El marido equivocado 5
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Morgana la acompañó al dormitorio y la ayudó a desnudarse en silencio después de la copiosa comida y de un montón de bailes encadenados entre ellos, acompañados de mucho whisky y el sonido de las gaitas. Las cuales todavía estaban sonando por el castillo.

Ambas sabían lo que la gente pensaba que iba a suceder una vez que Creyton cruzase el umbral de la puerta. Todo el mundo esperaba que se acostasen esa noche. Durante siglos se habían sucedido los matrimonios concertados y la noche de bodas siempre se había consumado. Ellos no serían distintos.

Edeen se pasó una mano por el rostro y posó sus ojos sobre la cama, preguntándose qué esperaría su marido.

Mientras se pasaba el camisón por la cabeza y las mangas por los brazos, dio gracias de haber comido poco a lo largo del día.

Estaba revuelta. Su madre siempre había sido sincera con sus hijas sobre qué se esperaba de ellas, antes y después de pasar por la vicaría, así que Edeen era conocedora de sus obligaciones conyugales.

Su madre decía que era doloroso al comienzo, las primeras veces, y que luego todo se volvía rutinario, sencillo, liviano.

¿Estaba Edeen preparada para todo eso? No podía negarse.

Su madre había sido clara y el capellán había dejado caer en su discurso, ese que ella había oído en la lejanía de sus pensamientos, que era su obligación estar siempre a su disposición.

Iba a tener que quitarse la ropa delante de Creyton en cuanto este llegase. Iba a tener que tumbarse en la cama y dejar que poseyera su cuerpo. Resultaba desagradable pensarlo. Quizá si fuera Laochailan la idea resultaría más apetecible.

—No esté nerviosa —le pidió Morgana mientras avivaba el fuego de la chimenea—. Si se inquieta, será peor.

—Ojalá pudiera tranquilizarme.

Si fuera tan sencillo… Si pudiera aplicar a la práctica aquello que su cabeza le pedía.

—Hay hombres que se toman su tiempo para que no duela tanto. Otros son más directos. Confíe en que Creyton será de los primeros. —No parecía muy convencida, y es que no conocía en absoluto cómo era aquel hombre como amante, pero intentaba transmitirle un poco de paz en medio de semejante caos.

No era lo mismo un matrimonio por amor que uno dispuesto por terceras personas. Estaba convencida de que Laochailan sería un amante preocupado por su bienestar, pero alguien que se había encontrado con una esposa por conveniencia… ¿Cómo sería? ¿Qué haría Creyton?

Sobre todo teniendo en cuenta que ya había estado casado antes y había enviudado en algún momento tras el nacimiento de su única hija.

Lo había visto comportarse con Laren como un verdadero padre.

La había ayudado a cortar la carne, le había reñido al verla comer tarta con demasiado ahínco, le había advertido que la copa de whisky no era algo que pudiera tocar y la había sacado a bailar varias veces.

Ellos mismos también habían bailado en un par de ocasiones. Se habían movido con incomodidad por el salón cuan largo y ancho era, bajo la atenta mirada de aquellos que también se habían atrevido a susurrar a sus espaldas cuando era Laren quien danzaba con Creyton.

Estar entre sus brazos había resultado tan extraño como cargar con su anillo. Todavía no sabía cómo sentirse al respecto y no estaba segura de querer descifrarlo.

—Debe tener fe en que le irá bien —añadió Morgana, haciéndola regresar al presente.

—Gracias.

No sabía qué más decirle y la doncella recogió el agradecimiento con una sonrisa.

Morgana la ayudó a meterse en la cama. La tapó con mimo con las mantas, como lo haría una madre, y el gesto enterneció a Edeen. Se había sentido tan sola aquel día. Ojalá su familia al completo hubiera podido presenciar la ceremonia; quizá en esos momentos no tendría tanto miedo.

