10
A Edeen siempre se le había dado bien coser.
Le gustaba. Sus padres trajeron todo lo que poseía para que pudiera continuar con aquel trabajo en su nuevo hogar, aunque ya no sabía a quién arreglarle una pieza o confeccionarle un vestido a cambio de unas monedas.
Había hecho un cuello de lana para Laren y les había metido los bajos a sus vestidos.
Ahora, estaba en la butaca frente al fuego, cosiendo de cero un trajecito para el hijo de Isla.
Tejer la ayudaba a mantener la mente en blanco. Las horas se le escurrían entre los dedos y perdía la noción del tiempo. Se dio cuenta de que pasaba de la medianoche cuando bostezó y los ojos se le llenaron de lágrimas por ello.
Quizá había sido el ajetreo de aquel día, pero no sentía sueño. Se notaba llena de energía.
Se estiró como un gato desperezándose. El conjunto estaba muy avanzado, así que quizá diera tiempo a hacer un par más por la mañana.
Habían decidido darle el nombre de Creyton en honor al hombre que había hecho de partera.
Era un buen hombre; ella sabía bien que así era.
Lo había vivido los primeros días de su matrimonio, pero todo se truncó cuando fueron al castillo la última vez.
Edeen no era capaz de descubrir qué había ocurrido para que esa confianza que poco a poco habían empezado a construir se pusiera del revés y se volviera en distancia, frialdad.
No entendía por qué, pero echaba de menos al hombre atento, gentil y sonriente con el que había convivido unos pocos días.
«Tal vez viuda seas más libre».
Se levantó con pesadez y avivó el fuego. Se quedó quieta frente a las llamas y se caldeó las manos. Tenía que hacerse unos guantes sin dedos para poder trabajar en invierno.
Desvió la mirada hacia la butaca de al lado. Estaba vacía. Cuando Creyton desapareció tras lavar los cacharros de la cena, pensó que había salido para hacer sus necesidades en la diminuta edificación que había junto a los establos, pero él no volvió. Llevaba horas fuera de la cabaña.
Los días anteriores la esquivaba evitando la cama. Ahora prefería estar a la intemperie que compartir las butacas del salón.
¿De verdad era tan malvada? ¿Qué había hecho para merecer semejante trato?
Decidida a averiguarlo, cogió su capa del colgador y se encaminó hacia el exterior.
La noche era obscura. Unas espesas nubes de color gris cubrían el cielo estrellado y cubrían la luna, impidiendo ver un solo halo de luz.
Estaban cargadas de lluvia. Un rayo serpenteó el cielo, cruzándolo de este a oeste, permitiéndole ver que a escasos metros estaba Creyton, sentado en la hierba, observando la nada.
Caminó hacia allí, diciéndose que no iba a consentir que la continuase tratando como si fuera invisible.
Extendió la mano para tocarle el hombro. Por fortuna, sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra nocturna con rapidez.
Antes de poder siquiera pestañear, se encontró en el suelo.
Un enorme peso le bloqueaba las piernas, inmovilizándola a la altura de las caderas; unas manos fuertes y callosas le sostenían ambos brazos por encima de la cabeza.
Comprendió que Creyton la había derribado y se le había sentado encima.
Sintió el frío acero en la garganta, justo debajo de la barbilla, y se quedó tan quieta que parecía una estatua.
No quería moverse y cortarse a sí misma.
Sería una muerte demasiado idiota como para ser real.
Otro rayo cruzó las nubes, llenando de luz el páramo por unos segundos. Edeen le sostuvo la mirada a su marido, quien la observaba en medio de la oscuridad con los ojos entornados y la mandíbula tensa.
—Dios santo, Edeen —farfulló él, con el terror impregnando su voz grave. La daga que había puesto contra su cuello desapareció al punto. Escuchó cómo la guardaba en su funda—. No te acerques a mí así. Pensaba que eras el enemigo.
—Quizá lo sea, después de todo —musitó.
Recordaba bien la acusación de que lo prefería muerto y que alistarse al ejército jacobita podía resultarle favorecedor.
—¿Podrías soltarme, por favor? —le pidió.
Todavía tenía bien agarradas sus muñecas.
Y, sin tener un arma mortal en la curva de su garganta, Edeen era muy consciente de que el cuerpo de Creyton estaba peligrosamente aprisionando el suyo en puntos demasiado estratégicos y vulnerables; por no hablar de que, bajo la capa, Creyton solo llevaba su camisa y su kilt,
lo cual hacía que a través de su propia ropa notase el calor que emanaba de sus piernas desnudas.
No es que temiera que le hiciera nada. Pero su estómago se había contraído, el vello de la nuca se le había erizado, la boca se le había secado y un hormigueo desconocido hasta la fecha estaba empezando a arremolinarse en su ombligo.
No le gustaba nada aquella sensación, pues imaginaba qué era…
Porque ya había sentido algo similar cuando la aleccionó para disparar.
No estaba dispuesta a admitir que su piel, que no su corazón, por supuesto, deseaba ser acariciada por su marido, que no era Laochailan.
Creyton carraspeó, la soltó y se levantó de un salto. Le tendió la mano para ayudarla a alzarse, pero Edeen no iba a tocarlo. Ni hablar. Se incorporó por sí misma y se alisó la falda del vestido. Podía notar la humedad de la hierba en algunas zonas de la capa.
