El marido equivocado 4 #2
13%

4 #2

Laren vaciló. Miró la puerta, por la cual se colaba la iracunda voz de Creyton. Entonces, miró hacia el final del pasillo, donde estaba la muchacha que no había escondido su reticencia. Se lanzó a sus brazos y Edeen la acogió con cuidado. Le peinó el pelo con la mano mientras la sujetaba.

Laren podía terminar odiándola si lo deseaba.

Era factible que terminase por no aceptarla cuando viera que andorreaba por su casa y usaba sus cosas, limpiaba su ropa y demás.

No obstante, en esos momentos, esa opción le era indiferente.

Edeen sentía una presión en el pecho inexplicable.

Quería protegerla. Quería cuidar de aquella pequeña niña tan singular.

Quizá el amor que sentía por sus hermanitas hubiera allanado el terreno, pero había notado que un cariño genuino chisporroteaba en su interior cuando Laren empezó a hablar con ella. No es algo que sucediera a menudo. Nunca había sentido aquella chispa antes.

—¿Por qué no vuelves al salón? —le sugirió. Laren se balanceó sobre sus pies, sin saber bien qué hacer—. Tu padre y yo iremos en un rato.

—De acuerdo. —Parecía resignada, pero obedeció.

Edeen se levantó y se pasó una mano por la cintura, dándose unos segundos para registrar lo que acababa de suceder.

No habían sido ni cinco minutos en el corredor y sentía que Laren se había adueñado de una parte de su ser.

¿Cómo era posible? Quizá sus ojos sí fueran capaces de lanzar hechizos y la cría fuera de otro mundo, si bien no iba a cuestionar la brujería que la había embelesado.

Entró de nuevo en el despacho y Creyton no pareció percibir su presencia.

—¿Cuándo vas a dejar de jugar con nosotros?

El laird se levantó y Edeen se quedó varios pasos por detrás de su esposo por instinto.

—Cuando firmes esto y te desvincules de mí.

—Puso la mano sobre el documento de cesión y lo empujó hasta el borde de su gran escritorio.

Su mirada era gélida, con rastros de solemnidad—.

Estampa tu firma y la casa donde vives será vuestra.

No me deberás nada. No me rendirás cuentas en ningún aspecto.

Nuestros caminos se separarán y te vigilaré desde lejos.

No más intromisiones —prometió, añadiendo la coletilla al verlo dudar.

La nuez de Creyton bajó y subió repetidas veces mientras un músculo palpitaba en su mandíbula. Tomó la pluma que el señor Duncan le tendía. No obstante, en vez de firmar, se volvió hacia Edeen y se la ofreció.

Sus ojos azules eran claros y estaban despejados, a pesar de que se podía ver el sufrimiento en cada pulgada de su rostro.

—La decisión es tuya —musitó.

—No…

—Insisto. —La mano de su esposo tomó la suya y, con la otra, le puso la pluma entre los dedos—. La elección es tuya. Podemos ser libres de él… —Fulminó con la mirada al laird, quien se había vuelto a sentar—. O podemos continuar atados al clan, al apellido. Ambas opciones me parecen bien.

Edeen tragó saliva. Servir al laird suponía que trabajaban sus tierras, le daban unas cuantías cada año por ello.

Ni siquiera eran dueños de su propio destino, pues él podía hacer y deshacer en sus vidas a su antojo.

Siempre tendrían que darle explicaciones.

Pelearían a su lado, por sus causas, y estarían dispuestos a morir y a matar por él.

A cambio, recibirían su favor y su protección, pero solo hasta donde su poder mortal permitiera.

En tiempos de cambio, de revolución y guerra, nada de eso estaba garantizado.

Al contrario, si la cosa se ponía fea en el campo de batalla, el laird podría reclamarle a su ahijado que lo acompañase y Edeen se quedaría sola con una hija desolada por la marcha de su padre. Podría terminar siendo viuda.

Si los jacobitas perdían, entonces podría encontrarse con el peligro de frente, mirándole a los ojos, reclamándole que estuviera al servicio de un traidor. Pagaría las consecuencias y no tendría respaldo alguno.

Ni siquiera tendrían dinero. Todo se iría a las cuentas de aquel gran castillo. Pasarían hambruna y penurias. Los tiempos que se avecinaban eran oscuros y Gillies les estaba ofreciendo un salvoconducto sin pedir nada a cambio.

Desvinculándose del clan, si el laird peleaba en el lado equivocado de la historia, ellos no serían culpables. Nadie les perseguiría. La cárcel o la horca no serían su destino.

Si Creyton desease ir a batallar, como había hecho Laochailan, ella no podría hacer nada. Mas, si se quedaba, siempre contaría con su espada como escudo. No tendría que aguantar una guerra y posguerra por sí misma.

Tragó saliva. La independencia daba miedo, sobre todo la económica. Si las tierras o el ganado se iban a pique, Gillies no les apoyaría. Estarían solos. Pero quizá fuera la mejor opción ahora que todo estaba poniéndose del revés.

Edeen firmó donde el señor Duncan le indicó. No sabía si estaba haciendo lo correcto, pero sentía que era el único modo de mantenerse a salvo de todo lo que pudiera venir.

Su marido tomó la pluma y estampó su firma junto a la suya. El abogado hizo lo propio, como testigo de la transacción.

—Bien. Lo fecharemos en un año para atrás —informó entonces el señor Duncan.

—¿Cómo dice? —Creyton enarcó una ceja en una mirada mortífera.

—Si los jacobitas perdemos y los ingleses se ponen estrictos, es mejor que crean que tu retirada del clan fue antes de los alzamientos —comentó el laird.

—Hemos hablado con el párroco y ha hecho constar en todos los documentos que la boda se celebró hace un año. También hemos podido sobornar a los de la imprenta… —añadió el abogado.

—En estos tiempos, todos quieren hacer cajón por si pasa algo. Así que tenemos diarios hablando de vuestro enlace próximo y de lo bella que iba la novia. Os los entregaré para que los podáis guardar.

Edeen supuso que les estaban haciendo un gran favor tomándose tantas molestias, pero no le gustaba la idea de pensar que la guerra podría salir mal.

Sobre todo porque eso significaría que habría bajas en batalla y, posiblemente, después como represalias.

Y en esos escenarios no era solo Laochailan quien saldría perdiendo, sino también su hermano mayor.

Y, después de perder al amor de su vida, no sabía si estaba preparada para sobrellevar el duelo de Stewart.