El marido equivocado 3 #2
10%

3 #2

Todos se pusieron en pie al verla entrar y el aire solemne se volvió tan pesado que era complicado respirar. Durante unos segundos, tuvo la tentación de girar sobre los talones, pero pensó en sus hermanas. Se asió al brazo de su hermano como si su vida dependiera de aquel agarre.

Ciertamente, habían dejado el lugar precioso.

Habían dispuesto bancos de todo tipo de maderas y tamaños.

Habían puesto flores en las columnas, y los helechos colgaban alrededor de las decenas de candelabros de pie que había a pocos pasos.

Olía a cera de vela, puesto que a los pies de los bancos y señalizando el pasillo habían puesto cirios, también de varios tamaños, iluminando su camino.

Avanzó a través de aquellas personas que se habían aproximado para presenciar su boda y extrañó ver caras conocidas. Por lo menos, no estaban cuchicheando. No era extraño que hubiera matrimonios arreglados dentro de aquellas paredes. Edeen era una más de tantas que habían venido antes que ella.

Solo cuando fue imposible evitarlo, levantó el rostro hacia el final del improvisado pasillo.

Se quedó blanca cuando vio al hombre que había junto al párroco y Gillies MacBean.

Era el tipo que acababa de encontrarse en la parte trasera y que había asegurado que podía entender que estuviera desorientada en un día como aquel, en el que los rumores aseguraban que no conocía a su prometido y que lo vería por primera vez en aquella iglesia improvisada.

Su hermano tendió la mano al extraño, quien con expresión solemne hizo lo propio. Entonces tomó la de Edeen, que Stewart se había encargado de extender. Sus dedos eran callosos y estaban calientes. No hubo vacilación en el gesto cuando le dio un ligero apretón de reconocimiento.

Muda, contempló cómo hacía una reverencia ante ella y besaba sus nudillos en un gesto de absoluto respeto. El corazón se le detuvo unos segundos ante el tacto de aquellos labios contra su piel. Se sentía… fuera de su propia piel. Como si engañase a Laochailan, cuando en realidad no le debía nada.

Creyton MacBean le sonrió al incorporarse y la ayudó a colocarse a su lado, justo enfrente del párroco y de espaldas a todos los invitados.

Edeen hizo verdaderos esfuerzos por no mirarlo de reojo mientras el capellán empezaba a anunciar a todos las nupcias, con su voz grave resonando por el granero. ¿Aquel iba a ser su esposo?

Cuando este la hizo girarse hacia él, tomó su mano y comenzó a recitar los votos matrimoniales que le dictaban, la muchacha no pudo contener más su curiosidad y lo observó con detenimiento.

No podía negarse que era atractivo. Tenía una belleza más ruda que la de Laochailan.

Su enamorado poseía un rostro alargado, de nariz recta y mentón puntiagudo, con ojos del color de las castañas asadas, llenos de sueños e inocencia; su pelo corto y su mandíbula desprovista de barba le daban un toque aniñado.

No obstante, Creyton poseía un rostro más cuadrado, con facciones más marcadas y agresivas.

Sus ojos azules parecían más vivos, más despiertos, como si hubieran visto cientos de tormentas aproximarse.

La sombra de la barba afeitada le daba un aire peligroso.

Como si a Laochailan no le gustase que pensase en la fisonomía de otro hombre, se le apareció detrás de su pronto esposo.

La fulminaba con la mirada. Su voz, siempre melosa y dulce, esa vez era ácida.

Le reprochaba que no lo esperase, que prefiriera casarse con otro que exiliarse a un lugar relajado donde él iría a buscarla una vez que los Estuardo recuperasen el trono.

Esas acusaciones dentro de su cabeza la hicieron sentir culpable.

Las rodillas le temblaron y temió que las manos le empezasen a sudar por el nerviosismo.

El anillo, al deslizarse en su dedo, pesó tanto que la hizo pestañear y regresar al presente. La visión se desvaneció y Edeen se encontró de nuevo frente a frente con Creyton MacBean.

Sus ojos azules eran como un río que iba a atraparla y ahogarla.

—¿Muchacha? —la llamó el párroco, tosiendo.

Necesitó unos segundos para comprender que era su turno en el intercambio de votos y estaba encandilada con su prometido. Se sonrojó de pies a cabeza.

Miró a Gillies y su sonrisa orgullosa le hizo recordar que aquello era un grandísimo favor. Lo estaba haciendo por sus hermanas. Por su propio interés y por ahorrarse un exilio en las Tierras Altas.

Habló con voz entrecortada. Prometió que estaría a su lado durante los momentos donde el dinero escasease o no fuera un problema; en la salud, en la enfermedad, ante cualquier adversidad.

