12
Colin, Isla y el pequeño Creyton se marcharon dos días después del alumbramiento del pequeño.
Decirles adiós fue extraño. Ellos le habían hecho de barrera con la realidad; su presencia hacía más fácil fingir que nada había ocurrido entre Creyton y ella, pero, estando solos de nuevo, iba a ser imposible evitar un acercamiento.
Además, Edeen se había acostumbrado a tenerlos cerca, a oír al bebé llorar cada pocas horas.
Incluso Laren parecía triste porque volvían a ser tres.
La noche anterior le había preguntado a su padre, mientras cenaban, cuándo tendría ella un hermanito con el que jugar.
Colin se había retirado para llevarle un cuenco de sopa a su esposa, que seguía en cama; Edeen se había levantado para cortar la tarta de manzana que había preparado esa tarde, y Creyton había tratado de recuperarse de la tos repentina que lo había atragantado.
No había sabido qué responder y ella había sentido sus ojos brasearle su espalda.
Incluso ahora podía apreciar aquella mirada en su columna vertebral.
Como si se hubiera quedado con ella y la persiguiera con fiereza allí donde fuera, para recordarle que había besado a su marido sin importarle las consecuencias, y mucho menos sin pensar en que hasta hacía unas semanas había amado a otra persona.
Laren miró el horizonte y quiso quedarse en el porche jugando con sus muñecas, como si ver alejarse la carreta de Colin e Isla la hiciera sentir menos pena. Por su parte, Creyton se marchó a los campos para recoger lo poco que quedaba de cosecha.
Octubre estaba siendo brutal; cuando no llovía, el frío hacía caer las hojas de los árboles que no eran perennes.
Pronto llegaría Samhain y darían la bienvenida al invierno, época donde los huertos apenas tenían alimento; donde las noches se volvían tan largas y las nieblas tan espesas que iban a extrañar ver el sol por una buena temporada.
Su ausencia en ese momento la llenó de alivio.
Necesitaba un poco de aire, de espacio, para poner en orden sus pensamientos.
No sabía qué significaba haber sido tan atrevida con él.
No sabía si esa noche, cuando por fin durmieran en la misma cama, juntos, tras tantos días sin compartir lecho… , ¿la tocaría?
Ese pensamiento se volvió casi obsesivo. No pudo abandonar esa pregunta en un rincón de su mente en todo el día. Limpió y cocinó, ayudó a Laren a leer un poco, si bien un rincón de su mente no estaba atento a la realidad.
—¿Papá? ¿Me lees un cuento? —preguntó la niña, después de terminarse el pedacito de tarta de manzana que había quedado del día anterior. Sus ojos eran una súplica silenciosa irresistible.
Ellos no habían terminado de cenar.
—Por supuesto, mi cielo. ¿Me esperas cinco minutos?
—Claro, papá.
Creyton se levantó de la mesa con una sonrisa dirigida a Edeen, quien trató de devolvérsela.
Cuando él aceptó que había sido un cretino y se disculpó, se había abierto una especie de tregua y se habían comportado con normalidad.
Pero eso era con gente alrededor. No estaban solos.
No era como ahora, donde volvían a ser una familia y donde el día a día y las responsabilidades de la familia devoraban los minutos.
¿Quizá él no la veía diferente? ¿Tal vez para él seguía siendo lo mismo?
Edeen se metió en la cama y esperó mirando por la ventana, con la mano bajo la mejilla. La luna titilaba con una fuerza atrayente, digna de un cuento, y su luz la calmó lo suficiente como para vaciar su mente.
Despertó de madrugada, a cobijo de varias mantas que no recordaba haberse echado por encima.
Se giró hacia su esposo, quien dormía boca abajo, con la cabeza girada hacia el lado contrario.
Tragó saliva al comprender que se había entregado a Morfeo a causa del agotamiento. Sus dudas seguían en el aire.
Recordaba demasiado bien cómo la había besado, cómo la había agarrado posesivamente por la cintura y el trasero.
Sentía sus huellas dactilares marcando esos pedazos de piel.
¿Por qué Creyton parecía inmune a aquel momento?
¿Lo había borrado con tanta facilidad de su cabeza?
La frustración y la inseguridad se adueñaron de Edeen, quien se levantó y fue a por un poco de leche.
Puso el cazo al fuego y se sentó en el suelo; las frías piedras enfriándole el trasero.
Estaba dejándose llevar. Estaba intentando improvisar, vivir el día a día, porque tan solo les quedaba el presente.
Pensaba que, de fluir con el ambiente, su matrimonio podría llegar a buen puerto.
No esperaba que alguno de los dos se enamorase, pero, dado el carácter honorable de Creyton y la sensibilidad de Edeen, esta creyó que podrían tenerse el suficiente afecto como para encontrar la felicidad.
Se pasó una mano por la mejilla y otra por el cuello, notando un ligero resentimiento agarrotarle los huesos.
Se suponía que Creyton había estado celoso de Laochailan.
Si tanto miedo le generaba pensar que su esposa sentía algo por otro, ¿por qué no peleaba por ella? ¿La veía como una posesión? ¿Sin más?
Muchas veces se había preguntado si ese no era el error de los hombres.
Pensar que las mujeres no tenían sentimientos o que, de albergarlos, no pasaba nada por pisotearlos en medio de un charco de barro.
