12 #2
Edeen la había pillado varias veces observándolos largamente, como si analizase si el matrimonio iba bien o mal, si corría el riesgo de que las hadas se llevasen a uno de sus progenitores.
Estaba convencida de que Laren había advertido la tensión, el silencio, incluso la desazón que Edeen sentía bajo la piel cada vez que Creyton se le acercaba.
—¿Quieres hablar de… él?
—¿Te refieres a Laochailan? —La sugerencia la pilló tan por sorpresa que casi tartamudeó. Su esposo asintió; una sombra cruzándole los ojos azules hasta volverlos añiles—. ¿Qué hay de los celos?
Si estaba intentando suavizar la tensión, hablar sin pensar no la ayudó en absoluto.
Se fustigó en silencio, en sus pensamientos, por ser tan bocazas.
Para su sorpresa, Creyton no pareció ofenderse.
Ni siquiera le tembló ese músculo de la mandíbula que siempre vibraba cuando oía o veía algo que lo molestaba sobremanera.
—Estoy aprendiendo a dejarlos atrás. Como bien dijiste… —Se aclaró la garganta antes de apurar el whisky—. Eres mi esposa. Mía.
Tenía su lógica y, dado que había sido cosa suya inculcársela en la mollera, no podía rechistar.
—Perdió su oportunidad. —Y levantó la leche a modo de brindis.
Creyton meneó la cabeza e hizo entrechocar sus vasos, tan diferentes, tanto de aspecto como de contenido.
—¿Soy mala persona si digo que me alegro?
—¿De veras?
—Soy afortunado de que tú seas mi esposa. Y de que Laren te tenga como madre. Puedo ver lo bien que habéis conectado. Para ser un matrimonio arreglado…, podríamos haber salido muy mal parados.
Ella lo había pensado más veces de las que quería admitir.
—Tienes razón.
—¿Y si lo dejamos por hoy? —Él ladeó la cabeza—. No quiero presionarte.
—No se trata de eso, Creyton. Es que, viéndolo con distancia…
no hay mucho que decir, en realidad. Es…
o era… el mejor amigo de Stewart. Yo siempre quise ser una más de la pandilla y…
No sé. Siempre imaginé que terminábamos casados y teniendo cinco hijos juntos.
Durante un tiempo, parecía que iba a ser así; pero, con el levantamiento jacobita que hubo en agosto, mi pedida de mano…
—Movió una mano, cerrando los dedos y luego abriéndolos—.
Saltó por los aires. Como si alguien hubiera incendiado varios barriles de pólvora.
—Volvió a hacer el gesto con los dedos mientras con la otra mano acercaba el vaso de leche a la boca. Le dio un trago—. Bum.
Echó la cabeza hacia atrás. Cientos de veces había pensado que el destino era caprichoso. Por mucho tiempo, imaginó una familia concreta, y por una sola decisión, ¡una sola!, ¡de un hombre!, ese dibujo se había transformado.
Pero se había adaptado bien. Había conseguido dejar atrás la tristeza y había aprendido a apreciar lo que tenía.
Sintió la mano de Creyton sobre su rodilla. Edeen parpadeó y enfocó de nuevo la vista, pues había fijado los ojos en la chimenea, viendo sin ver.
—Está bien si quieres regodearte en la pena.
Aunque el consejo la hacía sentirse menos mal, porque durante días se había permitido sentir y vaciarse, no pudo evitar reír por lo bajo.
—Ya no queda de eso. Ahora solo hay… —No sabía siquiera si podía mencionar la indiferencia—. Nada.
Creyton chasqueó la lengua, le quitó el vaso de leche de las manos y la hizo levantarse.
—Vamos a aligerar el peso de tu corazón. Mi hermana me enseñó que bailar siempre ayuda a verlo todo desde otro prisma.
—¿Bailar? —El día de la boda, bailó lo mínimo posible para no hacer el ridículo. ¿Cómo iba a hacerlo en ese momento por voluntad propia? Sintió pánico—. Yo no sé bailar.
Quitándole importancia, Creyton la alzó y puso sus pies sobre los de él, también descalzos. Estaban muy juntos; sus respiraciones se mezclaban. Edeen se quedó sin aliento y olvidó que no se le daba nada bien danzar por aquí y allá.
—Solo se trata de fluir con la música.
—¡No hay música! —exclamó en voz baja, mirando furtivamente la puerta de Laren. Él la imitó. Estaba cerrada.
—Nos la imaginaremos.
¿Qué clase de contestación era esa?
