8 #3
—No hay de qué. No es ninguna mentira. —Dejó su vestido perfectamente estirado en el armario—. Laren es una niña muy buena y usted está hecha toda una madraza. La dejo descansar, que no tiene buena cara.
El espejo decía lo mismo: ojos hundidos, rostro pálido y la boca con un rictus entristecido.
No comprendía que su marido pudiera cambiarle el humor con tanta facilidad. Apenas lo conocía, así que no había un vínculo entre ambos como para darle el poder de destruirla o animarla. Apenas tenía una relación con él, por el amor de Dios.
¿Acaso eran un matrimonio de verdad? No habían consumado. Se rehuían como si uno de los dos fuera venenoso. ¿Tal vez por eso estaba molesto? ¿Por qué no lo buscaba? Creyton no parecía ser vanidoso, pero quizá Edeen estuviera hiriendo su orgullo masculino.
Fuera como fuera, estaba dispuesta a esperarlo despierta para enfrentarlo. Iban a terminar con aquella conversación esa misma noche, aunque Edeen no tenía ni idea del rumbo que tomaría la discusión.
Creyton no llegó. Edeen se pasó horas esperándolo, tanto que por poco se quedó dormida. Miró las velas, casi consumidas. ¿Dónde demonios estaba? ¿Incluso en una noche como aquella iba a estar esquivándola? Con un gruñido, bajó de la cama y tomó una bata.
El fantasma de Laochailan estaba tras la puerta del armario en cuanto la cerró.
Edeen dio un respingo, pues no esperaba encontrárselo allí.
Se suponía que estaba demasiado cansada e irritada como para permitir que su imaginación tomase el control.
No obstante, allí estaba aquel hombre, susurrándole que nadie podía quererla como merecía porque la guerra era un mundo demasiado atractivo como para anteponer a una mujer.
Salió al pasillo, dejando atrás a aquel hombre tan idiota. No iba a darle más crédito a ese imbécil, obligándolo a regresar a su cabeza.
El corredor se encontraba helado. Apresuró los pasos, pues el frío se colaba del tapiz a sus pies descalzos.
Empezó a bajar las escaleras, preguntándose si Creyton estaría en el salón, en el despacho del jefe o con otra mujer en alguna habitación del servicio.
Se detuvo en lo alto cuando una conversación proveniente del salón llegó hasta ella.
No era capaz de ver a quienes hablaban, pero pudo reconocer una voz: la de su marido.
—No insistas, por favor —estaba diciendo él. Parecía estar conteniendo algo, pero Edeen no lo conocía tanto como para saber de qué se trataba.
—¡Has de venir! Eres un líder nato, un tirador increíble, dominas el acero y tienes pasión —respondió el otro hombre. ¿Quién era?
—Me halagas, Ualan, pero no tengo intención de pelear en vuestra guerra.
—No seas un hueso tan duro de roer. —Se rio un tercero, aunque parecía una carcajada sin humor—. Somos muchos. Seremos invencibles, Crey. Esta vez no ocurrirá lo mismo que en los anteriores alzamientos.
—¡Sí! Eres de los nuestros, hombre —siguió pinchando el tal Ualan.
—No puedo.
—¿Por qué? —Ese mismo tercero sonó desesperado a la par que atónito—. Estás casado. Ya no estás atado: tienes una mujer que puede encargarse de Laren.
—Precisamente, es por mi esposa que no puedo unirme a vosotros.
Esas palabras resonaron con fuerza en su pecho, provocando más grietas en su ya maltrecho corazón. Se apoyó por completo en la barandilla, convencida de que, de no hacerlo, las rodillas no la sostendrían.
¿Se había comportado como un energúmeno y ahora… decía algo así, como si nada?
—No me casé con ella esperando tener una niñera servicial.
Me casé y punto. Tengo que ser consecuente y aceptar que ahora no solo tengo obligaciones como padre, sino también como esposo, y eso implica velar por su seguridad.
Si me marcho a la guerra, la dejaré sola ante el peligro.
—Una pausa larga. El silencio pesaba. Edeen se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento—. ¿Y si perdéis, Greg?
Era el mayor miedo de Edeen.
—Eso no pasará.
—Los troyanos también se creyeron vencedores, y finalmente terminaron perdiendo todo cuanto eran y poseían.
—Venga…, no puedes hablar en serio. —Ualan parecía derrotado.
—Dejadlo ya, ¿de acuerdo? No voy a condenar a Edeen a ser la viuda de un jacobita que murió en batalla, cargando con una hija solo por caridad y compromiso. Podrían hacer con ella lo que quisieran. No estoy dispuesto a ponerla en peligro. Ni a Laren tampoco —añadió.
Por primera vez, se preguntó si Laochailan había preferido no prometerse con ella —e irse a la guerra sin tener a nadie esperándolo— para evitar que luego fueran a por la futura esposa de un traidor, de un perdedor.
Creyton, obrando de manera contraria, tenía el mismo objetivo.
Esos dos hombres no eran diferentes, después de todo, ¿no?
Edeen reculó y regresó al dormitorio. Estaba confundida. No entendía que Creyton hubiera sido un cretino durante la comida y ahora estuviera preocupado no solo por Laren, sino también por ella.
Lo esperó despierta hasta bien entrada la madrugada, pero se durmió de puro agotamiento cuando él no se presentó. Cuando Edeen se despertó con los primeros albores, el otro lado de la cama seguía intacto y estaba frío.
Había dormido sola.