El marido equivocado 9 #2
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Se quitó la chaqueta y se arremangó los brazos de la camisa. Se presentó y les sonrió, como si un minuto antes no hubiera reñido a su esposa por haberles dejado pasar, mientras se lavaba las manos en un cubo. Era la personificación de la tranquilidad.

—¿Me dejas echarte un ojo? —Ella apenas pudo asentir antes de que otro grito la atragantase.

Creyton se asomó bajo su falda y lanzó un gruñido, antes de levantarse y caminar hacia Edeen—.

El bebé llegará de un momento a otro, puedo verle la coronilla.

Si voy a por el médico, ahogaré al caballo en vano.

No llegaríamos a tiempo. Hemos de encargarnos nosotros.

No, no, no. El suelo se abrió bajo sus pies.

—Creyton, no soy partera. Esto…

—No nos queda de otra. Yo me ocupo —determinó, dejando a Edeen boquiabierta—. Pero solo no podré hacerlo, y dudo que ese pobre hombre sea el enfermero ideal ahora mismo. Necesito que hiervas tijeras y cuchillos. Trae más sábanas, mantas y toallas limpias.

Ella preparó todo, estupefacta. Creyton parecía saber perfectamente lo que hacía.

Levantaba la falda de Isla, comprobaba lo que fuera —siempre pidiendo permiso y disculpas— y la guiaba para que respirase tranquila cuando el dolor la retorcía.

Colin la sujetaba y dejaba que su esposa le estrujase las manos hasta doblarle las muñecas en ángulos antinaturales.

—Bien, Isla. Es el momento de la verdad. —Creyton fue suave, pero autoritario—. Tienes que empujar.

—No quiero. —Varias lágrimas saltaron de sus ojos—. No seré capaz.

—Por supuesto que sí. Vas a coger aire, todo el que puedas, por la nariz. Y, cuando yo te diga, quiero que empujes fuerte y lo sueltes todo por la boca.

Edeen estaba embelesada, contemplando cómo ejercía de médico sin serlo. Hablaba con seguridad y le sonreía con delicadeza para apaciguar a la mujer. Parecía otro hombre totalmente distinto a aquel al que estaba acostumbrada.

Creyton sudó tanto como Isla. Fueron treinta minutos muy intensos, pero, una vez que tuvo al niño entre sus manos, el tiempo se desdibujó.

Edeen por poco cayó contra el suelo. Había estado en tensión en todo momento y, al ver al bebé lloriquear, con un sano tono rosado, su cuerpo se desinfló por completo.

Apenas pudo entregarle las mantas limpias sin contener las lágrimas de puro alivio.

—Felicidades, Isla. Es un niño precioso, con buenos pulmones. —Y se lo entregó.

Edeen se arrodilló al lado de su esposo, quien se echó atrás hasta quedar sentado sobre los talones. Ambos les observaron convertirse en una familia con tres integrantes. Eran espectadores de algo privado e íntimo, si bien nadie los expulsó de un momento tan bello.

No iba a negar que ver a Creyton sujetar un bebé no le había removido las entrañas.

Verle sonreír una milésima de segundo a aquella criatura le había deshecho los sesos.

Su madre siempre decía que la mente de una mujer estaba preparada para perder el norte cuando veía a un hombre con un bebé o niño pequeño, porque era el único modo de olvidar que el parto dolía en exceso y decidirse a volver a tener otro vástago más. Ahora comprendía aquellas palabras.

Su cuerpo estaba reaccionando a aquellos brazos semidesnudos, a sus manos callosas y grandes sujetando con reverencia a un ser diminuto y frágil; su pecho ardía de un modo desconocido al imaginarlo sostener así a una Laren igual de pequeña, o a un hijo en común.

Se levantó como si le hubieran pellizcado el trasero y se alejó para servir agua en cuatro vasos. No sabía de dónde provenía esa calidez y no estaba dispuesta a descubrirlo.

Además, estaba enfadada con él. Le había dicho cosas horribles y luego no se dignaba a hablarle para poder arreglar las cosas. No podía olvidarlo.

Isla, quien se había bajado el escote para mostrar su pecho al bebé, dio un grito y se retorció sobre sí misma.

Edeen por poco sufrió un ataque al corazón al mirarla, pues no esperaba que tuviera más dolor ahora que el chiquitín había nacido.

¿Podría ser que hubiera un segundo bebé?

Creyton ya estaba alzando de nuevo la falda, como si hubiera pensado lo mismo.

—Necesito que empujes otra vez —le pidió con voz ronca.

—En mi familia nunca hemos tenido gemelos. —Colin parecía desesperado, rozando el terror más puro y absoluto que un ser humano podía albergar.

