17 #2
El capitán se sentó en la otra butaca, cruzó una pierna sobre la otra y se tomó su tiempo para leer cada papel.
Dejó pasar los minutos mientras sus ojos se deslizaban por la tinta, un mecanismo de tortura mental que la llevó al límite, hasta el punto de que Edeen quisiera poder chillarle que se diera prisa y se largase de allí antes que se hiciera de noche.
—Parece que, efectivamente, no obedecéis al que fue vuestro clan. ¿Quieres formar el tuyo propio, muchacho?
—No, capitán. Quiero vivir tranquilo, sin rendirle cuentas a nadie. No quiero entregar mis tierras, ni mi dinero, ni mi tiempo ni mi vida a un hombre voluble que se cree amo de mi libertad.
La conversación del despacho el día de su boda apareció en su cabeza, y Edeen recordó cómo Creyton se indignó al saber que desconocía en qué consistía realmente su matrimonio.
Le echó un vistazo a Laren. Parecía dormida de verdad, como si, de tanto estar con los ojos cerrados y concentrarse en mostrarse apacible, la hubieran arrastrado a los brazos de Morfeo.
No, cuando se casó no sabía que iba a ser madre tan de repente.
No obstante, había resultado ser una bendición.
—Entonces, ¿quién es tu rey?
Creyton apretó la mandíbula y, durante una milésima de segundo, un músculo se marcó contra la piel.
—Carlos Estuardo no, sin duda —respondió.
La sonrisa de Davies fue siniestra a la par que orgullosa. Su pecho se hinchó, orgulloso de su patria. Solo Edeen sabía cuánto le había dolido a Creyton darle semejante réplica. Tragó saliva.
—Bien. Me gusta saber que contamos con gente leal por aquí.
Los jacobitas anidan hasta debajo de las piedras.
Son como insectos. —Hizo una mueca de asco—.
No sería extraño que alguno apareciera en tu porche.
—Le dio los papeles a Creyton; de nuevo la presencia de Edeen pasando a segundo plano—.
Si encuentras a uno, no dudes en atarlo a tu carreta y arrastrarlo hasta la fortificación más cercana. Se te recompensará.
—Ser contrarios a la causa ya hace que no se acerquen a la casa ni para olernos, pero lo tendré en cuenta, capitán.
—Perfecto. Registrad la propiedad para aseguraros de que no hay nadie —ordenó a sus hombres, sin tener en cuenta al propietario—. Tenéis cinco minutos. Joder. Quiero largarme de aquí.
Edeen y Creyton esperaron junto al fuego mientras los regulares miraban aquí y allá, aunque pareciera que no lo hacían con mucho esmero.
Edeen se tensó cuando entraron en su habitación y cuando miraron el mueble donde estaba la pistola, pero las prisas de Davies, y que todos hubieran escuchado la conversación donde aseguraban ser aliados, los empujaba a no ser exhaustivos.
El tal Maggs fue a revisar el granero, mas regresó con las manos vacías.
No hallaron nada porque no miraron lo suficiente. Vieron lo que querían ver. O quizá solo buscaban a alguien escondido bajo la cama o entre las capas, y no encontraron a ningún enemigo cerca.
Su marido los acompañó a la puerta y echó la llave en cuanto todos estuvieron fuera de la cabaña. No se aproximó a ella; se quedó junto a la ventana, asegurándose de que no entraban en el granero de nuevo o se llevaban los caballos.
Edeen podía sentir un enorme agujero entre ellos, como si el espacio que los separaba fueran metros y metros de vacío.
¿Había ido demasiado lejos exponiendo que ya no formaban parte del clan?
¿Había obrado mal? Creyton siempre decía que ella era un igual.
Que su voz era importante, tanto como la suya.
¿Por qué tenía la sensación de que había usurpado su sitio como hombre de la casa y ahora iba a pagar las consecuencias?
Decidió que no le importaba. Había hecho lo necesario para asegurar que su familia estuviera a salvo. Cuando Colin llamó a su puerta, tomó esa decisión: obrar primero, y pensar después en si había hecho bien. Iba a mantenerse firme.
Con una señal de cabeza, Sarge se levantó y fue hasta la puerta para montar guardia. Definitivamente, Creyton lo estaba entrenando bien.
