15
—Ha sido un día muy largo —comentó Morgana, echando las cortinas para que los relámpagos de la tormenta que llevaba horas cayendo sobre el castillo no la incomodasen—.
Sacaré la tina y le prepararé un baño de agua caliente, para que pueda relajarse antes de ir a dormir.
Parece que los hombres se lo están pasando bien abajo.
—Así que Creyton tardaría en detener la fiesta—. ¿Le parece buena idea?
Buenísima. Asintió con una sonrisa, aunque no sabía de dónde salían las fuerzas como para poder curvar los labios. Estaba exhausta.
Nunca había vivido Samhain de ese modo, como una festividad que celebrar, aunque supuso que en el castillo cualquier celebración era buena para hacer comida para decenas. Sobre todo para hacer correr el whisky.
Se sentó en el borde de la cama mientras Morgana calentaba el agua e iba echando baldes en la tina; el vapor trepando hasta el techo y llenando el cuarto de un ambiente fantasmal muy acorde con el día.
Observó cómo aquel humo sin olor chocaba con las piedras y se colaba por los poros de estas.
Siendo sincera consigo misma, una parte de ella esperaba que Laochailan hiciera acto de presencia esa noche. Desde que besó a Creyton bajo la lluvia, nunca se le había vuelto a aparecer. Sin embargo, en ese instante todo era posible, según las leyendas.
Meneó la cabeza. Se recordó que, si el espíritu no rondaba por allí, era buena señal.
No sabía nada de ningún hombre en el frente, así que era complicado saber si Stewart y Laochailan seguían vivos.
Todo cuanto se sabía era que los rebeldes estaban en Edimburgo, deliberando su estrategia.
Dios sabía qué harían a continuación en las próximas semanas.
Así pues, mucho mejor si ningún fantasma surgía en un rincón del dormitorio.
Aunque no le extrañaría que Laochailan enviase a su espectro, a pesar de no haber muerto, solo para martirizarla.
Bailar esa noche con Creyton la había hecho sentir viva como hacía tiempo que no sucedía y había hecho que volviera a sus entrañas aquel cosquilleo ardiente, que últimamente le erizaba el vello de la nuca cada vez que su marido andaba cerca.
Tras tirar pétalos de rosa y algún tipo de sales de baño al agua, Morgana la ayudó a desprenderse de la ropa mientras tarareaba una de las canciones que se había tocado en el gran salón.
—Ve a dormir, Morgana —le pidió tras entrar en el agua—. Ya recogeremos todo esto cuando salga el sol.
—¿Está segura?
—Sí. Además, un momento para mí misma no me irá tan mal.
—Está bien. —Morgana le sonrió con afecto—. Hasta mañana, entonces. Disfrute de esta noche.
El tono fue tan pícaro que Edeen frunció el ceño. Le preguntó si ocurría algo y la mujer le sonrió con la lujuria dibujada en el rostro.
—Nada, absolutamente nada. Solo confío en que disfrute de este apetitoso baño, con flores, sales que huelen tan bien… Es una noche mágica a la que no deberíamos temer. La magia no tiene por qué ser negra ni conducir a hechos horribles, ¿no cree?
¿Por qué tenía la sensación de que Morgana había usado aquel baño como una especie de ritual…?
—Supongo… —Carraspeó—. Buenas noches, que descanses. —Aunque algo le decía que la mujer se uniría a la fiesta que había en el piso inferior.
Cerró los ojos una vez que se quedó sola en el dormitorio y se reclinó todo cuanto pudo sobre el borde de la tina. La madera se le clavaba en la nuca, pero el resto del cuerpo estaba tan relajado que apenas notaba aquella punción en la base del cráneo.
Su mente pudo ponerse en blanco con facilidad, olvidar los jacobitas y las ausencias de aquella noche, mas su cuerpo parecía ejercer otro tipo de poder sobre sus pensamientos.
Cada punto que Creyton había tocado mientras se movían al ritmo de las gaitas empezó a quemar, y nada tenía que ver con el agua.
Se pasó las uñas por la piel, pero nada la calmó.
Miró de reojo la cama. Ciertamente, hacer el amor debía ser una tentación si muchas mujeres se deshonraban antes del matrimonio y luego se comprometían con el tipo…
Aunque ella nunca se había sentido tentada antes, ni siquiera con Laochailan.
Sin embargo, llevaba unos días en los que solo podía pensar en cómo sería estar con Creyton.
—El vino que se me ha subido a la cabeza —se dijo, pellizcándose el puente de la nariz.
No había tomado demasiado, pero, como no estaba acostumbrada, había bastado para desestabilizarla. Por eso había sentido aquella presión entre los muslos al bailar con Creyton, porque el alcohol la había afectado. Era la única explicación posible.
No obstante, los minutos que estuvo en remojo, aquel hormigueo se fue expandiendo hasta adormecerle el cuerpo. Se sentía febril, enferma, borracha, mareada. Con un bufido, se lavó la cara para quitarse el maquillaje, se levantó y salió de la tina.
Se envolvió en una toalla y se acuclilló frente a la chimenea, que Morgana había preparado.
El fuego silbaba y los troncos crepitaban.
Pronto, las gotas de agua se secaron y la humedad se fue absorbiendo.
Se pasó la tela por el cuerpo, y casi juraría que su piel estaba más enrojecida de lo habitual.
Incluso estaba más sensible. Tragó saliva.
