El marido equivocado 6
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Creyton y Laren no vivían en el castillo del laird.

La casa de la cual ahora Edeen también era dueña estaba a una hora a caballo, un poco más en carro.

La finca se encontraba algo alejada, cierto, pero se enamoró de ella en cuanto la vio.

Era una pequeña cabaña de piedras grises de una sola planta, con un bello porche de madera al que se le habían añadido bebederos para caballos; a escasos metros, estaban las cuadras cubiertas y un pequeño cercado donde había una cabra y una oveja.

Lo excepcional era el paisaje que la rodeaba.

Estaban tan cerca de la orilla del lago Ness que pareciera que caminando pudiera alcanzar en menos de un minuto sus aguas.

Todo era verde y azul, bajo un cielo despejado y un sol apagado que apenas los caldeaba, siendo los últimos rayos calientes del final del verano.

Era un lugar bellísimo; podía acostumbrarse a vivir allí. Si cerraba los ojos, podía imaginar las flores volverse coloridas en primavera, los atardeceres en otoño y los días de invierno con nieve y hielo envolviendo la cabaña.

Un tirón en la mano la apartó de sus pensamientos.

Bajó la vista hacia Laren, quien estaba sentada a su lado en la carreta.

La niña no había dejado de sostener sus dedos en todo el trayecto de vuelta a casa y le había hecho cientos de preguntas sobre su anterior hogar, sobre su hermano, sus hermanas pequeñas, sobre sus gustos y aquello que detestaba.

—¿Te gusta tu nuevo hogar? —preguntó con una esperanzada sonrisa y ojos anhelantes.

—Sí. —Fue sincera. Le devolvió la sonrisa.

—¡Bien! ¿Has oído eso, papá?

—Sí, lo he oído —respondió Creyton con una sonrisa trivial, sentado al otro extremo del banco de la carreta. Detuvo a los caballos y bajó de un salto. Le tendió los brazos a Laren—. Vamos, señorita.

La pequeña se rio. Edeen debía concederle que era bueno con ella.

Era tierno y simpático, y no requería que lo llamase «padre».

Lo contempló tomar en brazos a la niñita, besarle la mejilla y dejarla en el suelo.

Ella le mostró una mano y abrió y cerró los deditos, pidiéndole algo en silencio que él comprendió al segundo, pues se carcajeó y le entregó la llave de la casa.

Algo conmovió a Edeen. Que no escondiera el amor que profesaba hacia su hija hacía que su pecho se expandiera.

Laren echó a correr hacia la cabaña sin esconder la felicidad que sentía.

—Ahora es tu turno. —Y tendió la mano hacia Edeen.

Esta bajó sin su ayuda, a pesar de la caballerosidad del gesto.

El contacto físico entre ellos era… inexistente e incómodo.

Ni siquiera habían dormido juntos. Creyton había permanecido junto a la chimenea, cubriéndose con una manta, y ella había estado estirada en el borde de la cama, dándole la espalda y con las mantas cubriéndole hasta las orejas.

Caminaron uno junto al otro, sin hablar. Edeen no sabía cómo romper el abismo entre ambos o si era algo que quisiera hacer. Su vida anterior había desaparecido de un plumazo y adaptarse a una nueva no era tan sencillo. Laren era tan inocente que facilitaba un poco las cosas, pero no lo suficiente.

Creyton desató los caballos y los ató al bebedero. Dejó la carreta apoyada contra un lateral de la casa, después de bajar el petate y el diminuto baúl de Edeen con un jadeo de esfuerzo. Aunque los músculos de sus brazos eran brutales, hasta el punto de apreciarse a pesar de las capas de ropa.

Se sintió culpable al instante. No debería estar admirando la fuerza de otro hombre que no fuera Laochailan. Era absurdo sentir que estaba engañando a alguien que la había abandonado.

Desvió la mirada y observó la casa. Laren había entrado ya y se podían apreciar colores madera en el interior. Parecía acogedora. Dio un paso hacia allí y se preguntó si iba a encajar en aquella bonita cabaña, que desde el exterior parecía acogedora.

—¿De verdad te gusta? —Esta vez la pregunta la hizo Creyton, quien se detuvo a su lado y apoyó la muñeca del brazo en el mango sobresaliente de su espada. Miraba el interior de la casa a través de la puerta, como si fuera la primera vez que lo viera.

—Creo que me acostumbraré a vivir aquí. —O eso quería decirse a sí misma.

Dio un paso hacia la entrada.

—¡Noooooooo! —Laren gritó a la par que corrió hacia ella. Se detuvo en seco frente al umbral y puso la mano extendida, con la palma apuntando hacia ellos—. No puedes entrar así. —Era tan dulce cómo se entorpecía con las «s» y las «r»—. ¡Papá! ¡Debes cargarla la primera vez que entre aquí!

A Edeen se le formó un nudo en la garganta.

—¿Quién te ha dicho eso? —Creyton parecía tan fuera de su piel como ella misma.

—Morgana —sonrió la pequeña. La sirvienta tenía buen corazón y parecía esperar que su unión terminase siendo, como mínimo, afectuosa a pesar de sus inicios—. Debes hacerlo, papá —alargó de más la última sílaba—. ¡Trae mala suerte!

Los escoceses podían ser muchas cosas y «supersticiosos» sin duda era uno de los adjetivos que más los caracterizaban. Edeen sintió que se sonrojaba de pies a cabeza, mientras que Creyton soltaba un larguísimo suspiro.

