El marido equivocado
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Prólogo
Orillas del lago Ness, abril de 1746
Había matado a un hombre.
Edeen se acercó hasta el borde del lago, notando que los huesos temblaban bajo los músculos; no era consciente de que hacía frío, pues solo podía pensar en sus manos manchadas de sangre.
Notaba los dedos agarrotados por el líquido, que se había secado sobre la piel.
Podía escuchar cómo la sangre espesa había salpicado la mesa y su ropa.
Si cerraba los ojos, su mente viajaba al momento en que el cuchillo se movía y rajaba la piel, provocando un grito sordo, ahogado entre borbotones.
Había nevado los últimos días a pesar de ser primavera, y por ello la superficie del lago todavía estaba helada.
Intentó golpearla con los nudillos cerrados. El dolor se extendió por sus extremidades con un cosquilleo. Estaba viva, seguía de una pieza, pero el precio que había pagado era enorme.
Ese era el problema principal. ¿Se estaba volviendo un monstruo, una asesina a sangre fría, por no sentir nada?
Sintió culpa y miedo al principio, cierto.
No quería que nadie fuera ejecutado por sus pecados, ni que el espectro de ese pobre diablo la persiguiera.
Pero las horas habían pasado, sus pensamientos se habían quedado en pausa y ya no le parecía tan horroroso lo que había hecho.
Cogió una piedra. La más grande que pudo otear en pocos segundos.
Tenía toda la vida por delante. No sería fácil dada la situación en la que se iba a sumir el país, con los jacobitas derrotados; pero, teniendo huerto y animales, podría cocinar para que su familia sobreviviera.
Coser se le daba especialmente bien, así que, si conseguía materiales, podría mantenerlos abrigados en los durísimos inviernos.
Podía considerarse afortunada. Estaba viva y su familia no había caído en ninguna batalla, ni siquiera en el páramo de Culloden.
Lanzó la piedra con fuerza. Causó una fisura, pero no rompió el hielo, que era más fino cuanto más cerca estaba de la hierba.
Volvió a tomar la roca. Le parecía más pesada y resbaladiza.
La arrojó nuevamente y un boquete apareció ante sus ojos.
El agua salió para surfear la capa de hielo cercana.
Se agachó, cogió aire, y metió las manos.
La temperatura del agua era muy baja. Podía sentir agujas clavándose en su piel a medida que hundía los dedos, nudillos, muñeca y antebrazo hasta el codo. Empezó a frotarse la sangre seca con frenesí y vio hilos rosados correr bajo la capa de hielo. Pronto, no quedaría nada.
Una voz la llamó.
¿Era posible que fuera…? Durante unos segundos, se preguntó si se trataba de un fantasma…