No supo cuánto tiempo pasó mirando el techo, notando los huesos temblar bajo la piel hasta el punto de que la piel estaba vibrando, el vello de la nuca erizado… Era una anticipación áspera, una excitación incómoda.

Creyton entró en el dormitorio y cerró la puerta tras él poco a poco, haciendo girar luego la llave.

La cerradura crujió y fue como recibir un disparo en la boca del estómago.

Sus nervios aumentaron. Fue incapaz de mirarlo mientras se servía una copa y se la bebía de un trago frente al fuego.

No pudo evitar aprovechar que no le prestaba atención para escurrirse más, taparse más, esconderse más contra la ropa de cama.

Si tan solo pudiera fusionarse con las mantas, lo haría gustosa.

—Entiendo que no me quieras cerca, Edeen, y mucho menos sobre tu cuerpo —evidenció él entonces, con voz queda, tomándola totalmente por sorpresa; todavía encaraba el hogar—. No pretendo aterrarte, y mucho menos forzarte.

Resultaba tranquilizador, pero era complicado aligerar la respiración, relajar los músculos. Una parte de ella continuaba alerta, esperando que se abalanzase sobre la cama.

—¿Podrías… darme la espalda? —preguntó Creyton. Edeen enarcó una ceja—. Por favor.

Vaciló, pues no sabía si iba a atacar por la espalda como un cobarde, mas en sus ojos no se apreciaba ni un ápice de maldad. No parecía de los que traicionaban. Tampoco le había dado motivos para ser recelosa en las pocas horas que lo conocía.

Se recordó que se había portado muy bien con ella.

Después de la ceremonia, había sido agradable, amable y hasta piadoso.

No le había dado motivo alguno para hacerle creer que era una mala persona.

Por no hablar de que Laren lo miraba con adoración, y los niños solían notar si una persona tenía malas o buenas intenciones.

Con el corazón alborotado, finalmente hizo lo que le pedía.

Escuchó siseos, susurros de ropaje, y se puso frenética. Se aferró a las sábanas hasta que pudo notar las uñas traspasar la tela y clavarse en las palmas de sus manos. ¿De veras se atrevía a confiar en él? ¿Tenía palabra?

Era el momento de darle un voto de confianza. Obligó a su cuerpo a relajarse y a focalizarse en los siseos de las telas de la ropa de Creyton, pues podía llegar a sosegar su mente. Los músculos se volvieron de mantequilla fundida.

Treinta segundos después, no pudo evitar girarse y contemplarlo mientras se desprendía de la ropa. Lo hacía lentamente. Edeen no pudo evitar preguntarse si estaba intentando no hacer ruido o un movimiento que la alterase más.

En cuanto su espalda fuerte quedó al descubierto, Edeen pensó que parecía hecho de mármol.

Parecía duro como una piedra; sus músculos resaltando agresivamente bajo la piel.

Nunca había podido apreciar tan de cerca la belleza masculina, mas debía admitir que su padre, Stewart o Laochailan no tenían semejante tamaño en cuanto a hombros, espalda…

Cuando se quitó el kilt, volvió a darle la espalda como le había pedido. No iba a contemplarle el trasero desnudo. Los latidos erráticos de su corazón bombeaban en sus oídos y no pudo escuchar cómo dejaba la ropa doblada sobre una silla y se servía más whisky.

—Mmmm —farfulló Creyton contra la copa de alcohol—. ¿Podrías echar un poco más de leña al fuego?

No parecía esperar una mujer sumisa. Estaba siendo educado, pidiéndole las cosas con mucha cortesía. Se levantó y se bajó la camisola todo lo que pudo, aunque era imposible esconder sus piernas, desprovistas de medias.

Hizo todo lo posible por no mirarlo. No quería evidenciar su desnudez, y sobre todo no deseaba mirar lo que tenía entre las piernas…

Su marido tomó la daga que pendía del cinturón, que colgaba de la silla.