Laochailan se había ido sin ni siquiera dejar una nota o mantener una conversación con Edeen, huyendo de la realidad como un niño que se esconde porque sabe que ha hecho una travesura que ha terminado en catástrofe.
No le había importado romper sus ilusiones, herir su corazón, traicionar su confianza y dejarla a la altura del betún ante los vecinos; por no decir que no había tenido en consideración a sus hermanas, ni en cómo afectaría eso a su amistad con Stewart.
Creyton había hecho algo parecido. Primero la acusó de algo horrible y la castigó con un silencio tan espeso que parecía un muerto.
La había aislado de su matrimonio para luego reclamarla como suya, como si no importase nada más que recordarle que su marido era él.
¿Y ahora? Ahora le importaba un bledo confundirla, aturdirla.
—Solo quiere una madre para su hija —susurró para sus adentros, irritada.
No sabía qué hacer. Cómo echarle agallas y enfrentarse a Creyton y reclamarle que cumpliera de una vez por todas con sus deberes matrimoniales. No solo para ayudarla a creer que no había nada malo en ella, sino… porque lo deseaba. Deseaba de veras yacer con él.
Se sirvió la leche caliente en un vaso de madera y contempló el velo que se había creado encima del líquido. Sopló mientras se caldeaba las manos.
—Soy una estúpida. Solo fue un beso.
Aunque se estaba engañando. Fue más que eso. Fue un presagio de lo que podía ocurrir en su organismo si se dejaba arrastrar por la lujuria.
La puerta de su dormitorio se entreabrió, con las bisagras chirriando. Edeen alzó el rostro. Creyton se escabulló saliendo de costado, mirando hacia dentro de la habitación. Como si temiera que la Dama Verde1 apareciera en el marco de la ventana, anunciándole que moriría pronto.
—¡Pero qué…! ¡Joder, Edeen! —exclamó él, graduando la voz. Se puso una mano en el pecho, con sus ojos relampagueando—. Pensaba que estabas durmiendo. —Y abrió más la puerta, volviendo a mirar en su interior—. Con las mantas así colocadas…, no te esperaba aquí.
Ella tampoco esperaba que Creyton se apareciera en medio de la noche, y menos llevando solo una larga camisa blanca. Si bien era mejor eso a que anduviera desnudo, como ocurría casi todas las noches.
—¿Quieres? —Señaló el cazo con el mentón.
—Prefiero whisky —convino Creyton, acercándose a la botella de licor—. ¿No puedes dormir? —Ella dijo que no con la cabeza—. Cuando me acosté, estabas en estado comatoso. Creo que, si un hombre lobo hubiera irrumpido en la cabaña, aullando y rasgando piedras con sus zarpas, no te habrías ni enterado.
¿La habría despertado de estar en un sueño más ligero? Edeen se contuvo y decidió desviar la conversación:
—No sabía lo mucho que había extrañado la cama.
Dormir en la butaca no era lo mismo, aunque se le había antojado lo bastante cómoda como para cabecear las noches anteriores. Se sentó en una de ellas y extendió los pies desnudos, en busca del calor de las llamas. Él hizo lo propio en la otra.
—Yo ni siquiera siento que la habitación nos pertenezca —admitió Creyton. Ella enarcó una ceja—. ¿No te parece que huele a… recién nacido?
—¿A pañales sucios?
No debería estar bromeando, pero no sabía cómo abordar aquel instante a solas, lejos de la niña, sin necesidad de andar cohibidos.
Creyton meneó la cabeza. Una sonrisa extraña tiraba de sus labios.
—No. Los bebés tienen ese olor a inocencia… que despierta un lado salvaje, protector. No sé explicarlo. —Encogió un hombro—. Me pasó con Laren.
—Te estaba tomando el pelo, Creyton. Sé a qué te refieres.
Cuando nacieron mis hermanas, me quería pasar las horas con la nariz enterrada en sus cabecitas.
—Y, aunque ya no recordaba cómo se sentía ese olor en su nariz, sí podía decir que el instinto maternal se había disparado entonces y le descubrió que deseaba ser madre—. Pero no sé si tenemos el mismo olfato.
—¿No lo sientes, impregnando el aire?
—Me temo que no —dijo Edeen. Le dio un sorbo a la leche e hizo una mueca cuando se quemó la punta de la lengua.
Para ella, la casa olía igual. A leña quemada, a comida casera, al jabón de la bañera de Laren.
En algún momento de los últimos días, había hecho de la cabaña su hogar.
Ya no se imaginaba viviendo en otro sitio.
No se sentiría cómoda en la casa de sus padres, compartiendo camastro con sus hermanitas; tampoco estaría a gusto en el castillo del laird o en la cabañita en medio de la nada que su abuela tenía, tan al norte que las Highlands amenazaban con desvanecerse en medio del mar.
—Edeen…, yo… quería disculparme de nuevo. —Sus palabras le cortaron el aliento; aguardó, expectante—. Fui un energúmeno. Espero que puedas perdonarme algún día.
—Déjalo estar. Todo está bien.
Sin embargo, estaba mintiendo. Su mundo estaba patas arriba y, si no decía nada, era por no complicar las cosas. Porque no quería enrarecer más la situación, sobre todo por el bien de Laren.
Podía ser pequeña, pero no era idiota. Entendía más de lo que creían.