El marido equivocado 13 #2
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13 #2

Regresaron al salón y fingieron buscar algún escondite para Edeen, quien ya había cerrado todas las contraventanas y encendido velas y faroles para iluminar la cabaña. No había ningún hueco para alguien de su tamaño, pero estaba bien.

Si un lobo venía, encontraría a alguien de su altura, no una oveja atemorizada.

Pelearía hasta el final.

Escucharon unos ruidos en el exterior, como si alguien caminase alrededor del porche. El corazón le trepó por la boca a Edeen, quien se dijo que tenía que actuar rápido. No había tiempo para dejarse llevar por el pánico.

Condujo a Laren hasta el armario, apartó la ropa de su marido y también el tablón del doble fondo. Metió a la pequeña en su interior sin vacilar ni un solo instante.

—Vamos, escóndete. —Vio que había unos agujeros a ras de suelo para que pudiera respirar.

Se le habían pasado por alto al fregar. Serviría—.

Cuando oigas la puerta principal, mueve del todo la madera, cúbrete y no hagas ningún ruido.

Si papá —o algún indeseable— entra, no puede descubrirte o habremos perdido.

—Le guiñó un ojo—. ¿Le vamos a demostrar que somos las mejores en este juego?

—Claro —susurró Laren.

Edeen volvió a mover la ropa, con las perchas deslizándose sobre las barras de madera.

Bendito invento, pensó. Las prendas de su marido cubrían perfectamente el falso fondo.

Luego, cerró la puerta del armario y se dio unos segundos para apoyar la frente en ella y respirar hondo.

Tenía la garganta seca, el miedo le hacía temblar las rodillas y le sudaba el labio superior.

Regresó al salón, pasándose las manos húmedas por la falda, y cogió la pistola.

La preparó como le había enseñado Creyton.

Afuera ahora no se escuchaba ni un sonido, ni siquiera un pájaro piar.

O tal vez eran sus pulsaciones, intensas y pujantes, golpeando sus costillas con tanta fuerza que el ruido trepaba hasta sus oídos, aplacando todo lo demás.

Apoyó el trasero en el borde de la mesa, que quedaba encarada hacia la puerta.

Con la mente viajando por un sinfín de pensamientos que alimentaban su malestar, inquietud y nerviosismo.

Aguantó la respiración durante lo que le pareció una eternidad, confiando en que los intrusos pasasen de largo.

Un vistazo al reloj le afirmó que llevaba veinte minutos allí parada, con la pistola entre las manos.

¿Qué pensaría Laren? ¿Creería realmente que aquello era un juego?

El crujir de la madera del porche le hizo levantar los brazos. El dedo temblaba cuando lo posó sobre el gatillo. Tragó saliva, con los ojos adoloridos por no pestañear. Apuntó. El estómago se le contrajo dolorosamente cuando algo rascó la cerradura. Un clic y un giro de llave que la confundió.

Y, entonces, esa llamada.

Tan familiar y esperada.

Los golpes en la puerta la desinflaron y su cuerpo perdió toda rigidez.

Se apoyó en la mesa, temiendo que las piernas no pudieran sostenerla.

Los golpes en la puerta se regían por el código de Creyton, que solo ellos conocían.

Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando su marido entró en su campo de visión.

—Edeen.

Su voz le pareció tan lejana…

En dos zancadas, Creyton estuvo a su lado, quitándole la pistola de la mano y apartándola de ella.

Observó cómo la dejaba en su sitio con cuidado antes de regresar a ella, y se preguntó si no era una visión.

Alzó la mano y le acarició la mejilla; su barba raspándole los dedos.

Siguió llorando al advertir que no era un sueño.

Estaban a salvo.

Creyton la abrazó y tenerlo tan cerca, notar su calor rodeándola, tan solo avivó su llanto silencioso. Él la sostuvo, susurrándole que todo estaba bien, mientras le acariciaba el pelo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó él, apartándose para secarle las lágrimas—.

Vine antes a por el caballo y no noté nada extraño.

—¿Era él?, casi se desmayó; no había contemplado esa posibilidad—.

Sabía que ibais al lago, así que pensé que no estabais, que habías dejado cerrado a cal y canto por si había algún regular chismoso.

No creí que estuvierais en peligro. ¿Edeen?

