El marido equivocado 2 SEPTIEMBRE (1745)
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2 SEPTIEMBRE (1745)

Al día siguiente, el castillo del laird los recibió en medio de una neblina fantasmagórica, que abrazó a los visitantes para meterles el frío en los huesos. Era el primer día de septiembre, pero bien podía ser finales de noviembre.

Edeen jamás había estado allí. Resultó abrumador ver tanta gente a las afueras de la edificación.

Quien no estaba con caballos estaba cargando comida en cestos o encargándose de las antorchas o los árboles cercanos.

Jamás había estado rodeada de tantas personas.

El ruido de la cotidianidad era tan distinto al silencio del pueblo que una mano le agarró el corazón para estrujarlo con fiereza.

Había tenido una noche para hacerse a la idea de cómo su vida había tomado un rumbo totalmente distinto.

Una noche no había bastado para aceptar que su amor se había ido y ahora iba a desposarse con un desconocido.

Dolía. Escocía. Mareaba. Ver tanto ajetreo solo acentuó aquel sentimiento de pérdida e impotencia, y tuvo que agarrarse con fuerza a las riendas.

Estas le arañaron las tiernas palmas de la mano.

La próxima vez que cruzase ese portón, llevaría un anillo en el dedo.

Stewart, que era quien la había acompañado, descendió del caballo y la ayudó a bajar.

El leve abrazo que le dio su hermano antes de entregarle los caballos a un mozo joven, de nariz torcida y ojos vivaces, no le sirvió a Edeen para consolarse.

Miró a su alrededor sin ver nada en realidad. Tampoco importaba si no retenía ningún detalle de aquel lugar. Por lo que sabía, Creyton MacBean no vivía con el jefe.

Creyton.

Así se llamaba su prometido.

No Laochailan. Creyton.

Edeen sentía que estaba viviendo la vida de otra persona.

Que aquella historia no era la suya. Que su corazón no era el que estaba roto y siendo pisoteado una y otra vez.

Y, sin embargo, ella era la protagonista.

La mujer que habían abandonado antes siquiera de llegar al altar.

La chica que ahora iba a ser esposa de alguien que no conocía.

Creyton.

No sabía ni tan solo el aspecto o edad del hombre. Podía ser un señor de cuarenta años, calvo, con hijos de la edad de Edeen. Podía ser un muchacho de su edad, que todavía no sabía afeitarse.

Fuera como fuera, no podía negarse. El ofrecimiento del laird era una oportunidad para la familia. No solo se vinculaban con el ahijado de este, sino que el futuro de Edeen y sus hermanas no quedaba en tan mala posición como si hubiera querido irse al monte con su abuela.

Su hermano la guio por la casa, entre sirvientes, hasta un despacho que una doncella les señaló. El laird estaba allí, leyendo unos papeles y tomándose un licor, a pesar de que era media mañana.

—Oh, aquí estáis. —Gillies se levantó de su asiento y caminó hacia ellos.

Su sonrisa era afable. Abrazó a Edeen como si la conociera de toda la vida.

Fue extraño, puesto que solo se habían visto una vez.

Debía admitir que la expresión relajada del jefe era mucho más amigable que su ceño fruncido del día anterior—. Pensé que no ibais a llegar.

—La niebla nos ha retrasado —explicó Stewart—. Mi padre pide disculpas por no poder venir.

Alexander se había levantado con una tos persistente que sonaba muy mal y había decidido guardar cama. Por eso estaba Stewart con ella.

Edeen estaba convencida de que el nerviosismo que Laochailan había causado en la familia le había enfermado.

Lo odiaba tanto por el sufrimiento que estaba sembrando.

Se aferró a esa emoción tan densa y candente.

Era mejor sentir ira que desolación. Esperaba que, con el tiempo, se impusiera el odio al amor, la furia al desamor. Sería más sencillo reponerse.

—Asistirá a la ceremonia, por supuesto, y…

—No sé si eso será posible —intervino el laird—. Hemos conseguido que un párroco oficie la boda este mediodía.

Se suponía que Edeen tenía una semana para resignarse. Para presentarse frente a su nuevo prometido y habituarse a su cara.

Saber que no gozaría de esa tregua, simuló una patada en el estómago. Los nervios se afianzaron en sus intestinos y su pulso se aceleró. Edeen se obligó a respirar hondo con disimulo para que el señor no reparase en lo frenética que se había puesto al recibir la noticia.

Además, sus padres deberían estar presentes. Molly querría peinarla. Alexander desearía poder entregársela a su futuro yerno.

—Pero…

Stewart estaba tan confuso como ella.

—Se avecina una guerra, hijo. —Gillies le palmeó el hombro sin medir la fuerza—. Debemos apresurarnos. No sabemos qué ocurrirá mañana y quiero cumplir con mi palabra. Este enlace se celebrará bajo mi supervisión y quiero estar ahí.

El maldito campo de batalla era lo que estaba destruyendo su vida.

