El marido equivocado 15 #3
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Los primeros minutos serían incómodos y hasta molestos, pero estaba convencida de que luego volvería a sentirse llena en todos los sentidos.

Se obligó a destensar cada pulgada de su cuerpo.

Creyton parecía saber cómo leer sus expresiones. Al sentir que estaba totalmente calmada y preparada, se adentró poco a poco en su cuerpo. Edeen no pudo evitar quejarse y cerrar los ojos con fuerza. Su cuerpo se dilató, se expandió, y protestó por ello.

—Levanta un poco las piernas doblando las rodillas —le aconsejó—. Estarás más cómoda.

Ella asintió mientras se decía que pronto aquella irritación desaparecería.

Él se detuvo para que se acostumbrase a su tamaño. Lo vio temblar y lo miró con sorpresa. Varias gotas de sudor resbalaban por sus mejillas y también tenía los ojos cerrados; parecía concentrado en algún pensamiento al cual ella no tenía acceso.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Había olvidado cómo se sentía… —Creyton habló con voz rota.

Luego, apretó los labios—. No sabes… lo difícil que me está resultando resistirme.

Estás tan apretada, tan mojada… —gruñó, y tiró la cabeza hacia atrás.

Los músculos del cuello sobresalieron de la piel como si fuera un animal preparado para el ataque—.

No puedo soportarlo, vas a ser mi muerte, Edeen. Voy a correrme en menos de un minuto.

—¿Acaso importa?

Él rugió y susurró algo más en gaélico, antes de empezar a moverse con lentitud contra su cuerpo.

Aquellos movimientos circulares, que finalizaban contra sus caderas, escocieron al principio, si bien luego el cuerpo de Edeen empezó a sentir cosquillas allí donde antes había dolor.

Fue una mezcla que le puso la piel de gallina.

Involuntariamente, alzó las caderas contra las de Creyton para profundizar su penetración. Quería sentir más. Estaba convencida de que podía sentir más. Lo logró y jadeó con una sonrisa satisfecha. Creyton, por su cuenta, gimió y por poco se desplomó sobre ella. Se sostuvo sobre los codos.

Ambos bailaron al mismo son, aguantándose la mirada.

Las acometidas empezaron a ser más salvajes y, con cada una de ellas, un ramalazo de sensaciones la sacudía por entero, viajando desde sus muslos hasta su cerebro.

Se sentía indefensa y poderosa al mismo tiempo, como si confiase su cuerpo a aquel hombre a sabiendas de que podía dominarlo si quisiera.

Cuando un aguijonazo de éxtasis la hizo arquearse contra Creyton, se agarró a su nuca. Lo besó y él le devolvió el beso con fuerza. Sus lenguas se encontraron para hacerle la competencia a sus caderas. Estaban perdiendo el norte en busca de un punto en común que los elevase a las estrellas.

Creyton se desancló de su boca con un suspiro. Trató de incorporarse un poco más, si bien sus brazos parecían no querer sostenerlo.

—Edeen…, no puedo más. No… —Jadeó rasgadamente cuando fueron las caderas de Edeen las que, guiadas por un instinto hasta ahora desconocido, empezaron a marcar un ritmo todavía más enardecido. Lo escuchó susurrar—: Dios, dame más tiempo. —Un jadeo ahogado—. Dame más tiempo, más fuerza. Te lo suplico.

Sin embargo, la plegaria no fue escuchada.

Edeen notó el momento exacto en que el cuerpo de Creyton se tensaba todavía más y algo en su interior se derramaba.

Él siguió penetrándola sin descanso, si bien Edeen se quedó observando, maravillada, cómo cambiaba su rostro ante el orgasmo que se adueñó de su ser: primero, se le hinchó el cuello ante el aullido que escapó de sus labios mientras sus ojos se ponían en blanco por el placer; luego,

buscó aire mientras cerraba los párpados y el ceño fruncido se alisaba.

Sin fuerzas, Creyton cayó sobre ella, todavía con convulsiones en las caderas.

Su corazón latía a un ritmo casi peligroso y resonaba en la caja torácica de Edeen, que podía notarlos como si fueran propios.

Ella le acarició el pelo y la espalda, empapada en sudor.

Cerró los ojos mientras su cuerpo empezaba a sosegarse, deshaciéndose de los últimos retazos de placer.

Ella no había logrado el orgasmo esa vez, pero no importaba. Tenía la sensación de que Creyton le había entregado una parte que no había mostrado a nadie en mucho tiempo.

—¡Mierda! —exclamó él, todavía sin aire, alzándose sobre un brazo y golpeando el colchón con el otro—. No, no, no. Se suponía que esto no tenía que ocurrir así.

—Creyton…

—Debería haber aguantado… Tú debías… —Parecía muy enfadado consigo mismo por haber alcanzado el orgasmo antes que ella.

Sonriendo, conmovida por su insistencia, Edeen le acarició el rostro y le dio un suave beso en los labios, silenciándolo.

—Vamos, túmbate a mi lado. Nos taparemos con las sábanas. —Lo empujó con delicadeza. Él salió de su interior y fue a buscar un paño, que mojó con agua de la tina. Edeen, mientras, se tapó con las colchas. Se notaba resbaladiza allá abajo—. Todo está bien. No pongas esa cara, que estás horrible.

—Soy un amante funesto —musitó él mientras apartaba la ropa de cama y la lavaba entre las piernas—. No he sabido… Mierda. Soy un maldito desastre, Edeen.

—Estás dándole demasiada importancia. —Lo tomó del codo y lo hizo tumbarse a su lado.

Creyton la abrazó y le besó el pelo mientras seguía mascullando disculpas.

—Está todo bien. Deja de darle más vueltas. Ha sido maravilloso —le prometió mientras restregaba la nariz contra la curva de su cuello.

—¿De verdad lo piensas?

—Sí.

Edeen se acomodó mejor contra su pecho y se estiró cuan larga era, notándose perezosa y muy adormecida. No sabía si era la lluvia que golpeaba las ventanas, haber hecho el amor o sentir un cuerpo caliente bajo el suyo lo que la hacía sentirse tan agotada, pero no quería moverse ni abrir los ojos.

Acababa de hallar el paraíso en la tierra.

Estaba tan relajada que ni siquiera reparó en el hecho de que no se sentía culpable por haberse entregado a otro hombre y no a Laochailan.

Estaba tan ensimismada en el recuerdo del orgasmo que no se dio cuenta de que no había pensado ni una sola vez en él desde que su marido cruzó el umbral del dormitorio.

NOVIEMbrE (1745)