—Laren…

—¿Y si enfadamos a las hadas y…? —La miró de reojo antes de acercarse a su padre, tirar de su kilt y esperar a que este se agachase para susurrar—: ¿Y si se la llevan como hicieron con mamá? —No habló tan bajo como para que Edeen no pudiera escucharla.

Entonces comprendió por qué Laren había sido tan amable desde la mañana anterior, por qué era todo sonrisas y trataba de hablar con ella de cualquier cosa, aunque fuera insignificante.

La niña deseaba una madre y, ya que ella era la elegida para ser la mujer de Creyton, le resultaba idónea para el papel. Le parecería bien aunque fuera más mayor y la tratase con repulsión por sus ojos bicolores.

Laren quería una figura materna que la quisiera, a la que amar.

No quería el corazón de la niña por necesidad. Quería ganárselo porque ambas sintiesen afecto real y tangible. El primer paso era establecer una relación con ella; un vínculo que no estuviera basado en ilusiones, en sueños secretos o en obligaciones que vinieran de un contrato matrimonial.

Con expresión resignada, Creyton levantó la vista hacia ella y Edeen se obligó a relajar cada pulgada de su cuerpo.

—Deberás cargarme, pues —cedió ella.

Su marido se levantó y Laren chilló de felicidad, antes de adentrarse en la casa.

Creyton le pasó un brazo por debajo de las rodillas y otro por la espalda y, en menos de dos segundos, Edeen se encontró siendo alzada contra el cuerpo masculino.

No pudo evitar lanzar una exclamación y pasarle los brazos por el cuello.

Cuando entraron en la cabaña, Edeen pudo observarla mejor.

Un amplio salón con chimenea, dos butacas, un par de mesitas los esperaba al fondo.

Hasta llegar allí, había una amplia mesa con varias sillas y una cocina con hornillos de fuego, algo carísimo y que nadie de su familia se había podido permitir jamás.

Había tres puertas: dos a la derecha y una a la izquierda.

Imaginaba que allí estaban los dormitorios.

Tragó saliva. Como había dormido sola esa noche, no se había preguntado si Creyton y ella compartirían habitación. ¿Cuánto margen le iba a dar respecto a…? Se sonrojó todavía más.

Cuando sus pies volvieron a tocar suelo, Laren aplaudió. Edeen le sonrió.

—¡Es perfecto! —gritó la niña—. ¡Ven! ¡Ven! —La cogió de la mano y tironeó de ella hacia la puerta que quedaba a la izquierda—. Aquí duermo yo.

Era una estancia amplia, con una ventana por la cual entraban los rayos de sol a raudales.

Había una cama sencilla, estrecha, pegada a la pared contraria.

También había un taburete donde había una copa de madera, y había un pequeño armario al fondo.

Edeen se aproximó a una caja que había bajo la ventana y cogió los juguetes de madera que había en su interior.

—Los ha hecho papá —le contó Laren—. Son para mí. ¿A que son bonitos?

Edeen sostenía un caballo de madera en la mano derecha y lo que parecía una especie de maza en miniatura. Los detalles eran perfectos. Eran piezas pensadas para que ni una sola astilla lastimase la piel de ningún infante. Se notaba que se habían hecho a conciencia, con pura devoción.

Debía admitir que había sido afortunada.

Creyton no se había comportado como un ogro para con ella, aunque no habían empezado con buen pie tras el granero.

Ahora podía ver que él había sabido en todo momento quién era Edeen; todo cuanto intentaba era averiguar a través de aquella conversación cómo se sentía ella al respecto.

—Debes pasártelo muy bien. —Se los entregó.

Laren se sentó en el suelo y empezó a jugar con el caballo, dejando el otro muñeco en la caja.

Edeen se levantó, le peinó el pelo y se volvió hacia la puerta.

Creyton estaba apoyado en el umbral, contemplándolas.

Era imposible adivinar qué estaba pensando.

Apenas asintió antes de apartarse para dejarla pasar.

Una de las puertas que había en el otro lateral de la casa estaba abierta.

—He dejado tus cosas dentro —dijo él mientras entornaba la de Laren.

Edeen caminó hacia lo que, sin duda, era su dormitorio.

No se equivocaba. Había una gran cama de matrimonio, dos armarios y un par de muebles auxiliares junto a cada lado de las almohadas.

Era un gran camastro acolchado, nada que ver con el lugar donde dormía con sus hermanas.

La cabaña era pequeña, pero contaba con más lujos que su casa familiar—.

Pronto traerán telas nuevas para que puedas elegir si quieres cortinajes en la ventana; puedes negarte, por supuesto.

El laird también quiere regalarnos varios juegos de sábanas.

—Es todo un detalle.

Creyton se frotó el cuello.

—La otra habitación es un cuarto lleno de viejos cachivaches. Tengo que cuidar de las tierras que cultivo al sur, pero iré sacando las cosas para instalarme. Mientras, dormiré en una de las butacas, así que puedes estar tranquila.

Edeen miró por la ventana que había justo sobre la cama.

Era una vista preciosa del lago Ness. El agua reflejaba la luz como si fuera una perla de tamaño considerable.

El verde que había a sus pies era atrayente y el horizonte eran árboles desdibujados.

Cualquier pintor que se preciase querría plasmar una mañana así.

—¿Cuántos años hace que vives aquí? —preguntó.