14 #3
—A Edeen no se le pasó por alto que, a pesar de estar dentro de la conversación, tenía un ojo en la mesa de los niños.
Donde Laren comía pollo, calabaza asada, y bebía zumo de manzana.
—Muy amable por tu parte.
Creyton se rio y aquella suave carcajada fue como un bálsamo para el corazón de Edeen. No era habitual escuchar aquel sonido.
Cuando terminaron de comer, sirvieron postre.
Trajeron manzanas asadas, bizcocho de zanahoria y boniato, tarta de queso con calabaza triturada por encima y galletitas de alma.
Laren tomó una de estas galletas, y le preguntó a su padre qué eran mientras las observaba, como si de verdad fueran el alma de una persona y le diera pavor devorar a alguien.
—Hace siglos, las semanas antes de Samhain, los mendigos ofrecían oraciones para los muertos de quienes sí tenían techo, comida y algo de dinero, a cambio de estas galletitas.
Aún ahora nos comemos estos dulces para recordar que siempre, siempre, hay que honrar a los muertos, sin importar si tienen dinero, belleza, moralidad…
La niña miró el pastelito, todavía recelosa.
—¿No… no me comeré a nadie?
La inocencia infantil era emocionante.
—No, cielo. —Creyton cogió un dulce de la fuente más cercana, lo partió en dos y le tendió una mitad a Edeen. Luego, le dio un bocado al trozo que se había quedado él—. ¿Ves? No me atraganto, ni me sale una segunda cabeza. —La niña se rio—. O me pongo azul. Todo está en orden. Come tranquila, Laren.
La niña se animó en cuestión de segundos y su sonrisa le llegó a los ojos.
—¡De acuerdo!
—Eso ha sido muy tierno —convino Edeen, dando un mordisco a su galletita de alma. Estaba deliciosa. La canela y el azúcar se deshacían en su boca, mientras que el clavo y el vinagre de manzana nadaban por su lengua—. Eres un padre increíble, Creyton.
Él le sonrió como agradecimiento de sus palabras. Se terminaron la galleta, cada uno su parte; luego, Creyton atacó el bizcocho y no dudó en hincar la cuchara en la tarta cremosa de Edeen en cuanto esta se despistó y sirvió un poco de zumo de manzana a Laren.
—Eh, eso es mío —se quejó ella, para nada molesta. Le dio un codazo. Él volvió a reír—. Quiero un poco de bizcocho. Es lo justo, ¿no? —lo pinchó.
—Cuando alguien tiene razón…
Creyton cogió un pedazo de su pastel con el pulgar y el índice, y lo llevó a la boca de Edeen.
Hasta que no sintió la piel caliente de sus dedos contra los labios, casi rozando los dientes, no se dio cuenta de lo sensual que era el gesto.
Rápidamente se sentó mejor en la silla y se alejó de la tentación que resultaba ser su marido.
El pastel de zanahoria y boniato estaba buenísimo, pero no lo disfrutó a causa del retortijón que le constriñó las entrañas.
Si pensaba que iba a tener una tregua, se equivocaba.
En cuestión de minutos, los gaiteros empezaron a hacer sonar sus instrumentos y Morgana se subió a la tarima para cantar con una bellísima voz grave.
Alguien sugirió a la feliz pareja que fueran los primeros en bailar.
Habían sido los últimos en casarse por allí, así que deberían tener el honor. No pudieron negarse.
—Por lo menos, hay música —musitó Creyton.
¿Así que él recordaba esa noche? Se le antojaba tan lejana…; pero allí habían tenido intimidad, nadie juzgaría que se le daba especialmente mal danzar por todo el salón. En el castillo todo era diferente.
Edeen se encontró dando saltos y giros por todo el gran comedor en los brazos del hombre culpable de que le costase dormir por las noches. Si en la cama era consciente del cuerpo fornido y caliente que estaba tendido a su lado, estar entre sus brazos todavía hacía más patente que lo deseaba.
No sabía qué era hacer el amor. Su madre se lo había explicado cuando se marchó de casa, pero no lo había vivido, así que no podía imaginarlo. Pero Creyton la había besado bajo la lluvia. Y eso llenaba sus sueños muchas madrugadas. La Edeen onírica fantaseaba con el sexo.
Se levantaba frenética, con la respiración entrecortada, empapada por el sudor y con los muslos pegajosos; por fortuna, cuando eso ocurría, siempre se despertaba sola en el lecho matrimonial.
Sin embargo, ahora estaba sintiendo ese torrente de sensaciones, exactamente las mismas. Sería más difícil esconderlo de Creyton. Solo esperaba poder disimular. No quería que nadie descubriera que se moría de ganas de yacer con un marido que la rechazaba…
—Necesito un respiro —anunció, después de tres canciones.
Lo que necesitaba era alejarse de él, de su olor, de su calidez.
La cabeza le daba vueltas y sus pulmones ardían…
, y poco tenía que ver con el baile. Se alejó, se apoyó contra las frías piedras de una columna y aceptó la copa de vino que le entregó una sirvienta—. Muchas gracias.
Contempló cómo Laren bailaba con su padre, quien la había tomado en brazos y la sostenía contra su pecho mientras daba tumbos aquí y allá al son de las gaitas.
Si tan solo tuviera el valor de preguntarle por qué todavía no se habían acostado, todo sería más sencillo. Sin embargo, tenía miedo de saber la respuesta. Ya la habían rechazado una vez y eso la hizo sentir miserable. No quería ser desdichada en un matrimonio que se presentaba apacible.