—¿Qué…? ¡No…!
Sin embargo, no pudo terminar de hablar, pues Creyton empezó a dar vueltas por el salón con cuidado de no hacerla caer. Edeen ahogó un grito ante la impresión de ponerse en marcha tan abruptamente.
Se asió a su cuello y escondió la nariz en su pecho; la camisa de algodón haciéndole cosquillas contra las mejillas.
Al principio, se sintió incómoda: temía clavarle los talones en los dedos de los pies, o agarrarse con tanta fuerza que pudiera ahogarlo, por no hablar de que sus cuerpos estaban poco vestidos y se rozaban inevitablemente.
Pronto, esas preocupaciones se fueron deshaciendo a medida que los segundos pasaron y él no protestó ni una vez, ni por su peso, su abrazo o su proximidad.
Edeen sofocó varias carcajadas a medida que él giraba y giraba, con el riesgo de hacerles caer a los dos.
No había instrumentos ni melodías, solo una cancioncilla que Creyton tarareaba al compás de sus pasos.
Lo que podría ser una situación de lo más embarazosa, sí se convirtió en una pequeña fiesta privada. Laria había sido sabia cuando había dicho que algo así podía aliviar la tristeza. De hecho, era sencillo extinguirla.
O tal vez fuera la compañía. Creyton lo hacía todo muy sencillo.
No se burlaba de que no supiera bailar. No protestaba porque fuera torpe y tuviera que cargar con ella.
La hacía reír, le entonaba melodías para que aquello tuviera sentido.
Todo cuanto estaba haciendo era para que olvidase a Laochailan, el sufrimiento, y pudiera sentirse llena de dicha, aunque no le correspondía a él arreglar algo que otro había hecho trizas.
Creyton se rio cuando Edeen se mordió los labios para no gemir cuando dio un giro hacia la derecha que no estaba planeado en absoluto.
Subió una mano hacia su cuello, le acarició el punto que unía la mandíbula y la oreja…
y, sin soltar su cintura, la hizo descender suavemente hacia un lado, con él inclinándose encima de su cuerpo.
Edeen congeló la sonrisa en los labios, pues sus pulmones se vaciaron por completo.
El ambiente cambió de tierno a candente.
¿Iba a besarla? Quería que lo hiciera. Se pasó la punta de la lengua por los labios y él clavó los ojos en su boca, como si pudiera leerle el pensamiento. Notó sus manos endurecerse, como si todo Creyton se hubiera puesto rígido ante la idea de volver a besarla.
Algo pareció llamar la atención de su marido, ya que este alzó casi imperceptiblemente la cabeza y sus ojos se achicaron.
Edeen siguió la dirección de su mirada y se encontró con la puerta de Laren entreabierta.
No parecían más de uno o dos centímetros, pero lo que antes estaba cerrado…
ahora mostraba un hueco de negrura al otro lado de la habitación.
La niña se había despertado y asomado al salón, los había visto bailar y debía haber regresado a la cama sin molestarse en cerrar su puerta.
—Tal vez deberías… ir a comprobar… si necesita algo —sugirió Edeen.
Aquellas palabras salieron a trompicones de su garganta, de repente seca.
Le costó un mundo pronunciarlas. La táctica para que olvidase el pasado había funcionado tan bien que no quería que aquella improvisada danza terminase, pero Laren era pequeña y necesitaba a su padre.
—¿No te importa?
Ella reculó, bajando de sus pies, alejándose de sus manos calientes.
Fue como perder las prendas que la cubrían.
De repente, se sentía desnuda y se abrazó a sí misma en un intento de convencerse de que aquello no era un rechazo, sobre todo porque ella había ofrecido a Creyton ser padre antes que hombre.
—Ve.
Creyton se inclinó y le dio un casto beso en la mejilla que le encogió las entrañas.
No era lo que había tenido en mente un minuto atrás, sin duda, pero no podía reclamar mucho más.
Le devolvió la sonrisa y se encaminó hacia el dormitorio, en dirección contraria a la que él iba.
Se detuvo en el marco de la puerta y se volteó para verlo desaparecer en el umbral de Laren.
Los escuchó hablar. Intentaban hacerlo bajito, pero sus susurros estaban ahí.
Había hecho bien eligiendo detener lo que fuera que iba a ocurrir. Creyton y Laren se necesitaban mutuamente. Y ella quería ser buena madre también, asumir ese papel, lo cual significaba anteponer a los hijos.
Tarde o temprano, su marido la besaría y le acariciaría el cuerpo por entero. Estaba segura.