El marido equivocado 1 AGOSTO (1745)
3%

1 AGOSTO (1745)

Edeen había oído decir que un corazón roto por desamor podía llegar a ser tan doloroso como ser atravesado por una daga.

Nunca la habían herido de tal modo, tan cruel y físico.

Pero sí acababan de provocarle una fisura irreparable, que causaba un sufrimiento tal que alzó los ojos al cielo pidiendo clemencia.

Nadie oyó su oración allá arriba. Nadie detuvo aquel dolor, que atravesaba sus costillas y amenazaba con romperlas.

Nadie alivió aquellas punzadas, que bien podrían desgarrar la piel de los senos.

Nadie la ayudó a respirar con normalidad.

Nadie se molestó en sosegarla para detener el llanto, que le provocaba jaqueca y escozor en los ojos y las mejillas.

Fue ella misma quien encontró fuerzas de algún rincón de su ser y se obligó a levantarse del banco. Llevaba horas sentada allí, desmoronándose a solas. Notó las piernas entumecidas y los huesos de la cadera chirriar. Añadió otra dolencia más a la lista.

Se apoyó en el sencillo tocador que había en el dormitorio y contempló su reflejo en el espejo.

Su aspecto era horrible. Tenía el rostro enrojecido e hinchado, las ojeras llenas de pecas y los ojos inyectados en sangre.

Al día siguiente, sus párpados estarían tan inflados que parecería que la habían golpeado.

En un intento de recomponerse, echó en la palangana limpia agua fría y se lavó la cara.

Lo repitió varias veces, hasta que notó la piel estirada e indolora.

Sin apartar los ojos del espejo, sosteniéndole la mirada a su reflejo, se deshizo el moño y su melena cayó, mechón a mechón, sobre los hombros. Dejó las horquillas a un lado. Ya no tenía sentido estar tan bonita ni presentable.

Acababan de dejarla plantada el día de su pedida de mano.

El pensamiento volvió a quebrarla y nuevas lágrimas volvieron a emborronarle la mirada. Más allá de la humillación, mucho más allá de la sensación de fracaso que la abrazaba, lo que más la resquebrajaba era saber que había perdido al hombre de su vida.

Había estado enamorada de Laochailan muchos años.

Que él le correspondiera había sido como vivir un sueño.

Aquellos meses de noviazgo a escondidas del mundo habían sido preciosos; había perdido la cuenta de las palabras bonitas que habían compartido, de las bromas cómplices, de los besos robados cuando nadie prestaba atención.

Antes de decidir un día para presentarse ante su padre, el chico quiso hablar con el hermano de Edeen.

Era su mejor amigo. Necesitaban su bendición por encima de cualquier otra, pero Stewart se la había entregado sin vacilar.

Amaba a su hermana pequeña, quería a su mejor amigo; era una combinación perfecta.

No podía ser de otro modo. Merecían un matrimonio por amor, no de conveniencia.

Y ahora él se había ido. Se había marchado la misma madrugada del día que habían acordado hablar con el padre de Edeen.

Había preferido pelear por unos ideales antes que por su futura esposa.

Siempre había admirado que Laochailan fuera tan fiel a sus pensamientos, a sus principios, pero jamás llegó a suponer que los antepondría a su futuro o felicidad.

Los alzamientos jacobitas de las últimas semanas y sus reclutamientos habían resultado ser más efectivos que hacer votos ante Dios y la familia.

Sabiendo que no podría quitarse el maldito vestido nuevo y hermoso sin ayuda, salió de la habitación.

El pasillo era angosto y oscuro. Le pareció más frío de lo habitual.

Corría una brisa espectral en cada recoveco del pasadizo, hundiendo el lugar en un silencio fantasmagórico, y Edeen se apoyó unos instantes en la puerta de su dormitorio, cohibida por tanta frialdad.

Se percató, por primera vez en su vida, de la aspereza de la madera contra la yema de sus dedos.

No sabía qué era más fría: si la superficie del tablón o su piel.

Sintió en el pecho el urgente deseo de volver a entrar en su escondrijo, como un conejillo asustado adentrándose en la madriguera al detectar el peligro nada más asomar la cabeza.

Sin embargo, sabía que tarde o temprano debería hablar con la gente, retomar su rutina.

Todo el mundo sabía lo que iba a ocurrir esa mañana en casa de Alexander MacBean.

Como Laochailan no se presentaría, habría habladurías, frente a ella amables y consoladoras; a su espalda, mero chismorreo; así como miradas lastimosas en su dirección y palmaditas vacías en los hombros.

Por lo cual, era mejor enfrentarse a aquella realidad lo antes posible.

Se dirigió hacia las escaleras. La última vez que lo había hecho, había lucido una sonrisa de oreja a oreja y sus mejillas estaban ruborizadas por la excitación de saberse la prometida de Laochailan;

tan solo para encontrar que quien llamó a la puerta fue un muchachito al que Laochailan había pagado para que entregase una carta, donde explicaba por qué no podía continuar con el noviazgo.

Ahora caminaba hacia allí, cabizbaja y con las esperanzas hechas trizas.

Antes era una novia radiante, y ahora no era más que una muñeca de trapo desmadejada.

Se detuvo en lo alto de la escalera al escuchar las voces amortiguadas. Tuvo que bajar dos peldaños más para poder comprender que la conversación que estaba dándose en el piso inferior, junto a la hoguera que caldeaba el salón y la estrecha cocina, trataba de ella.