La sacó de su funda y la contempló por segundos, como si estuviera sopesando su liviana pesadez, su imponente y afilada hoja contra los dedos.

Se la pasó a la otra mano. Volvía a estudiar su tamaño y su peso. Se giró hacia la cama.

Edeen, que había estado agachada frente al fuego para echarle más leña, tal como él le había pedido, dio un brinco y se apoyó en la repisa como si esta fuera un arma arrojadiza.

Se preguntó qué iba a hacer con la daga.

Durante unos instantes, temió que quisiera usarla en su contra.

¡No había tardado ni dos minutos en aniquilar sus ganas de confiar en su persona!

No obstante, para su sorpresa, Creyton apartó las mantas y las sábanas con la mano libre y luego la extendió. Se dio cuenta entonces de que, pese a estar sujetando la daga con la mano izquierda…, no le sonaba que fuera zurdo.

—¿Pero qué…?

Horrorizada, con un nudo en la boca del estómago y advirtiendo una extraña sensación de terror y rubor trepándole por el cuello, vio cómo Creyton se cortaba la palma de la mano derecha. El gesto fue tan brutal que olvidó que ella estaba vestida y él no.

Con los ojos muy abiertos, la muchacha se quedó sin aire cuando vio cómo varias gotas de sangre caían, espesas y escarlatas, sobre las sábanas que cubrían el colchón. La rojez, brillante y fresca, se expandió en aquella blancura que parecía nieve recién caída. Fue como una mancha que la mareó.

Aún consternada, levantó la vista hacia el rostro de Creyton y vio que en sus ojos centelleaba el dolor. Fue fugaz. Poseía el cuerpo de un guerrero, así que era de suponer que el sufrimiento que había vivido fue efímero.

Como si nada, el hombre caminó hasta el escritorio que había en un rincón y tomó la copa que había estado usando momentos antes.

Apuró el whisky y luego la rompió con brutalidad contra el escritorio.

Edeen se cubrió la boca con las manos para acallar un grito.

¿Su marido había perdido la cabeza? ¿Por qué se lesionaba así? ¿Por qué rompía una pieza tan cara?

No comprendía su actitud. Sin embargo, se acercó para ayudarlo a cubrirse el corte con un pañuelo. Creyton no podía envolverse la mano y hacerse un nudo junto a la muñeca sin ayuda. Lo hizo por él, en silencio. No sabía qué decir.

—En lo que a nuestra noche de bodas concierne…

—empezó a decir él en un susurro solo para ella, como si temiera que los cuadros o los tapices pudieran oírlos—, se ha consumado.

Esa sangre es tuya. —Ante aquella afirmación, que no era más que una mentira, Edeen se quedó sin aire—.

Me he cortado cuando la copa se me ha resbalado y se ha roto contra la mesa. ¿Entendido?

Edeen volteó la cabeza y miró la cama, que hasta hacía escasos segundos se le había antojado un verdadero peligro. Vio la mancha, intensa, cada vez más grande. Le dio pudor contemplarla, por más absurdo que pareciera, y volvió a concentrarse en anudar el pañuelo sin hacerle daño.

Se suponía que aquella era su virginidad, su virtud.

Por las palabras de Creyton, allí permanecería como prueba para acallar a los criados y a aquellos que dudasen de la validez de su unión, pero la realidad era que no harían nada.

No consumarían el matrimonio, no aquella noche.

Tal como había anunciado nada más llegar, no la obligaría, no la forzaría.

En cuestión de segundos, comprendió que efectivamente no iba a tratarla como si fuera algo de su propiedad que pudiera usar cuando le apeteciera.

El cuerpo de Edeen se relajó al punto, hasta que casi perdió el equilibrio. Plantó ambos pies en el suelo con fuerza para poder mantenerse erguida.

No había lugar para sentirse rechazada. No había cabida para la desconfianza. Su esposo estaba portándose como un caballero para con ella, tratándola como un ser humano, un igual.

