El marido equivocado 7
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El desgaste emocional al que Edeen se había visto sometida los últimos días, ilusionada por su inminente compromiso, para luego ser plantada y finalmente casarse con un desconocido con máxima premura, la dejó en un estado comatoso la primera noche que estuvo en la cabaña.

Se despertó porque un juguetón rayo de sol le hizo cosquillas en la nariz.

Se alzó sobre un codo y necesitó unos segundos para ubicarse, pues no recordaba dónde estaba.

Había soñado con un atardecer hermoso sobre un lago infinito.

Al levantar la vista y mirar por la ventana, se dio cuenta de que su mente había tomado el lago Ness como referencia.

Debía ser muy tarde, dada la luz que entraba en el dormitorio.

—Maldición —musitó para sí misma mientras apartaba las mantas dando varias patadas.

Se levantó, se vistió con rapidez por si Creyton decidía entrar sin llamar a la puerta, y salió de la habitación. Se pasó los dedos por el pelo, el cual caía suelto sobre la espalda, deshaciendo así algún que otro enredo.

—¡Estás despierta! —Laren dio un salto de la butaca donde estaba sentada rodeada por un par de muñecas de tela—. ¡Buenos días! —Y le abrió los brazos en busca de un abrazo.

La noche anterior le había pedido que le contase un cuento, el que fuera, y que le acariciase el pelo hasta dormirse. Laren era, sin duda, la persona más predispuesta a que aquel matrimonio fuera exitoso de las tres que vivían en la casa.

—Hola. —La abrazó como pedía y pudo sentir el calor infantil envolverla. Era agradable. Al levantarse, vio a Creyton frente a los fuegos, sonriente—. Siento haberme dormido.

—Necesitabas descansar. —No parecía irritado por el hecho de haberse levantado antes que Edeen—. Te he preparado té y tortas. —Le mostró un plato que había sobre la mesa—. ¿Quieres miel?

Edeen había enmudecido. Nunca jamás le habían preparado el desayuno.

Ella era la encargada de alimentar a la familia al alba.

Se aproximó hasta la mesa y vio la tetera humeante y cuatro tortas esponjosas, bien doradas y de lo más apetecibles.

De repente, se percató del rico olor que envolvía la estancia.

Su estómago lanzó un diminuto rugido, que, por fortuna, nadie detectó.

—Lo lamento tanto. Mañana y los días venideros haré yo el desayuno. Entiendo que…

—Edeen, detente —la interrumpió Creyton, sacando una silla en un gesto de lo más educado—. No eres nuestra sirvienta.

—¡No! —corroboró con un chillido Laren, dando saltos cerca del borde de la mesa. Las dos coletas que recogían su pelo botaban sobre sus hombros—. ¡Eres mi mamá! ¡Y papá cuidará de ti como cuida de mí!

Creyton le pasó la mano por el pelo a su hija con una sonrisa tierna mientras el corazón de Edeen se encogía, aunque no podía deducir por qué.

¿Era la delicadeza con la que Creyton trataba a su hija?

¿Era el detalle que había tenido de prepararle tortitas?

¿Era el hecho de que la había respetado, tal como había prometido, y no la había tocado en toda la noche?

—¿Por qué no vas a lavarte la cara, cielo?

—le preguntó Creyton. Observó cómo Laren iba hasta su dormitorio con la pequeña jarra que le dio llena de agua.

Luego, se volvió hacia Edeen—. Los días que marche temprano, puedo regresar para desayunar con vosotras y estaría bien que la mesa estuviera lista, pero no siempre tengo que salir al amanecer.

Los días que pueda holgazanear un poco o rondar cerca, yo te cocinaré.

Deja que me encargue de vosotras. Llevo solo con Laren cuatro años, así que…

estoy acostumbrado. —Dejó delante de ella un tarro de miel—.

Pruébalo. Creo que soy un buen cocinero.

Edeen no había probado jamás las tortitas, aunque había oído hablar de ellas a Laochailan.