No se sentía cómoda diciendo algo así. Creyton y ella no tenían ningún vínculo.

Se suponía que solo debería estar dando su palabra en cosas tan trascendentes frente a gente amada.

Juró serle fiel. Teniendo en cuenta que acababa de soñar despierta con Laochailan, estaba pecando y mintiendo mientras pronunciaba tal juramento. Por fortuna, el párroco no la hizo hablar de amor.

Introdujo el anillo en el dedo del hombre. Gillies los había preparado para la ocasión; al parecer hacía mucho que los tenía guardados, esperando que su ahijado se decidiera a casarse.

No supo qué le pasó a Creyton por la cabeza cuando vio el anillo en su dedo, bien colocado, reluciendo. Edeen lo sintió como si atase un grillete al que ya llevaba en su propio dedo anular.

Creyton la sostuvo de la mano. Entrelazó los dedos con los suyos. Sus ojos eran inexpresivos. Si estaba igual de angustiado que ella, o encantado con la unión, o indiferente, Edeen no sabría decirlo. A diferencia de ella, no era un libro abierto precisamente.

Cuando los declararon marido y mujer, las rodillas de Edeen flaquearon. De no estar cogida a los dedos del hombre, tal vez esa vez hubiera caído contra el suelo de piedra.

¿La besaría? ¿Sellaría la boda siguiendo la tradición? Su primer beso siempre sería de Laochailan. Habían compartido algunos, a escondidas. Castos e inocentes, con sabor a impaciencia, intentos de robar instantes preciosos antes de la pedida de mano. ¿Cómo iba a ser besar a otra persona?

Como si pudiera percibir su inquietud, su ahora sí esposo se inclinó y plantó un sencillo beso en su mejilla. Un roce cálido que le provocó un vuelco en el estómago.

Sin duda, incluso aquel gesto, tan pudoroso y respetuoso, parecía fuera de lugar. Un golpe fuerte resonó en la boca de su estómago y tuvo que tragar para no vomitar allí mismo.

El primero en acercarse para darle la enhorabuena fue Stewart.

Su hermano la abrazó. Edeen se fundió con el cuerpo conocido, que la había protegido de monstruos imaginarios de pequeña y que ahora no iba a poder mantenerla sana y salva de su sino.

Cerró los ojos y se obligó a no llorar. Supuso que una parte de ella había deseado que Laochailan interrumpiera la ceremonia.

Que regresase a tiempo, que la librase de aquel futuro hueco y sin amor al que estaba condenada.

Que se arrastrase pidiendo disculpas y la reconquistase para juntos caminar hacia un mañana precioso.

La realidad era otra. Estaba casada. Unida a Creyton MacBean hasta que uno de los dos muriera. Siempre a su vera, siempre a su sombra, siempre suya.

Para su sorpresa, puesto que Edeen siempre había tendido a pasar desapercibida, Gillies también le dio un ligero abrazo. Fue como sentir el toque de su padre. No contribuyó a rebajar su malestar.

Se quedó allí plantada, mirando cómo Stewart y el jefe se marchaban. El resto de los invitados habían ido a los salones a por la comida, que llenaba el lugar de aromas agradables a pesar de que los criados del laird habían tenido menos de un día para cocinarla.

Un día.

En un día su vida había cambiado tan radicalmente que daba vértigo.

El laird colocó una mano en el hombro de Stewart. Edeen vio cómo sus nudillos se volvían blancos ante la presión que ejerció sobre su hueso.

—¿Ves, muchacho? La situación de tu hermana se ha solucionado bastante bien —se enorgulleció el hombre. Lo dijo en voz baja, pero no lo suficiente como para que ella no lo escuchase.

El susurro del kilt de Creyton al caminar la puso en alerta. Levantó el rostro y casi dio un salto al encontrárselo a su lado.

Se preguntó si Creyton también había escuchado aquel comentario y qué sabría de su «situación».

Desvió los ojos al ramo de flores. No era capaz de formular la pregunta.

Tampoco se veía con corazón para interesarse por los motivos que le habían llevado a él a aceptar un matrimonio concertado con tan poca antelación.

Apenas se atrevía a sostenerle la mirada, así que ¿cómo confesarle lo ocurrido?

, ¿cómo averiguar la razón por la que se había casado con ella?

—¿Edeen? —Su voz ronca le detuvo el corazón. Sus dedos se pusieron bajo su mentón. Le hizo alzar la cabeza, sin hacer especial presión sobre su piel; ahora era imposible esquivar sus ojos—. No sé cómo lo haremos. —Seguía sin soltarla—. Pero sobreviviremos, ¿de acuerdo?