El marido equivocado 6 #3
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Sería como arrancarse una parte del alma y dejarla en el lago para que el monstruo que decían que allí habitaba la devorase.

Stewart también se iría a batallar. Seguiría los pasos de Laochailan. Lo cual podía conducirle a una muerte segura.

—El levantamiento parece que prospera —la informó un Creyton taciturno a media tarde, justo cuando estaba preparando la mesa para ponerse a cenar.

—¿Ah, sí?

—He oído que han desembarcado varios buques con ingleses exiliados y franceses. Pretenden tomar Edimburgo en los próximos días.

—Dios santo.

Ahora ya sabía dónde estaba Laochailan.

—Los regulares británicos pueden querer ponerse más severos.

Con todo lo que ocurre, no sé si pasarán por aquí; pero, por si acaso…

, mira. —Le mostró un falso cajón en el mueble de despensa que había junto a los fuegos—.

Tienes un arma. Úsala si no estoy y lo ves necesario.

—Edeen notó el estómago treparle a la boca.

La bilis se instaló peligrosamente bajo la lengua. ¿Matar? ¿Ella?

»Yo no haré preguntas cuando regrese; te ayudaré a lanzar los cuerpos al lago —le informó él—. Quiero que la utilices. Lo importante no es la vida de esos hijos de puta, sino que Laren y tú salgáis ilesas.

»Si tienes que hacer tareas en el exterior, preferiría que la llevases contigo, escondida en el delantal. —Se la entregó para que sopesase su peso—. ¿Sabes disparar? —Ella negó—. Te enseñaré mañana… al anochecer.

—¿Lo ves necesario?

—Por supuesto. Y, si yo no estoy cerca de la cabaña, cierra con llave la puerta. No quiero que escatimes en seguridad, ¿entendido? No quiero volver de las tierras y encontraros a mi hija y a ti tendidas en vuestra propia sangre.

La imagen era tan aterradora que Edeen dejó la pistola en el cajón, lo cerró para que nadie viera el falso fondo, y se sirvió una copa de vino. Se la bebió de dos tragos.

—Antes de usar mi llave, golpearé la puerta así.

—Creyton hizo unas secuencias largas y cortas en la superficie de la mesa; cada golpe era como un martillo aporreando el corazón de Edeen—.

Memorízalo, Edeen. Si no soy yo, usa el arma contra quien quiera que abra la puerta.

Dispara primero y pregunta después. —Creyton se apretó el puente de la nariz—.

Porque eso significará que estoy muerto y alguien ha cogido mis llaves del cinturón.

»Este levantamiento no entiende de un bando u otro. Puede ser que un jacobita te vea por las ventanas y se encapriche de ti y quiera yacer contigo. O puede que un regular quiera darte una lección por ser una escocesa. No confíes en nadie —le ordenó él.

¿Tan graves estaban las cosas?

Ese sentimiento de vacío y de incertidumbre se agravó cuando varios hombres se presentaron esa tarde frente a la cabaña de Creyton.

Eran jóvenes cuyos padres habían perecido tiempo atrás, o que bien habían dejado sus hogares para ir a la rebelión.

Estaban desesperados, pues no sabían a quién acudir.

Les daba miedo que el laird les forzase a ir a pelear cuando apenas tenían dieciséis o diecisiete años.

Los acompañaban sus madres o mujeres viudas con hijos pequeños a su cargo.

Se habían enterado de que Creyton ya no le debía pleitesía al clan.

Le pedían estar a su servicio. En total, un total de seis familias que buscaban ser sus arrendatarios para encargarse del campo, de los animales, de los caballos. Su esposo la miró en busca de una respuesta silenciosa y Edeen asintió, compadeciéndose de todos ellos.

—Mañana hablaré con el abogado del laird. Tan pronto como sepa algo, os lo diré —anunció Creyton.

—Te lo agradecemos.

—¡Sí, gracias!

Se encontraban solos, estaban asustados.

Necesitaban una figura que estuviera allí presente, no un jefe que había marchado a pelear sin saber si iba a regresar.

Iban a ser una pequeña gran familia que vivía cerca del lago, disgregada.

Contarían con pocos hombres y con ocho mujeres, dos de ellas ancianas; así como con diecinueve críos, la mayoría de ellos menores de diez años.

Laren había ganado primos de repente y parecía pletórica con la noticia, incapaz de entender por qué aquello estaba sucediendo, la magnitud de lo que se estaba cociendo.

Todos ellos querían ir a una para que el trabajo y el alimento no faltase, y para mantenerse cuerdos en un momento de inseguridad, de temor. No solo por desconocer el destino de aquellos que habían querido ir a la guerra, sino por lo que pasaría después.

Si ganaban los escoceses que creían en los Estuardo, ¿qué pasaría con aquellos que no habían querido pronunciarse o no creían que el príncipe Carlos fuera el legítimo heredero al trono? ¿Qué pasaría con Creyton, quien no parecía tener intención alguna de alistarse?

En cambio, si los ingleses salían vencedores, ¿qué sucedería con el país y con los traidores? ¿Había consecuencias?

La revuelta de los jacobitas apenas acababa de empezar y apenas comenzaba a cambiar muchas vidas, pero lo que ocurriera en las semanas venideras iba a modificar el curso de la vida en Escocia y de todos sus habitantes.

Edeen lo presentía. Solo se preguntaba hasta qué punto sus corazones iban a resistir lo que fuera que estuviera por venir.