El marido equivocado 16
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Tres días después de Samhain, Creyton le dio un beso en la mejilla que la despertó, y se escabulló de la cama.

Edeen lo miró por entre las pestañas, observando cómo se vestía.

Ahora que habían aceptado que se deseaban y que juntos se lo pasaban bien, Edeen no tenía por qué esconderse.

Se deleitó. Aunque llevaba la camisa larga, se podían apreciar los gemelos fuertes y los músculos de la espalda apretando contra la tela blanca.

¿Y si se levantaba y lo abrazaba por detrás, con sus manos buscando su abdomen y su pecho? Dudaba que la rechazase.

Preguntándose si tenían tiempo hasta que Laren se despertase, se volvió con disimulo hacia la ventana. Debía ser muy pronto en la madrugada, pues no se veía luz al otro lado del cristal. ¿Qué hacía alzándose tan pronto un día cualquiera?

Esperó a que la despertase adrede y le dijera dónde se marchaba, pero, en vez de eso, Creyton salió de la habitación descalzo para no hacer ruido.

Edeen se levantó a los pocos minutos, comprendiendo que no iba a comentarle nada.

Se puso la bata y salió al amplio espacio del salón, donde su esposo se aseguraba de que el fuego no muriera y siguiera caldeando la cabaña, que de por sí mantenía una temperatura agradable.

Llevaba su capa puesta y atada, con la capucha cayéndole sobre la espalda.

Una parte de ella se preguntó si iba a hacer como Laochailan y desvanecerse en medio de la noche para irse con los jacobitas, pero él había dejado claro en el castillo de Gillies que no le haría eso a su esposa ni a su hija.

Se obligó a respirar hondo. Creyton siempre había sido coherente con lo que decía.

No le había dado motivos para desconfiar. Nunca.

Sin embargo, no era fácil acallar la voz que la torturaba y retorcía las entrañas.

—Hola —habló en voz baja para no desvelar a Laren.

Creyton no pareció sorprendido de verla allí parada. Al contrario, le sonrió como si la hubiera estado esperando.

—¿Te he despertado?

—No. Tengo el sueño ligero —mintió. Se sentó en el brazo de la butaca—. Todavía no amanece, ¿verdad?

—Queda un poco para eso —dijo él, mirando por la ventana para comprobar la negrura del cielo—. Estaré de vuelta para la hora del desayuno.

—¿Y eso por qué?

No le gustaba la idea de quedarse a solas con Laren en plena noche, pero entendía que no podía vivir en una burbuja para siempre.

Pensó en recordarle que habían hablado de tener un perro que guardase la casa, pero se mordió la lengua.

Tenía una pistola y sabía usarla. Por ahora, estaba más que a salvo.

—Voy a buscar un regalo. —Creyton le guiñó un ojo. Se le acercó, le tomó el rostro con una mano y la besó largamente en los labios—. No me mires así. Te aseguro que valdrá la pena.

Ella asintió, devolviéndole la sonrisa. Sí.

Iba a confiar en que no iba a ocurrir nada extraño en aquellas horas de ausencia.

No habría escapada hacia los Estuardo, otra mujer o cualquier cosa bizarra que su mente estuviera pensando.

Su marido merecía justo esa dosis de confianza, pues era un hombre de honor. Uno de verdad.

Lo contempló coger un poco de agua, meterla en una pequeña bota de cuero y atarla al cinturón.

—¿Edeen? —Ella dejó de mirar su cinto y levantó los ojos hacia su rostro—. Volveré.

No solo le prometía que estaría a salvo y que no tendría miedo de nuevo por lo que había pasado hacía unos días, sino que le aseguraba que él no era como el que debió ser su prometido.

Que se diera cuenta de sus temores más profundos e inconfesables la conmovió.

Creyton se había tomado la molestia de conocerla lo suficiente como para leer su rostro, incluso cuando Edeen no sabía cómo expresarse sin morir de timidez. Le sonrió, agradecida por su sensibilidad.

Creyton abrió la puerta y Edeen lo acompañó hasta allí. Le dio un beso de despedida antes de atar el caballo al carro y marchar. Dónde iba era un gran misterio.

Lo contempló alejarse; la carreta de madera haciéndose cada vez más diminuta a medida que se adentraba en los bosques.

Daría cuanto tenía por poder haberse despedido de su hermano de aquella manera: observarlo partir y permanecer allá parada hasta que su presencia ya no fuera obvia en el horizonte.

Estar a su lado hasta que emprendiese el camino, ya fuese a pie o a caballo.

Levantar la mano en su dirección, sonreírle aunque la incertidumbre hiciera que su alma llorase en silencio, a escondidas.