—Pareció examinarle la ropa con los ojos entornados—. ¿Te han hecho algo? ¿Y Laren?

Ella negó con la cabeza, todavía sin encontrar la voz.

—Hemos oído disparos cuando estábamos lavando la ropa y… —Se atragantó.

Los pulgares de su marido le secaron más lágrimas con suma gentileza. Su expresión, ahora mucho más suave que antes.

—Pensé que estabas muerto —reconoció. Le escocieron los párpados y cerró los ojos.

Él volvió a abrazarla por unos segundos y la calma se empezó a imponer al terror, al nerviosismo, aunque Edeen estaba segura de que no se desharía de aquella horrible sensación de indefensión hasta pasados unos días.

—Lo siento. Fui yo quien disparó.

—¿Tú? —No había albergado esa posibilidad.

—Sí. —Parecía arrepentido, y saberlo vivo y a salvo le hacía difícil enfadarse con él por andar disparando cerca de la casa o de ellas—.

Vi un jabalí y… —Meneó la cabeza—. Por eso he venido a por el caballo, para atarlo y arrastrarlo hasta aquí.

Nos traerá trabajo prepararlo todo, pero tendremos una cantidad de carne importante que almacenar este invierno.

Ella asintió repetidas veces, aún asimilando que aquella hora de miedo y desolación, donde se había visto obligada a ser fuerte, por fortuna no era nada importante.

Se alejó de Creyton y se terminó de secar las lágrimas. Necesitaba ponerse en marcha, pues era el único modo de aligerar sus embotados sentidos. Un rato nadando en la autocompasión debería bastar.

—He de ir a por Laren. La he escondido en tu armario.

—¿En el doble fondo?

—Sí. Lleva un buen rato. Le he dicho que estábamos jugando, que no podías descubrirla. —Suspiró—. Será mejor que…

¿Y si tenía miedo? ¿Y si había comprendido que para Edeen aquello no era un juego?

—Yo iré. —Creyton la llevó a la butaca. Le preparó una copa de whisky y se la puso entre las manos, arrodillado frente a ella—. Bebe. Te ayudará a asentar el cuerpo y te sosegará los nervios. —Le acarició la rodilla por encima del vestido—. Lo has hecho muy bien, Edeen. Eres valiente.

En esos momentos, lo dudaba.

Si fuera valiente, no estaría temblando bajo la piel, ni tendría las piernas adormecidas. O los ojos hormiguearían a causa del llanto, que se los había enrojecido.

Si fuera valiente, habría abierto la puerta al escuchar cómo alguien subía las escaleras del porche y hubiera disparado sin pararse a pensar quién era la persona que estaba al otro lado.

Si fuera valiente, se habría quedado en el lago, esperando un destino incierto, dispuesta a enfrentarlo sin importar de qué se tratara.

—Necesitamos un perro guardián. Hace días que le doy vueltas y…

—Edeen se pellizcó el puente de la nariz antes de darle un sorbo al whisky, que le quemó la lengua y la garganta sin miramientos—.

El mundo está dejando de ser seguro. Hasta Laren se da cuenta, Creyton. Hoy me ha preguntado qué es una guerra.

Él chasqueó la lengua mientras los músculos del cuello apretaban contra la piel.

—No hemos sido muy discretos. Hablaré con ella. —Le besó el dorso de la mano y le sonrió con suavidad—. Y buscaré un perro que proteja nuestro hogar.

—¿De veras?

—¿Por qué te sorprende que haya accedido? —Creyton enarcó una ceja.

—A veces… me cuesta asimilar que escuchas lo que te digo. —No era algo que su padre hiciera con su madre, por más que la venerase o amase hasta la médula.

—Edeen… —La sonrisa ladeada de su marido le provocó mariposas en el estómago—.

Estoy de rodillas ante ti. —Ciertamente—.

Te buscaría hasta tesoros perdidos en el fondo del mar si me lo pidieras.

—Se levantó, le besó la frente y caminó hacia la habitación.

Se quedó parado con la mano en la manecilla—.

Pero todavía no estás preparada para darte cuenta.

Lo había dicho en voz baja, como si hablase para él, pero el silencio en la cabaña, donde una niña jugaba al escondite, era tan palpable que Edeen lo escuchó.