14
Aunque Creyton se había desvinculado del clan, seguía siendo el ahijado de Gillies. Todos aquellos que eran fieles al jefe lo apreciaban como si todavía perteneciera a los MacBean, así que lo invitaron a la fiesta de Samhain para que él y su pequeña familia pudieran asistir.
Pensaron en no ir al principio. En la cabaña se sentían a salvo.
Luego dijeron que pasar una noche lejos de casa les haría olvidar lo que sucedía con los jacobitas y sus rebeliones.
Sobre todo porque no recibían carta de Stewart ni de ningún amigo de Creyton, y eso empezaba a provocarles insomnio la mayor parte de las noches.
La casa estaba decorada con hojas y velas para que las almas que cruzaban el umbral de la muerte hacia el mundo de los vivos supieran dónde estaba el hogar de los MacBean.
Era una noche especial, algo aterradora; había un hombre mayor explicándoles historias a los niños.
Hablaba de personas que habían desaparecido en fechas como aquella, fallecidos que se habían dejado ver, y Laren no tardó en alejarse de aquella reunión… Y Edeen hizo lo propio.
Los romanos habían intentado robarles la festividad y la convirtieron en la vigilia del Día de Todos los Santos, pero las tradiciones celtas vivían con ellos desde los albores del mundo.
Los escoceses no eran supersticiosos por casualidad.
Y ella no era una oveja descarriada que no creyera en fantasmas o leyendas de seres horribles y sanguinarios.
—¿Huyendo de las historietas del viejo Rabbie? —bromeó con ella Morgana al verla aparecer por la cocina.
No quería imaginar a Stewart con un tiro en la cabeza presentándose para despedirse. Era una de sus pesadillas más recurrentes, y en una noche como aquella… todo era posible.
—¿Tanto se me nota? —Quizá, mofándose de sus propios miedos, lograría ser más fuerte que ellos. Miró una manzana que había sobre la mesa. La tomó y la limpió con la manga de su vestido. La estancia era cálida y olía a manzanas, a calabaza, a canela, a carne asada.
—Un poco. —Morgana le sonrió—. Sabes que solo son cuentos, ¿no?
—Me meto tanto en la historia que acabo creyendo que es real. Toda leyenda tiene algo de cierto, ¿no es así?
—Supongo. —Morgana la miró con el rostro ladeado, como si la evaluase.
Algo debió ver en su rostro, ya que sus comisuras se ensancharon más y la sonrisa le llegó a los ojos esa vez—.
¿Por qué no va al comedor a ver qué necesitan?
En la cocina tenemos manos suficientes. En cuanto terminemos con el pan y los bizcochos, prepararemos la crema de calabaza con especias y podremos empezar la fiesta.
No la estaba echando, pero parecía tener un interés especial en que fuera al comedor. Teniendo en cuenta que era la invitada, obedeció sin rechistar.
—De acuerdo.
Tenía una hora para dejar todo listo. La noche ya los envolvía y los habitantes del castillo se impacientaban por un rico manjar y un buen baile. Desde su boda no había una fiesta semejante en la casa del laird y, con él peleando con Estuardo, se sentía como si de aquello hiciera una eternidad.
En el comedor estaba Creyton, quien se le acercó al verla aparecer por las amplias arcadas de piedra.
—¿Tú por aquí? —En sus ojos brillaba la diversión; la luz que se veía en esos ojos azules atrayéndola como si aquel resplandor fuera hipnótico y la embrujase—. ¿En qué puedo ayudarte, esposa mía?
El corazón de Edeen se aceleró. Se secó las manos en la falda del vestido con disimulo. Le devolvió la sonrisa.
—La que está aquí para ayudar soy yo —informó—. Vengo a que me deis algo en lo que trabajar.
—Mmmm. —Él le peinó un mechón rebelde y lo guardó tras su oreja—. Nos falta una decoradora.
—El puesto idóneo para mí, me parece.
Edeen ayudó a preparar la chimenea y a organizar las mesas, engalanadas con manteles de colores ocres y rojos. De tanto en tanto, miraba de reojo a Creyton; este estaba montando, junto con un hombre menudo y delgado, una tarima de madera en la que pudieran subirse los gaiteros.
Los brazos se marcaban contra la camisa blanca.
Se había recogido el pelo en un moño alto y un par de mechones se habían soltado del lazo, cayendo sobre su nuca desnuda.
Era la viva imagen de la vigorosidad y la masculinidad.
Recordó el beso que se dieron bajo la lluvia. Pudo sentir su sabor bajo la lengua.
Se le secó la garganta y aceptó el trago de sidra de manzana que una muchacha le sirvió.
La bebida estaba caliente y tenía un ligero toque a naranja a causa de la rodaja que reposaba en lo alto del líquido.
El sabor era tan característico y típico de la festividad que los escalofríos regresaron a su cuerpo, y el calor que la había abrasado por culpa de Creyton se evaporó.
No era fácil olvidar Samhain y la magia que lo envolvía.
—¡Solo falta que nos vistamos todos! —anunció el ama de llaves, asomando la cabeza por las arcadas—.
¡Vamos, vamos, brío! ¡Pongámonos nuestros mejores trajes, que hoy recibiremos visita!
—La idea parecía entusiasmarla. Edeen sintió ganas de devolver la sidra y tuvo que disimularlo, sonriéndole como si compartiera su excitación.