Hacerle sentir tranquilo. Hacerle sentir amado.

Para que, si no volvían a verse, Stewart pudiera llevarse consigo ese amor incondicional de una familia que siempre le querría y esperaría.

Confiaba en poder volver a verle con vida.

Quien fuese el rey de Escocia le era indiferente.

Edeen amaba a su tierra y se sentía orgullosa de sus parajes, del gaélico, de sus leyendas, de su historia, de su manera de pensar y vivir; pero, que Dios la perdonase, la vida de los hombres no valía una o cientos de coronas y tronos.

Sin embargo, ansiaba que los jacobitas ganasen esa vez.

Rezaba cada noche para que la rebelión fuera un éxito e Inglaterra se rindiera y les entregase lo que pedían, por más irreal e imposible que sonase.

Quería que vencieran para que Stewart pudiera volver a casa, con los suyos.

Vivo o tullido, no importaba mientras pudiera regresar.

Edeen cerró la puerta, sintiendo un repentino peso en la boca del estómago.

Intentaba pensar poco en Stewart, pero una parte de su corazón y de su mente siempre viajaba tarde o temprano hasta su hermano. A diario. A veces estaba haciendo la comida, cosiendo, o echándole leña a la chimenea, y su cabeza evocaba recuerdos, sensaciones.

Por eso, últimamente se preguntaba si, cada día que Creyton se iba, sería la última vez que lo vería con vida.

Los ingleses estaban nerviosos a causa del alzamiento y su presencia en el territorio se había vuelto peligrosa, agresiva.

Tomaban represalias, creyendo que todos los escoceses estaban dispuestos a pelear por la causa.

Sesgaban vidas, truncaban sueños, solo porque preferían prevenir un mal mayor, quitándose de en medio enemigos potenciales.

Si se presentaran en su puerta, sería servicial, les dejaría registrar la cabaña y llevarse lo que quisieran.

Sería una mujer idiota que no sabía de política ni de peleas.

Les serviría incluso el mejor whisky de Creyton.

No obstante, si intentaran jugársela, si trataran de herir a alguien de aquel lugar, no dudaría.

Pelearía hasta la muerte. Si terminara bajo tierra, ya fuera con una bala en el cerebro o con una soga alrededor del cuello, Dios la recibiría como la mejor de sus soldados de las Highlands, porque iba a oponer resistencia y a llevarse unos cuantos británicos por delante con la pistola de su esposo.

Por supuesto, a la hora de la verdad, tal vez sus disparos fallasen o no llegase a detonar el gatillo. No obstante, le daba confianza pensar que iba a honrar el nombre de Stewart en la distancia y que iba a ser una madre protectora para Laren. Con todas las consecuencias.

—¿Y papá? —preguntó Laren cuando se levantó y vio que estaban solas, aunque el sol apenas despuntaba.

—Ha salido a hacer un recado. No tardará en regresar —le garantizó—. ¿Me ayudas a preparar un bizcocho de manzana asada? —Buen método para mantener la mente ocupada y el estómago bien lleno.

Juntas, mezclaron el azúcar, la harina, la maicena, los huevos, la mantequilla que Edeen había preparado el día anterior, y las manzanas que había asado cuando se encontró sin ganas de volver a la cama al irse Creyton.

Terminaron manchadas de fruta y harina, riendo, como si fuera de la cabaña no hubiera riesgos, y es que ser madre de Laren era muy sencillo. Se lo ponía tan fácil…

Prepararon un bizcocho esponjoso, aunque se quemó un poco por la parte superior.

—Huele bien —comentó Laren, de pie en un taburete para llegar bien a la mesa.

El olor de la cabaña era una mezcla de leña ardiendo por la chimenea y por el pastel. Pareciera que la pequeña le había leído la mente, pues Edeen se encontró pensando que le encantaba que su hogar oliera a rutina, a horno, a calidez.

Estaban desmoldándolo justo cuando se oyó el relincho del caballo de Creyton al otro lado de la puerta. Laren corrió hacia la puerta y trató de abrirla, pero Edeen había echado la llave.

Esperó pacientemente a que su marido llamase a la puerta. Él así lo hizo mientras metía la llave en la cerradura. Edeen respiró, aliviada.

Cuando este abrió, un perro saltó sobre Laren, y Edeen por poco gritó del susto.

No es que estuviera mordiéndola; la había sentado y estaba apoyando las patas delanteras en sus hombros mientras el hocico le paseaba por la cara y el cuello, olfateando a la niña.

Quiso coger al animal, pero vio que llevaba una cuerda como correa y que Creyton tironeaba de ella para señalarle que debía apartarse y comportarse.

