17
A finales de noviembre, en la cabaña reinaba la paz.
Fuera, lejos, podía haber caos y derramamiento de sangre, pero allí dentro nadie parecía pensar que los jacobitas habían tomado Carlisle hacía poco tiempo y estaban causando estragos en Inglaterra.
Laren empezaba a leer mucho mejor, a coger la pluma sin tanta dificultad, y siempre la ayudaba a mezclar los ingredientes del pan o de las tartas que hiciera.
Estaba encantada con la presencia de Sarge, quien no se separaba de ella, como si efectivamente comprendiera que era el ser más indefenso de la cabaña.
Creyton estaba pendiente de los animales y se había encargado de preparar una buena despensa para el invierno con la carne del jabalí, pues la nieve que podía caer seguramente dificultaría la tarea de trabajar los campos.
Estaba vaciando el pequeño huerto que tenía junto al establo.
Ella, por su lado, había tejido varias capas y vestidos que vendió a los vecinos a buen precio, con el fin de resguardar en el mismo falso cajón de la pistola unas cuantas monedas.
Por si las cosas se ponían feas, aunque los jacobitas parecían tener todo a su favor.
Sin embargo, la tregua pronto finalizó; pues, a las puertas del invierno, varios británicos llamaron a su puerta.
No tenían nada que esconder, por supuesto. Estar alejados de la civilización, a solas con el viento y la brisa del lago, hacía que tuvieran visitas y noticias de la guerra con cuentagotas. Aunque, si los ingleses encontraban la pistola o el doble fondo del armario, no tendrían su misma opinión.
—Laren, vete a tu dormitorio —le pidió Creyton a la niña.
—Siempre me echáis de aquí. —La niña parecía contrariada, como si pensase que la estaban rechazando, mas era justo lo contrario. La protegían. Aunque Edeen debía concederle que, desde que ella llegó a la cabaña, esa frase se repetía demasiado a menudo.
—Creyton… —Edeen le puso una mano en el brazo—. Querrán registrar la casa. No podrás esconderla.
Vio cómo le temblaba el párpado inferior de un ojo.
No le gustaba que los ingleses estuvieran cerca de su familia, y mucho menos de alguien tan indefenso como Laren.
Aunque no lo decía en voz alta, la historia del Rayo con Laria había removido sus entrañas y dejado una huella, que a veces aparecía en forma de pesadilla y le hacía gemir y hablar en sueños.
Edeen decidió tomar la iniciativa. Su esposo no sería jamás objetivo en lo que a ellas se refería. Las sombras del pasado lo constreñían a menudo y no le dejaban pensar con claridad, llevándolo a tomar decisiones que a veces no eran las correctas, por más que él pensase que sí.
—Cariño, túmbate aquí. —La ayudó a sentarse en la butaca con la espalda reclinada—.
Finge que duermes. —No quería que los británicos vieran su mirada, tan especial, y la creyeran bruja o que les pareciera exótica como para llevársela—.
Pase lo que pase, oigas lo que oigas, no abras los ojos, ¿de acuerdo? —La cubrió con la manta.
Por su parte, Creyton hizo que Sarge se echase a los pies de la butaca.
—Vigila a Laren, y, si alguien que no seamos Edeen o yo nos acercamos a ella, lánzate al cuello sin piedad. —Y le dio una golosina de colágeno que Edeen había cocinado hacía un par de días. Sarge gruñó en señal de entendimiento y se quedó tranquilo, pero alerta.
—Estamos listos —anunció ella, tras peinar el pelo de Laren y asegurarse de que estaba fingiendo muy bien. Su niña valiente.
Los regulares estaban parados en su porche. Daban auténtico pavor con su uniforme rojo, que recordaba al color de la sangre; aquel sentimiento de nerviosismo y miedo se veía reforzado por su mirada llena de odio, rencor y desconfianza.
El capitán Davies era el comandante de los regulares. Su aspecto era feroz a causa de una irregular cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda.
—¿Es tu esposa? —le preguntó a Creyton, aunque la miraba a ella. Edeen tragó saliva, que tenía un regusto amargo: a bilis. Las ganas de vomitar el desayuno se afianzaron.
—Sí.
—Soy Edeen, capitán —se presentó, haciendo una leve reverencia con la cabeza. ¡Ni que fuera el rey de Inglaterra, maldito fuera!
—¿Y esa cría?
—Es nuestra hija —explicó Creyton. Sarge había alzado la cabeza y una oreja, aunque escuchar la voz de su dueño pareció sosegarlo y volvió a bajar el hocico.
—Está algo acatarrada —se avanzó Edeen, obligándose a esbozar una sonrisa de disculpa—. El frío del lago en esta época se cuela en los huesos y es sencillo coger un resfriado. ¿Quiere acercarse a nuestro fuego? —ofreció, echando la mano hacia el hogar—. ¿Desea una copa de whisky, tal vez?
—El otoño de estas tierras realmente es un engorro y el invierno se plantea duro —concedió el capitán, acercándose a la chimenea y mirando con interés a Laren. El vello de la nuca de Edeen se erizó—. Sí, aceptaré esa copa, mujer.
Ella rápidamente le sirvió y le entregó uno de los pocos vasos de cristal que poseían, con el líquido dorado titilando ante la luz del fuego.
Parecía oro fundido. Dios, daría lo que no tenía a cambio de que se marchasen cuanto antes, sin preguntar mucho más, y sin lanzar acusaciones sin fundamento.
