre su pecho y descansar la barbilla en la curva de su codo flexionado.

Él enarcó una ceja en su dirección. Sus ojos estaban algo ensombrecidos, como si fuera a desatarse una tormenta en su mirada—.

Es una suposición. Solo por creer que le estás dando la espalda a tu familia y amigos, aun no siendo cierto, mereces todo lo bueno del mundo.

Creyton ahogó una risita mientras en sus ojos desaparecía el recelo y se dibujaba la burla.

Aquel sonido vibró por todo su cuerpo y se contagió al de Edeen, quien sintió que toda ella temblaba de fuera hacia dentro en una agradable sensación.

Se sintió victoriosa. Estaba haciendo que las preocupaciones de Creyton no fueran tan grandes sobre sus cabezas.

—¿De veras piensas que las fuerzas superiores se ocuparán de este asuntillo solo porque es lo que merezco?

—Sí. —Y no pudo resistir la tentación de levantarse lo justo, inclinarse y darle un largo y casto beso, esperando poder arrebatarle algo del dolor y la culpa que lo asfixiaba.

El ambiente cambió en cuestión de milésimas de segundo.

El manto frío y pesado que amenazaba con asfixiarlos y les obligaba a mantenerse abrazados para estar caldeados se convirtió en una bola de fuego que pendía sobre el lecho y amenazaba con incendiarlos y consumirlos.

Había algo en ese hombre que conseguía hacer desaparecer el mundo exterior.

Él se fundió con las sábanas y agarró su rostro con ambas manos, enterrando los dedos en el cuero cabelludo de sus sienes. La atrajo más hacia su cara para profundizar el beso y poder hundir la lengua en su boca.

Sus cuerpos estaban en llamas a pesar de llevar ropa. El invierno se convirtió en verano allá dentro. Edeen no pudo evitar recorrerle el rostro con una mano, el cuello, los hombros por encima de la camisa. Su marido exudaba fuerza y control, pero siempre era dulce con ella. Como si la venerase.

Desde Samhain, cuando caía la noche y se retiraban a dormir, su marido no podía mantener las manos apartadas de ella.

Decía que quería compensarla por no haber dado la talla en aquella primera ocasión.

Esa vez, los sentimientos se anteponían a la pasión, a la novedad, y las caricias que repartía por encima de su camisa eran suaves, delicadas.

Había preocupaciones nublando los sentidos, abriéndose paso en sus mentes para dominar las sensaciones sobre la piel.

Pero Edeen deseaba más, como un sediento anhelaba el agua tras días sin probarla. Quería hacerle sentir bien, que pudiera vaciar la mente y quedarse sin inquietudes.

Sin dejar de besarlo, tironeó de su camisa.

Él no tardó ni cinco segundos en comprender.