Eliminó ese nombre de su mente al instante, aunque pudo sentir su fantasmagórica presencia tras ella, recordándole que debería haberlas comido por primera vez en su casa, siendo su esposa y no la de otro.

Se centró en la textura suave y cremosa de la masa al punto, en lo dulce que era, en el toque de caramelo que le daba la miel.

—Están muy ricas —le concedió.

Él sonrió como si acabase de admitir que acababa de probar el manjar digno de una reina.

Cogió una servilleta de tela y le quitó un poco de miel de la comisura.

Edeen se ruborizó. El gesto le había parecido muy íntimo.

Se dijo a sí misma que no había nada pícaro en una acción así, por no hablar de que compartían cama.

¿Estaba comportándose como una cría? ¿Creería Creyton que era demasiado inmadura? , ¿bobalicona?, ¿virginal?

—De verdad —insistió Edeen—, no volveré a dormirme. Mis obligaciones…

Creyton puso los ojos en blanco.

—No soy esa clase de hombres. Mi padre y mi madre eran iguales dentro de estas paredes, Edeen. Fuera… Bueno, el mundo parece temerles a las mujeres, y se empeña en empequeñecerlas, así que se ceñían a las normas sociales. —Encogió un hombro mientras le servía una taza de té—. Espero lo mismo de ti.

No era un ogro, definitivamente. Había tenido mucha suerte en no encontrar un borracho que maltratase a las mujeres o las quisiera sometidas.

En la aldea había visto a un vecino enterrar a su esposa tras una paliza y todos los vecinos se compadecieron de él, pues no comería en condiciones hasta que volviera a pasar por la vicaría.

¡Como si la vida de la mujer no fuera importante!

¡Como si su desdicha fuera merecida! ¡Como si cada golpe fuera justificado!

No tenía amor, pero sí seguridad. Eso, en un matrimonio acordado, era una gran baza.

—Así que deja de disculparte por no hacer tú hoy el desayuno y no te preocupes por tenerlo todo impoluto —zanjó Creyton, echándose hacia atrás en la silla.

—¿También fue así en…? —Tragó saliva—. ¿En tu anterior matrimonio? —Las cejas de su marido se elevaron hasta casi rozar la línea de nacimiento del pelo—. Perdón. Eso ha estado muy fuera de lugar…

No quería hurgar en la herida. Podía ver el dolor atravesar su mirada de amor cada vez que miraba a Laren o hablaba con ella, recordando a otra persona, una más adulta y resuelta, alguien a quien amó tiempo atrás.

Debería haber dejado que Creyton se lo contase cuando lo creyera oportuno, cuando estuviera preparado para ello… Si es que eso sucedía algún día.

—Yo nunca he estado casado… hasta ahora.

Ahora fue el turno de Edeen de estar sorprendida. Su boca se abrió en una O, incrédula, y se obligó a cerrarla. Le dio un sorbo al té caliente, que se deslizó por su garganta sin poder eliminar ni un rastro de timidez, vergüenza o asombro.

—Lo dices por la madre de Laren, ¿no es cierto? —Creyton no parecía sentirse indignado u ofendido por ello. Se levantó y tomó la botella de whisky más cercana—. Entiendo que tengas curiosidad.

Edeen lo observó servirse una taza de té para sí mismo. Antes de poder protestar, ya estaba echándole un buen chorro de licor a ambas tazas.

—De hecho… —prosiguió él, quien volvió a sentarse y cogió su té—, me preguntaba cuándo querrías saber más.

—No es asunto mío… Yo…

—Vas a criar a mi hija como si fuera tuya. Al casarte conmigo, también te uniste a ella… Aunque no lo supieras. —Ahí sí apretó los labios, pero la ira iba dirigida hacia su padrino y no hacia Edeen—. Es comprensible que tengas curiosidad.

Edeen bajó las manos al regazo y se pasó la lengua por los labios, que se habían resecado de sopetón. Se sentía fuera de lugar, como si hubiera abierto una brecha que Creyton tratase de fingir que no estaba ahí.

Su marido miró hacia la puerta entreabierta de Laren. Se la oía canturrear. Sin duda, se había entretenido con algún juguete o arreglándose las coletas frente al pequeño espejo que colgaba de la pared.