Pero eso pintaba difícil. Davies parecía conocer al laird del clan y estaba muy interesado en saber la relación que unía a Creyton con Gillies.
Sus ojos resplandecieron con satisfacción cuando este le dijo que era su ahijado.
Parecía que creía que había encontrado oro puro, un precioso tesoro que lo llevaría al éxito absoluto.
Edeen temió por su marido. Creyton se mantenía al margen de la política y de la guerra, pero siempre había imaginado cómo los ingleses se lo llevaban preso solo por su apellido y su vínculo con el laird.
Algo hormigueaba en su esternón. Tal vez la certeza de que aquello estaba a punto de suceder.
—He oído que Gillies es un hombre muy familiar —comentó el capitán, pasando el dedo por encima de la repisa. Contempló si había rastro de hollín en su huella dactilar—. Impoluto. Bien, bien.
Justo habían limpiado la chimenea la tarde anterior…
—¿Dónde quiere llegar a parar, capitán? —quiso saber Creyton.
—Quiero saber si usted está igual de comprometido con la causa que su padrino.
Su tono de voz demostraba que ya había hecho su veredicto y que creía al escocés culpable de traición.
Edeen pensó si tendría tiempo de coger la pistola, cargarla y disparar.
¿A cuántos podría matar antes de que fuera demasiado tarde?
¿Podría salvar a su familia a tiempo? ¿O los condenaría a todos si se atrevía a intentarlo siquiera?
—Hace dos años ya me visitó el capitán Smith y, desde entonces, revisó la casa de cabo a rabo cada tres o cuatro meses —expuso Creyton—. La última visita fue hace más de un año. Él puede decírselo… —Señaló a uno de los regulares que custodiaba la puerta entreabierta—. Formaba parte de su brigada.
El capitán Davies se giró hacia dicho soldado y lo hizo acercarse con un chasquido de dedos. Edeen lo odió al momento. No era líder, era tirano. ¿Cómo podía tratar a sus hombres como si fueran perros? Un gesto de mano, un silbido, y los tenía a sus pies, esperando cumplir órdenes.
—¿Es eso cierto, Maggs?
—Sí, señor. Este hombre vive con una niña pequeña, sin esposa. —La miró unos instantes, antes de volver a clavar la mirada en su superior—. Y sin perro. Es el ahijado del jefe del clan, pero vivía aquí como un ermitaño. El capitán Smith murió a la semana del último registro que hicimos.
Edeen se apoyó en el respaldo de la butaca para no tambalearse cuando el capitán inspeccionó su mano en busca del anillo de casada.
—Vaya.
—Registramos la casa en cada visita.
—¿Y qué encontrasteis? —Davies ya no parecía tan contento como momentos antes.
—Nada.
—¿Nada? Bien. —Su voz era pura molestia, mientras que sus palabras parecían indicar que todo estaba en orden—.
Pero en un año cambian mucho las cosas, ¿verdad, Creyton?
Como el estado civil. —De nuevo, sus ojos se posaron en Edeen—.
Volveremos a inspeccionar la cabaña. Nos aseguraremos de que no proteges a nadie, que no tienes papeles comprometedores…
—Lo estaba tentando, esperando que confesase—. ¿Quizá correspondencia con tu padrino?
Como si el laird fuera a confiarle estrategias bélicas a alguien que había permanecido en las Highlands y que se había negado a alistarse en el ejército de los Estuardo.
Creyton entornó los ojos, aceptando el desafío en silencio, permitiéndole que pusiese su casa del revés, a sabiendas de que podía encontrar un par de sitios que pondrían en entredicho su lealtad a la Corona.
Lo imaginó enmanillado, con una cuerda atada a la silla de montar del capitán, siendo arrastrado por las Highlands.
Lo vislumbró en una tarima, atado en forma de cruz, de rodillas, lleno de sangre con latigazos por el pecho y la espalda, mientras su pelo le caía sudoroso y pegajoso por el rostro.
Lo visualizó colgando de una soga, con sus pies temblando mientras su cuello se rompía y el aire no entraba en sus pulmones.
—No apoyamos la causa —se encontró diciendo.
—¿Disculpa? —El capitán le prestó atención como si fuera la primera vez que la viera. Antes veía una herramienta para llegar a Creyton, para herirla, pero ahora la estaba mirando con interés—. ¿Qué has dicho?
Edeen miró unos instantes a Creyton y vio su ceño fruncido, la interrogación brillando en su rostro. Ella tampoco comprendía qué estaba haciendo. La movía el deseo de salvarle el pellejo, de impedir que le hirieran.
—Nosotros no somos como Gillies —anunció.
Fue hacia su dormitorio y regresó con los papeles de su boda entre las manos—.
Aquí está nuestra acta matrimonial. El mismo día, nos separamos del clan.
Ya no formamos parte de él y no le debemos lealtad ninguna.
Tenemos documentos que así lo prueban. —Se los tendió para que el capitán pudiera comprobarlo por sí mismo—.
Sus intenciones para con los jacobitas no son bienvenidas en esta casa.
Solo quedan relaciones personales nutridas por el paso de los años, pero nada más.
Si buscan a un traidor, no lo encontrarán aquí.
—Aunque Creyton sí hubiera ido a pelear, gustoso, de no ser por Laren o por ella.