15 #2
—No sabía cuán hambriento estaba, hasta que te besé la otra noche —admitió Creyton—. No sabes las ganas que tengo de besarte de nuevo, cómo me contuve cuando bailamos en la cabaña… u hoy. El color rojo en tu boca me estaba tentando a pecar y, joder, hubiera ardido con gusto en el infierno.
—Creo que… te entiendo perfectamente —concedió ella.
No podía creerse que estuviera diciendo aquello. Sintió cómo Creyton respiraba con fuerza.
—Todavía estoy a tiempo de irme y fingir que nada ha ocurrido, Edeen. Dormiría abajo, con los borrachuzos que no pueden andar ni subir un mísero escalón, y no te lo reprocharía jamás.
Edeen rumió unos pocos segundos. Pensó en los sueños que la hacían despertarse sudorosa, los temblores que la dejaban sin voz cuando se rozaban por equivocación, rodeados de gente. Quería descubrir qué había más allá. Quería aprender nuevas sensaciones, no privarse de ellas.
—No te vayas —le pidió, con las mejillas ruborizadas; se humedeció los labios, notando que tenía serrín en la boca, como si acabase de comerse un par de tapones de corcho. Pensó que su rostro iba a estallar de calor cuando él siguió el movimiento de la punta de su lengua.
—Mmmm, hueles bien.
Cosa del baño, seguro. La piel se le puso de gallina.
—Creyton…
—Puedes echarte atrás —farfulló él, acariciándole la línea de la mandíbula.
—Lo sé —respondió—. Pero no quiero.
Como si fuera la señal que Creyton estaba esperando, la besó, posando una mano en su mejilla y otra en la cadera para atraerla hasta su cuerpo.
Su ímpetu la hizo agarrarse a sus hombros para no tambalearse y caer.
El beso fue primitivo, salvaje. Edeen respondió con la misma ferocidad y a sus oídos llegaron sus respiraciones mezcladas, fuertes, fieras.
—Aunque estás preciosa así… —Creyton tironeó de la cinta que ataba su pelo. Su melena se desprendió del moño y se derramó sobre sus hombros. Él gruñó y musitó algo ininteligible.
Creyton cumplió su promesa. Descendió por su cuello, mordiendo, lamiendo.
Bajó la parte superior de la bata, quedando esta colgada de sus codos.
La empujó suavemente contra la ventana. Edeen no sintió el frío del cristal contra la piel de su espalda, que había quedado expuesta; esta ardía tanto que creía estar sufriendo un ataque de fiebre.
El hombre observó sus pechos unos segundos, antes de inclinarse hacia delante.
Sin desanclar los ojos de los de Edeen, atrapó un pezón entre los dientes.
Fue provocativo e intenso. Quién diría que un hombre que sabía estar con elegancia en cualquier lugar llevase un pequeño demonio dentro.
Edeen jadeó y se agarró a su pelo ante el latigazo tan extraño que la atravesó desde los senos hasta la entrepierna.
Él no le dio tregua y pronto pasó a la otra cima rosada, para lamer, morder, tironear y besarla.
Luego, le apartó los brazos y desató el cinturón con reverencia.
La miraba con decisión. Pese a estar temblorosa, pudo apreciar lo que él estaba preguntándole.
Si podía continuar. Si quería abandonar aquel juego ahora que aún estaba a tiempo.
No, no quería detenerse ahora.
Tragó saliva y, roja de pies a cabeza, hizo deslizar por completo la bata hasta que esta cayó a sus pies.
Creyton retrocedió un paso para recorrerla con la vista.
Se arrodilló en el suelo y acarició sus rodillas.
Cuando tocó una pequeña cicatriz que tenía en la pierna izquierda, justo encima de la rótula, Edeen se rio.
Recordaba el momento de la caída como si fuera ayer. Era su primer recuerdo, de hecho.
—Trepé a una estantería que tenía mi abuela en su casa. Quería saber si un bote concreto era una pócima sanadora o veneno.
—Cuando te conocí, no pensé que fueras una temeraria —le sonrió Creyton antes de besar la diminuta marca.
Con reverencia, Creyton acarició sus muslos y los abrió ligeramente.
Fue a preguntar qué quería hacer, pero el rostro de su esposo desapareció entre sus piernas.
Solo apreciaba el cabello rubio, algo ondulado a causa del vapor que todavía navegaba por el techo de la habitación.
Un trueno la sacudió por completo, desatando en su interior una tormenta tan impresionante como la del exterior, cuando la punta de la lengua del hombre tocó su punto más sensible.
Se estremeció y no pudo ahogar un jadeo.
Él la torturó sin piedad con la lengua y los labios, haciéndole sentir un mundo de sensaciones increíbles.
¿Aquello era hacer el amor? ¡No era de extrañar que se considerase pecado!
¡Era como ascender al cielo y luego caer desde cientos de metros de altura a sabiendas de que no había nada que detuviera el golpe!
Justo cuando notaba que el cosquilleo aumentaba hasta ser insoportable, Creyton se apartó y Edeen, sin saber por qué, quiso echarse a llorar. Él se la echó al hombro tras relamerse los labios.
—¡¿Qué haces?! —preguntó, pataleando.
Creyton se rio y la soltó en la cama de tal modo que las almohadas salieron volando y la colcha se deformó bajo su peso.
El pelo le cubrió la cara y sus extremidades se doblaron de las formas más extrañas posibles.