—¿Entendido, Edeen? —volvió a preguntar, dejando la daga en el escritorio para usar el índice de la mano sana para levantarle la barbilla.

Esos ojos azules la absorbieron unos segundos, hasta que la imagen de las sábanas teñidas de rojo se superpuso y le puso la piel de gallina.

—Sí.

—Bien. —Se apartó de ella y se aproximó al fuego para sentarse en el suelo, junto a las llamas.

El hombre apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos.

Edeen estaba más que segura de que le dolía la mano, pero el escozor de la herida menguaría con cada minuto que pasara.

Para el amanecer, no recordaría que tenía una incisión en medio de la palma.

Sin embargo, ella sí se acordaría del gesto que había tenido con ella… toda la vida.

—Edeen —la llamó. Con un parpadeo, ella volvió en sí y lo miró con los ojos todavía llenos de bruma—.

Deberías acostarte. —Ella miró la cama como si la mancha de sangre fuera un animal venenoso que pudiera matarla en cuanto se echase a dormir.

Negó con la cabeza—. ¿Por qué no te sientas conmigo hasta que se seque?

—sugirió entonces—. El fuego hace que la temperatura sea… agradable.

Era ir a la cama o acompañarlo junto al hogar.

Teniendo en cuenta que la primera opción eran sábanas frías manchadas de sangre fresca y la segunda era una pared dura muy cerca del fuego, que daba calor…

No tuvo que pensarlo dos veces. Se sentó en el otro extremo del hogar.

La piedra en la que reposó su espalda estaba caliente.

Suspiró. Volvió a relajarse. Estaba agotada.

Había madrugado para ir hasta allí; el caballo la había dejado con los muslos agarrotados, así que posiblemente tendría calambres durante días; luego, la habían aseado y se había casado con un hombre que no amaba; había sido partícipe en una charla con el jefe del clan,

con quien luego había comido junto a más personas; había perdido su identidad, su familia, para crear una nueva; había descubierto que era madre de una niña de cuatro años; y había creído que tendría que cumplir con sus deberes conyugales, solo para descubrir que su esposo iba a darle un respiro,

como si supiera que esa tregua era todo cuanto necesitaba.

Había sido una jornada muy larga, intensa, emocionalmente dura.

Cerró los ojos.

—Lo siento —dijo entonces Creyton.

Edeen lo miró sin poder esconder su sorpresa.

—¿Qué sientes? —No comprendía.

—Siento que te hayas visto envuelta en este matrimonio sin saber toda la verdad.

—¿Te refieres a Laren?

—Gillies debió decirte que tenía una hija pequeña —apuntó él tras asentir.

Suspiró y se pasó una mano por el pelo; la cinta que lo sujetaba se soltó y varios mechones se movieron hasta enmarcarle las mejillas—.

No es justo que entrases en este matrimonio desconociendo algo así.

¿Quieres…? —Pareció dudar, pero carraspeó y la miró a los ojos—. Podemos solicitar la nulidad.

Edeen paseó la mirada del hombre al lecho nupcial y luego volvió al rostro de su marido. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que le hiciera un cardenal en las costillas.

—¿De veras harías algo así?

—Por supuesto. —Creyton parecía ofendido porque cuestionase que estuviera siendo honesto—. Será un enredo burocrático y el laird pondrá el grito en el cielo, pero podemos…

—No —susurró Edeen, meneando la cabeza. Su «situación» estaba bajo control mientras estuviera casada. Si pedían la nulidad, las habladurías se reforzarían y no solo condenaría a sus hermanas, sino a la familia entera—. Está bien así. Laren parece muy agradable.

—Es una niña maravillosa. Te robará el corazón si le das una oportunidad.

Ella también lo creía. Solo esperaba encajar en sus vidas y que ellos encajasen en la suya. Parecía ser que iban a estar muchos años juntos y era necesario llevarse más que bien para poder ser un poquito felices…