—Buen chico —lo premió cuando este se sentó a su lado, en medio del porche. Creyton las miró con ojos radiantes—. Edeen, Laren, os presento al nuevo integrante de la familia: Sarge. Ahora, puedes ir con Laren… ¡con cuidado! —Y le desató la cuerda del cuello.

El perro corrió de nuevo hacia la niña y volvió a olerla… para a continuación soltar ladridos de excitación y lamerle las mejillas, haciendo que Laren se riera a carcajadas, feliz por tener un perro.

Era grande. De morro fino y alargado, de orejas puntiagudas, estilo elegante y apariencia mansa, pero feroz; su pelaje era largo y de un color que parecía tierra, con mechones azabaches y grises aquí y allá, sumado a una larga cola, esponjosa y de pelo frondoso.

Parecía medio lobo. No podía tener más de un año, por su tamaño, la escasez de pelo blanco y su manera de querer jugar.

Y, a pesar de eso, cuando se había sentado junto a Creyton, su expresión era solemne y expectante, con un aspecto amenazador. Imponía a pesar de su juventud.

Sarge se acercó a una aturdida Edeen, quien no había podido hablar todavía de la impresión. ¿Un perro? ¿Ese era el regalo? Lo acarició con cuidado para que entendiera que no era el enemigo.

—Toma. —Le ofreció el dorso de la mano, donde había un poco de calabaza incrustada en la piel.

Durante unos segundos, tuvo miedo de que le mordiera. Sin embargo, Sarge no gruñó en ningún momento. Lamió aquel pedacito de calabaza varias veces y, cuando se separó de su mano, Edeen juraría que su boca llena de dientes puntiagudos estaba sonriendo. Como si fuera feliz.

Cuando el animal regresó a Laren, quien no dejaba de saltar y de chillar que poseía un nuevo mejor amigo, miró a Creyton esperando encontrar respuestas en su rostro.

Este estaba apoyado en el umbral de la puerta, con las piernas cruzadas a la altura del tobillo y un brazo apoyado en el mango de la espada.

Su sonrisa era encantadora, sus ojos llenos de amor mientras contemplaba cómo Laren y Sarge conectaban y se enamoraban el uno del otro en cuestión de segundos.

Como si estuvieran destinados a crecer juntos.

Se le acercó y la mirada azulada de Creyton entonces se posó en la de Edeen, quien se encontró nadando en aquel lago de simpatía.

—Querías un perro guardián, ¿no? —musitó él. Edeen sonrió—. ¿Pensabas que lo había olvidado?

—Pensé que no le habías dado mucha importancia —reconoció, aunque su marido le había asegurado en su momento que vería qué podía hacer al respecto.

—Prometí buscar un perro que protegiera nuestro hogar y te hiciera sentir cómoda aquí, a salvo. —Le acarició la mejilla.

Igual que le había asegurado que buscaría tesoros de un naufragio en el océano si ella se lo pidiera. El corazón se le encogió en el pecho y las lágrimas hormiguearon en el puente de la nariz. Creyton la acercó a su cuerpo y la abrazó al advertir que estaba emocionándose.

Se sentía tan especial. Escuchada, respetada, en un mundo donde las mujeres no tenían voz y sus deseos eran reducidos a cenizas.

—Sarge es joven —le explicó Creyton, apoyando el mentón en su cabeza, sin soltarla—.

Pero Meghan tiene dos perrazos protegiendo su hogar y tuvieron una camada hace unos meses.

En Samhain me comentó que se habían quedado con tres de los seis cachorros, y supe que uno tenía que ser para nosotros.

Le pareció una idea buenísima y he ido a buscarlo.

»Su esposo lo estaba amaestrando para que entienda que los niños son aliados; y aquellos que quieran herirlos, el enemigo a vencer.

Aprovecharemos los días de lluvia y nieve, y las eternas tardes de noche cerrada, para continuar con su adiestramiento.

Ladrará ante intrusos. Detectará si estás tensa o si alguien no te gusta.

Morderá si siente que Laren está siendo amenazada, incluso a mí si es necesario.

»Si yo no estoy cerca, te juro que no volverás a sentirte indefensa o insegura. Sarge se encargará de manteneros a salvo.

Lo cual era muy significativo. Antes, se las había apañado a solas con una niña de cuatro años, y había sido confiado porque nada hacía prever que las cosas se pondrían feas a nivel político.

Pero ahora tenía dos mujeres que proteger en medio de una revolución y, en cuanto Edeen le expresó sus temores, se había encargado de buscar un modo de aligerarlos.

Se acurrucó más contra su pecho.

—Gracias —susurró.

Como contestación, Creyton estrechó el abrazo.