3
La hora de comer había pasado y Edeen no había probado bocado, puesto que la habían estado preparando para el enlace. Tener el estómago vacío no era una ayuda para los nervios, que empezaron a retorcerle las entrañas en cuanto se vio ante el granero.
Era un edificio alto, de piedra gris, con ventanas cubiertas por sendos tablones de madera. Olía a tierra y también a jabón. Una mezcla peculiar que todavía la revolvía más.
Morgana le trajo más agua para tratar de asentar los nervios e impedir que vomitase la cena de la noche anterior, la cual había sido escasa por la tristeza.
Los pocos invitados que estaban entrando en el lugar eran sirvientes del laird que estaban cerca aquel día. Nadie iba a perderse una fiesta, sobre todo cuando parecía que iba a haber pocas en el futuro.
La gente no hablaba del enlace, sino de los alzamientos. Los hombres halagaban o despotricaban contra aquellos que ya se habían ido. Las mujeres lloraban por sus hijos o maridos, o bien aseguraban que rezarían para que Dios no metiera ideas revolucionarias en su casa y evitase a los varones partir.
Laochailan estaba allí, en aquellas filas que estaban dispuestas a morir por ideales, a pelear por lo que creían justo.
En otros tiempos, habría amado incondicionalmente su manera de querer a Escocia, de buscar un futuro mejor, distinto. Pero estaba frente a un granero, a pocos minutos de ser la esposa de Creyton MacBean, y tan solo podía repudiar a su primer prometido por forzarla a tomar semejante camino.
Stewart apareció tras ella con un ramo de flores silvestres. Las últimas de la temporada.
—Esto es para ti.
Sus padres y sus hermanas no estarían en el granero, pero Stewart sí la acompañaría en aquel momento tan trascendente de su vida. Era agradable pensar que habría una cara familiar entre tantos rostros extraños con los que jamás se había cruzado. Un halo de luz en medio de la oscuridad.
—Gracias, hermano. —Aceptó el ramo con el llanto estrangulándole el cuello. Por lo menos, algo sí estaba saliendo como había ocurrido en su imaginario—. Son muy bonitas.
—Tú las opacas. Mírate… —Le acarició la barbilla sin poder esconder que estaba emocionado—. Estás hermosa. Siempre lo has sido, pero este vestido…
Edeen se acarició la cintura, sintiendo la finura de la tela contra las yemas de sus dedos. Todavía sentía que aquel vestido era semejante a un sudario, pero era innegable la belleza que irradiaba y que a Edeen contagiaba.
—Parece hecho por hadas, ¿cierto?
—Parece hecho para ti, como si te hubiera esperado siempre. —Stewart meneó la cabeza con un carraspeo—. Siento mucho que…
Sabía bien lo que iba a decir. Lo interrumpió abrazándolo fuerte. La calidez de su hermano mayor, quien siempre la había protegido y cuidado, le provocó cosquillas en el pecho. Se permitió unos segundos para olvidar lo que pasaba a su alrededor y se centró en aquel punto de unión.
Stewart también era un idealista. Estaba obnubilado por lo de la boda y se sentía tan traicionado como ella; mas, en cuanto pudiera apartar el foco de aquellas emociones tan obscuras, sus pensamientos marcharían junto a los Estuardo.
Pronto partiría hacia la batalla. No lo había dicho en voz alta, pero no era necesario.
Edeen podía sentirlo en su alma. Su corazón se grabó a fuego aquel abrazo por si fuera el último.
Si tan solo pudiera detener el tiempo, lo haría.
—Perdóname —musitó Stewart—. Debí haberme dado cuenta de sus intenciones. Pude haber leído entre líneas y habría…
Nadie sabía que Laochailan iba a tomar semejante decisión.
—No fue tu culpa. —Edeen se separó de él y se secó una lágrima con disimulo—. No cargues con pecados ajenos.
—Jamás podré quitarme de encima el peso de saber que te casas por compromiso, por salvar el pellejo, por proteger a nuestras hermanas.
—Stewart… —Le acarició la mejilla y se puso de puntillas para besarle el otro carrillo—. Tú siempre has hecho cuanto estaba en tu mano para mantener los problemas lejos de mi persona. Ahora es mi turno de hacer lo propio con las niñas. Me enseñaste a ser hermana mayor.
Stewart volvió a toser y desvió la mirada unos segundos. Él también parecía carcomido por la ansiedad y la falta de aire.
—¿Necesitas unos momentos a solas? —se interesó él, incapaz aún de mirarla a los ojos.
—¿Lo crees posible?
No es que fuera a escaparse, pero Edeen sentía varios ojos clavados en ella constantemente. Dudaba que el laird la hubiera mandado seguir. Ella había aceptado la propuesta de matrimonio. Nadie le había colocado un arma en la sien para ello, así que no tenía sentido creer que huiría.
Si bien ganas no le faltaban.
—¿Dos minutos? —sugirió su hermano.
—¿Sí?
—Yo vigilo. Ve.
Con el ramo de flores contra el pecho, Edeen se escabulló hacia la parte de atrás del granero. Encontró un banco de piedra y se sentó.
Ver el granero ante ella solo le recordaba lo inminente que era la boda. Lo había hecho tan real que tenía que concentrarse para que no le subiera la bilis a la garganta.
Sentía que se adentraba en la boca del lobo y no podía hacer nada para evitarlo.
