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Por supuesto, su marido no era bobo y sabía bien qué la había empujado a irse, así que no la mandó buscar y permaneció solo hasta que murió, el mismo día que uno de sus hijos contraía matrimonio.
—Puedes estar tranquila. No es mi caso —le garantizó.
Lo cierto era que, para haberse casado con un desconocido, no era el peor matrimonio de conveniencia de la historia.
Lo corroboró para sus adentros cuando, a la hora de comer, Creyton separó una silla para ella y otra para su madre, y se encargó de servirles vino por sí mismo mientras bromeaba con su suegro. Molly la miró y le hizo saber que ahora entendía a qué se refería con que era un hombre cortés.
—¿Cómo ha ido? —quiso saber ella cuando Creyton se sentó a su lado. Formuló la pregunta en un susurro. El laird estaba hablando para todos sobre cómo los ingleses suplicarían clemencia cuando se los encontrase en el campo de batalla, y parecía tan seguro de que los iba a ahogar en su propia sangre…
—Muchos hombres lo seguirían hasta el fin del mundo, y más si es en nombre de Escocia, así que será una gran retahíla de soldados la que se una a Estuardo —comentó su esposo, dándole un trago al vino.
También en un murmullo, sin dejar de mirar al jefe para que nadie se diera cuenta de que estaban cuchicheando—.
Parece que en tres días partirán rumbo a Edimburgo y se unirán a la causa.
No sé si para entonces la ciudad ya habrá caído en sus manos.
—¿Tú…? —No pudo terminar.
Los ojos claros de Creyton la miraron con un brillo extraño, desconocido hasta ahora. De nuevo, Edeen no supo leerlos.
—No era mi intención, pero puedo alistarme, si quieres. Tal vez viuda seas más libre.
La coletilla escoció tanto que Edeen por poco derramó el contenido de la copa que sujetaba. No sabía a qué enfrentarse primero: a la pulla, o al hecho de que le había dolido un comentario tan venenoso por parte de un marido al que conocía desde hacía ocho escasos días.
—¿Acaso te he dado indicios de que quiera librarme de ti? —siseó ella, con su voz alzándose lo justo como para que su madre desviase la atención hacia la pareja. Edeen intentó aligerar la expresión para que nadie viera lo molesta que estaba—. No estás siendo justo.
Creyton ladeó la cabeza, con sus ojos entornándose y volviéndose oscuros como el cielo antes de la tormenta.
—¿Tú crees?
—¿Se puede saber qué mosca te ha picado?
¿Por qué tenía ganas de llorar de repente? ¿Por qué le costaba respirar ante la primera discusión con Creyton?
Se dijo que no era agradable que un esposo le insinuase a su mujer que lo deseaba muerto.
Era cruel, pues hacía que pareciera que ella era una desalmada, despiadada.
Como si no tuviera humanidad. Sí, eso explicaba que estuviera entre iracunda y dolida.
¿Qué clase de opinión se había formado Creyton de Edeen?
¿En qué se había basado para pensar algo así?
Creyton resopló por la nariz mientras sus labios se crispaban en una mueca. No le concedió una respuesta. Apuró el vino y se puso a charlar con el hombre que tenía al otro lado, ignorándola por completo.
Edeen apenas pudo probar bocado. No comprendía sus desprecios.
Se pasó toda la comida haciendo memoria, pensando en los momentos compartidos los últimos días.
No había tenido jamás ni una mala palabra hacia él y no había puesto mala cara en ningún momento, a pesar de que durante la boda sentía un puñal retorciéndose en sus entrañas cada pocos segundos.
Se sentía culpable por engañar a Laochailan aunque no fuera racional, y no lo dejaba entrever.
Se comía ese sentimiento para sus adentros y no lo compartía, pues nadie merecía llevar una carga tan absurda, tan sentimental y tan suya.
Fue la primera en retirarse para descansar en cuanto la comida acabó. Se sentó bajo un árbol a contemplar cómo el sol iba descendiendo. Confiaba en que Creyton iría a por ella y tendrían una charla civilizada, pero las únicas que fueron en su busca fueron sus hermanas y Laren.
Las chicas le hicieron olvidar por un rato su dolor de cabeza y aquellas palpitaciones irregulares de su corazón. Fue sencillo poner la mente en blanco, disfrutar de la buena compañía, pero todo se esfumó tan pronto como sirvieron la cena y tuvo que volver a sentarse junto a él.
Se sintió decepcionada cuando vio que Creyton iba a hacer caso omiso a su presencia. Volvió a no dirigirse a Edeen. La trataba como si fuera invisible…, ¡cuando era él quien había traspasado la línea roja que los separaba en esos instantes!
—¿Ocurre algo? —A Molly no se le había pasado por alto el comportamiento hosco de su yerno.
A pesar de la confianza que su madre y ella poseían, esa vez no pudo responder con sinceridad y le mintió. Le aseguró que estaba todo en orden.
—Creyton solo está pendiente de estas conversaciones.
No formamos parte del clan, pero todo lo que haga el laird puede afectarnos en un futuro —contestó.
Le dio un trago a su vaso de agua—. Lo siento, madre, no me encuentro muy allá.
—No mentía. Se sentía mareada—. Creo que la comida no me ha sentado bien.
¿Puedes disculparme con el laird? Iré a ver a Laren y me acostaré yo también.
—Esa noche la pasaban allí, así que les habían preparado el mismo dormitorio en el que pasaron su singular noche de bodas.
Se retiró sin esperar respuesta de su madre y, por supuesto, sin comunicárselo a Creyton. Pudo sentir su mirada clavándose en su espalda a medida que se alejaba de la larga mesa. Esa sensación la acompañó hasta que abandonó el gran salón.
Laren dormía con sus hermanas en un dormitorio lleno de camas pequeñas.
Todas estaban dormidas. Habían cenado antes que los adultos y habían caído rendidas.
Llegar hasta el castillo y estar todo el día explorando los alrededores las había dejado exhaustas.
Arropó a cada una de ellas y les dio un beso en la frente.
Añoraba esa rutina con sus hermanas, aunque repetirla con Laren era todo un consuelo.
Había oído decir a las criadas que, a pesar de no saber que Creyton tenía una hija, parecía llevarse muy bien con ella.
Las había oído cuchichear sobre que Edeen parecía no temer un mal de ojo o una maldición, como si Laren tuviera semejante don.
¡Menudas idiotas! Su agresividad solo se había aplacado lo justo cuando Morgana había salido en su defensa, diciendo que la niña era un cielo si se le daba una oportunidad y que Edeen se comportaba como toda una madre a pesar de no tener lazos de sangre con Laren.
Por ello, le dio las gracias cuando la mujer fue a la habitación a ayudarla a desvestirse.
—Morgana, espera —la detuvo antes de que se fuera—. Llevo todo el día escuchando a las paredes hablar de mí, de mi marido y de su hija. Te agradezco mucho que tuvieras a Laren en tan buena consideración y que pienses que lo estoy haciendo bien con ella. Ha sido muy considerado.
La mujer le sonrió, con sus mejillas granates por la vergüenza que le suponía saber que la había oído.