El marido equivocado 10 #2
32%

10 #2

—Tú no ibas a compartir la información conmigo de entrada. Tuve que preguntarte para saber de tu hermana —le recordó. Él no le había ofrecido esa información al principio—. Pudiste…

—¿Haber dado por hecho que tu corazón tenía otro dueño y que tu alma esperaba el anillo de otra persona?

—la interrumpió Creyton; parecía tan decepcionado—.

Era un matrimonio concertado. Pensé que Gillies te lo había ofrecido como a mí, y que las fechas explotaron en nuestra contra a causa de la rebelión.

¿Cómo iba a saber yo de la existencia de otro hombre, Edeen?

Cada palabra había sido como un arañazo en su pecho, si bien aquella última pregunta fue como recibir un disparo justo en el centro de las costillas. Dolió de verdad. Incluso se quedó sin respiración unos segundos y temió desvanecerse.

Laochailan se burló de ella sonriéndole desde la distancia.

—Por supuesto, el día de nuestra boda escuché al laird con tu hermano. Hablaron de tu «situación», pero di por hecho que se referían al hecho de que en casa erais muchos. Gillies ya me había dicho que erais cinco hijas y el primogénito.

—¿No pensaste que estaba… deshonrada?

No sería la primera vez que una chica fingía ser virgen el día de su boda y ocho meses después daba a luz un bebé que, supuestamente, había nacido antes de tiempo.

—En tus ojos brillaba el miedo cuando recorrías el pasillo hasta mí.

Yo te imponía. —Todavía lo hacía, ya que era tan alto y ancho de hombros que parecía un maldito roble—.

Y la noche de bodas también te daba pavor, porque te veía temblar mientras fingías estar interesada en la cena.

Y, cuando llegué a la habitación, cualquier atisbo de duda de que pudieras estar embarazada y tratases de engatusarme salió por la ventana.

—Se cruzó de brazos—. Así que no, nunca sospeché por qué te habías casado conmigo en realidad.

»Imagina mi cara cuando tu padre me dijo que, gracias a nuestra boda, los chismorreos sobre ti habían menguado.

—El corazón de Edeen sangró un poco. Alexander no había obrado de mala fe; posiblemente creía que el jefe había expuesto lo que pasaba antes de ofrecerle el matrimonio a su ahijado, pues ella no tenía intención alguna de mencionar a Laochailan nunca más en voz alta—.

Imagina cómo tuve que disimular cuando halagó mi bondad y generosidad por desposarme con alguien que amaba a otro hombre, quien hubiera pedido tu mano en matrimonio de no haber sido por la revolución.

Edeen sintió la culpa presionando con fuerza sus sienes, sus costillas.

De ser ella quien se enterase de todo eso, de ser a la inversa, se sentiría humillada, traicionada, estafada. Pondría el grito en el cielo. Así que comprendía bien que Creyton se hubiera sentido como un segundo plato y hubiera usado un buen ataque como defensa a la vergüenza.

Como si la meteorología quisiera ponerse del lado de Creyton, las gotas de lluvia empezaron a ser más gruesas, pesadas y contundentes. Pronto, una cortina de agua los empapó en cuestión de segundos. Sin embargo, ninguno se movió.

—Imagina cómo me sentí al comprender que estabas formando una familia, un presente, lejos de tus verdaderos deseos. Atada a mí… —Soltó una risa cínica—. Hasta que uno de los dos muriera, sin posibilidad de recuperar a ese tipo, si es que regresaba vivo de la guerra.

—No importa si regresa. —Ya no—. ¡Me casé contigo!

Aunque era cierto que, de no ser porque la habían plantado y el laird intervino, no hubiera conocido a Creyton, y mucho menos se hubiera casado con él.

Un rayo cayó en medio del lago en ese instante, y el triunfal y vanidoso fantasma de Laochailan se desvaneció con su grito exasperado, como si comprendiera que ahora ya no era bien recibido.

—¿Cuántas veces has deseado que yo fuera él?

Después de la ceremonia, puede que alguna vez hubiera querido que todo fuera distinto. Pero, una vez que pisó la cabaña, empezó a comprender que su vida había tomado un punto de no retorno. Así que había dejado de soñar despierta y había cubierto la herida con rutina, con trabajo, con Laren.

Cuanto más tiempo pasaba en la cabaña y más conocía a padre e hija, menos echaba de menos a Laochailan. Su matrimonio había empezado con buen pie, lo cual ponía fácil sustituir el desamor con indiferencia.

—Nunca.

Creyton rugió antes de tomarla por la muñeca y acercarla a él, hasta que estuvieron a escasos centímetros de distancia; Edeen tuvo que echar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a la cara, aunque apenas podía mantener los ojos abiertos. El agua caía con violencia sobre ambos.

Allí donde sus dedos envolvían su piel, aquel hormigueo cálido y peculiar empezó a quemarle.

La sensación comenzó a descender por el brazo, adormeciendo el codo, el hombro, y expandiéndose por la clavícula para luego lanzar tentáculos de calor hacia su cuello, hacia el otro hombro y hacia el ombligo.

Las cosquillas estaban trazando un mapa inconexo en su interior que embotaba sus sentidos, lo cual era bochornoso, pues todo cuanto estaba haciendo Creyton era tocarla en la muñeca. Y no precisamente con deseo.

—¡Mientes! Dime: si él volviera ahora mismo y te propusiera huir…, ¿te irías?