Se apartó la cabellera del rostro y quiso protestar por semejante rudeza, pero la queja murió en su garganta.
El hombre se estaba pasando la camisa por la cabeza, quedando totalmente desnudo.
Su pelo se había soltado del lazo y ahora le enmarcaba el rostro.
Era todo un espectáculo de masculinidad.
Parecía un ángel caído que había ascendido desde el inframundo para mostrarle qué era aquello que escandalizaba a tantos.
—He perdido práctica. Pero voy a recuperarla —decretó antes de abrirle las piernas con suavidad. Se inclinó sobre su cuerpo antes de acariciarla entre los muslos con un dedo. Jadearon al unísono—. Ya estás preparada.
Creyton coló el dedo corazón en su interior con cuidado y Edeen se removió, extasiada ante los delicados movimientos que se producían en su interior. Sacudió la cabeza mientras se mordía los labios. Apartó la mirada, acalorada, antes de mascullar:
—Con uno no bastará.
Ante sus palabras, Creyton se detuvo y enarcó una ceja. Parecía muy interesado en lo que acababa de decirle.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, introduciendo también la pulpa del dedo índice. Edeen se revolvió y se agarró a las sábanas—. ¿Lo has hecho por tu cuenta? —Ella asintió, cerrando los ojos. Creyton se movió un milímetro, lo que la hizo respirar entre dientes—. ¿Desde cuándo lo haces?
—Desde hace un par de semanas —confesó con un hilo de voz.
Como recompensa por su sinceridad, Creyton siguió adentrándose en su interior por unos segundos.
—¿Has llegado al orgasmo? —Ella lo miró como si estuviera loco.
¿De verdad esperaba que le respondiera a eso?
Creyton parpadeó, sin moverse, esperando con paciencia.
Quería hacerla enloquecer. Con un gruñido, dejando caer la cabeza hacia atrás, sabiéndose perdida, Edeen asintió.
Gimió cuando Creyton volvió a avanzar—. ¿En quién pensabas?
—Su voz sonó acerada, casi posesiva. No, no iba a contestarle.
Cerró los ojos con fuerza hasta que vio luces blancas en medio de la oscuridad—.
¿Edeen? —El pulgar de la otra mano acarició aquel manojo sensible que la hacía estremecer, y su cuerpo se agitó con violencia.
Se mordió el labio inferior para silenciar el jadeo que la había atravesado—. ¿En quién pensabas mientras te tocabas?
—En ti.
Creyton se alzó para besarla mientras la saqueaba en su interior, como premio por su honestidad.
Edeen le devolvió el beso mientras le susurraba que no parase.
Quería lanzarse a aquel abismo. Necesitaba abandonarse a aquella penumbra tan tórrida y acogedora que la esperaba al otro lado de sus párpados cerrados.
Un rayo la alcanzó y dejó sus piernas temblorosas. El grito escapó de sus labios sin remedio, y se convulsionó mientras Creyton le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.
Se dejó caer en la cama, todavía trémula y sin aire en los pulmones. El orgasmo que la había recorrido la había dejado agotada. Había sido mucho más placentero que a solas consigo misma, ciertamente.
—¿Quieres seguir? —quiso saber él, tumbándose a su lado sobre un costado—.
Esto solo es el principio —susurró él. Se echó hacia atrás con un ronroneo y se cubrió los ojos con un brazo.
Ahora fue ella la que se apoyó en un codo para mirarlo libremente, tomándose su tiempo, sobre todo su miembro.
Estaba erguido, lucía grueso y aterciopelado—.
No creo que pueda cumplir tus expectativas, Edeen.
Llevo años sin… nada. ¿Sabes lo que significa eso?
—Como si pudiera verlo a través de su piel, musculatura y huesos, ella negó con la cabeza—.
Te deseo tanto que dudo que pueda durar ni dos minutos.
Podría prometerte estar horas dentro de ti y llenarlas todas y cada una de ellas de placer, pero me temo que tu primera vez será un desastre. No mereces algo así.
—Cinco minutos, cinco horas o cinco días. Lo importante es que estés conmigo —susurró. Él la miró, alzando ligeramente el brazo. Parecía triste, como si no estar a la altura le diera verdadera lástima—. Creyton, confío en ti.
Como si sus palabras hubieran sido todo un acierto para su malestar y su inseguridad, Creyton se levantó y se recogió el pelo en un diminuto moño en la parte baja de la cabeza. Estaba… más atractivo de lo habitual y Edeen se mordió el labio inferior.
—Seré lo más cuidadoso que pueda. Te lo prometo —musitó él.
Ella asintió y tragó saliva cuando el hombre se tumbó sobre su cuerpo.
Con una rodilla, le abrió un poco más las piernas y Edeen no pudo evitar que sus músculos se pusieran rígidos.
No quería echarse atrás, pero había oído tantas quejas de las mujeres casadas sobre su noche de bodas que le tenía algo de temor al dolor que iba a causarle la invasión de Creyton en su cuerpo.
Notando su rigidez, el hombre le pidió que se relajase y le peinó el pelo con delicadeza, tomándose todo el tiempo del mundo.
—Podemos dejarlo estar, si lo deseas.
—No te atrevas —lo amenazó, dirigiéndole una mirada asesina.
—Esa es mi chica —musitó Creyton con una sonrisa orgullosa.
Cuando de su garganta empezó a salir una canción muy parecida a una balada, Edeen cerró los ojos.
Hasta ahora, Creyton le había regalado placer.