11 #2
No es que fuera la primera vez que estuviera desnudo delante de ella, aunque sí era la primera vez que Edeen sentía que su corazón se desbordaba al contemplar la piel curtida; los músculos sobresalientes; el pelo rizándose sobre los hombros, cuando solía ser liso y de un rubio mucho más claro.
Apartó la vista cuando vio que hacía ademán de volverse para coger una camisa limpia.
Espiarlo estaba mal, sobre todo cuando ella se había apresurado para asegurarse de que él no pudiera hacer lo mismo.
Cerró los ojos con fuerza y se fustigó mentalmente.
¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo podía ser que olvidase tan pronto a Laochailan?
Una cara atractiva y un cuerpo fuerte no deberían cegarla con tanta facilidad. Edeen estaba por encima de eso.
Una voz le recordó que Creyton era más que un cuerpo increíble y un rostro digno de ser tallado en una estatua.
Era un hombre bueno, de honor, que la respetaba, que la trataba como a una reina y que había hecho de Laren la princesa de la casa.
Los últimos días fue un insolente idiota, pero había dicho que era porque estaba dolido y… estaba celoso.
Celoso de Laochailan.
No lo conocía, no sabía siquiera cómo era su rostro, y aun así no le gustaba ni un ápice saber que existía y que había estado dispuesto a prometerse con ella.
Una parte de Edeen estaba exultante de saber que a su marido le importaba; quizá no quisiera procrear con ella, pero sí le molestaba saber que otros pares de ojos se habían fijado en su persona.
No debería estar contenta por ello, se dijo. Apretó los puños y trató de poner en orden sus pensamientos, que iban por libre y solo la confundían más y más.
La mano de Creyton envolvió con suavidad su muñeca y Edeen apartó el brazo por instinto.
No lo había oído caminar hacia allí, y mucho menos había notado su presencia a menos de dos palmos.
Se volvió hacia él y la precipitación del gesto hizo que el nudo de la toalla se deshiciera, cayendo la prenda al suelo y su melena quedando sobre sus hombros.
—Quería… disculparme. —La voz de Creyton estaba más rasgada de lo habitual.
Edeen solo pudo parpadear varias veces seguidas.
Quería preguntarle si la disculpa era por el beso, pero no se atrevió a formularla—.
Tienes razón en que obré muy mal contigo.
En vez de ignorarte, debí explicarte lo que sabía y contarte cómo me sentía.
Pero nunca había estado… —Se tambaleó sobre los pies descalzos—.
Celoso… —Parecía que pronunciar siquiera la palabra le costaba un mundo—. Me asusté.
¿Un hombre admitiendo que un sentimiento nuevo le había tomado tanto por sorpresa que le había dado miedo?
¿Quién era Creyton? ¿Era acaso de la luna?
Edeen no conocía de ningún varón que hablase abiertamente de sus emociones.
Ni siquiera Stewart. Su hermano hablaba a menudo de cómo se sentía, si bien nunca ahondaba demasiado.
Edeen suspiró para sus adentros.
—Imagino cómo debiste sentirte cuando te enteraste por mi padre de lo que ocurrió y no por mí.
Se sentía una malísima persona por ello.
No justificaba que su marido hubiera sido un ogro.
Lo había gestionado terriblemente mal y le había hecho daño, pero en sus ojos brillaba el arrepentimiento.
Echando la vista atrás, Creyton había estado de un humor de perros esos días, por lo que tampoco había sido un camino de rosas estar alejados.
No había disfrutado ignorándola, solo estaba protegiéndose… sin pensar en que eso la dañaba.
Si él había podido recapacitar, Edeen también debía hacer esa mirada autocrítica.
Debía hacer frente a sus errores. Creyton se había disculpado, y su rostro parecía tan derrotado que era obvio que no estaba manteniendo aquella conversación por mantener un buen ambiente en casa.
Le nacía del corazón. Así que ella también buscó dentro de su pecho algo que poder darle a cambio.
—Siento mucho todo esto, Creyton. De veras. Es verdad que yo pregunté sobre la madre de Laren y tú me respondiste, a pesar de que no estabas obligado. Yo no pude responderte con la misma moneda porque… —Tragó saliva—. Duele.