—¿Marchará con los jacobitas? —Edeen no pudo evitar preguntarlo. Se arrepintió al instante.

Bajó la cabeza y se dio bofetadas a sí misma en su cabeza.

—Es muy probable, querida —contestó él. Edeen se atrevió a levantar los ojos.

No parecía ofendido por su intromisión—.

Entiendo que es un gran revés para vosotros.

Comprendo bien que contabas con tener unos días para acostumbrarte a la presencia de tu futuro esposo y que desposarte sin haber visto siquiera antes a tu prometido no es agradable.

De poder ahorrarte este mal trago, lo haría, muchacha, si bien es todo cuanto puedo hacer.

El laird era muy generoso arreglándole un matrimonio con alguien tan importante como su ahijado. Era afortunada. Muchas mujeres querrían estar en su lugar.

Lo hacía por una deuda, se dijo. Ahora estaba en paz con el padre de Edeen. Pero, aun así, aceptarla como una más de la familia era un favor descomunal.

Edeen tomó de la mano a Stewart y se le avanzó con una sonrisa suave. A pesar del dolor, era su deber mantenerse fuerte.

La noche anterior, cuando se acostó rodeada de sus hermanas, su madre se presentó para arrullarla y entregarle un pañuelo.

Le recordó que las mujeres no tenían elección la mayor parte del tiempo y que, de no aceptar los golpes de la vida con entereza y pelear de vuelta en las encrucijadas que se presentaban, Edeen se consumiría hasta que sus huesos se deshicieran bajo la piel.

Estaba en lo cierto. Regodearse en la autocompasión no era una opción.

Lloraría por las noches, cuando el cuerpo caliente que yaciera junto al suyo no fuera el de Laochailan.

Lloraría en silencio cuando viera el amor en otras personas.

Guardaría esas lágrimas en su interior y las derramaría sobre un alma ajada.

Pero, el resto del día, el resto de su vida, debía armarse de valor, ignorar los pinchazos en el estómago, obviar ese llanto contenido y dominar las emociones.

Por ello, no se mostraría débil. Ante nadie. Mucho menos ante su líder.

—Estaré eternamente agradecida por su gesto hacia mi persona.

La había salvado de las habladurías y había abierto camino para que sus hermanas pudieran casarse y tener una casa e hijos. Parecía poco, pero era semejante a salvarla de una manada de lobos hambrientos.

—Estoy segura de que mi padre opina igual, señor —añadió.

La sonrisa de Gillies se ensanchó y Edeen juraría que vio algo parecido a la ternura en esa curva.

—He hecho bien eligiéndote a ti. —Le hizo una leve inclinación con la cabeza; todo un honor proviniendo de él. Edeen se ruborizó al punto—. No podía imaginar una novia mejor para Creyton.

Ahí estaba de nuevo: aquella mano llena de uñas afiladas, hundiéndose en su pecho y amenazando con provocarle un ataque al corazón. A pesar de ello, Edeen no borró la leve sonrisa, que tiraba de sus comisuras y que trataba de creerse para que terminase siendo real.

La conversación no iba a continuar. El jefe los despachó a continuación y aquella burbuja de intimidad que se había formado en el despacho se rompió.

Unas doncellas se la llevaron a un dormitorio para asearla y vestirla, y Stewart fue conducido al granero, que se había dispuesto para la ocasión. Edeen oyó decir a una de las muchachas que lo habían limpiado, lo habían decorado con flores secas y habían preparado bancos para los escasos invitados.

No sería una iglesia ni habría un ambiente ceremonial, pero era cierto que los vientos cambiaban de dirección y olía a azufre, sangre y peligro y dolor. Aspirar a una boda en un lugar limpio y lleno de gente era suficiente.

Dejó que le pasasen esponjas con jabón por la piel.

Dejó que le masajearan cada pulgada de su cuerpo con un suave aceite que olía a naranjas.

Le dieron una bata y la sentaron frente al fuego para secarle bien el pelo, al que le habían aplicado un ungüento por varios minutos para luego aclarárselo con agua.

Mirando aquel hogar prendido, se preguntó qué era más surrealista: ¿no estar prometida con el amor de su vida?, ¿casarse a las puertas de una guerra?, ¿que el laird del clan la eligiera como esposa de su ahijado?

Tal vez todas aquellas cuestiones eran increíblemente difíciles de responder.

Cerró los ojos mientras el peine cepillaba cada hebra de su cabellera. La imagen de Laochailan se apareció ante ella, con su rostro compungido. Su visión le pedía disculpas, le pedía que lo esperase; que la batalla no lo mataría y regresaría vencedor.

Ella no podía permitirse esperarlo. Él tampoco lo merecía.

Era irónico que Laochailan hubiera tomado las riendas de su sino, que hubiera podido escoger qué camino tomar, aunque eso lo hubiera conducido hacia el campo de batalla, donde ahora estaría entrenando para entrar en combate; mientras, Edeen se sentía atrapada,

sin tener ninguna opción satisfactoria a la vista.

