8
Una semana después del enlace nupcial, Creyton preparó la carreta y llevó a Edeen y a Laren hasta el castillo del laird.
La familia de Edeen estaba allí, esperándola con los brazos abiertos: sus hermanas corrieron hasta ella y la lanzaron al suelo al abalanzarse al mismo tiempo contra su cuerpo; su padre la ayudó a levantarse, dándole un apretón de manos; y su madre la abrazó con lágrimas en los ojos.
Era la primera vez que estaban tanto tiempo separados y los había echado terriblemente de menos. Saber que las ocasiones para juntarse se irían reduciendo cada vez más le resquebrajaba el alma y la hacía llorar por las noches.
Las tareas del hogar, enseñar a escribir y a leer a Laren y encargarse de las comidas, la tenían absorbida y agotada, lo cual le impedía sentirse sola.
Pero cuando la luna se alzaba y el dormitorio se llenaba de un silencio sepulcral, donde la tensión podía cortarse con un cuchillo, la distancia era evidente.
No se había planteado siquiera sugerirle a Creyton mudarse más cerca de sus padres.
Él se había criado allí, era lógico que quisiera que Laren hiciera lo mismo, por no hablar de que no podían abandonar su propiedad ahora que tenían a seis familias a su servicio.
—¿Y Stewart? —preguntó, mirando a su alrededor, sujetando a los cuatro cuerpecitos que la rodeaban contra su ser.
No lo encontró y la duda se instaló en su pecho.
Cuando sus ojos se encontraron con los de su madre, percibió cómo la mirada oscura de su madre se humedecía más y un mazo golpeó con fuerza sus costillas—. ¿Cuándo se fue?
—Hace tres días. —Su madre se secó una lágrima en silencio—. Esperamos que la corona regrese a los Estuardo o…
Edeen se puso rígida, mas pronto trató de disimularlo para no inquietar más a su progenitora.
—No pienses en eso, madre. —Le acarició la mejilla—. Esperemos que encuentren la gloria en el campo de batalla y regresen a casa como héroes.
Perder la guerra significaba que muchos hombres ya no iban a volver, pues estarían muertos o exiliados. Y eso incluía a gente de su propia sangre que finalmente había decidido ir a combatir, como su hermano Stewart.
O Laochailan.
No había tenido noticias de él, ni una sola carta, desde que la dejó plantada el día de su pedida de mano. Ni siquiera se había molestado en disculparse por escrito pasado un tiempo. Si le habían llegado las nuevas de que se había desposado con otro, Edeen no lo sabía.
Esa conversación pendiente donde él se explicase y disculpase, que al principio Edeen había recreado en sueños, posiblemente jamás sucedería. Ya no importaba. Ahora, aquella boda no celebrada se le antojaba mundana.
Deseaba que estuviera vivo y pudiera escapar, pues no le deseaba ningún mal. Si bien el amor que había albergado en su corazón por él ya no era más que odio y resentimiento, crudo y tóxico.
Además, ¿qué importancia podían tener sus sentimientos? Edeen era ahora una mujer casada.
Creyton se presentó a sus padres con educación, estrechándole la mano a su padre y besándole los nudillos a su madre.
Alexander no ocultó cómo lo inspeccionó de arriba abajo, decidiendo si era conveniente para su hija mayor.
Molly se ruborizó ante sus exquisitos modales.
Con serenidad, introdujo a su hija y Edeen contuvo la respiración; esperaba que su hermano les hubiera advertido de que había ganado una hija con el matrimonio y de la peculiar mirada de la cría.
Y así era, pues no hubo sorpresa en las expresiones de sus progenitores.
Recibieron a la niña como a una más, como si realmente fuera su nieta de sangre.
Edeen pudo respirar con alivio. Incluso las niñas acogieron al instante a Laren en su grupo y se fueron a corretear por los alrededores del castillo entre risas.
No pudo evitar sentirse excluida, pero la diferencia de edad siempre la había distanciado en cierta manera de sus hermanas, así que estaba acostumbrada a tomar rumbos distintos.
Sonrió. Por lo menos, Laren no se sentiría fuera de lugar.
Algo la aguijoneó en el estómago. Creyton continuaba dándole la espalda para dormir y ella tampoco hacía ademán de acercársele, pero a veces Edeen se encontraba preguntándose cómo se llevaría la niña con un hermanito o hermanita.
Gillies salió por la puerta principal colocándose bien el cinturón, y se encaminó hacia ellos con la barbilla bien alta.
Después de que firmasen su salida del clan, el jefe no había vuelto a hablar con Creyton, ni siquiera durante el banquete y posterior baile que se había preparado en honor al enlace.
—Me alegra veros aquí. —Su sonrisa era pequeña, pero parecía honesta.
—A pesar de no deberte pleitesía, entiendo que no hay inconveniente en que la familia de mi mujer se aloje aquí y nosotros vengamos a visitarlos. —Creyton apretó los labios en una delgada línea.
—En absoluto. —El laird palmeó el hombro de Alexander—. Mis amigos siempre son bien recibidos. Y tú… —Miró a Creyton con los ojos entornados—. Siempre serás mi ahijado. ¿No estás de acuerdo?
—Por supuesto…, padrino.
El laird pareció encantado con la respuesta, pues los invitó a entrar y ordenó a varios mozos que entrasen todo aquello que la familia hubiera traído en su carreta.