—Lo siento —susurró Creyton—. No pensé que fueras tú y… —Lo vio andorrear en círculos un par de veces, frotándose la nuca—. Por poco te mato, joder… —Lanzó otro improperio en gaélico—. Si no llego…
Se interrumpió abruptamente. Meneó la cabeza, y la mano que antes estaba en la nuca… ahora estaba en su rostro.
—¿Mmmm? —rumió Edeen.
—Si no llego a notar tus curvas, hubiera pensado que eras un ladrón o un dragón inglés, y te hubiera degollado sin miramientos.
Edeen sintió que las mejillas le quemaban más que instantes antes.
Creyton nunca había mostrado interés en ella.
La noche de bodas no hizo ademán de acercarse, y el resto de noches había dormido tan alejado de ella que por poco caía por el borde de la cama.
No le había dado indicios de que sintiera ni un mínimo de atracción.
Maldición, ella estaba sofocada por haberlo tenido a horcajadas sobre sus caderas, pero él parecía no haber reparado en ello.
Como si fuera de piedra, como si fuera inmune al deseo.
¿De veras se había fijado en su cuerpo? No, se dijo que hablaba en general. Todas las mujeres tenían más o menos pechos, más o menos caderas, pero sus siluetas eran inconfundibles. Se refería a eso, seguramente.
—Quizá hubieras salido ganando, ¿no? —lo pinchó Edeen.
—¿Cómo? —Parecía ofendido. Justo lo que ella quería. Devolverle la estocada.
—Quizá enviudando serías más libre —le replicó.
Tenía tan frescas las palabras que él le dedicó que no pudo evitar devolvérselas. Escuchó cómo Creyton respiraba entre dientes; cada pieza del rompecabezas ocupando su lugar correspondiente en su mente, haciendo clic donde debía.
—Edeen…
—Todavía estás a tiempo de quitarme de en medio.
Tú mismo lo has dicho, ¿no es así? —¿Por qué los ojos se le llenaron de lágrimas?
Edeen hizo verdaderos esfuerzos para mantener el tono de voz sin llanto alguno—.
Me he acercado en medio de la noche, sigilosamente.
Bien podría ser un inglés con malas intenciones.
Rajaste primero y preguntaste después. ¿Quién iba a cuestionarte?
Hubiera sido muy fácil morir esa noche y Edeen ni siquiera se lo había planteado. No había visto peligro alguno al aproximarse. Era Creyton. Su marido parecía detestarla, pero jamás había sido agresivo como para pensar que terminaría poniendo una daga en su cuello.
—No sabes lo que dices, Edeen.
—Puede que no. Pero tampoco sé a qué vino aquel comentario el otro día, ni por qué me tratas como una apestada desde entonces.
Creyton bufó por la nariz y se alejó un paso.
Otro rayo pasó por encima de sus cabezas y Edeen pudo ver que sus ojos eran una explosión de emociones incontrolables.
El chasquido que vino a los pocos segundos y el temblor del suelo indicaron que el rayo no había caído muy lejos.
La tormenta se acercaba. O tal vez estuviera atrapada en la mirada de su marido.
—¿Es eso? ¿Has venido a por una explicación?
—¿Te parece extraño?
—Ni por asomo —reconoció Creyton.
—Bien. Porque creo que me la merezco. —Y no pensaba irse de vuelta a la cabaña sin saber qué había empujado a Creyton a ser tan cretino.
Su marido suspiró y se peinó el pelo, que llevaba suelto sobre los hombros. Edeen distinguió cómo se recogía varios mechones de pelo tras las orejas a causa del nerviosismo.
Una fina lluvia empezó a desprenderse del cielo y a mojarlos con lentitud. Edeen apenas la percibió, tan acostumbrada como estaba a semejante llovizna, tan recurrente en Escocia.
—Estaba… estoy —se corrigió él, con voz contenida— molesto contigo, porque yo no he dudado en sincerarme, mientras que tú… no has sido honesta.
—¿Que yo no…? ¿Por qué me acusas de algo semejante? —No era una mentirosa, maldito fuera.
—¿Por qué no me dijiste que tenías planeado casarte con otro hombre?
Un rayo algo más lejano relampagueó sobre el lago, tras la casa, y el trueno que lo acompañó fue menor al estallido que se produjo en el alma de Edeen.
Invocada por la tempestad que se avecinaba, la figura de Laochailan apareció tras Creyton, como un fantasma que quería recordarle a Edeen que, a pesar de todo, él siempre había sido el primero.
Su primer amor, su primer beso, su primer suspiro ante una caricia robada por el borde del escote.
Tragó saliva, notando que sus huesos se deshinchaban. Toda la valentía que había usado para enfrentarse a Creyton empezó a disolverse a medida que comprendía que, en realidad, sí había escondido información.
No esperaba que la discusión se le volviera en contra así de aquel modo.
En su cabeza, se habían formado varios escenarios, y en ninguno de ellos su esposo le echaba en cara la existencia de Laochailan y sus planes de futuro, truncados por el alzamiento.
Para Edeen, ella no había hecho nada malo.
Se había creído perfecta y esa percepción se le había vuelto en contra muy fácilmente.
Pues era culpable de la acusación lanzada.
No obstante, el instinto la hizo defenderse cual animal acorralado.