Boda con Creyton o exilio en el campo: todo parecía ser una muerte en vida.

Desechó aquel imaginario de un plumazo, respirando por la nariz largamente.

Las lágrimas que escocieron tras los párpados eran reales, a diferencia de aquel juego de su imaginación.

Le dejaron el pelo suave, ondulado, sobre los hombros. Le recogieron varios mechones del flequillo del lado derecho de la cabeza y se los atraparon en la parte de atrás del cráneo con varios pasadores que habían sido de la madre del tal Creyton.

Era todo un detalle que su prometido le dejase algo que había sido de su progenitora, quien había fallecido una década atrás. Supuso que era un paso, un acercamiento, mas Edeen sentía que había un precipicio entre ambos.

¿Cómo estarle agradecida a alguien que no conocía en absoluto?

—Estará preciosa, señorita —le aseguró una de las criadas—. Creyton no ha llegado todavía, pero, cuando la vea en el granero, se arrepentirá de no haber estado aquí para recibirla cuando cruzó el portón.

Quería preguntar. Esas cuatro chicas, que tenían de quince a treinta años, debían conocerlo. Sabrían cómo era, de atractivo, de carácter. Ellas podrían darle información al respecto, prepararla para lo que estaba por venir. Podrían allanarle el terreno.

Sin embargo, la vergüenza le impidió hablar. No pudo siquiera abrir la boca en todo el rato que estuvo allí, preparándose.

Solo halló valor para pedir un poco de agua. Pronto le entregaron un vaso… y también una copa con un poco de whisky.

Edeen miró, atónita, a la mujer que le había tendido el licor.

Era la mayor. Juraría que se había presentado, aunque su mente estaba sumergida en una especie de lago que amortiguaba las voces del exterior.

Se llamaba Morgana. Vio simpatía en aquella mirada, algo que iba más allá de la comprensión entre mujeres.

Su sino estaba escrito, atado a Creyton, quien no la había visto jamás. Algo que no era un secreto. Y Morgana se compadecía de ella.

Mareada, se bebió de dos tragos el agua y de uno solo el whisky. Disimuló bien el malestar que le generó el fuego en su garganta.

En el fondo, tenía que admitir que era preferible quemarse el cuello a un corazón roto.

—La hora se acerca —dijo una de las mujeres.

—¿Le parece bien que la vistamos? —Morgana le sonrió mientras la ayudaba a levantarse.

Visto lo visto, no le quedaba mucha opción. Asintió, tragando saliva. ¿No había más whisky?

—Va a parecer una princesa —aseguró la tercera.

—Será un día espléndido. Incluso la niebla se ha disipado y ha salido el sol. —La más jovenzuela sonrió todavía más al apartar las cortinas del todo para que la luz entrase a raudales—. ¡Vea! ¡Cualquier novia querría tener semejante cielo despejado el día de sus nupcias!

—Absolutamente cierto —corroboró Morgana—. El día de mi boda llovió a cántaros y hubiera dado mi dedo meñique por un tiempo más calmado aquel día.

Debería ser el día más feliz de su vida y Edeen estaba viviéndolo como si lo viera a través de un cristal.

La ayudaron a enfundarse en capas y capas de ropa, hasta que finalmente la dejaron mirarse en un espejo de cuerpo.

Llevaba un hermoso vestido color verde aceituna, de escote cuadrado y mangas anchas que caían con gracia sobre los codos, mostrando sus antebrazos.

La falda caía hasta el suelo con preciosos bordados plateados que simulaban olas, parecidas al diseño que había en su escote.

Se ajustaba a cada curva sin resaltarla.

Le fue complejo reconocerse y tuvo que aproximarse a su reflejo, acariciando la delicada tela de seda, para cerciorarse de que era ella quien estaba al otro lado del vidrio.

Era un vestido elegante, brillante, hermoso. Ideal para una novia radiante. No obstante, para ella se sentía como si acabaran de ponerle encima una mortaja.

Edeen se sintió un fraude por pensar siquiera algo tan horrible de una prenda tan majestuosa y tuvo que volver a contener el llanto.

Morgana le puso una capa de un color verde más oscuro, no de seda, pero de una suave tela que no era áspera ni parecía protegerla de la brisa.

Se miraron a los ojos a través del espejo. De nuevo, surgió aquella chispa. Un hilo las atrapó mediante sus miradas y Edeen se sintió menos sola por unos segundos.

—Está lista.

No era una pregunta, sino una afirmación.

Fue entonces cuando Edeen comprendió que la doncella estaba asegurándole que iba a poder con aquella boda, que la estaba derruyendo por dentro. Estaba prometiéndole que saldría de aquel pozo tarde o temprano; que lo que suponía un infierno le parecería lejano en un tiempo.

—Sí. —Suspiró. Quizá el primer paso hacia la conformidad era decirse a sí misma que iba a superar cualquier adversidad—. Estoy preparada.