El marido equivocado 9
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Edeen estaba preparando la comida cuando alguien llamó a la puerta.

Más bien, la aporreó. No podía ser Creyton, puesto que se había ido de caza y no volvería hasta el atardecer.

Además, él usaría la contraseña que le había mostrado y entraría con la llave que llevaba atada al cinturón.

Tragó saliva. No había tenido tiempo para tener miedo, para sentirse forastera en aquella casa; los sentimientos habían sido demasiado absorbentes como para pararse a pensar en que no conocía el lugar.

Hacía varios días que habían vuelto del castillo del laird y Creyton no solo dormía en la butaca frente al fuego del salón, sino que apenas le dirigía la palabra. Era imposible mantener una conversación seria y esclarecedora con él. Lo poco que charlaban era para disimular delante de la niña.

Laren llevaba toda la mañana jugando junto a la butaca de su padre con dos muñecos de madera, pero en esos momentos la miraba con auténtico pánico. Ella también sabía que quien golpeaba así la puerta no era Creyton.

Edeen dejó la cuchara de madera a un lado y tomó la pistola de Creyton. La preparó para disparar con manos trémulas. Se acercó a la puerta, hizo girar su llave y la abrió de un tirón sin bajar el arma. No estaba dispuesta a morir. No dejaría que nadie tocase a la pequeña.

Le había cogido cariño. Le recordaba a sus hermanas, siempre yendo detrás de ella, haciendo preguntas, pidiendo cuentos para dormir y que la arrullase antes de acostarse. Era un verdadero encanto.

Podía entender que sus ojos bicolores asustasen a la gente, pero Edeen veía una niña que quería que la amasen, que la mirasen más allá del color de sus pupilas.

En ocasiones, las rarezas no convertían a alguien en un monstruo, sino en una piedra preciosa.

Y ella tenía dos en aquella mirada tan limpia.

Nadie se la llevaría. Nadie le tocaría un pelo. Nadie la heriría. No mientras ella estuviera delante. Estaba dispuesta a morir y a matar en nombre de Laren.

Ahora entendía a qué se refería Creyton cuando le mostró la pistola. Cuando le demandó que la utilizase sin remordimientos. En aquel momento, le pareció horrible e imposible hacer algo así, mas el instinto de supervivencia que empezaba a circular por sus venas era como un rayo de energía.

Se encontró con un hombre joven, delgaducho, pálido y con ojos llorosos. No parecía mucho más mayor que Edeen. Quizá fue su expresión de desesperación, pero lo vio tan desolado que no pudo siquiera exigirle que se alejase de su puerta.

Al verla, cayó de rodillas ante ella con un jadeo que sonó a un suspiro de alivio.

—Ayuda —suplicó—. Ayuda, por favor. Mi mujer… mi esposa…

Sin dejar de apuntarle, Edeen miró hacia el camino y vio una carretilla. Una mujer estaba sobre ella. Su avanzado estado de gestación era evidente y, a pesar de la lejanía, también era obvio que estaba de parto.

—Por favor… —El hombre sacó una bolsa de su morral—. Tengo dinero… Poco, pero… —Meneó la cabeza, como si quisiera mantener la compostura—. Quédeselo. Pero ayude a mi esposa. Por favor.

No debería estar bajando el arma, y mucho menos creerse aquella historia. Podría ser una barriga falsa; las muecas de dolor, una pantomima. No obstante, decidió confiar.

—Mi mujer se ha puesto de parto… Ella…, yo… Necesitamos una mano… Ayúdenos.

Demonios. Aquella súplica no parecía un invento. Fue directa a la boca de su estómago.

—Ven conmigo —le dijo al hombre. Se volvió hacia Laren—. Quédate ahí, cielo.

Juntos fueron hasta la carreta. Los caballos estaban inquietos, y no era para menos, dado que la chica jadeaba y bufaba con intensidad.

Una rápida inspección a su panza abultada y a su rostro, contraído de dolor, le hizo comprender que no era una trampa.

Ese matrimonio necesitaba auxilio de verdad.

El corazón de Edeen se saltó varios latidos; no iba a enfrentarse a dos ladrones o asesinos, aquel día habría paz. Pero no mucha calma.

—Sentimos molestar —aseguró la parturienta entre dientes—. Pero no llegaremos a casa de mis padres a tiempo.

—¿De cuánto estás? —le preguntó Edeen. Su barriga era demasiado grande.

—De nueve meses. Pensaba que podría ir con mi madre antes de que llegase el bebé, pero… ¡ah!

No, no iban a llegar muy lejos en aquel estado.

—¿Es tu primer hijo? —Como respuesta, la otra asintió. Estaba al borde de las lágrimas—. ¿Cómo te llamas?

El marido contestó, pues las contracciones estaban cortándole la respiración:

—Se llama Isla. Yo soy Colin.

—Hola, Isla. Yo me llamo Edeen. Vamos a bajar la carreta poco a poco cuando la contracción te dé un descanso y caminaremos hacia la casa —habló despacio para no ponerla más nerviosa—. No tendremos prisa. El bebé podrá esperar cinco minutos. —O eso esperaba Edeen—. ¿Me ayudas, Colin?

Tras guardar el arma en su delantal, Edeen la ayudó a descender de la carreta.

Se tomaron varios segundos para respirar entre escalón y escalón.

Parecía que el breve tiempo entre contracción y contracción era todo un respiro de aire fresco.

Incluso su rostro se relajaba tanto que parecía que Isla era etérea y pertenecía a un mundo de hadas y ángeles.

