El marido equivocado 13
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Laren la acompañó a lavar la ropa al lago.

Mientras Edeen frotaba y frotaba, la cría cantaba mientras daba saltos en la orilla.

Eran canciones populares que ella misma había cantado en alguna ocasión y que había enseñado a sus hermanas.

Sonrió al percatarse de que Laren estaba particularmente feliz desde hacía unos días.

Estaba más dispuesta a ayudar con las tareas del hogar, adaptadas a su corta edad, por supuesto; estaba deseosa de tomar lecciones de lectura y escritura, hasta el punto de que Creyton le enseñaba a sumar antes de la cena.

La rutina se había impuesto con facilidad y había convertido el hogar en un lugar de paz.

Era cierto que últimamente su esposo apenas rondaba por casa.

A medida que octubre avanzaba, imparable, el invierno se acercaba.

Los días se volvían cortos y fríos, llenos de niebla baja que nublaba la vista las primeras horas de la mañana, y eso hacía que Creyton trabajase el doble de duro con los animales y los campos para tener una despensa bien llena los próximos meses.

Aquel día, la neblina y las nubes parecían darles una tregua y el sol se alzaba con vigor en el cielo.

Alguna nube trataba de molestarlo; lo cubría por unos minutos, donde estar metiendo la mano en el agua se volvía desagradable.

Habían aprovechado el buen tiempo para lavar ropa acumulada.

Parecía verano, a pesar de la brisa fresca.

Era extraño, pero el cansancio del día a día empezaba a absorberla, y ese nerviosismo que amenazaba con abrasarle la piel cuando Creyton estaba cerca se había sosegado.

Prepararse para los meses más fríos resultaba extenuante.

En el pueblo, era distinto. Las antorchas iluminaban las calles.

Los vecinos se echaban una mano con comida o ropas, aunque ellos tampoco pudieran darse excesos por falta de dinero.

No había temor a la hambruna ni a quedarse sin fuego.

En medio de la nada, con el lago como compañero de tierra, era necesario prepararse para sobrevivir, y aquello era todo en cuanto podía pensar.

Terminó de lavar la última prenda y comprobó que estaba impoluta extendiendo los brazos.

—¿Edeen?

—¿Sí, Laren? —Empezó a escurrir la camisa de Creyton para poder guardarla en el cesto. Miró de reojo a la pequeña, que caminaba hacia ella con las manos bajo la capa y los pies asomando en exageradas zancadas, como si quisiera ver las botas por debajo del vestido.

—¿Qué es… una guerra?

Las manos de Edeen se quedaron quietas y sintió cada fibra de la camisa clavársele en la piel tierna de las palmas. Retomó a los pocos segundos su tarea.

—¿Por qué preguntas eso? —Su tono de voz se mantuvo calmado, aunque sentía las sienes arder.

No era edad para que tuviera esa inquietud.

—Papá y tú a veces habláis de ello. Creéis… —Dudó. Y Edeen esperó, tensa—. Creéis que no os escucho, pero sí.

Un balde de agua fría cayó sobre sus hombros.

Sintió que había fallado como referente.

Se suponía que no debía transmitir su angustia respecto a la rebelión y, a pesar de eso, Laren se había percatado de que algo ocurría.

Habían sido descuidados manteniendo ciertas conversaciones delante de ella, pensando que, bajando la voz o hablando con palabras menos significativas, la niña no podría entenderles.

Pero lo había hecho. Incluso le había dado un nombre.

Pensó en dejar que fuera Creyton quien asumiera esa explicación, pero su ceño fruncido le hizo comprender que no podía dejarlo pasar. Se sentó en el suelo y la puso encima de su falda.

Nunca había mantenido ese tipo de charla con sus hermanas. Su madre era quien solía hablarles de cosas incómodas cuando consideraba que llegaba el momento. Tragó saliva. ¿Por dónde empezar?

—Cuando tú pides quedarte despierta con nosotros y papá te insiste en que es hora de ir a dormir, ¿verdad que discutís?

—Su voz fue suave, delicada. Laren asintió, más seria de lo habitual, mirándola con sus enormes ojos, impaciente por saber—.

Porque él quiere una cosa y tú otra, ¿no es así?

Pues hay veces que… nuestros dirigentes buscan algo de otro país, o de otro clan, y no lo obtienen con tanta facilidad.

En vez de hablar, estos dirigentes se pelean.

No lo hacen ellos mismos. Mandan a otras personas para que usen la fuerza.

—Pero… ¿entonces se pegan? —Su ceño fruncido se pronunció aún más—. ¿Se hacen daño?

No podía decir que no solo usaban puños, sino armas afiladas o de fuego.

No podía explicarle que tan solo había muerte y destrucción; que el vencedor se sentaba en un trono de huesos hechos con sus soldados caídos y de los cadáveres de los perdedores.

No quería asustarla, no quería robarle la inocencia y que comprendiera cuán oscuro y peligroso era el mundo.

Menos ahora que la rebelión jacobita estaba en pleno auge.

—Sí, cielo. Por desgracia, así es.

—¿Y no pueden sentarse a hablar como hace papá conmigo?

—No siempre se está dispuesto a ello. —Y, cuando estaban seguros de hacerlo, se habían cobrado vidas humanas que eran imposibles de recuperar. El vello de la nuca se le erizó y alejó la imagen de su hermano en una montaña de cuerpos ensangrentados y sin vida.