—Laren es… mi sobrina —reveló.

Eso explicaba el parecido. No porque fuera el hombre que la había engendrado, sino porque compartían sangre. El pelo rubio, los ojos claros, la sonrisa que marcaba un hoyuelo en la mejilla…

Edeen advirtió cómo el rostro de Creyton se ensombrecía y sus hombros se quedaban rígidos. Sus ojos se volvieron del color del ónice, llenos de sufrimiento. Se tomó el té de un trago, y no se inmutó porque el líquido estuviera caliente o el whisky dejase un trazo de fuego de camino al estómago.

Creyton bajó la voz:

—Mi hermana fue atacada y se quedó encinta.

—La temperatura de la cabaña descendió sin previo aviso, como si fuera no hiciera un bello día soleado y estuvieran rodeados de nieve y hielo.

Edeen pudo sentir el frío colarse en sus huesos, amenazando con congelarlos y dejarla congelada en el sitio.

Apenas podía respirar—. Murió a las pocas horas de dar a luz.

Antes estábamos ella y yo solos, y cuando se marchó…

fuimos Laren y yo. La adopté. —Encogió un hombro.

Muy generoso por su parte, sin duda. Un hombre solo, separado de su clan por la distancia, encargándose de un bebé recién nacido sin ayuda era un acto de valentía brutal.

Podía imaginarlo sosteniendo un bulto diminuto en comparación con sus grandes manos.

Podía visualizarlo cantando una nana mientras se mecía a sí mismo frente al fuego.

—Para el mundo entero, es mi hija. Si alguien se atreve a exponerle la realidad, me encargaré personalmente de instalarle una bala entre ceja y ceja por entrometerse en mis asuntos —decretó, con la mandíbula tan tensa que fue un milagro que no se rompiera ni un solo hueso de su atractivo rostro.

—¿Ella… lo sabe?

Recordaba bien el comentario de las hadas del día anterior.

—Sabe que su madre murió en el parto. —Un hilo de conexión se instaló entre ellos.

Edeen pudo notar cómo la vulnerabilidad y la honestidad de su esposo creaban un vínculo entre ambos, tendiendo un puente de entendimiento.

Aquello iba a ser su matrimonio. Nada de amor, pero sí había verdad, respeto, apoyo—.

Pero no sabe que yo soy su tío, o que su padre…

—Creyton golpeó la mesa y Edeen no pudo evitar encogerse dentro de su piel.

Su esposo se levantó y empezó a pasear como un perro enjaulado—. Ese hijo de puta.

Edeen frunció el ceño, pudiendo leer entre líneas. Se mordió el labio inferior unos segundos, con el corazón acelerándose a pasos agigantados.

—¿Lo conocías?

—Sí. Y Laria…, mi hermana —aclaró—, también. Era un amigo de la familia. Después de lo que hizo…, huyó. Si lo tuviera delante… —El labio superior de Creyton se crispó sobre los dientes en una mueca de pura agresividad—. Lo mataría con mis propias manos.

La puerta de Laren se abrió del todo y el gélido ambiente que los había rodeado, hasta convertir sus exhalaciones en vaho, recuperó su temperatura habitual.

Edeen apartó la vista hacia su té, mientras que el cuerpo de Creyton se relajaba como si no acabase de revivir y relatar un tenebroso capítulo de su vida.

—Papi, mira, creo que el pelo me queda así mejor. —Y mostró sus nuevas coletas. Una estaba en lo alto de la cabeza; la otra, en la zona baja de la otra mitad del cráneo.

Estaba tan graciosa. Edeen se preguntó cuántas veces Creyton la miraba y veía a Laria. Se compadeció de él.

—¿Por qué no me dejas que te las arregle? —se ofreció Edeen, levantándose y sonriéndole a la niña—. Se me da bien peinar. Mis hermanas siempre me pedían que les peinase el pelo y… —Se arrodilló a su lado y le deshizo las coletas—. ¿Me permites? Será sorpresa.