Gracias al apoyo de Colin, llegaron a la casa. Tardaron más de lo previsto. Los espasmos, que imposibilitaban a Isla avanzar muchos pasos seguidos, cada vez eran más fuertes y frecuentes.

Laren se hizo a un lado cuando la sentaron en la butaca de Creyton, junto a la chimenea. Por suerte, la pareja estaba demasiado absorta en lo inminente como para prestarle atención a la pequeña.

—Cariño, ve a tu dormitorio, ¿sí? —le pidió, acariciándole lo alto de la cabeza. La niña no rechistó. Parecía asustada—. Tengo que avisar a mi esposo de vuestra presencia. Un momento.

Edeen salió fuera de nuevo. Había visto cuatro embarazos de su madre, aunque no los recordaba todos con mucha nitidez, tan solo el último.

Pero ella no había asistido al parto. Era demasiado joven aún como para poder hacer algo al respecto.

No sabía cómo iba a ayudar a ese matrimonio.

Estaban en juego dos vidas y un futuro ideado que podía romperse en cuestión de segundos. Edeen no soportaba la presión.

La brisa que avisaba de que pronto sería otoño le abanicó el rostro.

No la ayudó a aplacar los nervios. Caminó hasta la carreta y tiró de las riendas para que los caballos fueran hasta el bebedero que había junto a su hogar.

Luego, tomó de nuevo la pistola y levantó el brazo al cielo tras asegurarse de que podía ser usada.

Nunca había disparado, más que la tarde que Creyton le había enseñado; demonios, aquel día quedaba tan lejano a pesar de haber sido la semana anterior…

Lo recordó bien. Él tocándole los brazos para enseñarle a levantarlos; acariciándole la cintura para orientar su cuerpo hasta el objetivo; cómo le había apartado el pelo de la cara para que tuviera una clara visión, haciendo que sus dedos rozasen la delicada piel de detrás de la oreja.

Su voz grave se había vuelto más profunda.

En ese momento, su corazón se había disparado y toda su piel se había erizado.

Había sentido que el aire se había vuelto pesado, tanto que era complejo llenar los pulmones.

Ahora no tenía esa sensación tan extraña, más allá de su frenética respiración, entrecortada a causa del nerviosismo.

Antes la había movido el instinto de supervivencia, mas ahora solo le quedaba la angustia.

Apretó el gatillo. El tiro se fundió con los erráticos latidos de su corazón, resonando en todo el paraje.

Hasta el lago se alborotó y un pequeño oleaje se levantó.

Bajó el arma y se la guardó en el delantal.

Esperaba que Creyton comprendiera la señal y acudiera.

Cogió aire antes de entrar en la casa. Sirvió un poco de agua y se la entregó a la mujer.

—Bebe. Te irá bien.

No sabía qué hacer. Recordaba que, cuando nació su dulce Jean, la partera pidió toallas limpias, la manta del bebé y alguna cosa que Stewart echó a agua hirviendo unos minutos.

—Sentimos molestar más de lo que ya hacemos —se disculpó Colin mientras Edeen le acercaba el vaso a la boca a su esposa.

—En casos así, toda ayuda es poca. No os preocupéis. —Trató de sonreír. Bastante nerviosos se les veía, como para alimentar su ansiedad. Debía permanecer serena.

Dispuso un jergón junto al fuego y lo acomodó con una manta y una almohada. Colin estaba acompañando a Isla hasta allí para tumbarse cuando la puerta se abrió con un golpe, tan seco que la casa de piedra pareció vibrar hasta los cimientos.

Edeen, quien cargaba con una pesada manta de piel, por poco la soltó al ver a Creyton en el umbral. Estuvo tan tentada de correr a sus brazos. Por fin un rostro familiar. Tal vez él desconociera a su vez cómo proceder, pues era un hombre, pero la presión sería compartida.

Los ojos claros de Creyton pasaron de la mujer que se estaba tendiendo en el jergón, con jadeos de puro dolor, a ella.

—¿Qué está ocurriendo? ¿Y Laren?

A paso rápido, Edeen se le acercó.

—Laren está en su habitación —habló en voz baja—. Este matrimonio ha llamado a nuestra puerta pidiendo auxilio.

—¿No los conoces? —Parecía irritado. Más de lo normal, como los últimos días.

—No.

—¡Edeen! —No pudo evitar alzar la voz, del mismo modo en que ella no pudo contener el manotazo que le dio en el brazo—. Te lo dije. Las cosas están poniéndose…

—Muy feas, lo sé.

Dejar entrar en casa a dos personas que no eran familiares ni amigos era una idea terrible en medio de una rebelión, pero no podía dejarlos a su suerte.

—¡Pero están de parto! ¡En medio de una guerra! Están aterrorizados, Creyton. ¿Acaso querías que los dejase en la calle? —Él fue a replicar, pero no respondió. Apretó la mandíbula—. ¿Y si fuéramos nosotros?

Creyton la señaló con el índice acusatoriamente, con los ojos entrecerrados y las pupilas dilatadas.

—Eso ha sido un golpe bajo.

—Inclusive me ofrecieron dinero —dijo—. No son maleantes, solo dos personas que tienen problemas.

—Está bien, está bien. —Pareció rendirse; sus hombros se hundieron. Miró al techo unos segundos y Edeen pudo respirar tranquila—. ¿Sabes algo de partos?

—Nada.

Cuidar bebés sí. Ella crio a Jean prácticamente.

—Que Dios nos ayude —susurró Creyton.