—Mi pobre niña, no merece semejante desplante —se lamentaba su madre—. Debemos ayudarla.

—Prfff.

Edeen reconoció el resoplido de su padre, quien sin duda estaba fumando una pipa. Mientras que su madre era mucho más melodramática en cuanto a moldear voces y gesticular, Alexander MacBean solía ser más reservado y concienzudo.

Imaginaba que, para ninguno de los dos, no debía ser sencilla la situación.

Habían visto cómo una de sus hijas era abochornada, tanto en la intimidad como públicamente.

Habían visto sus lágrimas y sentido su dolor como propio.

Y habían empezado a aborrecer al muchacho que habían querido como un hijo, pues Laochailan era el mejor amigo de su primogénito.

—Padre…

La voz grave de Stewart llegó hasta Edeen.

Esta se sentó en lo alto de la escalera y miró el techo.

Trató de no llorar. Se había pasado media vida persiguiendo a su hermano mayor, queriendo ser ágil, divertida y fuerte como él.

Había conocido a sus amigos y los había considerado también los suyos, aunque su madre, su abuela y su maestra habían insistido en que no era correcto que jugase con muchachos.

Enamorarse de Laochailan la había hecho sentir una intrusa y una traidora, y había sido muy importante para ella que Stewart aceptase sus sentimientos y los de Laochailan.

La conformidad que tanto había anhelado no era la de su progenitor, sino la de su hermano.

—Si tan solo hubiera un modo de que yo pudiera cargar con el agravio que mi hermana ha sufrido a manos de mi amigo…

—No es culpa tuya, hijo —habló por fin el hombre—.

Laochailan ha resultado ser una decepción.

Supe que era un idealista y que poseía un carácter fuerte.

No podía ser de otra manera, pues Edeen es como pólvora y necesita a alguien intenso a su lado, o de lo contrario terminaría consumida al estar unida a un hombre insípido y soporífero.

No obstante, nunca lo creí tan idiota. Ir a la guerra en vez de casarse y querer tener hijos…

Edeen cerró los ojos. No había pensado en que habría batallas a causa del alzamiento y que Laochailan pelearía en ellas.

Dios santo. Se le heló la sangre al comprender que podía regresar tullido o envuelto en una sábana.

Lo detestaba por haberle hecho tanto daño, pero no le deseaba ningún mal, y mucho menos la muerte.

No. No quería que muriera. Lo prefería casado con alguien más, feliz con otra mujer, criando hijos de otro vientre, antes que enterrado lejos de casa, de los suyos.

—Lo esencial ahora es proteger a la familia —siguió diciendo Alexander—. Hay que mantener a las cotillas lejos de Edeen y asegurarnos de que las niñas —mencionó a sus otras cuatro hijas, menores que ella— tienen una posibilidad.

—Padre…

—Por todos los santos, Alexander —protestó su madre—, ¿cómo puedes pensar que este deshonor va a salpicar a las niñas? Ni siquiera ha sido culpa de nuestra hija que Laochailan la haya abandonado.

—¿Crees que nuestros vecinos van a creer que Laochailan se ha marchado sin más?

¿Por política? No seas ingenua, Molly. Pensarán que algo sucede con nuestra hija.

Y, si Edeen posee algún mal, creerán que el resto de las crías son igual de enfermizas, locas o débiles que ella.

¡Tú misma lo has visto a lo largo de los años cuando algo así ha sucedido!

Pero nos creíamos intocables. Eso ocurría a otras familias, pero no a la nuestra, ¿no es así?

Un escalofrío recorrió su columna vertebral y esperó, sosteniendo el aliento en sus pulmones, a que su padre continuase hablando con voz rota, áspera:

—Hay que mandarla con tu madre, Molly.

La había sentenciado; por su tono de voz, Edeen sabía que la decisión estaba tomada y no había vuelta atrás.

Supuso que la esperanza de que Laochailan regresase, arrepentido, debía perecer cuanto antes, pues la abuela vivía sola tras la muerte de su marido, muy lejos de casa, en medio de la nada, allí donde solo había bosque y niebla.

Cuando menos, la lejanía era tan patente que nunca llegaría a sus oídos lo que sus indiscretos vecinos pudieran decir.

—¡No puedes estar hablando en serio!

—¡Padre!

—Sé que mi hija mayor está cuerda, posee salud, y pondría mi mano en el fuego de que sería capaz de darnos nietos en menos de un año desde la fecha de su enlace. Pero, que Dios me perdone, tengo más hijas. Es todo cuanto puedo hacer ahora mismo por ella y por nosotros.

Sus hermanas. Sus dulces e inocentes hermanas. Los rostros de todas ellas aparecieron flotando a su alrededor como una alucinación, que le provocó inmediatamente una jaqueca.

Ellas no merecían recibir castigo alguno por su culpa. No es que Edeen hubiera hecho algo mal, pero era momento de aceptar que se había enamorado del hombre equivocado y que todo acto mal calculado tenía consecuencias nefastas. Con que le salpicase a ella, era suficiente.

Edeen se armó de valor y se levantó. Necesitó unos segundos agarrada a la barandilla para hacer acopio de todo el valor que tuviera en el cuerpo. Con la cabeza alta, descendió por las escaleras.