Si antes deseaba ser una buena figura materna para Laren, ganarse su amor, su bondad, ahora también esperaba estar a la altura de su marido. Formarían equipo, educarían a la niña como suya y nunca jamás lo sentirían de otro modo.

—¡Sorpresa! —Laren empezó a dar saltitos, antes de sentarse a sus pies y permanecer quieta como una estatua—. Sí, por favor, Edeen.

Creyton salió afuera sin decir ni una palabra más. Parecía que necesitaba aire, espacio, digerir de nuevo todo aquello que había salido a la luz. Se sintió culpable, pues lo había rememorado porque ella había preguntado.

Edeen miró unos segundos la puerta y se sorprendió a sí misma queriendo ir tras él, consolarlo, abrazarlo, lo cual no tenía apenas sentido.

No se conocían. Sin embargo, era innegable que entre ellos había empezado a nacer una complicidad: los cimientos de la rutina y de la unión que ya solo la muerte podría romper.

Le peinó a Laren las hebras suaves con los dedos y le hizo una trenza con destreza y rapidez.

—¿Tú te harías lo mismo que yo?

Los dedos de Edeen se detuvieron apenas una milésima de segundo antes de que esta preguntase:

—¿Quieres que nos peinemos igual?

—Sería divertido. Madre e hija. —La niña pegó la barbilla al pecho. Trataba de restarle importancia, pero para ella era importante.

Mariposas revolotearon por las entrañas de Edeen.

¿Cuánto tardaba el instinto maternal en despertar cuando se trataba de una criatura que no había nacido del propio seno?

Porque ella estaba sintiendo ese puñado de emociones poniendo del revés su mente, su alma, su corazón.

Con sus hermanas no ocurría nada parecido, ya que Edeen sabía bien cuál era el papel de todas ellas en su vida.

—Claro. Deja que me peine en un rato, y luciremos tan iguales que nadie dirá que soy tu madrastra.

—Le pasó la trenza por encima del hombro—.

Listo. Cuando el pelo crezca y tú te hagas mayor, la trenza quedará cada vez más espigada y bonita —le explicó mientras le soltaba unos mechones alrededor de las mejillas—.

Incluso podríamos decorarla con flores en primavera. ¿Tal vez para Beltane? ¿Qué te parece?

—¿Puedo ir a verme? —Su sonrisa iluminaba aquellos ojos bicolores, tan brillantes como gemas. Edeen asintió—. ¡Bien! —La cría no tardó ni cinco segundos en levantarse y salir corriendo hacia su habitación—. ¡Me encantaaaaa! ¡Estoy hermosa!

Edeen movió los hombros en rotación, intentando destensarlos.

Podía sentir el dolor de Laria en su propio ser.

Como si, al descubrir lo que le había ocurrido, su fantasma le hubiera introducido en el cuerpo el malestar, la vergüenza, la tristeza, la ira.

Se levantó y se quitó las motas de polvo del vestido.

Salió al exterior y encontró a Creyton en la parte trasera de la casa, apoyado en las piedras de la fachada, observando el lago infinito como si esperase encontrar la paz en sus mansas aguas.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó ella, reposando la espalda sobre las piedras. La humedad de la noche empezaba a secarse, pero traspasó la tela del vestido, pues había salido sin la capa de verano—. El tipo.

—Le llamábamos Rayo.

—Si pisa por aquí…, tú te encargas de matarlo y yo de cavarle el agujero donde lo enterraremos. Será nuestro pequeño gran secreto.

Siempre había pensado que mataría por sus hermanas, pero Laren ahora entraba en ese círculo de personas indefensas a las que proteger.

Creyton la miró con los ojos entornados. Ella le devolvió la mirada. No iba a consentir que el Rayo hiriera de nuevo a esa familia, o que tratase de llevarse a su hija. Laren se quedaría allí y permanecería a salvo; ellos se encargarían de ello.

—Gracias. —Su marido tomó su mano y le dio un ligero apretón mientras una sonrisa cómplice y agradecida, demasiado pequeña como para ser trascendental, curvaba su boca.