No podía caer en el abismo. Se dijo que había mostrado entereza frente al laird esa mañana y que había aguantado el tipo frente a las doncellas en el dormitorio.
Era capaz de sobrevivir, de sobrellevarlo.
Otras mujeres con veinte años ya habían tenido varios hijos, e incluso habían tenido la mala fortuna de enviudar.
Ella solo se había enamorado del hombre equivocado.
No podía permitir que el mundo se le cayera encima por eso. Estaba por encima de todo aquel dolor.
Aunque no era sencillo aceptar que su vida iba a cambiar radicalmente en cuanto se diera el «sí, quiero».
Iba a estar casada; sus responsabilidades serían otras.
Su núcleo familiar dejaría de ser sus padres y sus hermanos para ser su esposo.
Su hogar no lo sería nunca más y otras cuatro paredes la velarían día y noche para siempre.
Debería tener hijos, algo que siempre había deseado, pero que jamás imaginó estando junto a alguien que no amaba.
Dejó el ramo a un lado y se abanicó con las manos. Quizá estaba demasiado acalorada, pero no corría ni pizca de aire.
—¿Se encuentra bien?
La voz salió de la nada y Edeen dio un respingo. El corazón por poco se le salió de la boca. Se giró hacia el hombre que había hablado y que estaba apoyado en un árbol no muy lejano.
Era alto y parecía fuerte. Llevaba una camisa blanca, un kilt y unas botas negras altas y relucientes.
El tartán no daba lugar a dudas de que era un MacBean, que estaría allí para asistir a la fiesta.
La sencillez de su ropaje contrastaba con la dureza de sus facciones: mandíbula cuadrada, nariz recta, labios finos, ojos críticos, cejas pobladas y una melena rubia atada en la nuca. Parecía un demonio albino.
El pensamiento le provocó un escalofrío.
Edeen se levantó. No debería estar sola con un hombre que no fuera Stewart, y aquel tipo rezumaba peligro. A pesar de la distancia, era obvio que su mirada era distinta.
—Siento haberla asustado. —Él se incorporó, irguiéndose por completo y aumentando así su altura. Y dio un paso, que Edeen retrocedió—. Está muy pálida. ¿Quiere agua?
Su voz era tan ronca y grave que resultaba casi tan exquisita como el vestido de novia de Edeen. Era un gran contraste. ¿Cómo un hombre de aspecto rudo podía ser tan cortés?
—Estoy bien. Gracias.
Él asintió. No parecía haberse creído ni una de esas tres palabras, pero no hizo ademán de rebatirla.
No se molestó en esconder su interés al verla coger el ramo de flores del banco:
—¿Es usted la novia?
Era más que obvio. Edeen dijo que sí con la cabeza y reculó otro paso en dirección a Stewart.
—He oído que los prometidos no se conocen —comentó él. Menudo metiche. La fiebre que poseyó a Edeen podría ser vergüenza, o bien irritación—. ¿Es eso lo que le ocurre? ¿Por eso luce tan… alicaída?
Edeen levantó el mentón. La gente podía saber que era un matrimonio de conveniencia, pero nunca dirían que ella había admitido que estaba siendo un horror enfrentarse a tal experiencia.
—No es de su incumbencia.
¿Dónde estaba su hermano? Habían pasado más de dos minutos. Stewart ya debería haber reclamado su presencia.
—Debe ser duro casarse con alguien que no ha visto jamás.
—El tipo se acercó tanto que tomó asiento en el banco que ella misma había ocupado hasta hacía dos minutos—.
Dígame: ¿no ha preguntado a los sirvientes cómo es?
No me diga que no teme que el hombre sea desgarbado y feo…
, o que le falte un diente. —Edeen apretó la mandíbula—.
Puede confiarme sus temores, seré una tumba. La entendería, ¿sabe?
Sus miedos o inseguridades no eran asunto de nadie, más que de sí misma.
—Como comprenderá, no pienso mantener esta conversación con un extraño.
Él enarcó una ceja. Parecía intrigado a la par que divertido. Sin embargo, y por fortuna, aceptó su declinación con una reverencia y pasó por su lado como si nada, para ir a la puerta del granero y tomar asiento.
De seguro que conocía a su prometido. La sola idea la revolvió todavía más.
Edeen se dio unos segundos para calmarse.
No sabía por qué, pero aquel hombre la había sacado de quicio, y apenas habían cruzado unas palabras.
Tal vez detestaba que todo el mundo supiera que el laird había arreglado aquel enlace, mas era imposible esconder que la pareja no solo no estaba enamorada, sino que no se conocían.
La primera vez que se vieran sería allá dentro.
Marchó hacia la entrada de la edificación y Stewart le salió al encuentro. Este le sonrió y le tendió el brazo, a pesar de que saltaba a la vista que estaba tan tenso como ella. Ella aceptó el gesto.
El sentimiento de impotencia compartida los abrazó a ambos en silencio y los hizo cómplices por unos instantes.
A pesar de tenerle a su lado, sujetándola mientras se encaminaban lentamente hacia la puerta de madera, la sensación de soledad era opresora.
La comía por dentro. ¿Cómo podía sentirse tan sola cuando estaba adentrándose en un lugar donde había por lo menos veinte personas?
El vestido, de repente, pesaba como si llevase tres capas de lana mojada encima.