Su marido no la conocía. La estaba juzgando. Pero no consentiría que siguiera pisándola de aquella manera. No era el único con derecho a enfadarse, demonios.

Edeen se soltó de un tirón de su agarre, que era firme, pero no le había hecho daño.

A pesar de todo, aquella sensación de adormecimiento, de ardor, no la abandonó. Algo había prendido dentro de Edeen; a pesar de tener la ropa mojada adhiriéndose a su cuerpo, no sentía frío alguno.

—No —manifestó ella—. No me marcharía.

Era cierto. Ya no era por evitar cotilleos o por evitar que sus hermanas cayeran en desgracia.

Tenía palabra. Había tomado su matrimonio por un compromiso de por vida.

Había decidido no ser la segunda madre que las hadas se llevaban.

Laochailan podría aparecer al amanecer en su umbral y arrastrarse cual gusano pidiendo perdón y ella le daría clemencia, pero no otra oportunidad.

Lo echaría de allí y se quedaría con Creyton hasta que la muerte los separase, sí.

Lo haría sin dudar, aunque estuviera echando sal a una herida medio abierta.

Aquel lugar era ahora su hogar.

—¿Se puede saber qué te ocurre? —le reprendió Edeen—. Sí, podría haberte contado lo de Laochailan después de que tú te abrieras sobre lo de tu hermana. Entiendo que te sientas excluido y te pido perdón, pero fuiste muy desagradable. Me dijiste que muerto me irías bien. ¡Rozaste la crueldad!

Le había hecho daño. La había hecho sentir pequeña.

—¿Y no te imaginas por qué…?

Ella lo cortó:

—Y ahora me acusas de volver a mentirte. —Se apartó de las mejillas varios mechones mojados y se los puso tras las orejas—. No, Creyton, ¡no me iría con otro hombre porque estoy unida a ti, y eso pesa más que cualquier otra cosa!

Le mostró la mano con el anillo, como si la penumbra le permitiera ver hasta el mínimo detalle de sus dedos.

—Lo harías porque lo ves como una imposición. —Su voz sonaba tan afligida, pero Edeen estaba cegada por su propio dolor, por el rechazo que había sentido tan hondo que no se percató de ello.

—¿Y qué si fuera así? —gritó Edeen, abriendo los brazos. La capa pesaba como un muerto, puesto que estaba calada de agua.

Estaba hastiada. No entendía el punto de aquella discusión ahora que habían expuesto qué había convertido su apacible matrimonio en una maldita trinchera.

Quería que terminase aquella pesadilla. Había venido para enfrentar la verdad, y ahora solo quería guardarla en un cajón y olvidar que estaba ahí.

Quería perdonar y ser perdonada, no lanzarse reproches y ahogarse en el rencor.

¿Por qué Creyton se mantenía tan firme en su menosprecio?

¿Tan rasgado estaba su ego? ¿Tan importante era para él?

¿Tan malo era que ella hubiera albergado sentimientos por Laochailan cuando nunca pensó que hubiera otra posibilidad, otra persona con la que casarse?

—¿Qué más da si siento algo por otro hombre, si al final te pertenezco a ti? —insistió, acercándose más, esperando que la escuchase con nitidez. Confiaba en que le entrase en esa cabeza tan dura que Laochailan no era una amenaza. Sus pechos se rozaban al respirar.

—¡Porque eres mi esposa!

—¿Sí? ¿Lo soy? —Tuvo ganas de empujarlo—. No me has tratado como tal desde que estuvimos en el castillo. Un mueble y yo somos igual de visibles. ¿Sabes cómo me has hecho sentir?

Él pareció aplacarse al punto.

—Yo…

—Me acusaste de querer enviudar, cuando yo jamás, ¡jamás!

… —Le clavó el índice en el pecho—. He deseado ningún mal para ti.

No desearía la muerte ni a mi peor enemigo.

No soy tan mala persona. Pero ¡tú! me lanzaste a los lobos solo por no abrirme a ti en cuanto te conocí y hablarte de mi desgracia.

¿Te has parado a pensar que tal vez me sentí avergonzada y humillada y tan dolida…

—remarcó cada adjetivo con el dolor que guardaba dentro— que prefería fingir que Laochailan no existía?

»Y tú no has contribuido a hacerme sentir mucho mejor.

Los primeros días fuiste un encanto, pero luego…

luego… —Edeen apretó las manos en los puños—.

Me he sentido ignorada, ninguneada, ¡así que no eres el único que está enfadado!

—le reprochó. Lanzó un grito de frustración hacia el cielo y se pasó una mano por la frente.

El agua estaba chorreándole por el rostro y le cubría la visión de tanto en tanto—.

Cuando llegamos, no me sentí como una forastera en tu casa, ¡pero ahora lo has conseguido con tus silencios y tus ausencias!

Las lágrimas se mezclaban con las gruesas gotas de lluvia que le caían por la cara. Por lo menos, cuando los rayos caían y los relámpagos llenaban las nubes, convirtiendo la noche en día por segundos, su dignidad seguía intacta porque nadie diría que estaba llorando.

—¡Porque estoy celoso! —expuso Creyton, quien elevó la voz igual que ella para hacerse oír por encima de la tormenta.

Edeen actuó sin pensar. Avanzó un único paso, y la distancia entre sus cuerpos se volvió nula; sus pechos se rozaban al respirar. Lo cogió del cuello de la camisa y tiró hacia abajo para forzarlo a bajar la cabeza. Se puso de puntillas para poder compensar un poco más la altura.

Y lo besó.