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Mientras la gente empezaba a beber frente a mesas llenas de comida, los novios fueron llevados hasta el despacho del jefe.
Gillies les esperaba en su asiento, fielmente acompañado de un señor que se presentó como Andrew Duncan, su abogado.
Su rostro larguirucho, con patillas y un bigote desigual, le resultaba conocido de haber estado presente en el granero.
—El laird desea hacerles un regalo de boda para felicitarles por su unión —expuso el hombrecillo. Pasó por encima de la mesa un gran documento—. Agradeceríamos que le echasen un ojo y lo firmasen.
—¿Un regalo de boda? —preguntó Edeen, confusa.
El jefe le había arreglado un matrimonio, le había salvado el pellejo y había impedido que sus hermanas se convirtieran en apestadas como daño colateral.
Aquello era suficiente regalo para alguien que se había quedado al borde del exilio tan poco tiempo atrás.
Sin embargo, pronto se percató de que el presente no iba dirigido a ella, sino a su ahijado.
Creyton se acercó con un gruñido. Le dejó espacio para que Edeen pudiera leer también el documento.
Hablaba de una propiedad en una zona cercana al lago Ness, de la cual ellos dos iban a ser los dueños a partir de ahora. Se mencionaba una desvinculación, algo que ella no sabía comprender. Las piezas de todo aquel enredo eran extrañas.
Creyton se apoyó en la mesa con ambas manos, dando un fuerte golpe, y se inclinó hacia delante con un aire… amenazador.
Por supuesto, el laird ni se inmutó desde su gran silla. Él era el jefe. Él mandaba. Imponía respeto y autoridad, así que nadie osaría ir en su contra. Sería un suicidio en muchos aspectos.
—¿Qué demonios ocurre aquí? —quiso saber. Su voz emanaba el mismo peligro que su espalda erguida y sus hombros anchos.
—Te considero de mi familia, Creyton. Le prometí a tu padre que, cuando faltase, cuidaría de ti. Soy consciente de que no te lo parece, mas es lo que hago. —El laird habló con tanta lentitud que parecía que estuviera hablando con alguien que no sabía juntar dos palabras seguidas.
—No te estoy entendiendo, Gillies. —Cada palabra salía envenenada de su boca—. Ya lo intentaste hace cuatro años, ¿recuerdas?, y me negué. No quiero tu caridad.
—La generosidad del señor…
—Se avecina una guerra, hijo. —El jefe cortó a su abogado sin lucir culpable por el desaire.
Su ceño se frunció—. Lo que ha ocurrido el último mes en Escocia es…
el precedente de algo que será muy grande.
Llegaremos lejos, puedo presentirlo. Esta vez, nuestra rebelión llegará a buen puerto.
Pero… —Su entrecejo se arrugó todavía más—.
No descarto que los ingleses puedan vencernos.
»Tengo presente el hecho de que puedo morir en la guerra.
No soy un chaval. Mis rodillas se resienten.
Mi espalda no es la que era. —Se estiró levemente para dar sentido a sus palabras—.
Y mi pulso también empieza a flaquear, a la par que mis reflejos, pero mis convicciones me guían y me amparan.
Tenía una deuda… —Miró a Edeen, quien se puso tensa—.
Y la saldé para no presentarme ante el Altísimo con semejante asunto pendiente.
»¿No lo entiendes, Creyton? Puedo dejar todo mi clan y mi castillo en buenas manos. Tengo gente preparada a mi servicio y les confiaré mi hogar hasta que pueda regresar de la batalla…, si no muero. Sin embargo, tú eres un cabo suelto.
Aquel hombre, tan poderoso y fuerte que imponía con solo mirar, amaba realmente a aquel chico. Edeen no pudo evitar sentir que el corazón se le ablandaba al punto. El regalo de boda, fuera lo que fuera, solo era una demostración de ese afecto. ¿Por qué Creyton se lo tomaba tan a pecho?
—¿Por eso orquestaste una boda en menos de veinticuatro horas? —Creyton estaba… furioso. Por cómo las aletas de su nariz estaban dilatadas, sus mejillas sonrosadas y sus ojos bien abiertos, no había dudas de que la explicación de su padrino le había irritado más que aquel documento.
—¡No tenía otra opción! ¡Tú solo no puedes encargarte de las tierras y de Laren! —exclamó un hastiado laird, echándose hacia delante en su asiento—. Si te casas, por lo menos sé que alguien cuidará de ti cuando yo no esté.
Creyton bufó y se fue hacia el mueble donde Gillies tenía el alcohol.
—Os estoy ofreciendo una casa.
—Mi hogar siempre ha pertenecido…
—Al clan. Tu padre empezó a vivir allí cuando desposó a tu madre, pero es mía.
No tengo intención alguna de pedirte que te marches, pero creo que es pertinente que ahora esté a vuestro nombre, para que vuestra descendencia jamás tenga que darle explicaciones a nadie.
Os desvinculo del clan… —¿Eso era lo que ponía en el documento?
; Edeen sintió que se le secaba la boca—.
Para que, si perdemos esta guerra, nadie llame a vuestra puerta y os castigue u os eche.
Estoy pensando en vuestros futuros hijos y en Laren.
Su esposo se sirvió una buena copa de whisky y, antes de darle un trago, lo señaló con el dedo.
—No vuelvas a meter a Laren en esto.