Eran no solo su ropa para pasar un par de noches en el castillo, sino las pertenencias de Edeen, las cuales regresarían con ella a su nuevo hogar.
Los hombres se dirigieron al salón mientras Alexander se preparaba una pipa y hablaban del buen tiempo que estaba haciendo los últimos días, como si las noticias de la revolución no fueran preocupantes ni el laird estuviera reuniendo a todos sus hombres en ese mismo instante para ver a quiénes
podía reclutar.
Edeen y su madre fueron a las cocinas a echar una mano, pues había demasiadas bocas que alimentar esos días con tantas idas y venidas.
Juntas empezaron a preparar la masa para hacer la tarta escocesa rellena de carne de cordero. Estaban en un rincón, junto a una ventana, así que Edeen echaba un ojo a sus hermanas y a Laren.
Jugaban con los perros del laird, sin saber qué se cocía dentro de las paredes y más allá de ellas; sin saber dónde se había marchado realmente Stewart, sin conocer que Laochailan había desaparecido de sus vidas para ir a pelear.
Vivían ajenas al dolor que se producía y que se daría en un futuro, y era mejor así.
Las infancias debían protegerse a toda costa.
No siempre era posible, pero la familia de Edeen trataba de mantenerlas al margen de la realidad todo lo posible.
—¿Tu marido…? —Su madre habló en voz tan baja que Edeen se preguntó si lo había imaginado. Pasó la mirada de la ventana a ella—. ¿Te trata bien?
—No es Laochailan. No hay amor. —Por más que le doliera admitir algo así—. Pero me respeta. Y es bondadoso, muy cortés. —No tenía queja alguna.
Creyton hacía la cama casi cada día. Peinaba a Laren, a no ser que la cría se lo pidiera a ella.
La ayudaba a llevar el barreño de ropa hasta la orilla del lago y la regresaba a la casa, siendo esta más pesada a causa del agua.
Hasta en tres ocasiones esa semana la había ayudado a caldear agua para la tina, para que Laren se bañase.
Y se había encargado de hacer la cena, ya fuesen salchichas y puré de patatas, o una ligera sopa de pollo y zanahoria, para que ella también tuviera diez minutos en el agua.
Edeen jamás había visto a su padre hacer semejantes tareas domésticas.
Solo se acercaba a los jergones para cambiar la paja antigua por la nueva.
Nunca cargaba con la ropa hasta el lavadero.
Nunca se encargaba de calentar agua ni se encargaba de sus hijas para que su esposa pudiera darse un baño tranquilamente, por no hablar de que no sabía ni poner agua a hervir.
Al principio se había sentido torpe a su alrededor. Su esposo era mucho más mañoso que ella en todos los aspectos, pues ciertamente estaba acostumbrado a estar solo con Laren. Sin embargo, pronto agradeció que se repartiesen ese tipo de tareas. Edeen acababa agotada antes de que cayera el sol.
—¿De verdad? —Su madre abrió mucho los ojos—. ¿No lo dices para quitarme de encima la preocupación, hija?
Edeen le sonrió para sosegarla.
—Te lo aseguro, madre. Estoy bien.
En cuanto superase su corazón roto, estaría mucho mejor. Por suerte, el día a día era tan arrollador que apenas tenía tiempo de darse cuenta de que no era la vida soñada, junto a la persona amada. Eso ayudaba. Mantener la mente ocupada ayudaba a ignorar las heridas en el corazón.
—¿Y la niña? ¿Se porta bien contigo?
—Es un encanto. —Miró hacia la ventana. Estaban jugando a perseguirse y Laren estaba huyendo de Alyce. Desprendían pura felicidad.
Laren siempre andaba tras ella. Aprendían a leer letras mayúsculas y a reproducirlas en pergamino.
Y, desde que Edeen le explicó que leyendo podía vivir aventuras mil, la niña quería no solo leerlas, sino escribirlas.
Le hacía decenas de preguntas sobre literatura, mundos inventados, y sobre tinta e imprentas.
Se ofrecía para ayudarla a cocinar, así que le enseñaba a pelar patatas y otras hortalizas.
Le pedía que le leyera cuentos o crease uno exclusivo para ella cuando caía la noche.
Laren siempre andaba elogiando su ropa y preguntándole si podía tejer así de bonito para ella.
Anhelaba el contacto del mismo modo en que deseaba que Edeen fuera un ejemplo a seguir, y ella se lo entregaba todo sin reservas mientras sus corazones entretejían algo más poderoso e irrompible.
—Un crío que no acepta a su madrastra y le hace la vida imposible es un castigo divino; créeme, no se lo desearía ni a mi peor enemigo —musitó Molly, meneando la cabeza, dándole forma a la tarta—.
Cuando yo era más joven y todavía no estaba casada, el panadero de mi pueblo enviudó y tardó seis meses en desposarse otra vez.
Tenía dos gemelos de su anterior matrimonio y jamás la aceptaron.
—Se santiguó con mucha rapidez, para que nadie viera el gesto—.
Esos chicos no eran de este mundo; más bien, eran dos demonios.
—¡Madre!
—Que me parta un rayo si miento. —Le dio un codazo a Edeen—.
La pobre Thelma acabó tan harta que a los tres años abandonó el hogar familiar.