—No se trata de otro bebé. Isla, tienes que expulsar la placenta. Yo te ayudaré, ¿sí? —Parecía más nervioso que antes—. Dolerá. Pero, si no la sacamos del todo, puedes morir, así que es importante que hagas un último esfuerzo.

—¿Cómo sabes eso? ¿Eres médico? —Que Colin lo cuestionase ahora estaba fuera de lugar, mas la posibilidad de perder a su esposa se había vuelto tan tangible que hasta el aire se había espesado.

Creyton pareció vacilar, pero otro gemido de dolor lo hizo temblar.

—La madre de mi hija no la expulsó por completo y unas fiebres muy altas se la llevaron en dos días —explicó, con la voz todavía más raspada que antes.

Aquel descubrimiento hizo que el estómago de Edeen diera un vuelco. Su esposo le explicó que Laria había muerto nada más nacer la cría, pero no fue más allá. No dio tantos detalles.

Miró su vaso de agua y deseó que alguien obrase un milagro y lo volviera vino.

Si antes se había derretido sin motivo alguno por ver a Creyton sosteniendo al bebé, ahora se le llenaban los ojos de lágrimas al imaginarlo sujetando a una diminuta Laren y contemplando a su hermana volverse de color marfil,

cediendo ante la muerte tras haber entregado una vida tan luminosa como la de su hija.

—Lo estás haciendo de maravilla, Isla —premiaba él a la parturienta, con una sonrisa tensa y varias gotas de sudor corriéndole por las mejillas.

En medio de los gritos y el caos, él se mantenía erguido frente al miedo, como había hecho durante el expulsivo del bebé. Edeen vio que no estaba dispuesto a perder a Isla como pasó con su hermana.

—Ya está, ya está —musitó él con, ahora sí, una sonrisa genuina de puro triunfo.

La mujer se dejó caer sobre el jergón, laxa, pero con el rostro en paz—.

Toma a tu hijo de nuevo. —Y con eso bastó para que Colin, que había cogido al niño en brazos en cuanto su mujer empezó a arquearse de dolor, se lo colocase sobre el pecho.

Su esposo empezó a recogerlo todo y Edeen le llevó el vaso de agua. Se lo había ganado tanto como la propia Isla, quien parecía haber olvidado todo sufrimiento y miraba con los ojos húmedos al resultado de su amor por Colin.

Un matrimonio así era todo cuanto ella había soñado, pero los Estuardo se lo habían arrebatado.

—Gracias. —La voz de Creyton rompió el hechizo y Edeen dejó de observar a la feliz pareja. Él tomó el vaso y bebió el agua como si estuviera sediento desde hacía semanas—. Ha sido… duro.

—Lo has hecho muy bien. Yo no hubiera tenido tu entereza.

Creyton enarcó una ceja. La recorrió con la mirada de arriba abajo y Edeen se preguntó si era la primera vez que la veía en días.

—Creo que en eso te equivocas. Emmm… —Bajó la voz—: Creo que deberían quedarse aquí un par de días. Una recién parida, no creo que esté en condiciones de viajar. ¿Te parece… bien?

La sonrisa que Edeen bocetó no fue genuina y él debió notarlo, pues se balanceó sobre los pies.

—Me sorprende tanto que estemos teniendo una conversación adulta como que te ofrezcas a ser tan hospitalario, teniendo en cuenta que estos días solo me has hablado en contadas ocasiones… ¡y que hace dos horas por poco me lanzas al lago por meter en casa a dos extraños!

—Edeen…

—Respecto a tu pregunta: no. No tengo inconveniente —siseó antes de ir a darles agua a la familia.

Creyton no tardó en acercarse. Les explicó que eran bien recibidos en la cabaña y que les cedían su dormitorio para que estuvieran cómodos. Incluso les prometió buscar la cuna de Laren para que pudieran dejar al niño reposar allí.

—No deseamos quitaros vuestro lecho. —Isla se sonrojó; parecía sentirse realmente culpable por la situación—. Podemos dormir aquí, en este jergón…

—Bobadas. —Creyton le sonrió como si fueran amigos de la infancia—. Has de descansar y estar lo más cómoda posible, así que os quedaréis en nuestra cama. Edeen y yo podemos dormir en las butacas. Un par de noches no nos matarán, ¿verdad?

¿Ahora buscaba su complicidad?

—Oh, sí, las butacas son comodísimas durante el día, pero de madrugada uno duerme del tirón en ellas —dijo mirando a su esposo a los ojos.

Como réplica, Creyton chasqueó la lengua, aceptando sin más la pulla que le había lanzado. Si osase refutárselo, le lanzaría el maldito sillón a la cabeza.