El marido equivocado 6 #2
18%

6 #2

Por supuesto, sabía la respuesta. «Tu padre empezó a vivir allí cuando desposó a tu madre», había dicho Gillies. Creyton, que ya se iba, reculó para volver a quedar bajo el marco de la puerta.

—Me he criado aquí. Mis padres murieron cuando yo tenía diecinueve años, así que esto es mío desde entonces —explicó él, encogiendo un hombro.

¿Y ella iba a hacerle renunciar a las vistas a las que estaba acostumbrado desde pequeño, solo porque no era capaz de aceptar que no se había casado con quien había soñado siempre?

Las fantasías sobre Laochailan siempre habían sido eso: fantasías.

Y ahora, más que nunca, permanecerían en ese estado onírico, puesto que jamás iban a cumplirse.

Su realidad era un anillo en el dedo; un marido agradable, que vivía alejado de la vida ajetreada del clan; y una hijastra pequeña, que buscaba amor y cariño de su persona.

—Podemos dormir los dos aquí —comentó. Creyton frunció el ceño—.

Quiero decir… —Se miró la punta de los zapatos, que asomaban ligeramente por el bajo de la falda—.

Somos marido y mujer. Podemos compartir cama.

Podemos… darnos la espalda, no tenemos por qué tocarnos.

—Por no decir que algún día Creyton querría reclamar sus derechos carnales.

Sin embargo, prefirió no mencionarlos—. Somos adultos, ¿no?

Creyton cambió el peso de pie; fue el único gesto que demostraba que la había escuchado. Su rostro seguía sin mostrar ninguna emoción.

—Me comportaré —prometió él.

—Lo sé. —No tenía explicación para algo así, mas estaba segura de que iba a cumplir su palabra.

Él sonrió un poco en señal de agradecimiento. No quería hacerse la reina de la casa, no quería expulsarlo de su vida. Edeen era la recién llegada, así que era ella quien debía moldearse a aquel lugar y a sus dos habitantes.

—Te he hecho hueco en el armario. Del cuarto de los trastos te recuperaré algún baúl, para que guardes lo que consideres… Podríamos ponerlo a los pies de la cama. ¿Te parece bien?

—Emmm.

—También es tu hogar ahora —le hizo saber Creyton—. Jamás he querido una mujer sometida a mí, Edeen. Espero que sepas que apreciaré tu opinión en todo momento, incluso aunque no te la pida… o sea contraria a la mía.

Edeen asintió.

—Entonces… a los pies del lecho estará bien. Te lo agradezco.

—Te dejo instalarte. —La dejó sola, cerrando la puerta a sus espaldas.

Miró a su alrededor. Era un lugar amplio y que olía a frescura, a diferencia de su dormitorio en casa de sus padres, donde olía a sudor y madera húmeda. No había muñecas de trapo desperdigadas, ni camas colindando con las demás, ni peines por aquí y allá.

Acarició la colcha de la cama, era tan suave…

No pudo evitar pensar en la madre de Laren. Ella debió vivir también allí y elegir dónde se colocaba el armario, qué colores sentaban mejor al escoger la manta que cubría la cama.

Se sentía una impostora, un reemplazo barato, lo cual era absurdo porque no conocía a esa mujer. No sabía su nombre, no conocía su rostro, pero no podía evitar notar que había una sombra asfixiándola.

Meneó la cabeza, intentando quitarse ese pensamiento de encima, y se puso manos a la obra.

Sacó su ropa del petate y también del pequeño baúl.

Lo colgó todo del armario, a excepción de su costurero.

Alisó los vestidos con las manos y también la capa de verano.

Creyton entró entonces cargando un baúl.

—Creo que no tengo tantas cosas —susurró ella, observando cuán grande era aquel cofre precioso de color cobre con correas de cuero negro—. Se suponía que la boda iba a ser en una semana y mis padres iban a traerme lo que me faltaba. —Si bien la ceremonia se precipitó.

—Entonces les escribiremos para que nos visiten de todos modos.

—¿No te importa?

—¿Por qué iba a importarme? —La sorpresa de Creyton era genuina—. Ciertamente, me gustaría conocerlos. Fue una lástima que el jefe avanzase el enlace y tus padres no pudieran acudir. Debiste echarlos de menos.

El tono, tan delicado, tentando el camino que los separaba, le recordó al instante en que se conocieron: cuando le preguntó qué le preocupaba y le aseguró que podía imaginar cómo se sentía.

Ahora entendía por qué se mostró tan curioso y empático.

Había estado tan cegada en su dolor, en su confusión, que Edeen había pasado por alto que no había sido metiche, sino que quería saber dónde se metía.

No se había preguntado ni una vez cómo se sentía su marido al respecto.

¿Había tenido dudas? ¿Por qué había aceptado? ¿Se había preguntado cómo era Edeen? ¿El laird le habría dado algún detalle de su aspecto?

Escuchó la risa de Laren al otro lado de la puerta y la imaginó jugando con uno de sus juguetes, fantaseando, imaginando algo que la hacía realmente feliz, y le vinieron a la cabeza los momentos en que su anterior hogar había sonado exactamente igual.

—Tengo un montón de hermanas pequeñas. No creo que quepamos todos. Tal vez… no sea buena idea. —Se retorció las manos. Creyton se las cogió y les dio un ligero apretón, tratando de animarla.

—Hablaré con Gillies, para que los aloje en el castillo, e iremos nosotros.

—¿No se opondrá? Nos hemos desvinculado del clan. —Y ella había sido la primera en elegir esa opción.

—Sigue siendo mi padrino y, si le conozco un poco, no se negará, aunque quizá él ya no esté allí cuando llegue tu familia. —Torció el gesto antes de soltarla.

Creyton no tenía más familia que su hija y el laird.

Estaba solo. No tenía hermanos, sus padres habían muerto cuando era joven.

Era comprensible que estuviera preocupado por la guerra y por cómo iba a afectar eso al clan.

Uno no podía dar la espalda así como así a aquello que siempre había conocido.

Podían salir del clan, pero el clan no podía sacarse de su interior.