—Quienes han perdido a todo aquel que les importa… —susurró Creyton a su lado, tomándola por sorpresa, ya que no le había oído aproximarse—. Creerán que esta noche pueden reencontrarse con sus seres amados. Flora —se refirió al ama de llaves— es la prueba de ello.
Eso tenía sentido. Pensó en que era afortunada de poder sentir terror y no esperanza.
Eso significaba que sus padres y sus hermanas, Creyton y Laren estaban todavía a su lado.
Había dos ausencias que generaban más dudas que paz, pero tal vez pronto alguna carta pudiera llegar a la cabaña para arrojar algo de luz a la inseguridad.
Nunca había visto entrar gatos en el castillo, pero esa noche un par de ellos campaban a sus anchas. De camino a sus aposentos los vio. Eran negros, tan oscuros que no había ni un solo pelo de su ágil cuerpo de otro color.
Morgana la ayudó a vestir a Laren, con un vestido gris muy bonito que perteneció a Laria cuando tenía su edad.
Si bien no compartieron esa información con la niña.
No querían que creyera que las hadas le iban a devolver a su mamá, si bien Edeen se sentía observada mientras le alisaba la falda a la cría.
No pudo evitar mirar por encima del hombro hacia ese punto de la habitación infantil.
No encontró a nadie, por supuesto, mas no podía librarse de esa sensación.
—¿No parezco una bruja? —preguntó Laren, haciendo un mohín.
Ante la mirada que Edeen le dirigió a la criada, Morgana carraspeó y se retiró, fundiéndose con las sombras en un silencio sepulcral. Edeen le peinó el pelo con los dedos.
—No, claro que no. ¿Por qué dices eso?
—He oído a Rabbie hablar de que a las brujas las queman en la hoguera, porque son malas. Porque prefieren la compañía del demonio y yo… —Vaciló.
—¿Y tú…? —la animó a continuar, con un nudo en la garganta.
—Sé que no les gusto. Que creen que soy indigna porque mis ojos tienen dos colores. —Se trababa por la edad y el disgusto, y a Edeen le costó seguir el hilo de su voz.
Una niña de cuatro años no debería saber que la palabra «indigna» existía, y mucho menos poder relacionarla con su propia persona.
—Oh, cielo…
Edeen sintió una mezcla de odio, por esa gente ignorante e indiscreta que no podía esconder sus analfabetos miedos ante una niña indefensa, y de lástima, pues Laren estaba sufriendo porque temía que los rumores sobre ella fueran ciertos.
La cogió en brazos, se sentó en el suelo y la puso en su regazo sin dejar de sostenerla.
Podía sentirla temblar. ¿Tenía miedo de sí misma, o de lo que podrían hacerle los demás?
En esos momentos, Edeen detestó que los escoceses creyeran tanto en brujas, fantasmas, adivinación y sacrificios.
Celebraban Samhain con orgullo de mantener viva una fiesta celta, mas habían olvidado que la magia tenía muchos colores (blanca, verde, azul…)
y que ser bruja no siempre implicaba una connotación negativa.
Sin embargo, las malas lenguas de los siglos pasados les habían hecho condenar a mujeres inocentes que podían ser curanderas.
O bien diferentes, porque amaban a otras mujeres, porque no querían depender de un hombre, porque eran excéntricas.
—¿Y si soy malvada, Edeen?
—No lo eres, no, no. —La sostuvo contra su pecho—.
No hay rastro de maldad en ti. Podrías haberme hecho la vida imposible cuando me conociste, pero me recibiste con los brazos abiertos.
Eres buena, cariñosa, inocente, preciosa.
Y lo que ellos temen de ti… —Tomó su rostro—.
No te convierte en una bruja. Te convierte en un ser único.
Pero tus ojos no es lo que te hace especial, porque lo importante no es solo el exterior.
Sino esto. —Le tocó la sien y luego el pecho—. Y esto.
Las lágrimas mudas y tímidas de Laren empezaron a secarse en su mirada y también en sus sonrojadas mejillas. El discurso de Edeen empezaba a calar en su mente. Cuánto daño le habían hecho y ni Creyton ni ella lo habían evitado.
—¿Alguna vez querrán hacerme daño? —Su labio inferior asomó en un puchero.
—Jamás harán algo así —decretó—. Antes deberán quemarme a mí en la pira. Y tu padre no va a permitir que nadie haga semejante acusación contra ti ni contra mí. Tu padre nos protegerá siempre, sin importar el coste.
Era verdad. Creyton era esa clase de hombres. Tan solo esperaba que, cuando ellos dos se convirtieran en huesos y luego en polvo, Laren estuviera casada con una persona igual de honorable que su padre, que la protegiera siempre.
Laren ladeó la cabeza. Parecía buscar verdad en su rostro. Debió encontrarla, pues sus bracitos envolvieron su cuerpo y le devolvió al fin el abrazo durante varios minutos, relajando sus pensamientos y convenciéndose de que estaba a salvo.
Meghan se presentó en el dormitorio acompañada de sus tres hijos.
Les dieron privacidad para que los vistiera y luego la muchacha se llevó a Laren al gran comedor.
Su primogénito era un año mayor que la niña, así que estaban bien avenidos y era una alegría que se encontrasen.
Edeen le estaba agradecida por ser tan buena persona y aceptar a la hija de Laria a pesar de que su amistad ya solo existía en el más allá.