—Ya se han ido —anunció él.
Permaneció en el sitio, dándoles la espalda. El abismo se hizo más profundo…, y también más doloroso. ¿Le había mentido? ¿Había intentado ganársela diciéndole que, como esposa, tenía un papel fundamental en la casa, cuando no era verdad? ¿No confiaba en ella?
Aclarándose la garganta, Edeen caminó hacia Laren y le acarició la mejilla.
—¿Estás dormida? —susurró.
La niña movió el labio y un leve hoyuelo se marcó en uno de sus mofletes. Pronto, volvió a estar seria.
Edeen la destapó.
—¿Y si viene el monstruo de las cosquillas para comprobar si estás dormida o despierta? —Y sus dedos empezaron a recorrerle las costillas, brazos y cuello. Laren no pudo evitar echarse a reír y retorcerse hasta que cayó sobre Edeen, quien bufó—. Madre mía. ¡Es como tener tres Sarge encima!
—Es tu culpa —se carcajeó Laren. Edeen no había dejado de hacerle cosquillas, ni siquiera mientras ambas estaban tumbadas en el suelo—. ¡Para, para, me rindo! ¡No estoy durmiendo!
—Aaaah. —Edeen se enderezó con ella sentada en la falda—. Es que no lo tenía claro. Podrías ser actriz.
—¿Lo he hecho bien?
—Estupendamente —la felicitó—. ¿Verdad, Creyton?
Él se volvió hacia ambas y su expresión seria se transformó. Sonrió con ternura y sus ojos recuperaron la luz que habían perdido ante la visita de los ingleses.
—Sí, hija. Hasta yo pensaba que estabas realmente dormida. —Se sentó en la otra butaca con un resoplido de cansancio—. Estas visitas me roban la energía.
El ambiente de la cabaña estaba enrarecido.
Por fortuna, estaban en Escocia. La cuna de las leyendas, de las tradiciones.
Los ingleses siempre decían que las brujas esparcidas por el Viejo y Nuevo Continente tenían sangre escocesa; si bien era una connotación negativa, ella lo veía como un halago.
Tenía remedios para recuperar la esencia de su hogar y devolver la vitalidad a quienes allí vivían.
Solo necesitaba salvia y encender algunas velas hechas con la cera que hacían las abejas.
Su madre le había enseñado bien a dirigir una casa, y también a asegurarse de que los que allí habitaban estaban vivos y estaban sanos y felices.
Superstición, quizá. No obstante, era bastante efectivo.
—Descansar te iría bien.
—Luego por la noche no podré dormir…
—Seguro que sí. ¿Por qué no os echáis una siesta los dos? —sugirió.
Laren chilló de emoción y Creyton terminó accediendo.
Sí que parecía agotado. Cuando cogió en brazos a la nena y se la puso en la cadera, con la mano libre le acarició el cuello a Edeen.
Esta dio un ligero salto. El contacto le había quemado y tomado tan por sorpresa que no pudo evitar que el corazón se le acelerase, hasta el punto de notarlo en la base de la garganta.
—Todo está bien, Edeen —le aseguró en voz baja.
Laren parecía no prestar atención a la conversación, pues estaba parloteando con Sarge a pesar de estar sujetada por su padre.
No la sorprendió que hubiera podido leerle en el rostro que estaba preocupada—.
Solo… ha dolido darle la espalda al clan.
No es lo mismo un pedazo de pergamino que decirlo en voz alta.
Así que no estaba enfadado con ella. Fue todo un alivio. Le tomó la mano y le dio un ligero apretón.
—Lo entiendo.
Debía ser duro aceptar que aquel contrato era real, vinculante. Y que, tal como había predicho su padrino, había tenido que recurrir a él para salvar la piel.
Edeen lo dejó marchar al dormitorio junto con la pequeña para que dormitasen un poco y se repusieran de lo que acababa de ocurrir.
Sarge los siguió, moviendo la cola de un lado a otro.
Un escalofrío le lamió la espina dorsal y se sintió desamparada en la cabaña, como si las piedras le susurrasen que ella no podía sentir ese dolor porque no pertenecía a aquel lugar.