No era solo el corazón roto. Era ver la ira y decepción en los ojos de Stewart.
Era la traición en sí. El hecho de tener que tomar decisiones apresuradamente, pensando más en el bienestar familiar que en el propio.
Adaptarse a un lugar que jamás fue concebido para ella, y encontrarse con una vida que nunca imaginó. Estaba pasando por un duelo extraño.
Se sentía mejor, por supuesto. Los humanos eran seres de costumbres y estaba aprendiendo a apreciar su nueva vida.
Cada día intentaba buscar un motivo distinto por el cual no estaba tan mal con Creyton, allí, formando una familia.
Como la cabaña, que era más amplia que su casa y tenía más espacio para ella misma; las vistas; el olor a hierba mojada por la mañana; los hornos de fuego, mucho más cómodos que cocinar sobre un hogar en el suelo; una cama comodísima; una niña preciosa,
cuyo amor parecía cada vez más genuino y no tan forzado por las ganas de tener madre.
—¿Le quieres mucho? —La mandíbula de Creyton estaba tan tensa que el músculo palpitaba bajo la piel.
Edeen no pudo evitar soltar una risa que cabalgaba entre el nerviosismo, la incredulidad y el cinismo. Después del beso y de preguntarse qué demonios estaba haciendo, no tenía tan claro que utilizar el presente para conjugar el verbo fuese correcto.
—Me enamoré de él siendo una niña. —No conocía otro sentimiento hacia Laochailan que no fuese amor.
Creyton le pasó una mano por la mejilla, como si esperase encontrar una lágrima silenciosa, mas Edeen se había vaciado por dentro la mañana que se encontró esperando a un hombre que no iba a venir.
—Haré todo lo que pueda para que deje de doler —prometió él—. Intentaré estar a su altura y procuraré darte una vida feliz.
El estómago de Edeen dio un vuelco y su corazón se saltó varios latidos.
Ahora fue ella quien lo cogió por la muñeca para evitar que se alejase.
Creyton miró hacia el punto en que lo sujetaba con el ceño ligeramente fruncido, antes de echar la cabeza hacia atrás y cerrar los ojos.
Murmuró algo, moviendo solo los labios, pero sin emitir sonido; fue tan deprisa que Edeen no pudo captar ni un solo vocablo.
—Tan solo… no me dejes sola, por favor. —Se sonrojó hasta la raíz del pelo—. No vuelvas a hacer ver que no existo. Ese es el peor castigo de todos —farfulló.
Laren era buena compañía, pero no era adulta.
Sus conversaciones no poseían el mismo calibre que las que mantenía con Creyton.
Los caballos o los animales no eran muy habladores, y ni siquiera el monstruo del lago parecía responder a sus preguntas cuando Edeen se acercaba a la orilla para lavar la ropa.
Estaban solos en varios kilómetros a la redonda, y las familias que ahora dependían de ellos estaban más ocupadas trabajando que viajando para visitarlos.
Solo tenía a su marido. Era cierto que él no estaba mucho por casa, pero las comidas y el ratito antes de dormir frente al fuego eran un rato interesante en el que Edeen se sentía una persona normal y corriente, no solo madre, ama de casa y costurera.
Lo vio oscilar sobre sus pies, con los dedos encogiéndose como si quisieran agarrarse a la piedra.
—Dios, he sido un verdadero cabrón, ¿no es así? —Chasqueó la lengua y Edeen pudo ver que estaba irritado, pero no era ella el blanco de su malestar—. Te compensaré, te lo prometo.
—Con que la próxima vez me digas qué te ha enfadado y podamos hablarlo, me vale.
Creyton tomó su mano y le besó la palma, con tanto cariño que contrastaba con la fiereza con la que la había besado en el exterior. Edeen tragó saliva mientras aquel hormigueo le recorría la piel, viajando por el antebrazo.
Definitivamente, aquella noche no quería pararse a pensar qué significaba aquel tipo de acercamiento entre ellos. Eran demasiadas emociones en muy poco tiempo y ella estaba aturdida y abrumada, así que solo deseaba huir en dirección contraria a ese cúmulo de sentimientos y sensaciones.