—Entiendo… —Laren apretó los labios y se balanceó—. Y… ¿crees que volveremos a ver a Creyton?

Por unos instantes, su cabeza no entendió la pregunta. No era normal que la niña se refiriera a su padre por el nombre de pila. Pronto comprendió que se refería al bebé que había nacido en su salón.

El cambio de tema fue vertiginoso.

—Eso acordamos con Isla y Colin, cariño.

Habían recibido una misiva suya diciéndoles que el niño crecía fuerte y sano, pasándose las horas agarrado a los senos de su madre y durmiendo contra su cuerpo mientras ella echaba una mano en la casa familiar.

La relación entre las parejas bien podía terminar muriendo con el tiempo, o podría ser que sí se vieran regularmente para que Laren y Creyton fueran amigos en el futuro.

Dos disparos muy seguidos provenientes del este pusieron en alerta a Edeen. Se levantó sosteniendo a la pequeña contra su pecho, con la mirada clavada en el punto de donde le parecía que llegaban los tiros, los cuales no se repitieron.

No había humo ni se oían gritos. No obstante, no tenía garantías de que los regulares ingleses anduvieran por ahí.

Rezó una oración para que Creyton estuviera a salvo y se volvió hacia una pálida Laren.

Era joven, inocente, pero había visto a su padre disparar muchas veces, por diversión, afinar puntería o cazando. Así que sabía qué ocurría.

Dejó a Laren en el suelo y le sonrió con afecto.

—Es el momento de regresar, ya ves cuánta ropa hemos lavado. —Debía fingir estar tranquila para no asustarla más—. ¿Me ayudas? Toma. —Le entregó el cepillo y la pastilla de jabón—. Lleva esto y yo cargo con el cesto. —Que ahora pesaba como un muerto por la ropa mojada.

—De acuerdo.

Echaron a andar hacia la casa. A Edeen, el corazón le latía acelerado como un caballo desbocado. Imaginaba a Creyton tendido en un charco de su propia sangre. Sin vida. Dejándolas indefensas en una casa demasiado expuesta.

—¿Hacemos una carrera? —dijo—. A ver quién llega primero a la cabaña.

A la de tres. Una, dos… ¡Eh, Laren! ¡Has salido antes!

—Pero no le molestó que ya corriera hacia la edificación.

Al contrario. Cuanto antes llegasen, más pronto podrían resguardarse.

Edeen aceleró el paso—. Eres una tramposa, granujilla —simuló reñirla cuando llegó al porche y la encontró esperándola allí.

Aparentar que todo iba bien, cuando no sabía qué acababa de pasar, era muy duro.

No poder expresar lo que sentía iba a consumirla.

Su hija parecía estar menos temerosa, con las mejillas arreboladas y una sonrisa infantil en los labios—. Entremos.

Cerró con llave en cuanto la puerta se cerró tras ellas. Dejó la ropa en un rincón. Luego la tendería, aunque fuera dentro; Creyton había improvisado unas maderas con cuerdas para poder guardar la ropa en la casa los días de lluvia, por si una tormenta los pillaba de sorpresa un día de colada.

—¿Jugamos al escondite con papá? —le sugirió a Laren.

—¿Al escondite?

Había una mezcla de miedo y curiosidad en su mirada; cada emoción enturbiando sus ojos bicolores. Laren intuía que algo no iba bien, pero la inocencia infantil se estaba imponiendo, lo cual Edeen agradecía.

Le sonrió como si no estuviera temblando y se obligó a lucir serena, como cuando Colin llamó a su puerta y no sabían qué había al otro lado de la madera.

—Sí —respondió—. Busca algún lugar donde esconderte, que sea muy muy muy difícil que te encuentre. Y, cuando sepas dónde te esconderás, ¿me lo enseñas?

Laren empezó la búsqueda del escondrijo más complicado, allí donde el dueño de la casa, que conocía bien cada rincón, no miraría jamás.

Mientras, ella abrió ventanas y empezó a cerrar contraventanas para crear una especie de fortaleza. Como si fuera posible aislarlas, protegerse de aquel modo. Quizá no bastaría para pasar inadvertidas, pero podría darles algo de tiempo… ¿para qué?

Si esos tiros habían apuntado al corazón de Creyton…

No. Se forzó a sacar esos pensamientos de su mente.

Se prohibió imaginar ese final para su marido y su matrimonio.

No solo la aterrorizaba, sino que el dolor de la suposición la paralizaba y llenaba de un sufrimiento mayor que cuando se encontró sola en su dormitorio, a sabiendas de que no habría un anillo de prometida en su dedo.

Se dijo que Creyton estaba vivo y llegaría a la casa en breve, alertado también por el sonido de disparos cercanos.

—¡Lo tengo, Edeen!

La exclamación de Laren la tomó por sorpresa y le dio un buen susto.

Con el corazón errático, pulsando contra la yugular, la siguió hasta un falso fondo que tenía el armario de Creyton.

¿Cuántos falsos fondos tenían los muebles de su casa?

¿Creyton había pensado qué harían los regulares si inspeccionaban la casa y encontraban ese sitio?

Desconfiarían de él. Se lo llevarían lejos, preso.

En medio de tiempos convulsos, cualquier indicio podía desembocar en una pena de cárcel o de muerte.

Ya hablaría con él luego. Tendría tiempo. Porque vendría, sano y salvo.

—Creo que es perfecto, cielo.