11
Jamás pensó tener el valor suficiente de hacer algo así.
Había compartido algún beso o caricia robada con Laochailan, pero jamás lo había iniciado ella.
Siempre le había costado superar la timidez, mas esa noche era diferente.
Quizá era la lejanía de su aldea, quienes siempre andaban pendientes de los demás para lanzarlos a la picota; o la tormenta, que había empapado su cerebro hasta desmadejar su inteligencia; o el matrimonio, que la hacía sentir que ya no había nada malo en acercarse de aquel modo a su marido,
pues la sociedad no podría jamás señalarla y decir que era una descocada.
Así que no. Aquel no era el primer beso de Edeen, pero se sintió exactamente así.
El tiempo se congeló a su alrededor. Sus pulmones bloquearon cualquier entrada de aire. Su estómago se contrajo para ponerse del revés. Los dedos de los pies se encogieron dentro de las botas encharcadas, como si quisieran afianzarse en el mundo real.
Todo lo demás desapareció los segundos que tuvo sus labios sobre los de Creyton.
Al separarse, por poco se tambaleó.
—Me casé contigo —repitió, recalcando cada palabra—. Contigo.
No solo era un mantra para él, también para ella, recordándole a su corazón que estaba olvidando por una buena razón; que no era malvada por obligarse a no pensar en Laochailan cuando el duelo la azotaba y la abrumaba de repente.
Estaba casada. Tenía una hija. Tanto el padre como la niña eran buenos y amables, no la consideraban una intrusa en su propia casa, así que debía estar agradecida de que el destino la hubiera metido en un remanso de paz tras un castigo horrible, como era saber que su prometido se había ido sin más.
Cuando se había alzado sobre la punta de sus zapatos, le pareció oír un grito en su interior.
Comprendió que el Laochailan que vivía dentro de ella y que le daba falsas esperanzas, que se burlaba de ella, había entendido que ya no tenía cabida en su vida.
Gritaba de dolor mientras se deshacía y quedaba reducido a meras cenizas.
Aquella visión no iba a molestarla nunca más.
Soltó la camisa de Creyton, y un rayo cayó de nuevo tan cerca que hizo vibrar el suelo. No obstante, Edeen no pudo ver todo cuanto iluminaba porque Creyton farfulló algo en gaélico que ella no logró comprender, cogió su rostro con ambas manos y la atrajo todavía más hacia él.
La besó y ella cerró los ojos.
La boca de su marido poseyó la suya. No había nada de inocente o casto en ese beso, a diferencia del que Edeen le había dado. Su lengua se abrió paso entre sus labios y buscó la suya en una danza febril, besándola como nadie lo había hecho jamás.
Rodeó su cintura con un brazo para estrecharla todavía más, y Edeen tuvo que aferrarse a sus hombros para no caer ante la brusquedad del gesto.
Como si le hubiera gustado sentir sus dedos agarrándose a su camisa, Creyton jadeó contra su boca.
Sorprendentemente, el sonido hizo que sus rodillas flaqueasen, obligándola a clavar las uñas para sostenerse.
Una de las manos de su marido bajó por su cuello, por la curva de su seno, la cintura y buscó la espalda hasta posarse sobre su trasero, rompiendo los milímetros que los separaban al atraerla hacia él.
Jamás habían estado tan cerca.
Su sentido común explotó en mil pedazos, y su mente se quedó en blanco mientras un torrente de fuego empezaba a extenderse por su cuerpo a una velocidad vertiginosa.
No entendía cómo ni por qué, pero Creyton estaba causando un incendio en cada pulgada de su ser.
Su lengua saqueando su boca y sus manos quemando sobre la ropa empapada eran una combinación enloquecedora.
Un rayo cayó entonces en el lago, haciendo que el horizonte temblase, y el suelo pareció abrirse bajo sus pies.
Hasta el momento, la mente de Edeen se había aislado y el campo abierto se había vuelto una habitación diminuta donde no había tormenta ni hueco para ningún ruido.
Sobresaltados, se separaron, y Edeen pudo recuperar la cordura en cuestión de segundos mientras su cuerpo se habituaba al mundo real.
Se tambaleó, pero no cayó porque él subió el abrazo de su trasero a su cintura. ¿Qué acababa de pasar? ¿En qué momento se habían dejado llevar de aquel modo tan primitivo? ¿Cómo podía terminar una discusión así?
El beso que ella le dio había sido en un intento de hacerle abrir los ojos.
Apenas había tenido tiempo de reflexionar antes o después.
No obstante, lo que acababan de compartir era distinto.
Se había sentido arrastrada hasta un lugar distinto, donde todo era rojo, donde no había cabida para otro pensamiento que no fuera… dejarse llevar.
Agachó la cabeza. El agua torrencial se le colaba en los ojos, o tal vez eran lágrimas de culpabilidad.
No se había sentido así cuando estuvo con Laochailan.
Ningún beso había sido tan vehemente, cierto, pero nunca había vivido aquel ardido cosquilleo.
Se suponía que estaba enamorada de él, que lo hubiera seguido al fin del mundo, pero acababa de deshacerse como mantequilla fundida entre los brazos de otro hombre.
¿En qué la convertía eso?
Edeen bajó los brazos y apretó los puños. Podía sentir la tensión crepitar entre ellos, pero ya no sabía identificarla. ¿Era deseo?, ¿expectación?, ¿arrepentimiento?