—Voy a protegeros a los dos. A los tres —se corrigió, lanzándole una mirada rápida a Edeen. Parecía que acababa de reparar en que seguía allí, como si tuviera otro sitio al que ir mientras ellos discutían.
—Mi hija no es asunto tuyo.
El corazón de Edeen se detuvo. Se había preguntado quién era Laren, por supuesto, pero su cerebro jamás imaginó que Creyton tuviera…
—¿Una hija? —pensó en voz alta, notando que se mareaba.
El anillo de casada ahora pesaba más que nunca, y por eso tuvo que apoyar la mano en la mesa. No sabía si sería capaz de sostenerse en pie si no se agarraba fuerte. Sintió la madera clavarse bajo la tierna piel de las uñas.
—¡¿No se lo dijiste?! —El grito de Creyton podría haberla asustado de no estar tan confundida en esos momentos.
No solo se había casado y había ganado el título de esposa, sino que iba a tener que ser madre.
Le gustaban los niños. A veces había cuidado de los hijos de la vecina de manera puntual.
Sus hermanas lo eran todo para ella y Edeen había aprendido a tener paciencia, a escucharlas, a responder ese sinfín de preguntas absurdas o curiosas que siempre andaban formulando.
Había aprendido a educarlas, tanto en valores como en conocimientos y tareas del hogar.
No es que se le fuera a dar mal ejercer de madre, pero no era lo mismo ver nacer y crecer a sus hermanas pequeñas que encontrarse con una niña…
¿de qué edad? Creyton no parecía muy mayor, pero, si había sido precoz, quizá Laren ya tuviera doce o quince años.
Era una edad muy complicada y demasiado cercana a la suya.
Sería una especie de madrastra y tal vez no pudiera ganarse su estima o su respeto.
Dios santo.
—Puede que omitiera ese detalle.
—No puedo creerlo. —Creyton se acercó de nuevo hasta la mesa.
—Necesito un minuto —musitó Edeen, antes de girar sobre sus talones y salir del despacho. Nadie la detuvo, por fortuna.
Sentía que le faltaba el aire. Se arañó el cuello como si cada rasguño pudiera dejar entrar algo más de oxígeno a sus pulmones. Fue en vano.
—No somos soldados a tu servicio. ¿Acaso crees que somos marionetas? —Escuchó que decía Creyton. Incluso en la distancia y con un muro de piedra de por medio, podía percibirse su indignación.
—¿Estás bien?
La voz le hizo dar un bote y se giró hacia el pequeño cuerpo que había a escasos pasos de ella. Era una niña pequeña, de menos de cinco años, con el pelo suelto sobre los hombros y un peluche colgando de su mano. Imaginó quién era: ese pelo rubio tan brillante…
—Hola —murmuró con las cuerdas vocales agarrotadas. Se agachó para estar a su altura. La voz del laird llegaba amortiguada a través de la puerta—. Soy Edeen.
Sus ojos eran enormes y la miraban con una mezcla de vergüenza e inocente curiosidad.
Era una mirada distinta, llamativa. Tenía un ojo de un bello color azul, claro como el cielo de julio.
Heredado de su padre, sin duda. El otro era de un tono verde iridiscente.
Parecía una esmeralda húmeda por la brisa del mar, con motas de oro alrededor de la pupila de ónice. Una verdadera preciosidad, pensó.
—Lo sé. —La pequeña sonrió un poco; las mejillas tenuemente manchadas de granate—. Eres la esposa de mi papá. —Hablaba con la dificultad que poseen los infantes de su edad—. Yo soy Laren.
—Encantada, Laren.
—No me dejaron ir al granero, pero te vi cuando ibas hacia allí —confesó en voz baja, como si hubiera cometido una verdadera travesura. No parecía que fuera a ponérselo difícil. Su ansiedad empezó a reducirse—. Eres… —La miró con la cabeza ladeada—. Muy guapa.
—Gracias. Tú también eres muy bonita.
Ella le sonrió como si acabase de decirle algo realmente valioso, precioso.
—¿De veras?
Edeen fue a responder. Vio en ese preciso instante cómo una criada pasaba por allí, cargada con vino, las miraba y, al posar la vista en la niña, apretaba el paso. Laren también se percató, porque agachó la cabeza y se abrazó a su conejo de peluche.
—Les doy miedo. —Parecía a punto de echarse a llorar.
Por eso le había preguntado si realmente creía que era bonita, porque no estaba acostumbrada a recibir semejante trato.
—Oh, cariño. —Sintió un torrente de emociones al instante y, cuando la pequeña levantó la mirada y vio aquellos ojos llenos de lágrimas, algo en su corazón sufrió una modificación.
Fue un cambio instantáneo e irracional. Edeen no sabría decir si fue instinto maternal, una conexión animal o una mezcla de empatía y compasión, pero se sintió mal por Laren.
No merecía que nadie la observase como si fuera un monstruo.
¿Quién podía temer a un infante? ¿Quién podía despreciar una mirada tan luminosa e inocente?
Supo que no iba a tolerar que nadie le hiciera daño.
—¿Puedo abrazarte? —preguntó Edeen.
—¿Me estás… pidiendo permiso? —Laren sorbió por la nariz y se secó las lágrimas con la manga.
Aquel llanto silencioso fue como recibir un puñal en el esternón. Edeen detestaba que los críos llorasen. Podía entender que a veces se sintieran abrumados o que se hicieran daño, pero su alma se rasgaba cuando las lágrimas venían provocadas porque hubieran herido sus sentimientos.
—Sí.