Se enfundó en una bata suave, de seda, algo destinado solo para invitados.
El clan no les había dado la espalda, aunque ellos sí.
Los recibían con los brazos abiertos porque Creyton era…
Creyton. El ahijado de Gillies. Un hombre que bien podría ser el líder del clan a causa de su cercanía, carisma, bondad e inteligencia.
Un trueno le hizo alzar la cabeza, sacándola de aquellas reflexiones que la habían dejado embelesada mirando a la nada.
Caminó hasta la ventana y apartó un poco el cortinaje.
La lluvia se desprendía de las nubes con agresividad y no pudo evitar pensar en el primer beso que tuvo con su esposo.
Se acarició los labios, como si pudiera invocar aquel recuerdo tan vívido y nítido.
No sabía qué le estaba ocurriendo. Era como si Creyton se hubiera metido en su cabeza y no pudiera sacarlo.
La puerta se abrió y las pulsaciones de Edeen se dispararon.
Se giró hacia la entrada y respiró, aliviada, al comprobar que no era un extraño quien se colaba, sino Creyton.
Este alzó las cejas al verla despierta. El engranaje de la cerradura al echar el cierre fue como apretar el gatillo en dirección a su pecho.
—Pensé que ya estarías durmiendo —dijo él mientras se deshacía de las botas.
—Morgana sugirió darme un baño para poder acostarme más… sosegada.
—¿Estás nerviosa? —Creyton se quitó el broche del manto y este se desató; lo siguió el cinturón y el kilt.
Edeen bajó la mirada en un acto reflejo. Escuchó cómo dejaba toda la ropa bien doblada sobre una silla y tomaba la daga para tenerla bien cerca, en la mesita auxiliar junto al lecho.
—¿Te da miedo Samhain, acaso?
De pequeña, sí; siempre había pensado que alguien sin rostro llegaría para raptarla y llevársela a un lugar tenebroso, lleno de almas extraviadas, ávidas de carne fresca de niño. Ahora, había aprendido que el mundo real era más peligroso que esas puertas a otras dimensiones.
—Temo más a los vivos que a los muertos; no cuento con encontrarme ninguno esta noche.
Es solo que no estoy acostumbrada a estas fiestas.
—Había subido al dormitorio con el corazón acelerado por el ritmo delirante de la música, los pies doloridos de tanto bailar, la barriga colmada por la comida y la cabeza martilleándole por el bullicio.
—¿Quiere decir que estás ebria?
—No —admitió. Quería culpar al vino de su pequeña obsesión, pero lo cierto era que el motivo por el que estaba aturdida estaba a pocos pasos de ella.
Se mordió el labio inferior—. Tal vez algo abrumada.
¿Por qué? —Enarcó una ceja. Creyton apretó la mandíbula, pero terminó negando con la cabeza—. ¿Qué pasa?
La miró largamente, con tanta intensidad que el aire se volvió tan denso que hasta la temperatura de la habitación se elevó de sopetón. Edeen no podía apartar la mirada de aquellos ojos azules, que cada vez se obscurecían más y más.
—Será mejor que me marche —anunció Creyton, caminando descalzo hacia la silla para buscar su ropa.
—¿Por qué? —Confundida, Edeen arrugó el ceño—. ¿Acaso quieres… continuar la fiesta en otro lugar?
Aquella pregunta sonó a acusación, como si creyera que tenía una amante esperándolo en algún escondite del castillo… Y, diablos, Creyton podía ser muchas cosas, pero Edeen estaba segura de que no era infiel. No formaba parte de su naturaleza. Era un hombre de honor.
—No llevas ropa. —Instintivamente, ella se anudó mejor el cinturón de la bata y se cerró algo más la tela del escote.
El hombre dejó la ropa que había cargado sobre la silla—.
¿Sabes lo que quiero? —Creyton se puso ante ella en apenas dos zancadas, y Edeen tuvo que recular para no chocar y caer.
Notó la ventana contra su espalda. El índice de su marido se posó sobre sus labios, cortándole el aliento—.
Quiero besarte. Aquí. Luego, bajaría por tu cuello…
y seguiría por tus pechos. —Creyton trazó con el dedo el camino que estaba enumerando.
Sin embargo, su mirada seguía clavada en la suya, como si estuvieran entrelazadas y ninguno de los dos pudiera deshacer ningún nudo.
Edeen contuvo la respiración a medida que aquellas palabras, roncas y atrayentes, se colaban en su mente.
—Y seguiría mi trazo. Mordería la piel que rodea tu ombligo y seguiría más… —se detuvo en el nudo del cinto— abajo. Te haría gritar.
Su marido enarcó una ceja en su dirección, esperando que Edeen dijera o hiciera algo. Como si buscase que lo interrumpiese y lo echase de la habitación. No obstante, siendo sincera consigo misma, no quería que Creyton huyera de aquello. Ella misma no quería seguir corriendo en dirección contraria.
Estaban casados, eran jóvenes y, a pesar de ser un matrimonio de conveniencia, parecía que se deseaban. Ella, por lo menos, estaba consumida por las llamas. Aquellas provocaciones estaban encendiéndola por momentos.
—¿Todo eso harías?
Fue todo cuanto se le ocurrió preguntar y Creyton entornó los ojos, como si no esperase precisamente esa contestación por su parte.
—Y mucho más.
Los muslos de Edeen se apretaron por la excitación. Lo que Creyton estaba prometiendo parecía divertido y muy sensual.