El marido equivocado 1 AGOSTO (1745) #2
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1 AGOSTO (1745) #2

—Me marcharé con la abuela —decretó.

Su familia se giró hacia ella; su madre fue incapaz de ahogar un sollozo y se dejó caer contra la pared, apabullada por lo que iba a suceder.

Pudo sentir oleadas de sufrimiento navegar hacia ella, golpeándola con intensidad.

Se mordió la cara interna de la mejilla para no echarse a llorar.

Bastante dolor estaba acarreando su padre mandándola lejos; su madre, sabiendo que no la acompañaba en el duelo de un desamor no anunciado; y su hermano, quien empezaba a odiar al amigo que consideró hermano durante toda su vida.

No iba a cargarles con su desdicha también.

—¿Estás segura, hija mía? —Alexander apretó la mandíbula y sus muelas crujieron.

No, por supuesto que no…

—Sí. No permitiré que las muchachas carguen con mis decisiones.

—No ha sido cosa tuya. —Su hermano la tomó de la mano para que se volviera hacia él; parecía que quería zarandearla para hacerla entrar en razón—. Laochailan es quien ha perdido el juicio.

Unos golpes en la puerta los sobresaltaron y el subconsciente le jugó a Edeen una mala pasada, haciéndole creer que quien estaba al otro lado del umbral podría ser su amado. Sin embargo, era el jefe del clan quien estaba en la entrada de su humilde morada.

Gillies MacBean entró en cuanto Molly se hizo a un lado. Era un hombre imponente. Edeen jamás lo había visto antes, pero sabía bien que era un amigo de su padre.

—Buenos días. Siento presentarme de improviso, Alexander, pero ha llegado a mis oídos que un muchacho iba a pedir la mano de tu hija en matrimonio, mas finalmente ha preferido amar a los Estuardo que a la chica —musitó.

Fue bochornoso que hasta el jefe de los MacBean supiera de su desplante.

La herida que Laochailan estaba causando a la familia no se curaría jamás, siempre infectada por la vergüenza.

El hombre la miró de arriba abajo y su mirada prudente se volvió ceñuda—.

Puedo entender que el chico sea un idealista, pero sin duda es ciego y bobo.

Si aquello era un halago, no hizo más que hacer que Edeen se sintiera incómoda. Se miró los bajos de la falda del vestido mientras la cara le ardía.

—¿O acaso no gozas de buena salud?

Por instinto, Edeen quiso demostrarle que ese no era precisamente el problema y se irguió cuan alta era. Él pareció darse cuenta, porque arrugó la frente en algo que pareció una expresión de satisfacción.

—Mi hija está sana, cuerda —la defendió Alexander—. Lo ocurrido ha sido un revés, sin duda, pero estamos teniendo en consideración qué podemos hacer para… remediar este desastre.

Su padre hablaba de la situación que su enamorado había causado, pero Edeen sintió que aquel adjetivo iba directo hacia ella como una flecha certera. Sintió la punta envenenada clavarse en el corazón. Se tambaleó, aunque logró mantenerse derecha.

—¿Qué tenías pensado?

—La madre de Molly vive en las montañas, en un caserío alejado de miradas indiscretas. La visita un vecino una vez por semana para llevarle ropa, leña y víveres. Creemos que allí… —Alexander carraspeó—. Edeen estará a salvo de los chismorreos.

—¿Pretendes alejarla del foco condenándola a una vida miserable, digna de una monja, cuando hace unas horas iba a comprometerse con un hombre, tener una familia, engendrarte nietos?

—No se nos ha ocurrido otra cosa —dijo su madre, cabizbaja, tendiéndole una copa de vino.

—Entonces puede que yo tenga una solución mejor. —Gillies aceptó con una sonrisa la bebida y le dio un buen trago.

Se tomó su tiempo para sentarse, disfrutar del alcohol y observar a su alrededor.

No era una casa grande ni ostentosa. No era como su majestuoso hogar, pues el dinero escaseaba, pero Edeen jamás iba a avergonzarse de sus orígenes.

Sus padres trabajaban muchísimo para pagarles ropa, comida y medicina siempre que enfermaban, aunque a veces eso les matase de sueño, agotamiento o hambre a ellos.

Edeen no agachó la barbilla esa vez y aguantó con estoicidad la inspección, del mismo modo en que sus padres y su hermano hicieron.

—Puedo llegar a comprender que la guerra sea un reclamo para un joven de veintidós años. Cuando uno tiene ciertas ideas en la cabeza y han echado raíces, es tan difícil cortarlas… —El jefe volvió a clavar los ojos en ella—. ¿Eras conocedora de que ibas a comprometerte con un jacobita?

Sabía que Laochailan tenía ciertos pensamientos hacia la Corona.

Lo había escuchado hablar de política con su hermano cientos de veces, si bien nunca le prestó especial atención.

Ahora advertía lo estúpida que había sido al estar tan embelesada contemplándolo y admirando aquella fiereza con la que amaba a Escocia, en vez de prestar atención y saber leer entre líneas.

—La política no es cosa de mujeres —contestó Stewart—. Sé de buena tinta que Laochailan no compartía su opinión con mi hermana.

—Bien hecho. —El laird levantó la copa vacía en un brindis consigo mismo.

Edeen tembló bajo la piel ante tanta arrogancia.

No es que las mujeres fueran idiotas. Podían tener temas de conversación muy interesantes si se les daba la oportunidad de ser escuchadas—.

Alexander…, amigo…, sabes que te aprecio.

No es que se vieran a menudo ni charlaban con familiaridad de manera habitual, pero hacía años que Alexander le salvó el pellejo y el actual líder del clan siempre había jurado y perjurado que se sentía en deuda con él.

—Te debo la vida —continuó diciendo él—. Por eso estoy aquí. No puedo culpar a ese muchacho por querer un destino mejor para nuestro país, pero, como he dicho: sí puedo enmendar el agravio que ha cometido contra tu hija, que por ende te afecta a ti.

Alexander se sentó junto al jefe con una expresión que cabalgaba entre el alivio y la duda. Incluso Edeen no pudo evitar fruncir las cejas sobre los ojos.

—Mi ahijado está en edad de desposar a una joven, pero todavía no ha puesto los ojos en ninguna candidata.

—¿Estás sugiriendo…?

—¿Qué me dices, muchacha? —Se volvió hacia ella con tanta agilidad que la silla crujió ante el cambio de peso—. ¿Prefieres irte con tu abuela o casarte con mi ahijado?