—Deberíamos resguardarnos —sugirió Creyton.
Entraron en la casa en silencio, como si ninguno fuera capaz de asimilar lo que acababa de ocurrir en el exterior.
Estaban empapados. Él le pidió la capa y Edeen se la entregó sin mirarlo a la cara.
Era incapaz. Sentía de repente un cubo de vergüenza verterse sobre sus hombros, pero no sabía decir si era porque había sido una osada o porque ya no estaba segura de continuar amando a Laochailan.
Por el rabillo del ojo, vio cómo la colgaba junto al fuego y ponía un cubo justo debajo.
La escurrió. Edeen le dio la espalda porque no había podido evitar advertir cómo los músculos se contraían bajo la camisa mojada, dejando ver la fuerza que poseía su esposo.
Las mejillas le ardieron todavía más, llenándola de una fiebre que poco tenía que ver con haber estado bajo la lluvia.
Lo escuchó echar más leña al fuego y avivarlo para que la chimenea cobrase vida y los caldease. Ahora que ya no estaban bajo la tempestad y la adrenalina de la discusión se había desvanecido, el frío empezaba a hacer mella.
—Te traeré una toalla y algo de ropa —farfulló Creyton antes de entrar en el cuarto que no usaban, donde todavía quedaba algún que otro cacharro.
Con Isla y Colin en su dormitorio, habían movido el arcón hasta allí y guardado en su interior lo imprescindible, para no tener que entrar y salir de la habitación e importunar a la pareja o al bebé.
No recordaba estar tan incómoda ni siquiera en la noche de bodas.
No sabía cómo hacerle frente a la situación, cómo hablar con Creyton.
Siempre había interés por adaptarse a su rutina, por conocerla; antes había poseído rabia que descargar contra él.
Sin embargo, ahora ya no había emoción decente en la que apoyarse.
Su marido apareció con una camisola larga y una bata gruesa, de invierno, así como ropa para él y dos toallas.
—¿Te irá bien esto? ¿O prefieres un vestido? —Ella asintió, todavía frente al fuego y sin girarse hacia él.
Dejó todo sobre una butaca, como si entendiera que Edeen no quería acercarse y correr el riesgo de que sus dedos se rozasen.
Se sorprendió cuando Creyton bloqueó las puertas del dormitorio suyo y el de Laren con sillas.
Él carraspeó, y Edeen juraría que sus mejillas se habían ruborizado de manera casi imperceptible.
—Necesitas intimidad —se justificó, todavía en voz baja para no despertar a nadie.
Odiaba que fuera tan caballeroso la mayor parte del tiempo, pues le ponía muy difícil detestarlo y mantener bajo tierra ese singular retortijón en las entrañas.
Creyton le dio la espalda y Edeen se dio prisa en desnudarse.
Lo hizo tan rápido como sus manos heladas y enrojecidas le permitieron, aunque era difícil desprenderse de las telas estando estas adheridas como una segunda piel.
Le castañeteaban los dientes. Se secó con la toalla.
Era tan mullida que la ayudó a sentirse algo más arropada.
Echó un vistazo a Creyton. Su marido seguía dándole la espalda, con la ropa calada de agua, y no parecía tener intención alguna de lanzarle miradas furtivas para captar algún centímetro de desnudez.
Se adivinaba en su postura que estaba rígido. Así que aquel par de besos también había puesto del revés su mundo. Era un consuelo no ser la única que creía que estaba fuera de lugar…
Aunque ninguno de los dos tampoco parecía dispuesto a hablar sobre lo ocurrido. Posiblemente, él estaba tan desorientado como Edeen. Se habían dejado llevar y ahora deberían enfrentar la realidad. ¿Cómo afectaría lo sucedido a su matrimonio?
Edeen se acercó todo cuanto pudo al fuego y se vistió con ropa seca, intentando poner la mente en blanco. Casi suspiró de gusto cuando la ropa abrigó su piel erizada. Se enrolló la toalla en el pelo, que al día siguiente estaría lleno de nudos y tardaría en desenredar y peinar.
—Terminé —anunció en voz baja.
Se alejó del fuego para que él pudiera ocupar su lugar.
Notar el calor de las llamas sobre la piel desnuda, fría por la humedad, que había llegado hasta el tuétano de los huesos, era agradable y necesario.
Mientras se cubría con la bata y se anudaba el cinturón, comprobó que Creyton había echado la llave y que la puerta principal estaba bien cerrada.
Miró por la ventana y solo vio negrura. Algún que otro rayo atravesaba el cielo, pero cada vez eran menos frecuentes. Los truenos se distanciaban; se oían más lejanos, cada vez más espaciados entre ellos. La lluvia, no obstante, continuaba cayendo y azotaba las paredes de la cabaña con fuerza.
Se frotó la nuca. Todavía tenía escalofríos, mas no sabría decir si era por cómo se habían empapado o porque aún podía sentir la cálida presión de la boca masculina sobre la suya.
Desvió la mirada, sabiendo que estaba cometiendo otro maldito error esa noche, y clavó los ojos en Creyton. Ya había pecado bastante, así que un desliz más no iba a engrosar tanto la lista.
Estaba de espaldas a ella. Se estaba secando enérgicamente con la toalla.