14 #2
Fue a prepararse. Por fortuna, en el dormitorio no estaba Creyton. No sabía si podría resistirse a su pecho semidesnudo sin pedir que la besara. No podía pensar en otra cosa desde hacía unos días…
No. Debía controlarse. Tenía que mantener una charla con él sobre Laren, lo antes posible.
No podían dejarla sola en aquel lugar. Jamás.
Bajo ningún concepto. No era un sitio seguro para ella.
En cuanto creciera, se desarrollase y tuviera edad para llamar la atención de los muchachos, alguien podría denunciarla por brujería.
Cualquiera chica celosa o insegura, con el corazón podrido, estaría encantada de quitarse de en medio a la competencia.
Un hombre de deseos impuros como el Rayo, que no obtuviera lo que quisiera, podría acusarla de haberlo hechizado.
Y esos malditos puritanos adorarían llevar a una chica de ojos bicolores a la hoguera. Una combinación peligrosísima.
Una vez que se hubo cambiado de ropa, se miró al espejo: llevaba una larga falda negra, una camisa del mismo color y un corsé rojo sangre que le daba un aspecto mortal, como si estuviera preparada para abrir un portal entre vivos y muertos.
Se recogió el pelo en un moño y se soltó algunos mechones alrededor de la cara.
Luego, se puso un poco de ungüento de color negro en las pestañas y se puso carmín en los labios.
No había pensado en usar pinturas, pero esa noche estaba rebelde.
Si había gente que pensaba que Laren era una bruja, cuando vieran su boca de aquel rojo tan intenso, les iba a dar un infarto.
Por fortuna, la reina Isabel I de Inglaterra había puesto de moda aquel color, pero todavía había personas de mente cerrada que pensaban que el maquillaje era solo para cortesanas o esclavas del demonio.
Quienes tuvieran intención de apuntar con el dedo a su hija, también deberían dirigirlo en su dirección.
Justo al abrir la puerta para salir del dormitorio, encontró a Creyton al otro lado.
De hecho, por poco chocaron.
Sus preocupaciones se volatilizaron al verlo.
Llevaba una camisa blanca, una chaqueta corta de color gris y un cinturón oscuro que sujetaba el kilt y la espada.
El manto le cubría parte del pectoral derecho y el broche le daba un toque tan sofisticado como la boina, también de tela grisácea.
Las botas eran altas, le llegaban a la rodilla y parecían relucientes.
El pelo estaba peinado hacia atrás y los mechones más largos le acariciaban los hombros.
Resultaba igual de arrollador que el día de su boda.
En aquel momento había estado tan rota que, por supuesto, se había percatado de su atractivo, mas no había podido apreciarlo con libertad.
Ahora, en cambio, se deleitó con las vistas.
Sabía bien la musculatura de acero que había bajo todo aquel montón de ropa y le era muy complejo mantener el ritmo cardíaco en un nivel sano, o que sus tripas no se revirasen dentro del estómago.
—Estás… —Creyton parecía haber enmudecido tanto como ella.
La había recorrido de arriba abajo y sus enormes ojos parecían brasas que la incendiaban bajo el vestido.
¿Podía alguien quemarse por dentro sin haber tragado ni una pizca de pólvora?
Se recordó que el hielo también quemaba.
Su marido le sonrió—. Estás impresionante, Edeen.
No se había echado colorete, pero de seguro que sus mejillas ahora estaban ruborizadas.
—Gracias.
Debiera haberle dicho que él también era bello, mas no fue capaz de halagarlo de vuelta. Era ridículo sentirse de aquel modo cuando estaban casados, pero no encontró el valor de confesar lo que le pasaba por la cabeza.
—Venía a buscarte. Solo faltas tú. —Le tendió la mano—. ¿Me acompañas?
Entregarle la mano hubiera sido más sencillo de no saber qué era besarlo, pero ahora ese gesto le pareció tan íntimo que pudo sentir el rubor cubrir cada milímetro de su rostro cuando Creyton entrelazó sus dedos con los de ella.
Edeen bajó las escaleras sujetándose el vestido para no caer.
Todos se volvieron al verlos entrar. Así debía sentirse la reina al entrar en una sala y detener todas las conversaciones, sin duda.
Para cenar había una crema de calabaza especiada que olía de maravilla.
Para acompañarla, habían dispuesto platos de verduras asadas, como zanahorias, nabos y los últimos pimientos de los huertos; estaban bien bañados en aceite con especias, pues la nuez moscada y la salvia se consideraban hierbas sanadoras, algo sumamente necesario en Samhain.
También había platillos con pan cubierto de semillas o pepitas de calabaza, y varios platos de carne.
Creyton se sirvió estofado de venado y ella cogió un poco de cerdo.
—Te gustará —comentó Creyton al ver su elección—. Lo han horneado con ramilletes de tomillo, una planta que Gillies hace traer a menudo de España. Le vuelve loco. —Le guiñó un ojo.
Ciertamente, estaba muy rico. Un bocado y en su lengua se dispararon un puñado de sabores increíbles que no había descubierto hasta la fecha.
—¿Crees que podríamos tomar prestado un poco de tomillo de la despensa? —susurró.
—¿Quieres que le robe a mi padrino? —Creyton parecía hasta juguetón.
—No he usado el verbo «robar» —aclaró ella, tomando su copa y dándole un buen trago a la sidra. El sabor dulzón de la manzana le burbujeó en la garganta—. Pero seguro que, si eres tú quien asalta las cocinas, hacen la vista gorda.
¿Estaban manteniendo una charla distendida? Nunca pensó que podría bromear con alguien que no fuera Stewart o Laochailan.
—Seré lo más encantador posible para que nos entreguen un poco de tomillo…
sin necesidad de entrar a hurtadillas en la alacena.